Creo recordar que todos los años por estas estas fechas me invade como una dejadez que me obliga a redoblar el trabajo de la voluntad para continuar sobre la breche. La conciencia de inanidad me invita a estar todo el día tumbado en el sofá agarrando ora un libro, ora otro, sin que pueda determe en cualquiera de ellos más de un par de minutos. Me incorporo e intento adentrarme en la partitura de Oblivión que, como les dije, baje ayer a que me la imprimiesen en la copistería de la esquina, pero nada, es como una pendiente de 75º que tuviese que subir en bicicleta. Y aumenta mi desaliento.
Los ciclos de la naturaleza. Más luz, menos luz. Más o menos serotonina, o dopamina, que no sé. Sea como sea, la humanidad, cualquier cosa que eso sea, parece como que necesita aportes suplementarios de sustancias dopantes a medida que nos aproximamos al solsticio invernal. Beben y beben y vuelven a beber. Y todos corren en trineo hacia el castillo del conde Drácula donde se va a celebrar el baile definitivo.
En fin, ante lo inevitable, relajarse y ponerse a la espera de mejores tiempos. Afortunadamente tengo donde esconderme. Siempre lo tuve y siempre salí renovado del escondrijo.
"La libertad es la posibilidad de mantenerse aislado. Eres libre si puedes apartarte de los hombres, sin que te obligue recurrir a ellos la falta de dinero, o la necesidad gregaria, o el amor, o la gloria, o la curiosidad, cosas que ni del silencio ni de la soledad pueden alimentarse. Si te resulta imposible vivir solo, es que naciste esclavo."
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