jueves, 1 de octubre de 2026

Humanos y dioses

Sigo con la Ilíada a pequeños sorbos. Diomedes el Tidida ha sido herido en el hombro por una flecha lanzada por Pandaro. Entonces, a las súplicas de Diomedes, acude Atenea y no solo le cura la herida, sino que le infunde una furia devastadora que causa verdaderos estragos en el campo enemigo, hasta llegar al mismísimo Eneas, hijo de Anquises y Afrodita. Diomedes ha tirado una piedra gigantesca que ha destrozado la cadera de Eneas; al instante acude su madre y lo cubre con un velo para evitar que lo rematen. Diomedes no se corta y ataca y hiere en la mano a la misma Afrodita. Afrodita le pide los caballos de oro a su hermano Apolo para huir al Olimpo a que la cure su madre Dione... extraña invención de Homero, porque, que yo sepa, Afrodita nació de la espuma que se produjo cuando cayeron en el mar los cojones de Urano cortados de un tajo por su hijo Cronos. 

Pienso que es una representación perfecta de lo que son todas las guerras: humanos y dioses interactúan; unos dejándose el pellejo en el campo de batalla y otros desde lejos insuflando energía a unos o inutilizando la de sus contrarios. Por eso es que todas las guerras se perpetúan, porque, en realidad, aunque parezca que son entre humanos, son siempre entre dioses que tienen poderes infinitos. Miren, si no, esas guerras en curso: por más gente que muera en el campo de batalla la situación no cambia, o cambia muy poco, porque ninguno de los intereses de los desconocidos dioses que las han instigado han sido satisfechos. Y es que, hasta a los dioses les es muy difícil satisfacer sus deseos cuando son contrarios a los deseos de otros dioses. 

Los dioses son seres afectados de la patología más letal que existe: la insaciabilidad de poder. Cuanto más tienen más quieren. Y para nada les preocupa comerse a sus hijos si con ello evitan sobresaltos. Lo que haga falta sin pararse en mientes: eso es lo que caracteriza a un dios. Por cierto, Elon Musk, ¿dios o hombre? Es el ser viviente que más curiosidad me suscita. ¿De dónde le veine esa obsesión por robar fuego a los dioses? Es como si quisiese acapararlo todo para él. Ayer me entretuve viendo un vídeo de la fábrica de chips que está a punto de construir en Texas. Muy bien, al final, los seres humanos no van a tener que doblar el espinazo para nada. ¿A qué se van a dedicar entonces? Pues a eso, a guerrear entre ellos para pasar el tiempo sin acordarse de la muerte. Es todo un sinsentido. Cuanto más nos valdría parar ya de una vez de robar fuego... pero se ve que el latrocinio está en nuestra esencia. 

Hombres y dioses; tales para cuales: hasta los perroflautas tienen los suyos. Y por eso es que siempre estamos en tablas. Por más que ya no haya que bajar al río a lavar la ropa no hemos conseguido el poder disfrutar de ese tiempo liberado; seguro que hay por ahí un dios al que no le viene bien que lo utilicemos en la mera contemplación de las maravillas de creación. Si los humanos pudiéramos hacer eso seríamos como lo dioses, lo cual equivaldría al haberlos matado... y eso es imposible.  

miércoles, 30 de septiembre de 2026

¡La Mary Carmen!, gritaron todos

Por más que lo intento, no puedo evadirme de la realidad circundante que vendría a ser como cuando se puso de moda aquella canción que comenzaba: ¡La Mary Carmen!, gritaron todos. Mires para donde mires aparece una tipa llamada Mary Carmen que, desde luego, su mérito tiene, porque vivir de renta en un piso de ochenta metros, al lado del Retiro, por cuatrocientos euros al mes, convendrán conmigo que no lo hace cualquiera. Supongo que lo habrá conseguido por una serie de circunstancias que han hecho carambola, ya sea por pura casualidad, ya por fino encaje de bolillos burocráticos por parte de la interfecta que, para echar más condimento al guiso, tiene ochenta y siete años. Pues bien, el dueño del piso en cuestión, ha reclamado lo que es suyo y la debilidad organizada, o sea, la chusma, o izquierda, como le dicen, ha visto ahí una ocasión de oro para hacer lo que mejor, o único que sabe: o yo o el caos. 

Decía Marx, no el de los hermanos, sino el otro, el de marras, que, por lo general, cuando algún acontecimiento se resuelve en tragedia, al repetirse años después, siempre acaba en comedia... bueno, parece ser que es en lo que estamos. Hace, ya va casi para cien años, recién inaugurada en España la putrefacta democracia, la chusma perdió las elecciones y, de paso, miles y miles de sueldos que les habían caído, como quien dice, del cielo... porque no se engañen al respecto, esto de la democracia va, sobre todo lo demás, de modus vivendi para la chusma. Y así fue que, aquellas chusmas, o izquierdas, como quieran llamarlas, se sublevaron y empezaron a matar gente, empresarios mayormente —la chusma siempre ataca a lo que le puede resolver sus problemas—, de resultas de lo cual, llegó Paco con la rebaja y pagaron caras sus culpas. Sin embargo, no aprendieron la lección —los necios ni siquiera en cabeza propia escarmientan— y a los cuatro días ya estaban en las mismas: modus vivendi mandaba. Y pasó lo que paso, que volvió Paco con rebaja y media. 

Lo de ahora tiene un aire a aquello; la izquierda está a punto de perder el poder, o sea, miles de pingües sueldos por la jeró. Porque, por méritos propios, esa gente lo tiene crudo. En fin, como sea, el caso es que andan en plan de cogerlas al vuelo para montar el pollo con la intención de que la gente se asuste y empiece a pensar que más vale lo malo conocido. Es una táctica como otra cualquiera, solo que, con pocos visos de éxito. Y es que, esto de hoy tiene una diferencia crucial con cómo era la realidad hace cien años. Esa diferencia se llama: estanterías de los supermercados repletas de alimentos a precios asequibles para una inmensa mayoría. Así que va a ser que, en vez de tragedia, vamos a tener comedia. De hecho, los youtubers, esa nueva casta que está desplazando silenciosamente a la vieja casta de los periodistas, no para de hacer chistes con el asunto May Carmen.

Pero, en fin, creo que les debo una explicación del por qué llamo putrefacta a esta democracia. La cuestión viene de muy atrás. Solón hizo la primera constitución democrática y, con ella, se puso a gobernar. Fue tal desastre que, a los cuatro días, llego el tirano Pisístrato y puso orden. Duró cuarenta años o así y al morir le sucedieron sus hijos que no pasaban de ser unos cadáveres exquisitos. Les echaron en dos días y Atenas volvió a la democracia. Al medio siglo llegó el gran Pericles, que, mira tú por donde, fue el encargado de darle el golpe de gracia. Durante el medio siglo que había durado el invento, los cargos públicos habían sido honorarios, o sea, ocupados por gente sobresaliente, y tenían una remuneración simbólica. Entonces fue Pericles y dijo: esto es injusto, los cargos deben tener una remuneración a tenor de su responsabilidad. A partir de ese momento, la chusma se lanzó a su conquista y, como eran cargos electos, lo tuvo chupado, porque si algo ha sobrado siempre en el mundo, eso ha sido chusma. Y ya saben, chusma en cargos públicos y corrupción, todo es una. Así fue como se acabó la democracia por siempre jamás. Hacer del ejercicio de la política un modus vivendi como otro cualquiera es de una ingenuidad rayana con la deficiencia mental. Y colorín, colorado... 

martes, 29 de septiembre de 2026

La dignidad de los héroes

Dicen los chinos: siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo. En occidente decimos: la venganza es un plato que se sirve frío. Podríamos añadir, para redondear, que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. La venganza vendría a ser un anhelo ciego de reparación que impide confiar tanto en la justicia humana, que no es tan ciega como dicen, como en la divina, que esa, por más que tarde, nunca falla —Dios castiga y no da voces—. 

El anhelo de reparación por las ofensas sufridas es todo lo humano que ustedes quieran, pero, también, una máquina de destruir vidas. Porque, vamos a ver, ¿qué son las ofensas sufridas? La dignidad ofendida, que le dicen algunos. Es una cuestión tan subjetiva que lo que para unos es un agravio insufrible, para otros es una chorrada que se lleva el viento. Y la subjetividad, ya saben, es hija del estado de ánimo; como uno lo tenga por los suelos, basta el vuelo de una mosca que pasaba por allí para sentirse ofendido. Y así es como funciona el mundo, sometido a la tiranía de los vuelos de las moscas... porque es que, además, se da el caso de que a los ociosos no se les pasa por alto ni uno de esos vuelos. 

Dado lo cual, si nos tomásemos al pie de la letra todo lo de Troya tendríamos que concluir que no fue para tanto ni mucho menos; al fin y al cabo, el que la mujer de uno se vaya con otro, en la inmensa mayoría de los casos, si bien lo consideras, más que una ofensa es un alivio. En resumidas cuentas, son las vulgaridades de la vida a las que damos una importancia desmesurada, precisamente, porque estamos ociosos. Cuando estamos ocupados en algo que de verdad nos apasiona, ya pueden caer rayos y truenos alrededor que, como quien oye llover. 

Así que, ¡ojo al parche!, porque hay ofensas y ofensas. Y su gravedad, muchas veces, está en relación inversamente proporcional con el ruido que mete. Por eso es tan difícil distinguir... sobre todo, ya digo, si andas ocioso. Entonces, el vuelo de cualquier mosca te sirve para indignarte y salir corriendo a manifestarte en un intento desesperado de buscar aquiescencia, lo que vendría a ser la píctima y confortativo, que diría Sancho, de los imbéciles.

Resumiendo, ¡cuánto le cuesta a uno comprender que a la dignidad de los héroes no se la puede ofender tan fácilmente!

lunes, 28 de septiembre de 2026

Y la nave va

 Agarro la bicicleta y por el carril bici me llego hasta el parque Cros de Maliaño. Me gusta ese recorrido entre concesionarios de coches, siderúrgicas y, sí el viento lo quiere, polución de plein fouet. Luego te encajonas entre marismas y centros comerciales, dejas el aeropuerto y la autopista a la izquierda y, por fin, das en el parque y su acogedor chiringuito. A media mañana aquello es para mí un paraíso: silencio, pincho de tortilla, infusión, un rato de lectura. ¿Quién diría que las cosas andan tan mal por ahí como aseguran los que viven de conseguir que parezca que las cosas andan muy mal? Al final, es lo de siempre: cada uno cuenta la feria según le va en ella. 

Mientras leo, me llegan aromas de canuto. Levanto la vista del libro y compruebo que el origen es un par de chavales de aspecto agitanado que hay unas mesas más allá. Pienso por un instante que yo también tuve mi lote de agitanamiento y, con las mismas, vuelvo a las riberas del Escamandro. Aquello es como una de esas películas de Peckinpah en las que la sangre te salpica. Ves como la pika lanzada por Ulises entra por una sien y sale por la otra esparciendo los sesos por el polvo; ves como la lanza entra por el ombligo y salen despedidas todas las vísceras; ves como entra por entre los hombros y sale por el pecho dejándole cosido con el suelo; ves, resumiendo, lo poco que vale la vida cuando las pasiones nublan la mente. La Ilíada prefigura todo ese cine de acción cuyo desencadenante es la venganza so capa de justicia. ¿Cómo trazar tantas veces la tenue línea que separa la una de la otra? El ser humano ni siquiera puede pretenderlo y, por eso, los griegos, como pensaban, decidieron utilizar a los dioses para resolver ese imposible metafísico: que decidan los dioses y así todo cobra sentido sin necesidad de tenerlo. 

Como decía Nietzsche, los débiles tienen una propensión innata para unirse y confrontar, así, a los fuertes. Así se vengan de la naturaleza que fue avara con ellos. Por eso desaparecieron del mundo los gigantes, los titanes, los héroes en general, porque su fuerza nunca fue suficiente para enfrentar a las inmensas legiones de los débiles. Así se explica que la Historia sea el relato de una degeneración: débiles que son vencidos por otros que son más débiles todavía. Así todo, el triunfo de la debilidad no ha impedido que alrededor de mi casa haya media docena de supermercados con las estanterías a rebosar. Será, acaso, que ese triunfo de los débiles no es más que simple bullicio. Porque, a la postre, son los héroes los que conquistan Troya para que los barcos que van a por el grano de las llanuras escitas puedan pasar por el Bósforo sin problemas. Y siguen siendo los héroes los que hacen que las estanterías de los supermercados rebosen de mercancías al alcance de los débiles. En definitiva, los valores varoniles de los héroes prevaleciendo sobre el pasteleo femenino de los débiles. No hay otra para que la nave siga yendo. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

El humanismo

 


Dice Juan: «Somos buenos. Nos fiamos de todo el mundo y eso es peligroso.» 

La ecuación que tenemos en la pizarra es de las que se denominan irracionales y, como con todo lo que es irracional, hay que andarse con cuidado. Y no por nada, sino porque hay por ahí mucho profesor fatuo que resuelve con tal seguridad que deja a sus alumnos convencidos de que tienen delante a un genio. El problema es que, con lo irracional, lo mismo encuentras dos soluciones a lo que solo tiene una o, bien, solo una a lo que tiene dos o más. Por eso es por lo que dice Juan, que además de matemático es un humanista, que no hay que fiarse de cualquiera. De hecho, se ha dedicado a corregir a algunos de esos profesores que iban sobrados, lo cual le valió, en principio, no pocas acusaciones por parte, no solo de esos profesores sino, también, de su seducido alumnado. Hasta de racista le tildaron, por ser algunos de esos profesores corregidos de etnia diversa a la de Juan. Al final, como suele pasar cuando el humanismo anda por medio, la verdad prevaleció y todos quedaron muy amigos.

Me dirán ustedes, ¿y qué demonios es eso del humanismo? Pues les diré lo que yo pienso al respecto: algo muy simple y a la vez casi imposible si nos salimos del campo de las matemáticas: la búsqueda de la verdad de las cosas. Ya lo advierte Pessoa, que los únicos problemas que tienen solución son los de matemáticas. En pasando a la realidad, es tan endemoniadamente compleja que, cuando nos ponemos a desentrañarla, es prácticamente imposible no dejar multitud de cabos sueltos. Por eso hay que andarse con tanto cuidado con toda esa gentuza que anda por ahí vendiendo soluciones a problemas que, de tenerla, solo los hados la conocen. 

Marañón decía que el médico que solo es médico, ni médico es. Yo diría que el noventa y nueve por ciento de los médicos con los que he tratado, ni siquiera eran médicos, precisamente porque solo sabían ser médicos. No se les ocurría que, para serlo, necesitaban interesarse por la difícil búsqueda de la verdad; de lo contrario, como sostiene Cervates, harta plaga. 

Bueno, pues esa es la cuestión, que no se puede ser cualquier cosa que se pretenda ser si no ponemos en el centro de nuestros anhelos la búsqueda de la verdad por el único procedimiento a nuestro alcance: recurrir a los maestros muertos. ¿Cuántos de los maestros de los que pretenden enseñar en nuestras escuelas han leído y releído El Criticón de Gracián? No creo, siendo optimista, que sobrepasen la media docena en toda España. Pues esa, señaros y soñeras, podría ser una de las razones del estrepitoso fracaso del  sistema educativo que dicen ser público, o sea, gratuito, es decir, sostenido con dinero caído del cielo. Los maestros en ejercicio no necesitan leer a Gracián porque viven convencidos de que con la verdad que les ha dado el Pedro Sánchez de turno les sobra y basta para llevar a cabo su función.  

El humanismo, esa inquietud por la escurridiza verdad, es la madre de las decisiones sensatas. Reflexionar sobre el cúmulo de experiencias que nos legaron nuestros antepasados es una buena manera de aprender a conocer nuestras limitaciones, lo cual es lo que nos da alguna posibilidad de liberarnos en cierta medida de nuestra imbecilidad congénita... en fin, vete tú a saber hasta qué punto. 

sábado, 26 de septiembre de 2026

A propósito de las pasiones desatadas


"Ayax Telamonio tiróle un bote de lanza á Simoísio, hijo de Antemión, que se hallaba en la flor de la juventud. Su madre habíale parido á orillas del Símois, cuando con los padres bajó del Ida para ver las ovejas: por esto le llamaron Simoísio. Mas no pudo pagar á sus progenitores la crianza ni fué larga su vida, porque sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayax: acometía el teucro cuando Ayax le hirió en el pecho junto á la tetilla derecha, y la broncínea punta salió por la espalda. Cayó el guerrero en el polvo como el terso álamo nacido en la orilla de una espaciosa laguna y coronado de ramas que corta el carretero con el hierro reluciente para hacer las pinas de un hermoso carro, dejando que el tronco se seque en la ribera; de igual modo, Ayax, del linaje de Jove, despojó á Simoísio Antémida.—Ántifo Priámida, que de labrada coraza iba revestido, lanzó á través de la muchedumbre su agudo dardo contra Ayax y no le tocó; pero hirió en la ingle á Leuco, compañero valiente de Ulises, mientras arrastraba un cadáver: desprendióse éste y el guerrero cayó junto al mismo.—Ulises, muy irritado por tal muerte, atravesó las primeras filas cubierto de fulgente bronce, detúvose cerca del matador, y revolviendo el rostro á todas partes arrojó la reluciente lanza. Al verle, huyeron los teucros. No fué vano el tiro, pues la broncínea lanza perforó las sienes á Democoonte, hijo bastardo de Príamo, que había venido de Abido, país de corredoras yeguas: la obscuridad veló los ojos del guerrero, cayó éste con estrépito y sus armas resonaron.—Arredráronse los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces, retiraron los muertos y avanzaron un buen trecho. Mas Apolo, que desde Pérgamo lo presenciaba, se indignó y con recios gritos exhortó á los teucros:
«¡Acometed, teucros domadores de caballos! No cedáis en la batalla á los argivos, porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para que puedan resistir, si los herís, el tajante bronce; ni pelea Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que se quedó en las naves y allí rumia la dolorosa cólera.»"

La trama previa al fragor del combate es un intrincado trenzado entre dioses y hombres, todos ellos por igual esclavos de sus pasiones. O sea, lo de siempre. El ser humano nunca se ha salido, ni podrá salirse, de eso. Siempre, que, recién regresados de una batalla nos ponemos a pensar, nos damos cuenta de que fuimos marionetas movidas por hilos invisibles. Vinieron los psiquiatras y dijeron que eso era el inconsciente. ¿En qué cambia eso respecto de los dioses que mueven los hilos en la Ilíada? Llamémosle como queramos, pero la realidad es que la especie humana avanza a paso de tortuga, si es que avanza algo, en lo que hace a sujetar sus pasiones por medio de la razón. Ya sea que se mete por medio un pelo de coño, o una dignidad ofendida, o un modus vivendi incierto o, simplemente, una mente pervertida que sufre lo indecible cuando algo se opone a sus designios...  los desencadenantes de nuestra impotencia son infinitos y por más filosofía que le echemos a la vida siempre quedan múltiples flancos al descubierto por donde se cuelan. 

Por eso se inventaron las religiones: unas lo llamaron temor de Dios, o de los dioses; otras le dijeron autorrepresión... palabrería, en definitiva, para decir algo tan simple como que más vale que te le pienses dos veces antes de tomar una decisión. Sí, pero, ¿y lo que va del predicar al dar trigo? Juraría yo que hay una relación inversamente proporcional entre los dos conceptos. En fin, los dioses, tan omniscientes, tan omnipotentes, tan omnitodo, y, sin embargo, a la hora de la verdad, como nos enseña la Ilíada, son igual de marionetas que nosotros... al fin y al cabo no son más que una invención nuestra.  

viernes, 25 de septiembre de 2026

Las redes

Excepción hecha de ser padre, quizá lo más importante que me ha sucedido a lo largo de la vida es mi implicación en las redes sociales, esa cosa que las instancias de poder tratan de demonizar con insistencia, y no sin razón, ya que, seguramente, nunca tuvo a su disposición el pueblo llano herramienta tan poderosa como esas redes para confrontar al poder. 

La estructura de poder siempre ha consistido en que la gente no pueda interactuar entre ella sin contar con la intermediación del poder. Pues bien, eso es lo que se ha roto. Y, ahora, va y resulta que un mindundi cualquiera ya no es tan mindundi porque, con una conexión y un ordenador, algo al alcance de un mendigo, le ha bastado para tener más influencia que una institución tan hegemónica hasta ayer como la CNN... hay numerosos ejemplos al respecto. Por así decirlo, la gran revolución de las redes consiste en haber usurpado al poder el monopolio de la verdad... el que no entienda en que consiste ese monopolio que eche un vistazo a la historia de la Iglesia, institución de poder donde las haya habido: ¿a cuántos se cargó por tal de conservar el monopolio de la verdad?

Ahora resulta que yo tengo mi tambaleante verdad y las redes me dan la oportunidad de confrontarla con el mundo en un intento de apuntalarla en la medida de lo posible. Hace ya la friolera de dieciocho años que vengo exponiendo al escrutinio público, por medio de este blog, lo que pienso; y ya sé que mi deposición diaria es como una gota en el océano, pero, entre pitos y flautas, esa gota ha tenido a lo largo de estos años alrededor de medio millón de visitas por parte de personas de los más insospechados rincones del mundo. Y esa deposición, ha tenido su inevitable feed back, lo cual ha sido un gran estímulo a efectos de insistir. Y ese es el milagro, que nadie se ha interpuesto entre yo y los que me han leído... ningún consejo de redacción, ninguna editorial, etc., instrumentos todos al servicio de la verdad oficial. 

Por eso el mundo da la impresión de andar más patas arriba que nunca. Pero como sostenía Jorge Manrique en sus famosas coplas, el hecho de que parezca no quiere decir que sea. Así es que, puede que el mundo esté menos patas arriba de lo que siempre estuvo; al menos, ahora, se le puede dar una oportunidad a la verdad o, dicho de otra forma, se la puede buscar, porque, no se engañen al respecto, el gran drama de la humanidad quizá haya sido, precisamente, la seguridad con la que se han mantenido las verdades oficiales que a la postre siempre resultaron ser mentiras. 

Así es como veo yo las redes sociales, como una conquista sin parangón. Y claro que tiene riesgos, pero estoy seguro de que son infinitamente menores de los que existían cuando el poder tenía el monopolio de la verdad, es decir el instrumento ideal para justificar el mandar a la gente del común al matadero... que no otra cosa ha hecho el poder a todo lo largo de la historia. Ahora, redes mediante, le va a costar mucho más. 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Hacerse valer

Hay cosas de las que es difícil hablar por una mera cuestión de caridad. De joven no te cortas un pelo y por eso las relaciones sociales a esas edades suelen ser turbulentas. Y aun así, a veces, milagrosamente, consigues que algunas amistades se perpetúen, aunque con cuentagotas; lo normal, si no eres un pusilánime, es que, a medida que avanzas por la vida, vayas dejando las cunetas sembradas de los cadáveres de las amistades que un día fueron... o bien dijiste algo que hirió o bien te hirieron a ti, generalmente en ambos casos con verdades y, ni los otros ni tú, conseguisteis cerrar las heridas. 

Veo de vez en cuando en YouTube el titular de un vídeo en el que un viejo dice que para él lo mejor es estar solo. Nunca me he parado a escuchar en que se basan para tan, como se dice ahora, contraintuitiva percepción. Y es que supongo que no me van a descubrir nada que no esté experimentando yo. De hecho, llevo ya años apartándome con naturalidad de las pocas viejas amistades que conservé a lo largo de la vida, como digo, por milagro. Y no ha sido raro que en las muy contadas ocasiones en las que me he relacionado durante este proceso de apartamiento, alguno de mis amigos me haya hecho un canto a las ventajas de la sociabilidad. Nunca contesté a esos cantos que me parecían venir a modo de indirectas a mi actitud huraña. 

El asunto consiste en que cuando nos hacemos viejos nuestras potencialidades vampirescas, a nada que te descuides, se desmadran. La única forma de controlarlas es no darles oportunidad, o sea, o no relacionarte, o relacionarte con personas que todavía tienen recorrido. Hablar con una persona con recorrido ayuda a neutralizar esas potencialidades que les digo. Y, por cierto, que el resto de recorrido no es algo que se pueda relacionar automáticamente con lo lo lejos o cerca que te encuentres de la barca de Caronte; conozco gente de mi edad que todavía anda en proyectos de largo alcance, lo cual vendría a ser un a modo de inmortalidad que se trasciende en forma de optimismo... es un verdadero lujo el poder charlar un rato con ellos; por así decirlo te renuevan con su optimismo. Pero este tipo de gente es excepcional; lo común en esta sociedad supertutelada que, por una maldición divina, nos ha caído en suerte, es que las personas dejen de tener recorrido a una edad bastante temprana; por eso andan por ahí, como muertos vivientes que decía Gracián, intentando traspasarse los unos a los otros su pesimismo estructural... y aquí es donde entra esa mera cuestión de caridad: no se les puede decir, así, a bote pronto, que están muertos; eso sería clavarles la estaca en el corazón. 

Resumiendo, así de sencillo es este asunto, dejas de relacionarte porque no quieres andar por ahí clavando estacas en el corazón de personas que un día consideraste próximas a ti. Te basta con los encuentros ocasionales con personas que, como digo, andan en proyectos de largo alcance, es decir, aspirando a la inmortalidad... personas que, por tanto, se hacen valer y te hacen valer a ti cuando te tienen en consideración. 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

La isla de la Inmortalidad

Decíamos ayer, y no al estilo de Fray Luis, sino en sentido literal, que la Fama, mensajera de Zeus, con ardor forzaba a los guerreros a acudir a la lucha. Y también decía que, para tratar de la Fama, esa, a mi juicio, traicionera pulsión, lo mejor es recurrir a Gracián, concretamente a la Crisi Duodézima de su magna obra El Criticón, de título: La isla de la Inmortalidad.

Para Gracián, el miedo no es tanto a la muerte como al olvido de ti por parte de los otros. De ahí que todos nos pasemos la vida persiguiendo, de una manera u otra, la Fama que, al parecer, es la única adquisición que nos garantiza vivir en el recuerdo de los otros, lo que sería tanto como no morir, al menos del todo. 

«Error plausible, desacierto acreditado, fue aquel tan celebrado llanto de Xerxes cuando, subido en una eminencia desde donde pudo dar vista a sus innúmeras huestes, ahogado en suspiros, dijo: "Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán, pues del modo que el viento lleva mis suspiros, así se llevara los alientos de sus vidas. Prevéngoles las obsequias a los que, dentro de pocos años, todos los que hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir a ellos." Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho este dicho y este hecho. Más yo, ríome de su llanto, porque preguntárale yo al gran monarca de Asiria: "Sire, esos hombres o son insignes o vulgares: si famosos, nunca mueren; si comunes, más vale que mueran." Eternízanse los grandes hombres en la memoria de los venideros, mas los comunes yacen sepultados en el desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán.»

El caso es ese, que la inmensa mayoría de los seres humanos nos pasamos la vida haciendo chorrradas en un desesperado intento, si bien inconsciente, de atraer la atención de los otros, es decir, arañar una migaja de Fama por tal de sentir que se es alguien. Es la vanidad, esa emoción que vendría a ser el resultado de estar contemplando las puertas de la isla de la Inmortalidad. Claro está que, a veces, suena la flauta por casualidad y se puede atisbar por un rato lo que hay dentro de esa isla. De todas formas, poco o mucho rato —Gilgamés es el que más resistió hasta ahora—, esa pulsión por la Fama ha sido y es el motor que ha sacado al hombre de las cavernas y le ha traído hasta donde hoy estamos que quizá no sea más que otra forma de cavernas un poco más sofisticadas, pero igualmente engañosas las sombras que vemos reflejadas en sus paredes. 

Al respecto, la sabiduría popular, que así es como llamamos a la fuente de consuelo de la que bebe el hombre vulgar, lo tiene claro: después de burro muerto, la cebada al rabo. O sea, que nada sirve para nada y, por tanto, lo mejor es ir con los amigos a una terraza a tomar refrescos mientras intercambias chascarrillos o juegas a las damas... la única isla de la Inmortalidad, por más efímera que sea, a la que tiene acceso el vulgo. ¡Y qué le vamos a hacer! Inmortalidad, ¡ya te digo!, más nos valiera como especie el tomarnos el asunto con un poco más de calma. 

martes, 22 de septiembre de 2026

La Fama, de Zeus mensajera

 Ayer por la mañana agarré la bicicleta y me fui, por el carril bici que pasa por aquí al lado, hasta Maliaño, en uno de cuyos parques, el Cros concretamente, hay un chiringuito con una terraza que a media mañana es una delicia. Me tomo allí un pincho de tortilla —mí única verdadera adicción a estas alturas; por mí no comería otra cosa— con un té y, después, me demoro un buen rato leyendo lo que tenga entre manos —La Ilíada—, contemplando al personal circundante y escuchando las palabras que me trae el aire —ayer solo se oía a una colla de mujeres por los cincuentaitantos que en una esquina de la terraza comentaban, quitándose la palabra unas a otras, sus actividades domésticas—.

Volvía ya para casa bordeando las marismas, aiguamolls que dicen los catalanes, bajo un sol en su justo punto y acariciado por una brisa de nordeste que, también. Me sentía eufórico y quería dar gracias sin saber muy bien a quién, porque uno es un descreído... a los cielos, quizá, que suena bastante genérico. Me rebullían, también, en la cabeza las últimas páginas leídas. Zeus, para satisfacer a Tetis, madre de Aquiles, ha encandilado a los argivos para que se lancen al ataque porque, de ésta, van a conquistar Troya. Es solo una trampa para vengar a Aquiles que permanece carcomido en su tienda por la humillación a la que le ha sometido Agamenón. El caso es que argivos y teucros ya están frente a frente en las riberas del Escamandro. Se adelanta Paris y suelta una balandronada; Menelao, como esposo ofendido, entra al trapo y Paris, al verlo, se echa para atrás. Héctor se lo recrimina duramente: «¡Paris ruin! ¡El más bello galán, seductor, mujeriego! ¡Ojalá que no hubieras nacido o soltero murieses! En verdad lo quisiera yo ahora, y a ti te valdría más que ser la vergüenza y oprobio de todos los otros. Etc.». Responde Paris: «¡Héctor! No sin razón me zahieres y es justo el reproche. Pero tu corazón es tenaz como el hacha, que en manos del artífice, hiende un madero... Pero no me reproches los dones amables de la áurea Afrodita; no son despreciables los dones eximios de los dioses, y nadie a su gusto escogerlos consigue...»

Y ahí es donde está el punto, que lo de creer o no creer es cuestión baladí. Porque el caso es que el ser humano se lo ha montado de tal modo que sin ellos no tiene forma, ni de encontrar explicación a lo que no la tiene, ni de dar gracias cuando se siente impelido a ello. Que existan o no existan, ¿a quién puede importarle? Lo que cuenta es que los necesitamos, tanto para aliviar el peso de la responsabilidad de nuestros actos, como para atemperar nuestra soberbia cuando la vida nos sonríe... o, mejor si quieren, por la cosa del valor catártico de la verborrea: el simple hecho de pronunciar ciertas palabras parece que como si nos purificara. En fin, es todo tan misterioso a nada que te paras a considerarlo... ¡Los dones de los dioses! ¿Por qué a unos tantos y a otros tan pocos? Nadie a su gusto los consigue. Y ¿qué nos mueve a hacer tantas cosas de las que, al poco, ya estás arrepentido, y quizá avergonzado, de haberlas hecho? ¿Es que acaso somos dueños de nuestras decisiones? Hasta cierto punto, en el mejor de los casos. 

«Como si numerosos enjambres de abejas salieran / sin cesar por la grieta de un risco volando a racimos, / y unas yendo por un lado y yendo las otras por otro, / revoleando posáronse en las flores primaverales, / afluían así los guerreros y en grupos marchaban / por la baja ribera, saliendo de naves y tiendas, / hacia el ágora. En medio la Fama, de Zeus mensajera, / con ardor a acudir los forzaba, y reuniéndose iban.»

Ya ven, siempre hay algo que te impulsa a hacer lo que haces sin saber qué es ese algo. La Fama, acaso, la más traicionera de todas las pulsiones... pero este es otro tema para el que tendremos que recurrir a Gracián. 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Hemipléjicos morales

El otro día me apareció súbitamente en el teléfono un vídeo en el que se veía a un numeroso grupo de chiquillos con banderas de España y gritando: ¡judío que veo, judío que pateo! Me recordó mucho a aquella famosa película sobre el auge del nazismo, Cabaret. Claro, se da el caso de que el gobierno de la nazión, un acabado, donde los haya, modelo de nazismo, ha propagado por tierra, mar y aire, el venenoso bulo de que detrás de la invasión de Ceuta está el estado de Israel. O sea, ya hemos dado el siguiente paso: la manipulación de los adolescentes. A partir de ahí, ya solo hay que repartir las porras para poner a todo el mundo firme. 

Todo esto, claro está, no es otra cosa que una de las consecuencias de la desesperación en la que está viviendo estos días la oligarquía de hierro que venía desde hace ya bastante tiempo metiéndosela doblada al personal sin que el personal se enterase para nada... ya saben, con la milonga esa de la democracia: ¡son ustedes más libres que nunca!,  ha sido el mantra que ha estado resonando en todos los altavoces mediáticos convenientemente engrasados con el dinero sacado a la fuerza de los bolsillos de la ciudadanía sumisa.  

Los judíos, el tradicional chivo expiatorio. Nunca falla. ¿A quiénes van a odiar más los que nunca satisfacen sus ansias de disfrute que a los que no creen en el disfrute como meta de su vida? Una gente malvada que pone en el centro de todas sus preocupaciones la educación de sus hijos. Ellos son tan desgraciados que no creen en otro cielo que el del recuerdo que dejan a los suyos de su paso por la tierra. Es eso lo que les incita a ser respetuosos con las leyes no escritas del cielo que, vendrían a ser, poco mas o menos, las que Dios dictó a Moisés en las cumbres del monte Sinaí. 

Así que, no se dejen engañar, lo de Ceuta no es más que otra artimaña de la oligarquía desesperada en busca de chivos expiatorios. ¡Nos conviene que haya tensión!, comentó a micrófono abierto un tonto del culo que, inexplicablemente, había conseguido colarse entre esa oligarquía. Porque eso es otro de los signos premonitorios del derrumbe, que los tontos del culo se cuelen entre los que habían venido moviendo los hilos sigilosamente. 

Dado todo lo cual, ahora ya solo nos queda esperar a ver cuántos judíos será preciso mandar a las cámaras de gas para que todo esto se sosiegue... aunque me parece a mí que esta vez va a haber mucha frustración entre el respetable, porque, los judíos, todo parece indicar que ya no están por la labor de dejarse hacer. A lo mejor, quién sabe, si les sustituyésemos por hemipléjicos morales, que decía Ortega, la cosa podría tirar hacia delante. ¡Gasear hemipléjicos morales! ¡Qué pasada!

domingo, 20 de septiembre de 2026

De aquella manera

Tengo una nieta que va para actriz. Estudia, el último curso ya, en una escuela llamada LAMDA que, por lo visto, es un pasada. El caso es que, hoy, su madre me ha mandado el vídeo de una obra que ha estado representando este verano en un teatro de Londres. Así es que, uno, si no orgulloso, ya que no tuve nada que ver en ello, sí estoy contento de tener una descendencia que parece que pita. Al final, la vida cumplida sería en gran medida eso, tener una descendencia que pita. Lo contrario, por más que se haga como que aquí no pasa nada, es una espina clavada en el alma —rencor— que no es raro que incite a adscribirse a ese tipo de ideologías que pretenden cambiar el mundo por tal de no cambiarse a uno mismo. 

Por otro lado, Jacobo me envía un vídeo en el que se comenta el libro de una psicóloga polaca, afincada en Madrid, que se titula: La estafa de la modernidad. Cómo ser feliz ligando como nuestras abuelas, propone la mentada psicóloga polaca. No he pasado de ahí porque ¿para qué? ¿Qué no sabrá uno sobre el asunto después de haber padecido las consecuencias de tanta ingenuidad? Los años sesenta del siglo pasado, con toda aquella mariconería rampante, fueron la obra perfecta del demonio. ¡Me lo tragué todo! La tesis dominante era que habíamos venido a este mundo a disfrutar. Éramos incapaces de entender que aquellos privilegios de los que gozábamos no eran más que la consecuencia del esfuerzo exhaustivo de las generaciones que nos habían precedido y, por supuesto, mucho menos entendíamos que, con una generación que se dedique a disfrutar de la vida, es suficiente para dar al traste con todo lo logrado por las generaciones precedentes... como así ha sido.   

Y termino con el video que me envía Manolo de Paco de Lucía tocando unos panaderos flamencos. Los mismos que me trascribió Juan Trilla en un cuaderno que malauradament perdí en alguno de mis traslados. Los panaderos son la particular aportación de Madrid al flamenco. En cualquier caso, me han retrotraído a aquellas clases que me daba el maestro Juan Trilla en el sótano de su tienda de instrumentos musicales en el barrio de Horta de Barcelona. ¡Jo, lo que uno ha trotado por el mundo!  

Y, en fin, de momento la vida sigue. De aquella manera, pero sigue. 

sábado, 19 de septiembre de 2026

¡Bendita filosofía woke!


Uno de los grandes problemas que tenemos que enfrentar en nuestro navegar por la vida es el de las sirenas que no dejan de cantar a nuestro alrededor. ¿Cu
ántas veces, distraído por su encanto, no me habré estrellado contra los escollos? Y así hasta que comprendí que había que atarse al palo mayor de la nave para no poder seguirlas. Entonces fue cuando empecé a vivir propiamente dicho. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado con esas ataduras porque tienden a aflojarse, permitiéndote, así, salir corriendo a estrellarte contra los escollos.

Esa es la gran paradoja de la vida, que para no estrellarte tienes que vivir atado al palo mayor de la nave que te lleva. Es algo que, a primera vista, parece que va contra las leyes más elementales de la naturaleza, pero, una vez mejor considerado, comprendes que es ley de leyes a efectos de conservación de la especie. 

Así es que eso que llaman filosofía woke, que, al decir de algunos sería la causante de este desbarajuste que nos está señoreando, no es otra cosa que la consecuencia del desprestigio en que ha caído lo de atarse al palo mayor con su inevitable corolario del estar todo el mundo corriendo de aquí para allá hacia donde le atrae el canto que no cesa de las sirenas. O sea, corriendo a estrellarse sin remisión, lo cual, que nadie se engañe, no es más que uno de los tantos recursos que tiene la naturaleza para deshacerse de lo peor... por eso solo podemos decir: ¡bendita filosofía woke!  

Así que nada, átense al palo mayor y pongan tapones de cera en los oídos de la marinería, y dejen que la nave siga sin desviarse el curso preestablecido. A la postre, lo único que necesitas es saber cuál es la Itaca a la que quieres llegar. Porque todo el mundo tiene su Itaca, lo mismo que todo el mundo tiene, según Gracián, su «realce rey»; y ahí está la gracia de este asunto, que la situación ideal para descubrir, tanto donde está la una como cuál es el otro, no es otra que atado al palo mayor de la nave. Descubres el uno, lo cultivas, y ya tienes chupado llegar a la otra... o sea, tu particular Odisea.

 En fin, perdonen la digresión, pero es que vengo hace días oyendo cantos que me están obligando a revisar las ataduras. 

viernes, 18 de septiembre de 2026

La de Troya II

Me comentaba ayer Jacobo que, la Ilíada, entre las muchas posibles interpretaciones que le puedes dar, es, en realidad una historia de niños malcriados: Paris y Aquiles; dos hijos de reyes e, incluso, uno de ellos de diosa. La verdad es que, cojas por donde cojas ese libro, a poca imaginación que tengas te vuela la cabeza... aunque, ya, puestos a abandonarnos a los anglicismos, en vez de vuela debiéramos decir estalla —blow your mind—, pero, en fin, pelillos a la mar. 

Desde el punto de vista geoestratégico, la conquista de Troya por parte de los griegos tiene todo el sentido. Sería por lo mismo que ese empeño que han tenido los británicos en conservar Gibraltar en su poder: para garantizar el comercio, sin el cual, apaga y vámonos. Así que la Ilíada podría no ser más que la utilización de la literatura para enmascarar las verdaderas intenciones de un poder emergente. Seguramente, no fue la primera vez que se hizo en la historia de la humanidad. Es como una forma infantil de lavar la conciencia por medio de tontas justificaciones. Imagínense, toda aquella movida porque Paris, un hijo del rey de Troya, había raptado a Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta y hermano de Agamenón, rey de la Argólida, el reino más poderoso de Grecia por aquel entonces. Un verdadero embuste, porque, tal y como se cuenta la historia, todo el mundo entiende que a Helena no la raptó nadie, sino que se fue de buen grado con Paris, lo cual dejó a Menelao en una posición bastante incomoda. No, desde luego, que no es creíble, lo mismo que tampoco es creíble que, Príamo, viendo lo que se le venía encima, no se hubiese apresurado a devolver a Helena a su legítimo marido. 

En definitiva, todo propaganda, o sea, desviar la atención. Por eso Menelao y Helena, aunque sean piezas fundamentales, quedan casi invisibles en el relato en el que lo fundamental es una especie de berrea —todo el Canto primero— entre Agamenón y Aquiles. Agamenón comete una injusticia con Aquiles, le quita a Briseida, con la sola finalidad de demostrarle quién es el que manda aquí. Pero, claro, se da el caso de que, sin la fuerza de Aquiles, Agamenón se queda cojo. Ahí, en esa dialéctica entre el poder y la fuerza se agota todo el argumento. ¿Por qué Aquiles no hace nada cuando dos heraldos de Agamenón vienen a llevarse a Briseida? Pues porque le convine ceder ese triunfo para jugar mejor sus otras cartas. Así tiene una justificación irreprochable para poner a Agamenón en un brete. De hecho, sin la fuerza de Aquiles la empresa va de mal en peor. Al final, si no es por la intermediación de los dioses que hacen que Héctor mate a Patroclo para que Aquiles no pueda negarse a entrar en la liza, Agamenón se hubiese tenido que volver a Argos con el rabo entre las piernas... aunque, de hecho, de alguna manera, así fue como volvió, sin poder asignarse el mérito de la conquista; en definitiva, un héroe muy aguado al que su propia mujer, hermana, por cierto, de Helena, le da la puntilla. 

Seguiremos con el asunto.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Lao-Tse

«Yo, cuando adquiero nuevos conocimientos cambio de ideas. ¿Y usted qué hace?»

He conocido a gente aficionada a decir, como si fuera una marca de prestigio: «Yo soy de los que siempre ha dicho...». Pues bien, siempre que he escuchado eso me han entrado ganas de interrumpir y decir: qué pasa, que está usted muerto. Porque eso es el inmovilismo en las ideas, estar, como quien dice, muerto. 

Afortunadamente, no es el caso de la mayoría de la gente que cambia de opinión como lo hace de camisa y, a veces, incluso más rápido... y, casi siempre, para volver a estrellarse contra la realidad en menos de cuatro días. Al menos, así ha sido mi caso, que fui y voy por la vida dando tumbos, por más que las limitaciones que, con la edad, impone la biología, haya hecho que el tempo de los tumbos haya pasado de allegro presto a grave largo.  

Precisamente, ha sido la toma de conciencia de la inevitabilidad de los tumbos la que me ha hecho apartarme de casi todo lo que no me concierne directamente. Y, por otra parte, por lo que fuere, también fui precisando de cada vez más elaborados argumentos para poder cambiar de opinión. Por así decirlo, fui haciéndome cada vez más impenetrable a las técnicas de seducción de la publicidad que, no nos engañemos, es la que está detrás de la inmensa mayoría de los cambios de opinión que experimentamos a lo largo de la vida. 

Cuando era muy joven, había en España una revista llamada La Codorniz que tenía una sección titulada: «Donde no hay publicidad, resplandece la verdad». Porque el asunto es ese, que la inmensa mayoría sospecha de la publicidad, pero ¿es capaz de discernir la inmensa mayoría lo que de publicidad hay en lo que se vende como información? Yo, ateniéndome a mi propia experiencia, juraría que no. Todos los batacazos de mi vida trajeron causa del haberme metido doblada, so capa de información, una publicidad engañosa. Y así fue que, batacazo tras batacazo, fui adquiriendo estas conchas de galápago que me hacen repeler todo tipo de información que no esté relacionada con mis necesidades más perentorias... y así todo, soy consciente de que sigo siendo engañado... pero, bueno, no tanto como para que vaya a votar, o a vacunarme, o a visitar el último museo que inauguraron en la ciudad, por decir algunas cosas que hacía cuando todavía no me había apuntado el bozo... por más que ya peinase canas.  

Pensaba en estas cosas, porque esta mañana vi en YouTube, al lado de un vídeo de Stephanie Jones «Sergio Assad Composed Me A Piece», el título de otro que decía: «Marine Le Pen arrasa». ¿Por qué esta señora, que era el demonio hace cuatro días, es hoy la tabla de salvación a la que quieren agarrarse la mayoría de los franceses? ¿De dónde sale ese radical cambio de opinión? ¿Cuánto tiene de reflexión y cuánto de sumisión a la sibilina propaganda del poder? 

¡Por Dios Bendito, con lo bien explicadas que dejó todas estas cosas Lao-Tse ya va para veintiséis siglos! 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La de Troya

 


«!Ah insensata! Tú siempre sospechas y nada te oculto. Nada, empero, podrás conseguir, de no ser solamente alejarte de mi corazón que ha de serte más duro. Si lo que tú sospechas es cierto, será que me es grato. Pero siéntate ya y mis palabras acata, no sea que no te valgan los dioses que tiene el Olimpo si me acerco y encima te pongo mis manos invictas.»

Son los típicos conflictos de pareja a causa de los celos. Tetis ha ido a ver a Zeus y se ha abrazado a sus rodillas para suplicarle que ayude a su hijo Aquiles en su conflicto con Agamenón. Hera lo ha visto desde lejos y lo ha interpretado como siempre interpretan las esposas, es decir por el lado de la inseguridad, o sea, siempre con el sentimiento de pérdida. Y es que Zeus y Hera, no por muy divinos que sean, dejan de ser humanos tan pronto como las cosas del fornicio asoman por el horizonte. Los celos tienen eso, que son capaces de hacer bajar del cielo a la tierra no solo a los dioses, sino también a lo más parecido que hay en la tierra a ellos, aunque este caso en vez de en el cielo estén en las nubes: me refiero, por supuesto, a los enamorados. 

En la cuestión de los celos hay que saber diferenciar, porque en absoluto es lo mismo cuando están fundamentados que cuando surgen de una mentalidad paranoica, es decir, que ve peligros por todas las partes. En este segundo caso, lo normal, lo que apetece de verdad, es lo de Zeus, o sea, acercarse y poner las manos invictas encima de la segunda parte de la parte contratante. 

Ahora que se habla tanto del retroceso intelectual que estaría sufriendo la especie humana a causa del uso inmoderado de los cachivaches electrónicos —eso se argumenta, al menos, para justificar los desastrosos resultados del informe PISA—, convendría tener en cuenta el retroceso producido en occidente por la sustitución del politeísmo pagano por el monoteísmo cristiano... y eso que los cristianos de base pusieron buen cuidado en aguar todo lo que pudieron ese monoteísmo, porque, de lo no haberlo hecho, estaríamos ahora como los moros, o sea, medio colgados todavía de las ramas de los árboles.  

Los dioses del paganismo son una pedagogía de usos y costumbres a escala humana. O, por así decirlo, un antídoto contra el fanatismo. La moral, como toda invención humana, no es inamovible. Cambia con las circunstancias de cada cual. Lo comprobamos en las distintas posiciones que adoptan los diferentes dioses, y por ello igual de justas las unas como las otras, a propósito del conflicto entre aqueos y teucros, la guerra de Troya para que nos entendamos. Zeus, el padre, se pone de perfil y se entretiene observando. Sus hijos y esposa, sin embargo, toman partido. Unos consideran que Helena se ha ido con Paris de motu propio y otros que ha sido por la fuerza. Cada cual está muy en su derecho de arrimar el ascua a su sardina. Al final, Zeus padre decide que aquello ya ha durado demasiado y tiene que acabar.  Y muy a su pesar da la victoria a los que argumentaban que Helena se había ido forzada, y no por nada, sino porque se da cuenta de que es mejor para los humanos una cierta responsabilidad con los compromisos adquiridos. En fin, interprételo cada uno como quiera; yo lo he interpretado así y otros lo harán de otra manera que será tan válida como la mía. Esa es la riqueza de la religión pagana que deja a la libre interpretación las cuestiones que, por así decirlo, no tienen enmienda, o sea, casi todas. Así el ser humano, en vez de recurrir a fórmulas, se ve precisado a usar en todo momento su intelecto y, con ello, lo desarrolla y, cuando llegan las valoraciones PISA, lo peta. 

Seguiremos con el asunto. 

martes, 15 de septiembre de 2026

Los Juanes

Juan Medina Molina comparte con Juan J. Pascual, no solo el nombre, también el andar por los mediados de la vida, una calvicie sin remisión, un cuerpo esbelto y, sobre todo, una pasión por la pedagogía de las matemáticas. Les diferencia el tener Medina, con sus jerséis gris marengo de cuello redondo y su comedimiento en el trato, una pinta de salido de un seminario jesuita, o cosa por el estilo, que tira para atrás; sin embargo, el Pascual, con sus camisas entalladas, pajaritas y demás, tiene algo de pillo libertario que te engancha a la primera. Porque el caso es ese, que uno, como cualquier hijo de vecino, viene con sus prejuicios de fábrica y, por ello, paga las consecuencias; en este caso, el haberme estado privando de los videos del Juan Medina, al que, una vez cogido el punto, te olvidas del jersey gris marengo y te quedas fascinado con sus caminos heterodoxos en la búsqueda de soluciones.

Yo, suele decir el profesor Medina, fórmulas, las menos posibles. Es toda una filosofía de vida que vendría a entroncar por vía directa con lo que nos enseñó Nietzsche. Una vida que podríamos llamar cumplida, es, en esencia, una en la que las fórmulas empleadas son de creación propia. ¡Yo me lo guiso y yo me lo como! Los caminos por los que transitas, te los trillas tú. De lo contrario, como diría el vaquero Conagher, más vale que no sigas adelante.  

Así que, las matemáticas como metáfora de la vida. Es el tiempo del superhombre, obligado a crear su propio sentido. Porque un problema matemático se puede resolver de mil maneras diferentes, por más que la inmensa mayoría lo resuelva por el mismo camino trillado de las fórmulas memorizadas. 

En resumidas cuentas, in my opinion, mientras haya Juanes como estos podemos estar tranquilos respecto del futuro de la humanidad. Porque ellos son la levadura que hace que la masa tenga sabor y consistencia esponjosa, o sea, que sea comestible. Algún día, cuando ya haya perspectiva de lo que ha supuesto el internet para la humanidad, pienso que se reconocerá el papel esencial de estos Juanes. Porque, al fin y al cabo, lo que ellos enseñan, o pretenden enseñar, matemáticas mediante, no es otra cosa que el hacer uso correcto del componente divino del que estamos dotados los humanos: la capacidad de pensar.  

lunes, 14 de septiembre de 2026

Los argonautas





Recuerdo que cuando estudiaba en Valladolid estaban muy de moda los bailes que los fines de semana tenían lugar en los sótanos del Hostal. Pues bien, había un chico, muy atildado siempre y con un pie un poco equino, que presumía de colarse en aquel baile enseñando el carné de la facultad a la vez que decía muy serio: ¡argonauta!. Seguro que la anécdota era una mentira, pero, en cualquier caso, aquello sirvió para que más de uno nos interesásemos por lo que quería decir la palabra argonauta. O sea que, cuando muchos años después me interesé por lo de Medea, Jasón y demás tragedias, la cosa no me venía del todo de nuevas. 

La expedición de los argonautas, en buena lógica, tiene que ser anterior a la guerra de Troya. Unos aventureros en busca de nuevas tierras y mercados se adentran en el Ponto Euxino, lo que hoy conocemos como Mar Negro, y, para ello, tienen que pasar por un estrecho cuyos bordes casi se pueden tocar con las manos desde la nave. Así es que consiguen pasar, seguramente con sobresaltos, y llegar hasta el fondo de ese mar donde encuentran riquezas sin cuento; regresan a casa y, de inmediato piensan que, para poder saquear sin problemas aquellas riquezas, lo primero que tienen que hacer es dominar el estrecho, porque, de lo contrario, todo el esfuerzo será inútil. De ahí, de esa necesidad, surge la Ilíada, una idealización de la conquista de ese estrecho. 

Si bien lo consideramos, la Historia empezó a ser manipulación cuando dejó de ser literatura pura. Digamos, para ponerle fecha, que esa transición se manifiesta muy claramente en lo que va de Heródoto a Tucídides. Heródoto es, todavía, fundamentalmente literatura, mientras que Tucídides tiene ya pretensiones de ciencia. Por eso Heródoto te lo puedes leer diez veces y no te cansas y, Tucídides, a duras penas llegas al final de la primera. 

La historia como ciencia es aburrida porque los mecanismos íntimos de su desarrollo son muy simples; se puede resumir en el humano afán de dominio sobre los otros en busca de perpetuación... la más tonta de todas las ilusiones. La herramienta para ese dominio, siempre es la misma, el conocimiento: los indoeuropeos se expandieron a toda mecha porque, al parecer, fueron los primeros que dieron con la forma de domesticar a las bestias y de utilizar la rueda para facilitar el desplazamiento; los españoles se merendaron las indias en dos días por la misma razón. Cuando el conocimiento es equilibrado, los intentos de dominio siempre quedan en tablas, por más que los conflictos sirvan para adaptar la demografía a las posibilidades reales del territorio. En fin, ya digo, cuatro constantes de las que es imposible salirse.  

Sin embargo, la historia como literatura se centra en los detalles. Detalles curiosos. Heródoto te cuenta un millón de ellos que tienen la virtualidad de transportarte en el tiempo y lugar y colocarte en mitad del banquete que Cambises dio en honor de su primer ministro en el cual se comieron al hijo de ese primer ministro... es una larga historia que te da una idea de cómo nos hemos ido refinando con el tiempo, pero solo eso, refinando, sin que, el intríngulis del asunto, imponerse por el terror, haya cambiado un ápice. En realidad, toda la literatura, incluso la que es para chachas, es más historia que la que pretende ser solo historia. Como conocer la historia española de entre siglos sin leer a Baroja... por poner un ejemplo. ¿Qué fue aquella guerra civil sino la consecuencia inevitable de lo que está relatado en esas novelas? Ya lo decía el mismo Baroja: en la Biblia está todo explicado. Todo, es decir, los cuatro mecanismos íntimos que mueven los hilos de la Historia universal. 

En fin, sea como sea que cada uno ve las cosas en función de su particular idiosincrasia, lo que es difícil rebatir es que el relato de los detalles, o sea, la literatura, a poca imaginación que le eches, es lo que más te acerca a la realidad de lo que han sido y son las cosas. Amén. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La cólera aciaga

Ayer por la mañana estuvimos dándole vueltas a la Ilíada y, cuando ya cansados, dejamos el tema, pensé en todo lo que nos habíamos dejado en el tintero. Y es que si hay un texto al que le venga como de molde esa expresión tan manida de «todo lo humano y divino» ese es el de la Ilíada. Ahí los dioses y los hombres se entremezclan sin que sea posible saber en donde acaban los unos y empiezan los otros. Paris, el desencadenante de todo el proceso, ¿es humano o divino? Porque, si es humano, por qué está sentado a la mesa cuando Zeus arroja las manzanas de oro y dice «para la más bella» y le pide que decida él. Como es lógico de toda lógica elige a Venus: ahí sí que no hay vuelta de hoja y, el que diga lo contrario, es como la zorra de las uvas. Venus que es Helena. Y también Briseida. La una empieza la fiesta y la otra la continua. ¿O es que, si Briseida no hubiera estado tan buena, Agamenón se hubiese arriesgado a las consecuencias de la cólera de Aquiles? Lo mismo que Aquiles tampoco se hubiese encabronado tanto porque se la hubieran birlado. Esa es la cuestión que, cuando eres un don nadie, te tienes que conformar con una Atenea o una Hera, que no es que estén mal, ni mucho menos, pero no es lo mismo: con una Venus al lado hasta el más pringado se siente un rey, que es de lo que se trata.   

Así es que, dando vueltas al asunto de mí bajón, que les mentaba ayer, de pronto caí en la cuenta: ya sé lo que tengo que hacer para remontar el vuelo, releer la Ilíada. Y me puse a ello y como si fuese el primer día de la creación cuando la luz todavía no ha sido usada. 

¡Canta diosa la cólera aciaga de Aquiles Pelida!

¿Era cólera o era amor propio? Los seres humanos tenemos derecho a defendernos de las arbitrariedades del poder. No hacerlo es lo mismo que estar muerto. Porque, ni ningún poder es absoluto, ni nadie, por muy mindundi que sea, deja de tener los suyos. Al final lo que cuenta es saber hacer uso de ese componente divino del que todos los humanos disponemos. Si tu tienes la fuerza, yo tengo la astucia; su tu tienes dinero, yo, más conocimientos que tú. Al final, la voluntad de poder todo lo equilibra. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Ondas sinusoidales


Cuando los cielos decidieron crear un ser con conciencia de sí mismo lo que en realidad hicieron fue inventar la insatisfacción permanente. La cuestión es elemental: si tienes conciencia de ti mismo no puedes evitar estar viendo constantemente la espada que pende sobre tu cabeza. Así que todo lo que hacemos no tiene otra finalidad que poner un velo que nos difumine esa visión torturante. Claro, por supuesto que hay velos y velos; más tupidos y menos tupidos. Y, también, muy probablemente, una relación inversamente proporcional entre tupidez y duración. Por todo ello se hace muy complicado conseguir un equilibrio que nos haga llevadero el tránsito por este mundo.

Estaba pensando en estas charlatanerías porque llevo unos días en los que el velo se ha hecho tan tenue que apenas difumina nada. Supongo que es una cuestión de agotamiento neuronal; no consigo concentrarme en nada. He intentado empezar unas cuantas partituras, pero no he podido continuar; quizá, me digo para consolarme, necesito más tiempo para digerir las últimas que aprendí. Con la lectura me pasa igual; terminé las Novelas Ejemplares y siento como una especie de vacío existencial por el que revolotean sin cesar los personajes de esas novelas. Con los acertijos matemáticos, más de lo mismo. A veces, trato de escapar exprimiendo a tope la voluntad para poder agarrar la bicicleta e irme por ahí a dar una vuelta, pero al poco rato de pedaleo ya me quiero volver. Y así todo, sin poder hacer nada por tupir el velo para que me hurte siquiera mínimamente la imagen angustiante de la espada.

En resumidas cuentas, uno más de la larga serie de bajones que han jalonado mi ya muy larga vida. Siempre ha sido igual, bajar y subir, como todo en la naturaleza: somos ondas sinusoidales que van perdiendo amplitud, frecuencia y fase, hasta que dejamos de ser perceptibles. Y esa es la pregunta que me hago, ¿en qué fase estoy? ¿Voy a seguir desplazándome? Supongo que sí, porque estás mismas preguntas me las hice desde los primeros bajones, allá, en la remota juventud. 

En cualquier caso, ahí está la perpetua insatisfacción que solo se apaga con el sueño. Como en el mito prometeico, el sueño nos renueva las energías que nos permiten tupir el velo, pero solo por un rato, el que tarda el águila en venir a destupirlo. En fin, ya lo dijo el primer filósofo sobre la tierra: chaval, aprende a mirar de frente la espada que pende sobre ti o andarás de culo toda la vida.  

viernes, 11 de septiembre de 2026

El Cálculo lo cambia todo


Veo en YouTube el título de un video: ¿Por qué el CÁLCULO lo CAMBIA TODO? No me puedo resistir y me tiro de cabeza. De chaval, en colegio, por supuesto que aprendí a diferenciar e integrar, pero de una forma mecánica que, no más que eso, era lo que necesitaba para aprobar la asignatura. Tuve compañeros que, seguramente, llegaron mucho más allá, es decir, entendieron el concepto, porque, si no, no hubieran podido estudiar ingeniería.  Supongo que por esa carencia, la de no entender el concepto, fue que acabé estudiando medicina, profesión muy apropiada para los charlatanes. 

Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de que ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasías. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo. 

Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viceversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de coordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese instante que a mí me interesa. 

Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas. 

Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho, la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos incapaces de encontrársela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramienta de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones. 

En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el que viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuándo dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a explicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Mr. Thornton




A los pocos días de licenciarme en medicina aterricé en Heathrow; fue mi primer viaje en avión y, también, mi primera salida al extranjero. El motivo de aquella experiencia no fue otro que el estar a la moda del momento que no era otra que el haber caído en la cuenta de que, sin el conocimiento del inglés, eras más o menos lo mismo que los que, hasta el siglo XVIII, no conocían el latín, o sea, siervos de la gleba. Pretender ser médico sin tener acceso a la información en inglés era una quimera. Corrían los años sesenta y España había dado un salto de gigante en casi todo menos en las cuestiones científicas, por lo menos en lo que a la medicina hacía, que se había quedado estancada en los años treinta. Así que, aquel viaje en avión y los meses que pasé en Londres intentando aprender inglés fueron decisivos en mi desasnamiento en general... y eso que los tres últimos años de la carrera los había cursado en Madrid que, de haber continuado estudiando en Valladolid, no sé si hubiera podido resistir el impacto. Durante el franquismo se había producido una apertura en lo superficial —lo justo para no interferir con la industria turística—, pero, cuando rascabas un poco comprobabas que estábamos a años luz de países como Inglaterra. 

El caso es que, sin yo saberlo, estaba mucho más impregnado de cultura inglesa de lo que hubiese podido suponer. Vivía alojado en un hotelito en Wimbledon y, cuando paseaba por los alrededores, a veces en compañía de Mr. Thorton, uno de los huéspedes del hotel que me había cogido querencia, tenía la sensación de formar parte de una de aquellas ilustraciones que había en los libros de Guillermo que fueron el alimento espiritual de mi niñez. Sin duda, gracias a las novelas de Richmal Crompton y de Defoe y de Stevenson y de otros cuantos autores británicos más, llevaba a Inglaterra bastante cosida a mi alma; algo que, por cierto, estoy seguro no me pasaba con las novelas francesas que, por lo general se me caían de las manos... los condes, los mosqueteros y toda esa morralla. 

De resultas de aquello, adquirí unos conocimientos de la lengua inglesa que me fueron de una utilidad incalculable, sobre todo en el plano profesional. El poder leer de corrido en inglés los libros de la especialidad, me daba una ventaja considerable sobre la mayoría de mis colegas porque, por aquel entonces, lo que había en español y nada, todo era uno. Hoy día, claro, lo de leer, y hablar, en inglés está a la orden del día y es bastante inconcebible un médico que tenga esa carencia, porque, por mucho que hayamos avanzado, en cuestiones científicas, y seguramente de otras cosas, todavía tenemos recorrido por delante para podernos equiparar. Así que, huelgan esos chauvinismos que se escuchan por aquí y por allá en el fallido intento de apuntalar identidades quebradizas... lo son todas, pero unas más que otras según tiempo y lugar. 

Sea como sea, de las cosas de mi vida a las que pongo pocos perinquinosos peros, está, sin duda, a la cabeza, el hecho de que mis cuatro nietos sean británicos. Mis hijas se fueron para allá con poco más de veinte y allí procrearon. De hecho, nada raro, ya que sus primeros pasos los dieron por el Hyde Park con motivo de haber estado su madre yo unos meses escampando la boira en Londres, cuando ellas justo cumplían un año. Así que ayer, cuando leía, o escuchaba, que, según esas evaluaciones que hacen a los niños de todo el mundo para poder comparar entre los diversos países, los niños ingleses adelantan en dos años a los españoles, pues, eso, que me dieron motivos para alegrarme... por más que uno tome estas cosas con las debidas reticencias. 

En fin, Mr. Thornton me solía proponer, después de la cenar, ir a Hamptom Court. Durante la cena se había llenado los bolsillos de rebanadas de pan para echárselas después a los patos del estanque que había frente al palacio. Mr.Thornton había vivido durante años en los cinco continentes para, al final, tener ese tipo de aficiones... muy británico él. 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bicarbonato y orden espontáneo

Ya les conté mil veces que para mí las redes sociales se limitan, casi, a, por un lado, los problemas de matemáticas y, por otro, la música. Los problemas de matemáticas son para mí lo que los acertijos eran para mi madre. Ella abría siempre el periódico por la página de los pasatiempos y se tiraba un buen rato resolviendo acertijos y crucigramas. Las noticias y todo lo demás, parecían importarle un bledo; ya tuvo su lote cuando la guerra —un padre y un marido muerto— y no quería más. Lo de la música, diría, ha sido el gran empeño de mi vida. Al margen de lo más o menos dotado que esté para ese negocio, el hecho de haber empezado el aprendizaje a edad muy tardía, casi a los cuarenta, ha hecho que mis progresos hayan sido siempre desesperantes; pero nunca cejé porque nunca encontré opción sustitutoria para taponar el agujero existencial consustancial a la progresiva toma de conciencia de la inanidad de la vida. Y así es que contemplando el mundo desde esas dos ventanas no puedo sino maravillarme del grado de esplendor logrado. Ahí no hay trampa ni cartón. Una integral resuelta es una integral resuelta. Una pieza musical interpretada, es una pieza musical interpretada. Ahí no hay conjeturas que valgan como en todos esos millones y millones de vídeos en los que el personal pretende interpretar la realidad, siempre, eso sí, arrimando el ascua a su sardina. 

Donde no hay conjeturas hay muchas horas de empeño; donde las hay, las horas son de portería o, lo que vendría a ser parecido, de baile de vampiros. Por eso hay que andarse con mucho cuidado, porque todos sabemos la habilidad que tienen los vampiros para seducir con sus sebosas conjeturas —que se lo pregunten, si no, a Bram Stoker—. Así que la cosa está bastante clara, uno sobrevuela la inmensidad y se posa en la rama que da pábulo a sus sueños... el de interpretar piezas musicales y resolver sofisticadas ecuaciones. Y al sobrevolar es inevitable atisbar de pasada pecios a la deriva que llaman la atención: la supermegaferolítica extrema derecha gana las elecciones en Alemania; la enseñanza pública en España está a niveles de cotolengo —siempre lo dije, que, pública, ni siquiera las mujeres—. En fin, dos chuminadas con las que se trata de ocultar, por un lado, que los alemanes pagan casi todas sus compras en metálico, cosa que jode sobremanera a las autoridades en curso, porque, así, se les desmonta el chollo del control absoluto que ya creían al alcance de la mano; por el otro, que lo de los informes evaluativos de cualquier índole solo sirven para que miles y miles de funcionarios vivan de la gente que produce. 

A mi juicio, sin necesidad de ver videos al respecto, lo que está pasando es que Alemania está despertando del sueño en el que la sumió, ya va para siglo y pico, un tal Bismark con sus delirios estatalistas. Y en lo que hace al nivel cotolénguico de la enseñanza pública, pues no creo que haya de qué preocuparse, porque el aprendizaje, pese a quien pese, siempre ha estado sometido a las necesidades del mercado.  Hoy día hacen falta matemáticos para que programen y acríticos para que sirvan tapas en los bares y cobren y repongan en los supermercados... y eso es lo que hay porque el mundo se pasa por el culo todas las ingenierías sociales y segrega espontáneamente lo que necesita para seguir sobre la brecha. 

Lo repito una vez más, aparte de en el bicarbonato, en lo único que creo algo es en el orden espontáneo. Todo lo demás, so capa de racionalismo, puro baile de vampiros.   

martes, 8 de septiembre de 2026

El primer día de la creación

Las Novelas Ejemplares de Cervantes, según como se miren, vendrían a ser tratados de sociología en carne viva, es decir, sin piedad. Con astucia de Ulises, va sorteando los peligros de la censura, para llevar a puerto el objetivo que se propone que no es otro que ridiculizar ciertos valores hegemónicos y exaltar otros no por más necesarios menos carentes. En cualquier caso, mi impresión al respecto es que, el paso de los siglos, de poco, si es que de algo, ha servido para modificar ese disbalance que vendría a ser algo así como la lepra de la patria. 

En una apretada síntesis, el asunto consistiría en la incapacidad, diríamos que genética, de la sociedad española para distinguir entre la aristocracia de la sangre y la del espíritu. Eso que los franceses llaman «péter plus haut que son cul» —tirar el pedo más alto que su culo—, siempre ha sido aquí deporte nacional por excelencia. A Cervantes se le nota de lejos que le saca de quicio el señoritismo; niños mal educados que entretienen su ocio permanente haciendo la mayor cantidad de mal posible. Un ejemplo de esto sería «El celoso extremeño». Se trata de un tipo, de linaje noble, que en su juventud se dedica a fundir en juergas sucesivas el patrimonio heredado; arruinado ya, se va a las indias y hace fortuna. De regreso, ya viejo, se casa con una jovencita y la mete en una jaula de oro para que nadie se la robe. Una quimera, porque cuando hay alrededor señoritos, como él fue en su juventud, no hay jaula que valga. El poder del mal es infinito. Algunos han querido ver en esta novela una metáfora de la España de Felipe II —el celoso extremeño también se llama Felipe—; de nada le valió a este rey, que no fuese para apuntalar la decadencia, tratar de cerrar España a cal y canto en lo que hacía al debate de nuevas ideas que estaba teniendo lugar en Europa; le estaba prohibido a la juventud española pisar las universidades extranjeras... y de aquellos polvos, los lodos del atraso que se produjo en los siglos siguientes.  

Por supuesto que esa incapacidad para distinguir aristocracias da de lleno en la cuestión del mérito. Esto que aquí, a día de hoy, sigue estando, en cierta medida, vivo: ser de buena familia, que le dicen, abre puertas porque sí: ¡buena familia! ¿Qué quiere decir eso? Es difícil concebir mayor aberración, pero así es. Y, en algo, como digo, tan aberrante como manifiesto, Cervantes no deja de echar su cuarto a espadas; en esta ocasión aprovecha «La española inglesa». Es precisamente la reina de Inglaterra, que por cierto habla español, la que se encarga de decir al señorito noble que no conseguirá lo que quiere, la española inglesa, hasta hacer méritos para merecerlo. ¿Por qué Cervantes ha tenido que situar la acción en Inglaterra para sacar a relucir la cuestión del mérito? O de la aristocracia del espíritu si mejor quieren. Para mí está claro, él quiere remarcar que en la diferente valoración del mérito está, en buena medida, la explicación del porqué de que Inglaterra sea un país emergente y, España, lo sea decadente. 

El caso es que, leer o, mejor, releer por enésima vez, estas Novelas Ejemplares, ha sido un verdadero hallazgo. Es lo que hace la diferencia entre el arte y la basura, que el arte por más que lo mires y remires, siempre es como si fuera el primer día de la creación...

lunes, 7 de septiembre de 2026

Lo que dura, dura.

«Con su pan se lo coma; no le arriendo la ganancia: día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fue Callejas...»

Rinconete le ha robado la bolsa al sacristán que le había contratado para que le llevase unos paquetes. El sacristán desesperado le pregunta si sabe algo, porque, además, se da el caso de que el dinero que iba en la bolsa era del tercio de una capellanía... o sea, seamos francos, dinero robado por la Iglesia so capa de ayudar a la gente a subir al cielo. 

La Iglesia fue durante siglos la mafia hegemónica. Como ahora la política; ella ayudaba a la gente a subir al cielo y esta mafia de ahora la ayuda a conseguir el paraíso en la tierra. En definitiva, curas en aquel entonces, y políticos ahora, parasitando a la gente del común. Gente que, cuando no es tonta, como es el caso de Rinconete, echa mano del cinismo y, con cara de palo, contesta al sacristán con las armas que la propia Iglesia le ha proporcionado: el miedo al juicio del día final. ¿Cómo voy a robar yo sabiendo que llegará el día que tendré que rendir cuentas ante Dios? Ahí, el sacristán, se queda sin argumentos so pena de confesar su embuste. ¡El juicio final! ¡Ya te digo! Como decía el otro, ¡cuán largo me lo fiais!

Es lo que tiene esto de las mafias que, más antes que tarde, la gente del común cae en la cuenta de que la mejor forma de convivir con ellas es el cinismo. O sea, combatiéndolas con sus propias armas. Por ejemplo, aquí, justo enfrente, vive una pareja por los cuarenta, debidamente tatuada, con su perro a la moda, que se pasan la vida tumbados en la cama; de vez en cuando entornan las contraventanas y corren las cortinas buscando discreción para sus expansiones amorosas... terminadas las cuales, desentornan las contraventanas, descorren las cortinas y, apoyados de codos en el alfeizar, se ponen a fumar un porro al alimón. Ellos, ¡benditos!, no hacen otra cosa que hacer honor al mito que les vende la actual mafia en el poder: el Estado del Bienestar. ¿No es eso lo que queréis? Pues nosotros lo compramos y aquí paz y después gloria. 

En los últimos tiempos de mi padre, a veces le acompañaba en su paseo matutino por Rosales. El hombre apenas hablaba si no era para expresar un desengaño. Yo tampoco sabía qué decir, pero recuerdo que un día pensé que a lo que me acababa de decir le venía como de molde el chiste de cuánto dura un polvo. «¿Sabes cuánto dura un polvo?», le dije. Me miró como extrañado. «Pues lo que dura, dura», remate. Lo pilló al instante y fue la última vez que le vi reírse con ganas. 

Pues bien, la lógica de las mafias es la del polvo: duran lo que dura, dura; después todo queda flácido y tal, pero que me quiten lo bailao. Y siempre estamos en eso: después de un polvo, otro; después de una mafia, otra. Y para mí que, esta que está en el machito ahora, ya se está quedando muy flácida... ni con Viagra se puede neutralizar la oleada de cinismo que al presente nos está señoreando. ¡A mí me das la paguita y como si te la machacas!

domingo, 6 de septiembre de 2026

El riesgo

Entre la literatura del Siglo de Oro español y las películas del oeste hay una serie de concomitancias con las que hoy me voy a entretener un rato. 

En una película del oeste, un par de pistolerillos con habilidades en el juego y la cuatrería van a una ciudad y no tardan en hacerse notar por el mafioso que la controla. Y, en menos de lo que se dice, ya están trabajando para él. Es, poco más o menos, el argumento de Rinconete y Cortadillo que ando releyendo por enésima vez en estos días del verano tardío.

En Rinconete y Cortadillo, Monipodio es el padrino del hampa de la ciudad, por supuesto, en estrecha connivencia con los agentes de ley. El hampa es la consecuencia inevitable de la injusticia de Dios. Cuanta más injusticia, más hampa; es una ley más de la naturaleza. Y eso las autoridades de todos los tiempos lo han sabido perfectamente y, por eso, y porque reconocen su ineptitud para paliar la injustica, es por lo que siempre entran en una solapada connivencia con los padrinos de las mafias. Es la única forma que conocen de mantener la delincuencia dentro de unos límites soportables. En realidad, si nos paramos un poco a pensar en este mecanismo de connivencia entre poder político y mafia, caeremos en la cuenta de que nunca se ha salido ni se podrá salir de él. Lo único que cambia a lo largo de los tiempos es la forma de hacerse manifiesta esa connivencia. A veces es más escandalosa y a veces es más hipócrita —la hipocresía es el homenaje que el vicio hace a la virtud, dijo Nosequién—.

Lo del hampa es una cuestión de adrenalina; siempre arriesgando, cuando no la vida, la hacienda, el caso es que las suprarrenales no dejen de trabajar a toda máquina. La vida y la hacienda; armas para defenderla y juego para acrecentarla o perderla. Digamos que son las circunstancias, generalmente adversas, las que empujan a escoger esa vida. Claro que, cuando hablamos de las circunstancias adversas, conviene no olvidarse de la mala educación; no todo va a ser injusticia social como gustan pregonar los resentidos.    

Por eso es que, en la literatura del siglo de oro, como en las películas del oeste, las armas y el juego sean omnipresentes. Es tanta su importancia que sin las unas y el otro el argumento se limita tanto que da la impresión de estar aguado; sobre todo por el empobrecimiento del lenguaje que su ausencia provoca... al fin y al cabo, no hay nada como el riesgo para generar metáforas. De hecho, Rinconete y Cortadillo, a trechos, da la impresión de ser un encadenamiento de metáforas, sobre todo cuando el juego se apodera del relato. Por eso es que, en la edición que tengo, ocupe más espacio las notas a pie de página que el propio texto; no por nada, sino porque las metáforas tienen que ser muy buenas para perdurar. 

En resumidas cuentas, la vida sin riesgos que estamos obligados a llevar ahora es una porquería y, porque no queremos eso, supongo que será que nos pasemos la vida arriesgando por delegación a través de la literatura y el cine. Bueno, algunos siguen recurriendo al juego para dar rienda suelta a sus pulsiones suicidas. De hecho, algunos bastantes si nos atenemos a la cantidad de lujosos locales para tales menesteres de los que está trufado el barrio; en un radio de menos de quinientos metros alrededor de casa hay más de una docena. Bueno, no sé, muy complicado todo esto del riesgo.