jueves, 2 de julio de 2026

Almas en pena

 A veces, muy pocas, necesito hacer alguna gestión por el centro de la ciudad y no me queda más remedio que contemplar el panorama desde el puente: todo está invadido por eso que llaman turismo de masas y que, a mi juicio, sería mucho más exacto calificarlo de almas en pena; cada dos por tres, atraca en el muelle un barco gigantesco que las vomita a millares. Y en la ciudad, sobre todo esos a los se denomina autoridades, están que no les cabe un pelo por el culo: creen haber dado con la cuadratura del círculo. Ellos, solo tienen que poner y quitar casetas, y programar fuegos de artificio, para que las arcas estén a rebosar. 

Afortunadamente, las almas en pena tienen una necesidad imperiosa de aglutinarse en espacios reducidos, así que a la que te alejas del centro de la ciudad la vida continua. Por donde vivo hay incluso niños y gentes de profesiones artesanas de las de toda la vida. Y en los márgenes del muelle, al atardecer, hay pescadores de caña que de vez en cuando sacan un calamar. 

Pessoa decía que el turismo era propio de gente con sensibilidad roma, es decir, que necesita sensaciones fuertes para sentir algo. Stern, por su parte, sostenía que viajar solo se justificaba por negocios, o para recuperar la salud; hacerlo en busca de placer le parecía, simplemente, una imbecilidad. Mi propia experiencia al respecto confirma al cien por cien esas dos opiniones. El poco turismo que he hecho ha sido siempre en situaciones de desesperación o imbecilidad, lo uno por lo otro y viceversa. 

Mis conocimientos históricos me hacen suponer que la vida en sociedad solo es posible si se sustenta en mitos; es decir, si se limita la libertad por medio de mentiras que está prohibido desvelar so pena de atraerse la enemiga de la gente en general y de los parásitos en particular... porque no nos podemos engañar al respecto, los mitos son el caldo de cultivo en el que los parásitos se reproducen como los hongos en el estiércol. 

Así es que, en estos tiempos que corren, hay dos mitos que contribuyen como pocos a mantener la cohesión social: el turismo y los perros. Haz alguna objeción ante el respetable a cualquiera de esos dos mitos y de inmediato sentirás el vació a tu alrededor. Da igual que todo el mundo vuelva de sus turisteos hecho una desgracia de tanto comer, cagar y dormir mal, lo que cuenta es que le sirvió para huir de sí mismo por unos días. ¿Y quiénes son los que tiene necesidad imperiosa de huir de sí mismo? Pues blanco y en botella: las almas en pena. Y eso, por no hablar de esas otras almas en no menos pena que han hecho del salir tres veces al día a recoger cacas de perro por las calles su proyecto de vida. Dicho así, suena raro, pero es la realidad y Dios te libre de mentarla porque, incluso, te pueden matar... así anda el patio. 

Así todo, todos los mitos, como todo lo demás, tienen su recorrido: nacen, se desarrollan y mueren. De hecho, si te vas a las redes sociales verás que cada vez se alzan más voces denunciando la imbecilidad del turismo. Lo de los perros, aunque se escucha algún tímido intento, todavía está muy terso; hay que tener en cuenta que la pudrición del espíritu que se oculta tras ese mito es mucho más profunda que la que se oculta tras el turismo. Por cierto, que en una red social que se llama Instagram hay multitud de vídeos sugiriendo que los perros, y también los caballos, tienen una especial habilidad para los trabajos de pilón... ya saben, aquello de bajar al pilón. Dios ya lo debía de saber y por eso fue que entre los preceptos que dictó a Moisés en el monte Sinaí estaba el de la pena de muerte para los que usasen animales para esos menesteres.

En fin, uno dice la suya con la incierta convicción de que así contribuye en algo al esclarecimiento de la oscuridad que cubre el mundo. Una vana ilusión como otra cualquiera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

El Padre Astete

Había remoloneado mucho con respecto a la Serenata Española de Malat. Me parecía un reto que sobrepasaba mis capacidades. Una excusa, en definitiva, para justificar mi pereza. Llevo menos de un mes estudiándola y ya puedo tocar largos fragmentos con la correspondiente satisfacción al sentir como resuena en mi interior. En realidad, en eso consiste la gran magia de la vida que nos ha sido dada a los humanos: poder proponernos algo y, merced al ejercicio de la voluntad, conseguirlo. Y así es que, de logro en logro, vamos tomando confianza en nosotros mismos y ya no nos parece gran cosa poner un pie en la luna. 

Contra pereza, diligencia, recitábamos como loritos en el colegio. Nos poníamos en corro alrededor de las mesas del aula, el profesor indicaba un pasaje del catecismo del Padre Astete y nombraba a cualquiera para que empezase a recitar. Cuando el recitante titubeaba, el profe daba un golpe con su vara sobre la mesa y pasaba el turno al siguiente para que prosiguiese. Así es que, todavía hoy, puedo recitar grandes tozos de aquel manual de conocimientos básicos para poder tirar hacia delante sin darte calabazadas contra las paredes.

Todos los pecados capitales, o vicios, tienen su contrapartida en la virtud correspondiente. En la lucha de las unas contra los otros es donde reside toda la enjundia de esta vida. Porque, por mucho que te esfuerces, siempre está ahí el pelo de coño que tira más que soga de marinero o carreta de bueyes. Y caes y te levantas y vuelves a caer. Todo a tu alrededor está concebido para que caigas en la tentación... en eso consiste, precisamente, el noventa por ciento, y me quedo corto, de lo que llaman economía de mercado. El secreto de su éxito estriba en convencerte de que es una chorrada ejercitar la voluntad. ¿Para qué someterse al doloroso ejercicio de la disciplina si la tecnología te resuelve en dos patadas lo que a la disciplina le cuesta años? Al respecto, siempre recuerdo aquel chiste en el que un padre le está diciendo al profesor de música de su hijo que no le apriete mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. 

Y ahí es donde reside todo el quid de la cuestión, que solo con el dolor de la disciplina se consiguen habilidades, de cuyo ejercicio es de donde, a la postre, se extraen las mayores cuotas de placer, diríamos que sostenible... porque del insostenible ya sabemos todos por dónde van los tiros. ¡Dios mío, cuanto tiempo perdido en tonterías antes de caer en la cuenta de algo tan evidente! Caer en la cuenta de lo fácil que es atarse al palo mayor de la nave para no poder correr tras las sirenas. Así, las oyes, y como quien oye llover. 

martes, 30 de junio de 2026

Hemiplejia moral

Clarín, el criado de Rosaura, es un cínico; por eso, cuando llega la hora de la verdad, decide no tomar partido y esconderse en un lugar desde el que puede contemplar la matanza. ¡Qué mala suerte! Una bala perdida le alcanza. Se siente morir y, fiel a su credo, dice la suya: «Soy un hombre desdichado, / que por quererse guardar / de la muerte, la busqué. / Huyendo de ella, topé / con ella, pues no hay lugar, / para la muerte secreto; / de donde claro se arguye / que quien más su efeto huye, / es quien se llega a su efeto. / Por eso, tornad, tornad / a la lid sangrienta luego, / que entre las armas y el fuego / hay mayor seguridad / que en el monte más guardado, / pues no hay seguro camino / a la fuerza del destino / y a la inclemencia del hado; / y así, aunque a libraros vais / de la muerte con huir, / mirad que vais a morir / si está de Dios que muráis.»

El rey Basilio, derrotado ya por Segismundo, escucha el parlamento del agonizante Clarín y toma el testigo: «¡Mirad que vais a morir / si está de Dios que muráis! /... / Pues yo por librar de muertes / y sediciones mi patria, / vine a entregarle a los mismos / de quien pretendí librarla.» Le responde Clotaldo, su mano derecha y contrapunto mental: «Aunque el hado, señor, sabe / todos los caminos, y halla / a quien busca entre lo espeso / de las peñas, no es cristiana / determinación decir / que no hay reparo a su saña. / Sí hay, que el prudente varón / vitoria del hado alcanza; / y si no estás reservado / de la pena y la desgracia, / haz por donde te reserves.» Astolfo, la fallida esperanza del rey Basilio, remata: «Clotaldo, señor, te habla / como prudente varón / que madura edad alcanza;»

La Vida es Sueño es una reflexión brillante sobre el gran debate moral, con guerras incluidas, que estaba teniendo lugar en el mundo en el momento en el que se escribió: predeterminación versus libre albedrío. El ser humano siempre anda buscando estúpidas excusas para poder quitar de en medio, sin remordimientos morales, a quien pone coto a sus ambiciones. Y, siempre, esas excusas se construyen desde la hemiplejia moral, que decía Ortega. Discutir entre predeterminación y libre albedrío es igual de estúpido que hacerlo entre derecha e izquierda. El mundo, la vida, no caben en otra ideología que no sea la de que nadie me toque los cojones, que diría Clint Estwood. Todo el mundo está predestinado en la misma medida en que es libre para saltar por el portillo del caer en la cuenta. Igualmente, todo el mundo en sus cabales, sabe que si no se redistribuye la riqueza la convivencia es imposible. El único problema de la humanidad, entonces, sería la proliferación de hemipléjicos morales; ellos pretenden que solo saltes por el portillo que a ellos les conviene, lo mismo que quieren que repartas tu riqueza de forma que ellos se lleven la mejor parte. En definitiva, los hemipléjicos morales serían, en opinión de Nietzsche, los débiles, que tienen una innata propensión a organizarse en mafias para contrarrestar a los fuertes. Debilidad y fortaleza de espíritu, esa es la gran diferencia entre unos humanos y otros; y al respecto, no conviene engañarse, porque ahí hay poca predeterminación que valga; lo que hay, y mucho, es esfuerzo educativo: lo sabían los espartanos y lo saben los judíos. Sólo hay que remitirse a los hechos para comprobar los resultados... más startups en Israel, con solo ocho millones de habitantes, que en toda la Comunidad Europea con sus quinientos y pico. En fin, saquen conclusiones.   

lunes, 29 de junio de 2026

Segismundo y Edipo

 



Cuando Calderón escribió estos versos todavía faltaban unos cuantos siglos para que apareciese la plataforma YouTube. Porque es que, si bien en esa plataforma hay cosas maravillosas de las que me aprovecho a diario, si uno no anda listo acaba por solo encontrar en ella justo lo que denuncian esos versos, es decir astrólogos anunciando casos crueles: los hay a porrillo, como en una especie de regodeo apocalíptico que promete sacarnos de este valle de lágrimas por el único procedimiento infalible: la extinción de la especie. 

Es muy curioso esto de los vaticinios, oráculos, premoniciones, o como quieran llamar a la obsesión del ser humano por adelantarse al futuro. Adelantarse y, siempre, bien seguro, poniéndose en lo peor. Si todas esas negras premoniciones que constituyen el grueso de la plataforma de la que les hablo, fuesen del color de rosa, sospecho que la plataforma no iba a durar dos días. Y es que, si algo quiere el hombre es valer por dos y, para eso, como dice el refrán, hay que empezar por estar prevenido. Prevenido, no hace falta decirlo, para lo malo, porque, de lo bueno, al parecer tan escaso, mejor que te pille de improviso, porque, cuando es anunciado, desesperas esperando.  

Esos versos, sacados de La Vida es Sueño, podrían serlo de Edipo Rey. Lo mismo en Segismundo que en Edipo se cumple el hado, pero no nos engañemos, no es por el querer de los cielos; se podría asegurar que en ambos casos la tragedia trae causa de la necedad de sus padres. O sea, que, de oráculo, nada de nada: es pura lógica; el que la hace la paga. 

El rey Basilio, padre de Segismundo, y el rey Layo, padre de Edipo, optan por inventarse la estúpida excusa de los oráculos para justificar sus ningunas ganas de pasar por los inconvenientes que la educación de un hijo, hasta en los mejores casos, tiene. Educar a un hijo, ¿para qué? ¿Para que, a nada que ya le apunte el bozo, te desplace? ¡Quita, quita! Mejor exponerlo a las fieras del bosque o encerrarle en una mazmorra a la espera de que se pudra. Y de aquellos polvos, estos lodos. Querer ir contra la naturaleza de las cosas es la mayor imbecilidad que se puede concebir: los hijos, por definición, desplazan a los padres; pretender escapar a esa ley es la madre de infinitud de desgracias. 

Siendo así las cosas, solo hay una solución para paliar el dolor de lo inevitable: poner todo el empeño de la vida en la educación de los hijos; si les educas bien es probable que cuando te desplacen lo hagan con los miramientos debidos. En eso, principalmente, consiste lo que llamamos civilización, en un tránsito sin convulsiones entre las sucesivas generaciones. 

Así que, nada de astrología, señores, y más dar el callo. Menos videos con funestas premoniciones y más con problemas de matemáticas. Si hacemos un buen uso de la plataforma YouTube, es probable que nos vaya mejor con nuestros hijos... que es de lo que se trata por encima de todo lo demás.     

domingo, 28 de junio de 2026

Vengan ustedes a la terraza/ y verán qué bien lo pasan

Este barrio en el que vivo está construido sobre las marismas al suroeste de la ciudad que conocí de niño. Por aquel entonces la entrada principal a la ciudad estaba más al norte, aunque también se podía entrar por una estrecha carretera de adoquines que cruzaba las marismas de oeste a este. Era una carretera que mayormente tenía un uso industrial, de camiones que iban de las fábricas del fondo de la bahía al puerto y viceversa. Luego se urbanizaron las marismas de tal modo que los bloques de viviendas quedan aprisionados entre dos avenidas, una al norte, por donde se sale de la ciudad y, otra, al sur, por donde se entra; el conjunto es largo y estrecho y, a trechos de unos cien metros o así, tiene calles trasversales de avenida a venida. Pues bien, en una de esas trasversales vivo yo. Es una calle que en la parte que toca la avenida de entrada tiene un ensanchamiento que, como no podría ser de otra manera en este país, está ocupado al cien por cien por las terrazas de los bares; ya saben, aquella canción de los años cincuenta del siglo pasado, «vengan ustedes a la terraza/ y verán que bien lo pasan». El caso es que en ese ensanche de la calle siempre hubo animación, pero desde que el bar de la esquina sur es regentado por dominicanos aquello es ya animación elevada a la enésima potencia; ya hasta la acera ha sido invadida por mesas, con lo cual, siempre hay allí un tapón de viandantes que tampoco se pueden derivar hacia la acera de enfrente porque, en ella, están en las mismas merced al éxito que viene arrastrando desde tiempo inmemorial la taberna La Graciosa a la que, confieso, suelo ir a media mañana a tomar el preceptivo pincho de tortilla. Y digo yo: ¿para qué coño voy a ir al Caribe si lo tengo al lado de casa? Porque este barrio, por obra y gracia del mal hacer de los gobernantes de los países caribeños, todos marxistas empedernidos, ha sido tomado por gente que viene huyendo de aquellos paraísos. La verdad es que, hoy por hoy, estoy encantado de que así haya sido porque nunca había vivido en un sitio tan respetuoso a la vez que alegre. 

Pero a lo que yo quería llegar es a lo de la diversión. O, por mejor decirlo, al mito de la diversión. Porque ¿es que acaso no es un mito? Y de los más tontos, a buen seguro. No creo que pueda haber una máquina más poderosa de producir frustraciones que la de la diversión tal y como ésta es entendida por estas sociedades atontolinadas por la abundancia. La obligación de divertirse se ha convertido en una verdadera tortura psicológica de la que, la comprensión de sus mecanismos, sólo está al alcance de unos pocos. La mayoría acumula frustraciones sin saber de dónde le llegan... no por otra causa es que insistan tanto. Quizá, si leyesen la Biblia, a lo mejor...

Es muy curioso que uno de los preceptos en los que más insiste Yahvé sea el del descanso al séptimo día. Hasta Él mismo descansó al séptimo. Seis días de trabajo y uno de descanso. Y, cuando dice descanso, es descanso; es decir, quedarse en casa tocándose las bolas. Yo, juraría que es justamente en ese precepto en donde reside, en gran parte, la causa de la relevancia del pueblo judío. Ellos aprenden desde niños a distinguir la diversión del descanso. Para ser productivo, sobre todo intelectualmente, hay que descansar propiamente dicho; lo cual, tiene que ver con la la diversión lo que vendrían a tener los cojones con el comer trigo. La gente que se pasa el fin de semana yendo a esquiar, o imbecilidades por el estilo, cuando llega el lunes al trabajo lo único que quiere es contar su experiencia para ver si así, dando envidia, se saca de encima la frustración acumulada. Cualquier cosa, en cualquier caso, menos ponerse a la tarea con entusiasmo. 

Claro que, tal y como está montado el tinglado en estas sociedades que llaman posindustriales, si se hiciese caso del precepto judío, sería el apaga y vámonos. En una ciudad como ésta en la que vivo, la parte del león de la actividad económica está basada en la diversión, o sea, que la gente está obligada a divertirse so pena de que el tinglado colapse. Divertirse, por así decirlo, sería el trabajo de las masas. Y así es que la gente del común anda todo el día de aquí para allá a la búsqueda de nuevas sensaciones que se supone han de servir para serenar el ánimo alicaído por la frustración que le produjo la anterior sensación. Es Sisifo subiendo piedras a lo alto de la montaña. 

Yo, la verdad, prefiero que me persigan por ser judío, que pasarme el día subiendo piedras a la montaña. 

sábado, 27 de junio de 2026

El señorito satisfecho

Escribía Ortega a principios del siglo XX a propósito del «señorito satisfecho». Si atendiendo, dice, a efectos de vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1º, una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; eso le da una sensación de dominio y triunfo que, 2º, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual; esto le llevará a no escuchar y no poner en tela de juicio sus opiniones. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio, por tanto, 3º, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos. 

Este personaje que ahora anda por todas partes y donde quiera impone su barbarie íntima es, en efecto el niño mimado de la historia humana. el niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización —las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización—. Es una de las tantas deformaciones de las que el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste, precisamente, en luchar contra la escasez. 

Y acaba recalcando con letra cursiva: Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades.

Todas estas consideraciones, llevadas al límite de la precisión, se pueden encontrar en un libro escrito tres siglos antes que la Rebelión de las Masas; me refiero a El Criticón de Gracián. Pero hay otra forma de encontrarlas que es ínútil pasar por alto, y no es ni más ni menos que la de enfrentarse a uno mismo sin contemplaciones y reconocer lo que ha sido la propia vida. Cuando uno piensa en todo aquello en lo que llegó a estar convencido le dan ganas de subir al Taigeto para arrojarse al vacío. Todo, poco más o menos, me vino rodado para que pudiese acabar dando con la cabeza en un pesebre, el de la función pública. Cuánto, ¡Dios mío!, me costó darme cuentas de que la comida de ese pesebre me creaba tales flatulencias que no podía pensar en otra cosa que en aliviar la insufrible distensión de mis intestinos. Y podría uno pensar, para consolarse, que todo ello no fue sino la causa del cúmulo de circunstancias que me cayeron en suerte, pero en absoluto me quedo satisfecho con esa explicación; más bien tiendo a creer que, como todos los cobardes, me acogí a la rebeldía sin causa, lo que vendría a ser como una especie de autoengaño para poder pasar por el aro con la sensación de conservar la pureza prístina de los elegidos. 

En fin, a la postre lo que cuenta es querer reconocerse en lo que uno realmente fue y, por tanto, es. Y es para dar carta de naturaleza a ese querer por lo que, entre otras cosas, leemos la Biblia, y a Homero, y a Gracián, y a Cervantes, y a Ortega, y a cualquier otra literatura que nos golpee en el alma hasta hacer brotar de ella lo que con tanta obstinación nos empeñamos en ocultar... la obstinación del señorito satisfecho.  

viernes, 26 de junio de 2026

9,8 m/seg²

Se me suceden los días a la velocidad de la luz. Y utilizo el pronombre personal me porque soy, específicamente, yo el que tiene esa sensación. Dicen que es propia de los viejos y seguramente es así porque, lo que alarga el tiempo, es la espera de la novedad —lo propio de los niños— y, los viejos, salvo que hayan perdido ya la cabeza, no esperan nada que no sea la rutina de cada día, algo que, como todo lo que cae sin tropezarse con nada, lleva una aceleración de 9.8 metros por segundo al cuadrado. Así que, qué de extraño tiene que transforme un quilo de garbanzos en humus, lo meta en el congelador, debidamente fraccionado en porciones, pensando que ya tengo resuelto el desayuno de casi un més y, como por sortilegio, es como si al día siguiente ya se hubiese acabado y tuviese que volver a los pucheros para encontrar a Dios, como hiciera Teresa de Cepeda. 

No esperar novedad —pas de nouvelle bonne nouvelle, que repetía mi madre como un lorito— supongo que es un mecanismo de defensa del que nos provee la naturaleza para hacernos más fácil el tránsito. Es como una especie de escepticismo total; a uno le vienen con cuentos de que si este político ha dicho no sé qué cosa o que si aquel científico ha descubierto tal prodigio y es como si oyeses llover: lo has escuchado un millón de veces y siempre se quedó en más de lo mismo. 

Me levanto, desayuno y me pongo a escribir esto. Unas veces voy a la carrerilla y otras es como una carreta de bueyes que trasporta un bloque de granito... en cualquier caso, me las apaño para no salir derrotado. Hago mis estiramientos y, acto seguido, agarro la guitarra. Siempre tengo una nueva partitura entre manos. Parece que fue ayer cuando comencé el Capricho Árabe de Tárrega y ya hace días que puedo balbucearlo de un tirón. Ahora estoy con la Serenata Española de Malat y me parece que nunca podré con ella, pero sé que, si insisto, algo sacaré algo en limpio... y, así en cuatro patadas, me veo, ya, metiéndome a la cama molido de cansancio y siempre pensando para mí que se ha ido otro día sin haberme apercibido de nada... y ruego a los dioses que así sea, porque la más leve alteración me mantiene insomne hasta altas horas de la madrugada. 

Sin embargo, también tengo que decir que nunca tuve en la vida momentos tan placenteros como los de ahora. Prácticamente todo lo que hago, lo hago a gusto y, si no, no lo hago. Porque es raro que me urja algo. Mis conversaciones, siempre son distendidas. Mis compromisos, inexistentes. Mis aspiraciones, que, en lo que de mi dependa, se cumplan las leyes no escritas del cielo.  

jueves, 25 de junio de 2026

Disonancias.

Hemos de suponer que la naturaleza es sabia. Eso que llamamos naturaleza que, para algunos, vendría a ser lo que para otros es Dios, o sea, esa fuerza misteriosa que mantiene la armonía del universo y, por ende, de todo lo que existe. La armonía, bien seguro, con sus disonancias que son las que hacen que la música tenga interés, no aburra y, por tal, se eternice. Nosotros, los humanos, como parte del invento, también estamos sometidos a esas disonancias armónicas que son las que hacen que sintamos la vida... sin disonancias, la vida sería como esa música que llaman de aeropuerto, precisamente, porque es en los aeropuertos en donde suena y suena y nadie parece oírla. 

Las disonancias se producen cuando se juntan dos sonidos producidos por vibraciones del aire con frecuencias muy dispares. Cuando la relación de las frecuencias es de uno a dos, dos a tres, tres a cuatro, entonces, todo va sobre ruedas, pero, en el momento que nos salimos de las relaciones facilonas, la música empieza a chirriar. Igual pasa entre los humanos, que la naturaleza quiere que cada uno vibre a su particular frecuencia, lo cual hace que las relaciones, unas veces sean armónicas y, otras veces, chirríen. 

A la postre, no se engañen, son los chirridos los que tienen interés; o dicho de otra manera, los que nos hacen avanzar hacia no se sabe dónde. Dos personas, una a la que la naturaleza favoreció más que a la otra, se juntan y ¿qué podemos esperar? Pues eso, emociones desatadas. Y a la postre, guerra. Y eso que llaman civilización vendría a ser el intento de escribir una partitura en la que las disonancias entre las personas tengan un fácil acomodo en la estructura armónica del todo. 

El acomodo de las disonancias, en eso consiste todo. Cuántas veces no me habrán dicho: a mí esa música moderna no me va. Demasiadas disonancias, para cosa buena. Hay que tener muy educado el oído para que te agrade. Así que, una de dos, o educas el oído, o estarás condenado a vivir en la ficción de un mundo sin disonancias... el que prometen todos los tiranos.  

miércoles, 24 de junio de 2026

Segismundo y Hamlet

Cuando andaba cursando el tercero o cuarto de bachillerato tuve que aprenderme de memoria el monólogo de Segismundo de La Vida es Sueño de Calderón. Pocas cosas he agradecido más en la vida que aquella obligación que me impusieron porque nunca olvidé gran parte de ese monólogo y en multitud de ocasiones me veo recitando para mí los fragmentos que recuerdo —«apurar cielos pretendo, /ya que me tratáis así /que delito cometí /contra vosotros, naciendo; / aunque si nací, ya entiendo /que delito he cometido:...»— y experimento una especie de reconfortamiento del espíritu; les parecerá una chorrada, pero el caso es que así es y no pretendo buscarle explicaciones. 

Para mí, el Quijote y La Vida es Sueño, junto con El Criticón de Gracián, son la mayor aportación que este país en el que nací y vivo ha hecho al mundo. Seguramente, desde la época clásica para acá no haya habido otra mayor. Ya sé que, para la inmensa mayoría, lo que puedan aportar esos libros frente a lo que supuso, yo qué sé, la invención del motor de explosión, por ejemplo, es completamente irrelevante. Y es que la mayoría ni siquiera se plantea la necesidad del conocerse a sí mismo ni, tampoco, el mundo en el que vive. ¡Craso error! Renunciar a ese conocimiento está en el origen de gran parte de los sufrimientos inútiles que esa inmensa mayoría arrastra por el mundo adelante. En fin, ¡allá cada cuál!

Ayer, como suelo hacer los días calurosos del verano, bajé al atardecer a sentarme en un banco de un un paseo que tengo aquí al lado en el que hay sombra desde el mediodía y corre el aire. Bajé, como digo, con La Vida es Sueño, en la edición de Cátedra, en el bolsillo trasero de mi pantalón. Me senté y me puse a leer en voz queda, recitando para mí, las dos primeras escenas... me gustaría saberlas par coeur, como dicen los franceses. En mi inmodesta opinión —ya saben que alguien dijo que la modestia es propia de los incompetentes—, esas dos escenas son uno de los más logrados inicios que ha dado la literatura universal. Ahí está planteada de forma inigualable la mayor problemática del ser humano consciente de sí mismo y, por tanto, de su libertad siempre vulnerada. Porque la libertad, si bien lo consideramos, nunca pasa de ser una aspiración que nunca consigue lograrse del todo. Y ese no llegar nunca es la causa de la frustración que no cesa por más que tratemos de aliviarla con quejas.  

Y aquí, en la forma de tratar el tema de la queja por parte de Calderón —y tanto placer había /en quejarse, un filósofo decía— es en donde encuentro un contraste de lo más inspirador respecto de la forma de tratarlo Shakespeare en Hamlet —who complaine, and act not, breed pestilence—. ¿Quejarse, para qué? ¿Para consolarse o para incitarte a la acción? A la postre no hay diferencias sustanciales entre Segismundo y Hamlet; los dos se matan a quejas hasta que no pueden más y, entonces, pasan a la acción, en ambos casos desmedida, supongo que para no desmerecer del volumen de sus previas quejas. 

Dice Clarin: «El filósofo era / un borracho barbón. ¡Oh, quién le diera/ más de mil bofetadas! /Quejárase después de muy bien dadas.» Clarin, escudero como Sancho, no le ve el sentido a lo que no lo tiene. ¿Para qué quejarse si no sirve para nada? Lo del consuelo es una mandanga. Si estás jodido, lo que tienes que hacer es arriesgarte. Esa es la única posibilidad de alivio, salga o no salga bien la empresa. Todo lo demás, ya digo, es puro engendrar pestilencia.   

martes, 23 de junio de 2026

Autoexigencia

Entre 1976 y 1981 se emitió en Televisión Española un programa llamado A Fondo en el que el periodista Joaquín Serrano Soler hacía entrevistas a reconocidos artistas. Artistas españoles de prestigio internacional y que, cosa curiosa, no tuvieron el menor problema, sino todo lo contrario, al desarrollar su actividad creativa en lo que el marxismo cultural rampante dio en denominar desierto cultural franquista. Desde luego que desiertos hubo muchos en el franquismo, pero cultural, precisamente, no creo que existiese en absoluto... sobre todo si le comparamos con el que parece haber ahora, en estos tiempos de la autodenominada democracia que se cae a pedazos de puro putrefacta. 

Me mandó Manolo el capítulo de ese programa en el que se entrevista a Joaquín Rodrigo. Joaquín Rodrigo, al menos en esa entrevista, vendría a ser el paradigma del espíritu aristocrático, es decir, aquella forma de ser a la que cualquiera que se respete a sí mismo debe aspirar y que, concretando, podríamos definir con la palabra autoexigencia. 

Rodrigo es el noveno de los diez hijos de una familia valenciana acomodada. A los tres años se quedó ciego. Pronto descubrió que su "realce rey" era la música y se dedicó con pasión a cultivarlo. O sea, la historia de todos los que hacen algo de interés en esta vida. Claro que, el hecho de descubrir el propio "realce rey" no es cuestión baladí que la naturaleza ponga al alcance de cualquiera. Y luego está la forma de cultivarlo que tampoco se hicieron las margaritas para los cerdos. No por otras causas es que la excelencia sea el logro de unos pocos a los que tendemos a considerar tocados por la gracia divina, es decir, una especie de lotería que no toca porque sí, como se tiende a creer, sino por la persistencia en el trabajo duro... o sea, autoexigencia por un tubo. 

En resumidas cuentas, los del montón, hombres masa, chusma, mob, foule, o como queramos llamar a los chisgaravises con colmillos afilados, tenemos una tendencia innata a admirar el éxito olvidándonos por completo de la autoexigencia que lo hizo posible. Y ahí es, precisamente, en donde reside la principal causa de nuestra continua persecución de quimeras que solo nos procuran frustración y ansiedad. En cualquier caso les recomiendo que vean esas entrevistas del programa A Fondo; están todas en YouTube. 

lunes, 22 de junio de 2026

Los santos inocentes

 Ayer había concurso de olla ferroviaria en Maliaño, justo en el parque Cros, donde está la terraza en la que me suelo sentar a tomar un piscolabis. Con tan fausto motivo, el olor a leña quemada y guiso potente lo impregnaba todo. Tengo que reconocer que, en cuanto a olores, aquel entorno ha mejorado una barbaridad; cuando era niño había allí una fábrica de fertilizantes que emitía al aire un olor a pedo; siempre que pasábamos por allí, camino de Santander, mi madre nos hacía la gracia del «yo no he sido». Así todo, en el centro de Maliaño hay un panel informativo sobre la calidad del aire en el municipio e, invariablemente, dice que es, unas veces mala y, otras, muy mala. Pero a nadie parece importarle lo más mínimo si nos atenemos a la animación que siempre suele haber por calles, parques y, sobre todo, los centros deportivos, que los hay a dojo, como dicen los catalanes. 

En cualquier caso, lo de la olla ferroviaria —por todo el barrio hay carteles anunciando concursos de olla ferroviaria en los más recónditos lugares de la región— es para hacérselo mirar. Porque mira que hay que estar aburrido para ponerse una mañana de verano a hacer un guisote en mitad del parque... con toda la parafernalia que se necesita trasportar para tales menesteres. En fin, como diría Félix de Azúa, con tal de no ponerse a estudiar, lo que sea. Lo que sea, con tal de que haya que ponerse un uniforme para ello. Todos los concursantes de ayer, por supuesto, iban uniformados color butano. Uniformarse, o sea, hacerse indistinguible, fusionarse con la masa, que no por otra causa es que Ortega los llame hombres masa, un fino eufemismo de lo que todo el mundo conoce con el peyorativo nombre de chusma. 

La Rebelión de las Masas, que como les iba diciendo, ando releyendo estos días, va precisamente de eso, de ollas ferroviarias, es decir, de cómo el hombre uniformado se va apoderando de todos los espacios públicos, imponiendo en ellos sus preferencias, porque, si algo caracteriza a ese tipo de pobre desgraciado es el estar en posesión de multitud de preferencias, todas ellas, eso sí, no por pequeñas menos molestas para quien pretende, sin éxito, mantenerse al margen de la fiesta. 

Sea como sea, el caso es que yo me tomé el pincho de tortilla y esperé, observando el entorno, a que se enfriase la infusión de gengibre con limón. Y tengo que confesarlo, algo de envidia me daba por el no estar capacitado para sumarme a ese tipo de eventos. ¡Se les veía tan felices! Justo igual que los niños en sus parques a guisa del paraíso hallado. No sé, en fin, qué coño estoy haciendo yo aquí con mis cultas aficiones que me apartan de cualquier tipo de comunión con los santos inocentes... porque, a la postre, qué puede haber mejor en esta vida que el dejarte arrastrar por la corriente y no enterarte de nada. ¿Es que acaso no se va tan pronto el carnero como el cordero? ¡Sancta simplicitas!, como se decía de aquellos que iban a ver como quemaban a un hereje y tiraban el mondadientes a la hoguera, porque alguien les había convencido de que así, echando leña al fuego, ganaban una indulgencia plenaria. ¿Puede haber en esta vida un logro superior al de una indulgencia plenaria? ¡Piénsenlo!  

domingo, 21 de junio de 2026

Demonacte

Sabido es que cuando el mono se bajó del árbol, una de las primeras cosas que hizo fue concebir a los dioses. Y ¿qué era un dios? Pues muy sencillo, un ser que poseía lo que más ansiaba el mono sin poder conseguirlo nunca ni, ni siquiera, aproximarse a ello. Y ¿cuáles eran esas posesiones?: la inmortalidad, la omnisciencia y el don de la ubicuidad. El caso es que, consciente o inconscientemente, el mono no ha hecho otra cosa desde que piso tierra que esforzarse por conseguir algo de esas tres posesiones divinas. Y lo curioso del caso es que, con las cuatro cosas que ha aprendido, ha llegado a creerse que ya está a dos pasos de la ansiada meta. 

A mí todo esto me maravilla. A veces miro alguno de esos videos en los que enseñan las obras de ingeniería que están llevando a cabo los chinos; todas ellas tienen el denominador común de aspirar a lo sobrehumano. Esa parece ser su única motivación, la misma, por cierto, que movió a los egipcios a construir las pirámides. Es todo de una ingenuidad apabullante... en nada difiere del columpiarse en las ramas de las que un día bajaste. ¡Por Dios Bendito, con lo bien que se está contemplando puestas de sol mientras escuchas los gritos de los niños que juegan a lo lejos!  

La perspectiva de las cosas que te da los muchos años vividos es que la inmensa mayoría no te sirvieron para nada cuando creíste haberlas conseguido. Recuerdo todos aquellos cachivaches que aprendí a manejar y que tanto me costó comprender que solo eran un trampantojo para ocultar mi ignorancia. Claro, los demás, que eran tanto o más ignorantes que yo, me veían manejarlos y me daban crédito, lo cual me ponía ufano, o sea, idiota perdido. Luego, muchos años después, cuando aprendí algo de matemáticas, me di cuenta de que cuando manejaba aquellos aparatos estaba haciendo poco más o menos lo que los monos cuando se columpian en las ramas. 

Reflexiona Ortega sobre la técnica y las repercusiones que sobre el alma humana tiene su manejo. «Pero repito, dice, me sorprende la ligereza con la que al hablar de la técnica se olvida que su víscera cordial es la ciencia pura, y que las condiciones de su perpetuación involucran las que hacen posible el puro ejercicio científico. ¿se ha pensado en todas las cosas que necesitan seguir vigentes en las almas para que pueda seguir habiendo de verdad "hombres de ciencia"? ¿Se cree en serio que mientras haya dólares habrá ciencia? Esta idea en que muchos se tranquilizan no es sino una prueba más de primitivismo.»

En fin, uno fue aquello a lo que no supo resistirse. Es decir, todo el primitivismo imperante revestido de sabiduría. Hubiese caído a tiempo en mis manos la semblanza que Luciano de Samosata hace de Demonacte y, seguramente, otro gallo me hubiera cantado. Demonacte, un hombre con todos sus atributos. Por ahí hay que empezar, por saber cuáles son los atributos de un verdadero hombre. No es fácil, desde luego. 

sábado, 20 de junio de 2026

Destellos de perspicacia

 Sigo leyendo a ratos La Rebelión de las Masas, un libro escrito hace más de un siglo, pero que parece escrito hoy y, sospecho, que podría haber sido escrito hace cinco mil años. Es un libro de psicología; la psicología del hombre masa. La psicología del necio, en definitiva. Me siento retratado en cada una de sus páginas. Porque me he pasado lo más de la vida, si no toda, cegado por la vanidad; ajustando mis ideas a mi situación vital y siempre convencido de haber dado con la piedra filosofal. Es muy difícil escapar a esa necedad; y es que los cielos son muy avaros en su reparto de la perspicacia necesaria para que de vez en cuando nos sintamos a dos pasos de ser estúpidos. 

¿Cómo no nos vamos a sentir perfectos si con solo una ligera presión del pie sobre la palanca del acelerador nos trasplantamos de Santander a Bilbao en menos de una hora? Si eso no son poderes sobrenaturales que venga Dios y nos lo explique. Y mientras vamos todo ufanos por la carretera ni por asomo se nos pasa por la cabeza los tremendos esfuerzos que tuvieron que hacer algunos de nuestros ancestros para que sea posible el milagro que yo estoy realizando ahora. Nada de eso; todo nos parece lo más natural del mundo por la sencilla razón de que yo lo valgo. Y, ¡ay si por lo que sea me surge un contratiempo! ¡Qué mal lo llevo, entonces! 

Supongo que cuando el hombre consiguió domesticar al caballo y, con ello, reducir las distancias, también se hizo un poco más necio. A la postre, cuando Newton y Leibniz descubrieron el cálculo, lo que en realidad consiguieron fue que la inmensa mayoría de sus congéneres diesen un paso de gigante hacia la necedad. Aquí estoy yo, sin ir más lejos, escribiendo estas reflexiones de chichinabo que de inmediato haré llegar a todos los confines del mundo. ¿Soy consciente en algún momento del esfuerzo ajeno que ha hecho que ese prodigio sea posible? A nada que me despisto me siento omnipotente. Sin embargo, si aterrizo, caigo en la cuenta de que mis reflexiones no son más que minúsculos e irrelevantes añadidos a la siempre en funcionamiento maquinaria del mundo. Y, entonces, tengo que echarle mucha voluntad para seguir adelante. 

Desde luego que hay que tener mucho cuidado con los destellos de perspicacia que nos pudieran sobrevenir, porque nunca son en vano. Nos ayudan, sí, a desvelar la realidad de las cosas y, también, la de nosotros mismos. Y, ¡ay!, es entonces inevitable que des otra vuelta de tuerca al encerrarte en ti mismo. Afortunadamente, destellos de esos, con cuentagotas.  

viernes, 19 de junio de 2026

La correspondiente resaca

Ayer vi escrito en no recuerdo dónde un titular que afirmaba que iban a comenzar en Europa las deportaciones masivas de inmigrantes. Por lo que oigo comentar por ahí, los inmigrantes que peor caen al personal son mayormente los musulmanes. Quizá sea porque son los que menor capacidad tienen para integrarse, es decir, para pasar desapercibidos. Los pobres no pueden remediarlo porque les han lavado el cerebro desde niños con lo de la superioridad moral. A ellos y, sobre todo, a ellas, se les ve por la calle casi siempre solos o en plan familia numerosa y, ni por descuido, sonriendo; no parece gente contenta con su suerte. Los comparas, por ejemplo, con una colla de familias de gitanos rumanos que hay en el barrio y no hay color; suelen estar reunidos al atardecer en el muelle del Pesquero, con sus churumbeles que no les falta juguete, y siempre bulliciosos. Y, si hablamos de los hispanos, que son mayoría en el barrio, como en su casa; ahí, en la esquina de la calle hay un bar con terraza regentado por dominicanos y, los fines de semana, a poco bueno que haga, tal parece que es el caribe. Eso sí, sin músicas estruendosas. Porque ellos saben perfectamente donde están. Por su parte, los del este, a esos, ni se les nota que son de afuera si no los oyes hablar; están todos mezclados con los aborígenes. Luego, claro, los chinos, que son punto y aparte; cruzo la calle y hay un bazar que ha convertido la entrada en frutería; para mí es un chollo porque tiene buen precio, la calidad no es mala y funciona catorce horas los siete días de la semana. En conjunto, todo ello me hace sentirme como si viviese en uno de esos barrios populares de New York que nos hemos cansado de ver en las películas. 

El problema de la emigración es otro que, como el de la jodienda, no tiene enmienda. Es una cuestión puramente física; digamos que como la ley de Boyle Mariotte, que si disminuye el volumen aumenta la presión y viceversa; en cualquier caso, el producto de ambos elementos siempre se mantiene constante. Aquí, en esto que siempre fue La Montaña hasta que los comunistas le cambiaron el nombre, llevamos ya más de un siglo, o quizá dos, en los que la población no se mueve mucho del medio millón. Y así ha sido que como en las últimas décadas a la gente le dio por no tener hijos para evitarse preocupaciones, el vacío que quedó no ha tardado ni dos segundos en llenarse. A eso se le añade que una buena parte de los autóctonos viven de comerse el patrimonio que labraron sus antepasados y, claro, necesitan criados para cuadrar su círculo. Y los criados, ya saben... y si no lo saben, cojan, agarren una de esas plataformas de cine que todos ustedes tienen en casa, y busquen una película titulada El Sirviente, del director británico Joseph Losey. En definitiva: la dependencia de los criados corre el peligro de convertirse en un verdadero infierno, que es justo en donde, según muchos, hemos ido a dar. 

La respuesta al problema es de Perogrullo: toda juerga conlleva su correspondiente resaca. Y la resaca, una de dos, o la soportas a pie firme o la alivias bebiendo más... ya saben, la lógica estudiantil de que un clavo saca otro clavo. En fin, vamos a ver por qué solución se opta. Personalmente, lo de las deportaciones me parece un maquillaje para calmar los ánimos de los más exaltados. Creo más factible una autodeportación cuando las condiciones imperantes en el territorio invadido no les salgan a cuenta a los invasores. De hecho, parece ser que eso es lo que les está pasando a los musulmanes; los políticos, presionados por los autóctonos, se han visto forzados a hacer pasar leyes que ponen coto a las pretensiones de los musulmanes de expandir lo que ellos llaman su cultura, por supuesto, supremacista... toda cultura que se quiere expandir es, por definición, supremacista, que no por otra causa es que se haga odiosa. ¡Pobre gente! tengo un conocido, un tal Moha, marroquí él, que siempre que me ve corre a saludarme. Hace años, después de darme la mano, se la llevaba al corazón. Hace tiempo que prescinde de ese ritual; se ve que se ha dado cuenta de por dónde van los tiros. En cualquier caso, juraría que es un buen chaval. 

jueves, 18 de junio de 2026

El torcimiento de la flexible vara de medir

Cervantes nos deja claro que, entre la pluma y la espada, la espada se lo lleva de calle. Puro realismo. Es lo mismo que podemos constatar a todo lo largo de El Criticón respecto del instinto y la razón. Lo real es que la razón a duras penas puede colarse por los intersticios que le deja el instinto cuando el modus vivendi está perfectamente asegurado.

Gracián, como yo, era hijo de médico, pero no necesitó, como fue mi caso, seguir la estela de su padre para darse cuenta de en qué consistía el invento. Nos lo deja fantásticamente explicado:

—¿Quién es aquel —preguntó Andrenio— que para andar derecho lleva por apoyo el torcimiento en aquella flexible vara?

La flexible vara en la que nos apoyamos es el instinto que proporciona todo tipo de triquiñuelas a la razón para que nos parezca que vamos derechos cuando vamos torcidos. Pero vayamos al asunto de los médicos a los que la gente, en general, tiene bastante calados mientras no falta la salud, pero que, a la que empieza a faltar, se convierten en el clavo ardiendo al que todo el mundo se agarra:

—... Lo mismo sienten todos de aquel otro que también viene a caballo para acaballo todo. Éste tiene por assumpto y aun obligación de hacer de los malos, buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace malos, y de los malos, peores. Éste trae guerra declarada contra la vida y la muerte, enemigo de entrambas, porque querría a los hombres ni mal muertos ni bien vivos, sino malos, que es un malíssimo medio. Para poder él comer hace que los otros no coman; el engorda cuando ellos enflaquecen; mientras están entre sus manos no pueden comer; y si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer. De suerte que estos viven en gloria cuando los demás en pena... Y es de advertir que donde hay más doctores, hay más dolores...—

Y en esas es en las que estamos, con cada vez más dolores porque cada vez hay más doctores. Y no lo digo sólo en el sentido literal; también en el figurado. Toda esa gente que se ha dado en considerar expertos en la realidad sólo lo son en perpetuar los problemas que, en principio, deberían resolver. ¿De qué iban a comer ellos y sus hijos si los resolviesen a la primera de cambio? Tan es así, que no podemos achacar a su mala fe la perpetuación e, incluso, el empeoramiento de los problemas; en absoluto: es, simplemente, su instinto de conservación el que guía su proceder, so capa de sabiduría. 

En fin, así son las cosas de esta vida y conviene andar avisado al respecto. Todos estamos en lo mismo que no es otra cosa que asegurarnos por todos le medios a nuestro alcance el modus vivendi. ¡Y es tan difícil conseguirlo sin apoyarnos en el torcimiento de una flexible vara de medir!

miércoles, 17 de junio de 2026

La acción

Creo recordar que es Hamlet el que en una de sus peroratas filosóficas afirma que, el que se queja y no actúa, engendra pestilencia. Personalmente, no puedo estar más de acuerdo con esa sentencia. Y pienso que no por otro motivo es el que haya tanta pestilencia en el mundo, porque, precisamente, como bien señala Calderón en su La Vida es Sueño, no nos quejamos para tomar impulso hacia la acción, sino, más bien, por el consuelo, que es placer, que la queja en sí nos produce.

Seguramente, si hiciésemos un libro comentando las sentencias que emitieron Hamlet, por un lado, y Don Quijote, por el otro, tendríamos el mejor compendio de filosofía que nunca se pudo imaginar. Porque sería filosofía libre de la paja que enmaraña el entendimiento del pueblo llano... y no tan llano. Las sentencias van al grano, que es alimento listo para ser comido, o sea, para la acción por antonomasia. 

Dice Hamlet: "My words fly up, my thoughts remain below. / Words without thoughts never to heaven go."

—Mis palabras vuelan alto, mis pensamientos permanecen bajos. / Palabras separadas de los pensamientos nunca suben al cielo.—

Y si las palabras no llegan al cielo, que sería ese lugar en el que los sentimientos concuerdan con la razón, o el corazón con el cerebro, difícilmente vamos a poder hacer otra cosa que no sea recoger las cacas que va dejando el perro por la calle. A eso se reduce toda la acción de la que es capaz el hombre blandengue que decía el Fari. Bueno, lo del perro y, también, lo de ir a votar, y a vacunarse si se tercia, y a una terraza a blasonar de entendido en futbol... y en inteligencia artificial, que es lo que ahora más mola. 

Hamlet y Don Quijote: sentimientos y razón dándose la mano a través de la acción. Por eso quizá sea que tienen tan poco tirón en este mundo de hombres blandengues. 

martes, 16 de junio de 2026

Douglas Murray

Hay en Inglaterra un tipo llamado Douglas Murray al que es un verdadero placer escuchar. Y no solo por lo que dice, que también, sino por cómo lo dice. Y es que, por lo que sea, los dardos certeros de Diana Cazadora se han convertido en una de las más raras piezas de museo que obligan a peregrinar miles de kilómetros para poder contemplar uno. Lo que se acostumbra a escuchar hoy día, salvo, ya digo, rarísimas excepciones, son letanías, a toda mecha, de tópicos engarzados mediante conectores del lenguaje; así se logra dar a las mentes poco evolucionadas, que son la mayoría, una impresión de agilidad mental apabullante. Supongo que el arte de la oratoria vendría a ser algo así como la demostración de un teorema matemático: no se puede adelantar un pie si el otro no está firmemente asentado en tierra. Toda afirmación tiene que estar basada en unas premisas indiscutibles. Y ahí es en donde reside la gran tragedia de estos tiempos del hombre masa, que de tanto repetir las ideas preconcebidas, éstas, se han convertido en premisas indiscutibles para la inmensa mayoría. En fin, son las argucias que utiliza el poder político en el inútil intento de perpetuarse. Y es que, nada asentado sobre la falsedad, dura, porque siempre acaba por llegar en niño, o el Douglas Murray, que grita que el rey va desnudo. 

En realidad, si bien lo consideramos, nunca hubo rey —ya se lo advirtió Dios a Samuel— que no fuese desnudo. El problema siempre ha sido la falta del Douglas Murray de turno. A veces pasan años y años sin que aparezca uno y el rey hace de las suyas, o sea, exprimir hasta la extenuación a los que trabajan. En el libro del Éxodo está muy bien explicado eso: el faraón llevaba cuatrocientos años exprimiendo a los judíos hasta que, de pronto, apareció Moisés a guisa de Douglas Murray y les descubrió a los judíos que el faraón, en realidad, iba desnudo. Así fue que se largaron y le dejaron con dos palmos de narices. 

En Europa llevamos ya ochenta años en los que el faraón de Bruselas no hace más que exprimir a la gente; pero tiene los días contados porque le están creciendo los Duglas Murray por todas las partes. Y es que, aunque no se lo crean, cada vez hay más gente aficionada a los teoremas matemáticos, es decir, a distinguir los tópicos de las premisas. A saber pensar, en definitiva. Eso de los sentimientos, como argumento, ya no cuela. Por no hablar de la superioridad moral que ya es que hasta da risa. 

Por cierto, ¿vieron el otro día toda aquella rimbombancia con motivo de la visita del Padrino al que dicen Santo Padre? Toda aquella gente iba desnuda. Ninguno era nada más que unos jetas viviendo del cuento. ¡La Sagrada Familia, ya te digo! Si entendemos por familia lo que entiende esa gente, o sea, la mafia, pues sí, vale, es sagrada para ellos. ¿De qué iban a vivir si no, si entre todos ellos serían incapaces de hacer la o con un canuto? Había allí mariquitas como para parar un tren. 

Resumiendo, que ya pasó el tiempo de las catedrales y los santos padres. Y la familia, o es conflictiva o no es. Y el orden, o es espontáneo o es tiranía. Y la libertad, o se defiende con las armas, o no se tiene. Ya lo dijo Cisneros, señalando los cañones: estos son mis poderes. ¡A ver si nos enteramos!

lunes, 15 de junio de 2026

Pessoa y Ortega.

Sigue perorando Ortega: «Pero ahora me importa sólo hacer notar cómo ha crecido la vida del hombre en la dimensión de potencialidad. Cuenta con un ámbito de posibilidades fabulosamente mayor que nunca.» Y eso que, cuando Ortega dice eso, apenas acababa de comenzar la fiesta; ¿qué hubiera dicho si hubiese conocido todos estos cachivaches que hay hoy día? Al final, debemos concluir que esa impresión de potencialidad no es cuestión ligada al desarrollo tecnológico, sino, más bien, pienso yo, a un estado de ánimo que podríamos calificar de optimismo. Y los estados de ánimo son cuestiones que, aunque a veces se les tache de colectivos, para mí que son fundamentalmente personales; por eso se dice que cada uno cuenta la feria según le va en ella. En todas las épocas de mi vida, fuera cual fuera la situación socio-política-económica, he visto gente que todo lo veía del color de rosas y, también, gente que lo veía todo más negro que el sobaco de un grillo. 

Todas estas cosas se aprecian muy bien en el ámbito de lo que se conoce como redes sociales, una cosa que lo mismo sirve para un roto que para un descosido; y así es que, unos las alaban y otros las denuestan como ha pasado siempre con todo lo que en cada momento de la historia ha tomado relevancia social. Claro, para el que no dá más de sí, las redes sociales vendrían a suponer un sucedáneo de aquellas porterías en las que se cultivaba y difundía el rumor: "se avecina algo peor que una crisis", "seis hombres destruyeron occidente", "el mundo que conocías se acabó; así será el que viene"... y así ad infinitum; el que no sabe hacer nada porque no encontró su realce rey, que diría Gracián, y, por tanto, no lo pudo cultivar, se consuela dándole a la húmeda, que así es como se llama a lengua en ciertos argots. Pero, luego está la gente que encontró su realce rey, lo cultivó, y, por tanto, sabe hacer cosas notables que, en unas ocasiones, se pueden convertir en modus vivendi y, en otras, simplemente sirven para aumentar el prestigio. En cualquier caso, las redes son al presente lo que la plaza del mercado fue en el pretérito, es decir, el lugar al que acude el que tiene algo que vender.

Y ese es el más peliagudo asunto de la vida, tener o no tener algo que vender. Saber o no saber hacer algo notable. Y, claro está, ser o no ser consciente del valor real de lo que tratas de vender. Aunque, como ya nos explicara la Escuela de Salamanca, lo del valor siempre es subjetivo, que no por otra causa es que haya por ahí tanto cantamañanas ganándose divinamente la vida vendiendo mierda... es de lo más natural que a la gente mierdosa le guste comprar mierda. En cualquier caso, a la postre, el mercado, la red social en este caso, no engañan; fíjense en lo que venden unos y otros y comprobarán que el público, mayormente, sabe apreciar el valor real de las cosas... no es lo mismo un músico, o un matemático, que un analista político. Nunca verán videos de youtubers, que así llaman ahora a los analistas políticos, con trescientos millones de visitas como suele suceder con algunos músicos. 

Resumiendo, a lo que iba, que, para mí, eso de la potencialidad y las posibilidades, no es cuestión de los tiempos, sino, más bien de las personas y su voluntad de poder. Mi padre siempre nos decía que el que quiere puede. A la postre, en cualquier caso, lo que cuenta es intentarlo, como hacía Don Quijote. Si no intentas hacer más que lo que estás seguro que podrás lograr, entonces, date por jodido: serás el típico ciudadano ejemplar que vota, se vacuna, está lleno de pequeñas preferencias y, por ende, no deja de sufrir por chorradas. 

Por cierto, me está resultando de lo más interesante leer a Ortega a la luz de Pessoa. A veces me da la impresión de que el uno, Pessoa, ya esta de vuelta de a donde, el otro, Ortega, quiere llegar.  

domingo, 14 de junio de 2026

Toco-mocho

 


Decir que la libertad individual tiene uno de sus principales puntales en el libre comercio es una obviedad tan manifiesta que casi da vergüenza mencionarla. Y por eso es el que las autoridades usen sibilinamente el comercio para limitarnos la libertad; de hecho, de una forma u otra, el comercio siempre está intervenido de manera arbitraria, es decir, sin más justificación que la de obtener los máximos beneficios, tanto fiduciarios como represivos, por parte del poder en curso. De hecho, del grado de esa intervención arbitraria es de donde vienen gran parte de las diferencias de desarrollo de los pueblos. Cuanta más intervención, menos competencia; cuanto menor es la competencia, menos innovación habrá... todo es de Perogrullo, pero vete tú a explicárselo al que manda. 

Pero, por muy amantes que seamos del libre comercio, no podemos olvidar, que una parte muy significativa del comercio tiene las mismas connotaciones morales que el toco-mocho. Recuerdo lo que la gente en general se reía con aquellas películas de Toni Leblanc y compañía en las que el argumento iba de timar a los incautos. Siempre ha hecho gracia el ver como los pillos de la ciudad engañan a los ingenuos de pueblo. Pues bien, eso ya quedó atrás; ahora son los pillos de la ciudad engañando a los tontos de la ciudad, porque la ciudad ya hace mucho que dejó de espabilar a la gente. De hecho, las tres cuartas partes, por decir una cifra modesta con la finalidad de no equivocarse, de los negocios de la ciudad son puro toco-mocho. Ayer iba dando un paseo en bicicleta y, al pasar por Nueva Montaña, justo enfrente de la puerta principal del Corte Inglés, vi eso que les muestro en la foto: un chiringuito a modo de fuente de la eterna juventud. "Cámara de Colágeno Híbrida" ¿Se pueden imaginar ustedes una mayor sinvergüenzonería? Estimula la producción de elastina, colágeno y ácido hialurónico. ¡A ver quién da más! Pues nada, ahí está ese negocio que, a juzgar por el montaje y lo que resiste, tiene que estar sacando pingües beneficios del timar a los idiotas. O, más bien, a las idiotas. 

Así son las cosas de la libertad; fundamentalmente aprender a convivir con la mentira que lo impregna casi todo. Y ahí, en saber identificar ese "casi", es donde reside toda la sabiduría posible. Cuando uno es viejo y se pone a pensar en todos los anzuelos en que picó... bueno, qué les voy a decir que no sepan ustedes. ¡Y menos mal si puedes tener unas acaballas más o menos libres de imbecilidad! Quizá sea a eso a lo único que se puede aspirar en esta vida.    

sábado, 13 de junio de 2026

Mi estela

 Un amigo me manda un vídeo musical. Lo veo y, cuando acaba, aparece mi nieto en pantalla. Me sorprende, pero pronto caigo en la cuenta de que el vídeo venía por Facebook, cuyos algoritmos me tienen tan pillado como a cualquiera de los ochomilmillones que poblamos el planeta; algo demoniaco, sin duda, con lo que nos hemos acostumbrado a convivir como si fuera normal o, incluso, angélico. Ya se verá en qué para todo esto. Pero, bueno, a lo que iba, que es que, ya que ha aparecido, me pongo a curiosear. Y me quedo bastante sorprendido. Aparte de dos o tres fotos más o menos afortunadas, lo único que ha colgado en su perfil son un par de textos que bien pudieran estar sacados de aquel librito con meditaciones escogidas de Marco Aurelio que le pasé hace un par de años. 

El uno dice, que conoce a gente muy inteligente a los que no les va bien en la vida. Sin embargo, no conoce a nadie genuinamente persistente que no acabe por tener éxito. 

 El otro, dice: ¿tienes algún trastorno médico? ¿O tienes una respuesta adaptativa depresiva a algo que ha ocurrido en tu vida? Si te etiquetas de deprimido, estarás deprimido. Si crees que es una respuesta para hacer un cambio, nunca volverás a estar deprimido o ansioso. Moraleja: No guardes creencias que: 1. Son en detrimento de tu vida. 2. te quitan fuerza. 

La verdad es que mi nieto es un chaval curioso. Con dieciocho o diecinueve años decidió irse por el mundo a vivir su vida; concretamente al trópico americano. Me explicó un día cómo se gana la vida con el internet, pero solo entendí que se trataba de algo comercial. En cualquier caso, desde que se fue de casa, nunca ha tenido que recurrir a sus padres para sobrevivir. Aunque ya solo sea por eso, me quito el sombrero. Hace poco estuvo por aquí y vino un día a verme porque quería hablar de la Biblia. Por supuesto que no desde el punto de vista del creyente, sino desde el del intelectual. Pasamos un rato entretenido y, como unas cosas llevan a otras, acabamos hablando del Quijote y, también, de Robinsón Crusoe que, como él, desoyó los consejos de sus padres y se embarcó en aventuras con el resultado de todos conocido. ¿Qué sería del mundo si no hubiera habido hijos que desoyeron los consejos de seguridad —hazte funcionario— de sus padres y se dejaron llevar por sus impulsos de aventura?

En fin, el caso es que me ha dicho su madre que, al día siguiente de la visita que me hizo, tomó el avión para las Antillas con un Quijote debajo de un brazo y un Robinsón Crusoe debajo del otro. Todo lo cual me tranquiliza respecto a la estela que voy dejando en el mundo.  

viernes, 12 de junio de 2026

Fórmulas preestablecidas.

 



El teorema de la bisectriz interior es uno más entre los miles que hay en geometría. La bisectriz parte por la mitad uno de los ángulos del triángulo y va a dar al lado opuesto del ángulo dividiéndole en dos partes que guardan entre sí la misma relación que guardan entre sí los lados del triángulo que forman el ángulo. Pues bien, les acabo de hacer el enunciado del teorema de la bisectriz interior y tengo que confesarles que me he quedado bastante insatisfecho por cómo lo he hecho. Las matemáticas son sobre todo un problema de lenguaje que se manifiesta en los enunciados; un enunciado como Dios manda te facilita un montón la resolución del problema. En, realidad, no es nada diferente a todas las demás cosas de la vida que, nos suele costar entenderlas, precisamente, porque nuestro lenguaje no tiene recursos para abarcarlas. 

Así es que, nos ponemos ante un problema de geometría, le damos un par de vueltas y decimos: ya está, para resolver esto tengo que emplear el teorema de la bisectriz interior; así, lo que era un problema geométrico, por arte de birli-birloque, lo convierto en un problema aritmético; es decir, de ser para secundaria lo he pasado a ser para primaria. Ya ven que fácil es todo cuando recurrimos a fórmulas preestablecidas, que no otra cosa es un teorema resuelto.

Ahora bien, que pasa en nuestro cerebro cuando le acostumbramos a recurrir a fórmulas preestablecidas. Yo juraría que, en tal caso, se va encogiendo paulatinamente hasta acabar por no diferenciarse del de un chimpancé... o, como diría Ortega, del de el "hombre masa". Algo sumamente penoso, desde luego, de lo que cualquiera que se considere humano y, por tanto, hecho a imagen y semejanza de lo que suponemos es Dios, debería huir como de la peste; porque, no se engañen al respecto, las fórmulas preestablecidas son la peste. 

Los seres humanos, al menos, que sepamos, desde hace dos o tres milenios para atrás, han sido conscientes del peligro de las fórmulas preestablecidas. Concretamente, hacia el año trescientos B.C., un señor llamado Euclides, decidió poner en limpio el origen, o el porqué, de todas las fórmulas preestablecidas que se usaban por aquel entonces en geometría. Y lo colocó todo en una docena de libros que, para el que no lo sepa, han sido los libros más leídos, excepción hecha de la Biblia, a todo lo largo de la historia de la humanidad. Y ¿por qué han sido tan leídos? Pues porque el ser humano se percató muy pronto de que educarse es aprender a pensar por uno mismo y, eso implica, no aceptar las normas prestablecidas hasta no haber descubierto por ti mismo su pertinencia. Porque las normas, a la que te sales de las matemáticas, nunca son eternas; siempre son cambiantes como cambiantes son las circunstancias que nos rodean. 

En resumidas cuentas, cada uno tiene su particular visión de la belleza, y por eso es que millones y millones de personas van de aquí para allá a ver cosas que les han dicho que son bellas... porque yo lo digo y la ciencia no miente, como bien argumentara un día el mono del anís. Bueno, ya saben que los monos se pasan el día cascándosela, lo que tampoco está mal. En cualquier caso, si los monos pudiesen comprender la belleza que entraña la demostración de cualquiera de los miles de teoremas de que se compone la geometría, a buen seguro, toda la industria turística se iría al carajo... pero eso nunca ocurrirá porque ya tuvieron buen cuidado las autoridades en sacar de los estudios oficiales los libros de Euclides que eran la gimnasia mental con la que las gentes que nos precedieron aprendieron a pensar y, por tal, a saber apreciar la belleza allí donde realmente existe... y no donde te dicen que existe. 

En fin, el porqué de las normas, esa es la verdadera cuestión. 

 

   

jueves, 11 de junio de 2026

La geometría

 Yo, lo de Harry Potter, ni aún ciego de grifa se me hubiera ocurrido leerlo. Con saber que hay una varita mágica por medio ya me parece cosa de nenas. Las hadas madrina y todo aquello que había en los libros de mi hermana mayor que en paz descanse. El pensamiento mágico es como un cáncer con el que no nos queda más remedio que aprender a convivir. De repente, alguien descubre algo que creemos que es una cura definitiva, pero, vana ilusión, a la que le damos la espalda ya tenemos ahí otra recidiva. Hablábamos anoche de esas curas, de Euclides y sus Elementos, un manual de ejercicios de gimnasia para fortalecer el músculo mental. "La geometría, el momento decisivo en el que la mente, el ojo y el corazón, coinciden", me decía. Yo, me agarro a ella como a un clavo ardiendo, porque, si la suelto, sé que, a la primera de cambio, se me irá la olla. Es tremendo lo frágil que es nuestro aparato mental y lo poco conscientes que somos de ello. La más ligera emoción, o el más irrelevante deseo, trastoca sus mecanismos y nos pone a somiar truites, como dicen los catalanes. 

Andaba estos días dándole otra vuelta al Éxodo. Es un libro que trata del camino de la libertad; de sus muchas dificultades que solo se pueden solventar recurriendo a la magia potagia. En realidad, más que Éxodo, ese libro se debiera llamar el Libro de los Prodigios. Jehová no resuelve un solo problema utilizando la razón; para todo echa mano de la varita mágica. Y, así todo, se tiene que prodigar hasta el cansancio, porque la terquedad de los unos y la cobardía de los otros se lo pone muy difícil. El Faraón necesita padecer como diez plagas antes de entrar en razón; era tan tonto que prefería todos aquellos sufrimientos antes que prescindir de los servicios que le prestaban los judíos. Y los judíos eran tan mierdas que, por sí mismos, nunca hubieran salido de su miseria existencial. 

Es la metáfora perfecta. Todos somos el Faraón y todos somos judíos. ¿Cuántas plagas no tenemos que soportar antes de caer en la cuenta de que es esa necesidad absurda que nos tiene cogidos por los huevos la que las está provocando? ¿Por qué somos tan cobardes como para preferir la seguridad de la esclavitud que la incertidumbre de la libertad? A todo lo largo del relato del Éxodo, los putos judíos, a nada que algo se tuerce, en vez de ponerse a pensar en resolverlo, comienzan a murmurar de Johová y a lamentar el haber dejado la seguridad vigilada que les brindaba el Faraón; siempre esperando que otro venga a resolver tus problemas, sea el que sea el precio que le tendrás que pagar por ello.  

¡Dios mío, por qué estaremos tan limitados para el recto razonar? ¿Será porque hacemos poca gimnasia mental o, sencillamente, porque pensar que podemos conseguirlo es una vana ilusión? En fin, en cualquier caso, seguiré recurriendo a la geometría porque, sirva o no sirva para algo, me va esa marcha.  

miércoles, 10 de junio de 2026

Tiempo de gracia

Son poco más de las nueve de la mañana y estoy en la frutería pagando, cuando oigo que alguien a mis espaldas dice: ¡Hola, Pedro! Me vuelvo y veo un alma en pena. Seguramente le conocí por los años sesenta cuando anduve por Londres, pero hasta que hace poco me lo presentó una conocida no tuve la menor conciencia de su existencia. Es un hombre de aquí que se ha pasado la vida trabajando por ahí, en diversos países, y, ahora, viejo ya, pasea la sombra de lo que fue por su ciudad natal. Me espera a que acabe de pagar y, ya en la calle, cuando me tiene a tiro, sin venir a cuento, me menta con cara compungida las guerras que hay por el mundo; la de Irán y todo eso. Alguna vez no las hubo, le respondo. Para qué coño ves la televisión y lees los periódicos; mejor dedícate a leer a Heródoto y así te enterarás de todo lo que tiene que ver con los persas, El tío me mira visiblemente descolocado. ¿Y tú, cómo estás? Pues bien, tirando, con mis cosas, le contesto. Entonces, va y me dice: entonces, tú, ya, de tu profesión... ¿De mi profesión? De mi profesión no quiero saber nada... desde hace mil años, ya. ¡Harta plaga!, por cada uno que curan, que lo pregonan a bombo y platillo, matan a cien y nadie se entera. El tío me deja plantado; no es para menos, porque no sale de las consultas de los médicos y va empastillado hasta el culo. ¡Leches, que vidas!, me digo y me encamino para casa con la preciosa mercancía. 

La ciudad está llena de tipos y tipas así. Organizan su vida en función de encuentros que so capa de actividades culturales no son otra cosa que bailes de vampiros. Así es que andan por ahí exangües y con los colmillos siempre afilados con la esperanza de encontrar unas yugulares medianamente vírgenes en las que poder clavarlos. En realidad, esa pobre gente, si nos atenemos al significado de la palabra con la que se les califica, jubilados, tendríamos que suponer que viven en un tiempo de gracia, es decir, de renovación espiritual. Pero, mi impresión es que nada más lejos de la realidad. La palabra jubilado no es más que otra invención del marxismo cultural que, como ustedes saben, es una ideología que mayormente consiste en manipular el sentido de las palabras para hacer que la realidad parezca lo que no es. Así, el tiempo de gracia y renovación espiritual del jubilado, lo que en realidad sería, pues eso, estar arrojado en el contenedor de la basura a la espera de que te lleven al vertedero municipal. No creo que nunca haya habido en el mundo una idea más perversa que la de la jubilación; en vez de ir adaptando paulatinamente el trabajo a las capacidades de la persona, y así hasta el fin de su vida, se la tiene a ésta realizando tareas penosas hasta el día que se decide tirarle al contenedor. El marxismo es eso, considerar a las personas como piezas de una máquina; cuando se desgastan se las cambia por otra. 

En fin, allá cada cual con su particular visión de la jugada. Cuando me jubile aprovecharé para hacer todo lo que me hubiese gustado hacer y no he podido, dicen los más optimistas. ¡Pobrecillos! Si yo te contase...

martes, 9 de junio de 2026

Rimbomborio

Lo que más le jode a Dios es que nos pasemos la vida autoengañándonos, lo que, en definitiva, no es más que un estúpido intento de engañarle a Él. Las cosas son mucho más sencillas: esfuérzate y déjate de mandangas, nos dice. 

Estos días que estamos viviendo, que, hagas lo hagas, a nada que te descuides ya se te echa encima todo el rimbomborio de las mafias celestiales. ¡Por Dios bendito, cuánta palabrería hueca! ¡Y cuánta superchería! Diez minutos, decía el titular de un video de YouTube, estuvieron aplaudiendo, los que dicen ser representantes de la soberanía popular, ¡qué jeta!, el discurso que pronunció el que dice ser vicario de Cristo en la tierra... ¡que por autobombo no quede! Y así es que no consigo que se me vaya de la cabeza la segunda requisitoria de Isaías I.

«Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;

escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.

¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—

Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; no me agrada.

No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. 

Vuestras solemnidades y fiestas las detesto;

se me han vuelto una carga que no soporto más. 

Cuando extendéis las manos, cierro los ojos;

aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé.

Vuestras manos están llenas de sangre.

Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones,

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien;

buscad el derecho, enderezad al oprimido; 

defended al huérfano, proteged a la viuda;

Entonces venid, y litigaremos —dice el Señor—.»


Sí, señores y señoras, Dios es nuestra conciencia. Por más que lo intentemos, no conseguimos engañarla. Hacemos mil chorradas creyendo que así la distraemos de su implacable función, pero lo único que conseguimos es cabrearla. Y, ¡leches!, lo que puede llegar a amargarnos la vida una conciencia cabreada consigo misma. A nada que se fije uno, lo aprecia en las caras de la gente que aparenta divertirse con sofisticadas ceremonias: se les va consumiendo la carne de la cara y la sonrisa se les queda sardónica, como a los muertos. 

En fin, vamos a ver si estando a lo que tenemos que estar conseguimos sacarnos de encima todas estas lucubraciones a propósito de lo que no tiene enmienda, que no solo es la jodienda, como pudiera parecer a primera vista, sino, sobre todo, la puta vaguería disuelta en estériles justificaciones. 

lunes, 8 de junio de 2026

La divinidad

El Papa, que es infalible con la boca, ha venido a España y como que no hay manera humana de evitar el tener que tragártelo. Fui por la tarde a ver qué película del oeste estaban echando en el canal 13, que es el de la Iglesia, y allí estaba él haciendo propaganda del Partido Socialista Obrero Español. Toda esa gente que blasona de ser creyente y de derechas es tan tonta que es incapaz de comprender que la Iglesia a la que adoran no es otra cosa que una agencia de publicidad al servicio de las ideas comunitaristas, es decir, todo dentro del Estado, nada fuera del Estado... o sea, la ideología de todos los partidos políticos en liza por el pastel, aunque no todos son claros al respecto y, por eso, el que se lleva el gato al agua es el que no se anda con remilgos al declarar sus intenciones, es decir, el de los cristianos por el socialismo: hoy día, un cura es indistinguible de un enlace sindical; ambos al servicio de la idea de quitar a los ricos para dárselo a los pobres. ¡Qué bonito suena! En fin, que con su pan se lo coman y quedamos a la espera de que, como a todos los cerdos, les llegue su San Martín y la gente con cerebro pueda vivir en paz. 

Por lo demás, les cuento que el otro día iba por la calle y de pronto vi junto a un contenedor de basura algo que no podía ser otra cosa que una guitarra. Escarbé entre la balumba de objetos y, sí, era una guitarra de tamaño cadete metida en una funda cochambrosa. Tiré la funda y me senté en un banco a ver qué se podía hacer con aquello. Estaba asquerosa y con el clavijero bloqueado por la roña, pero tenía todas las cuerdas. Un señor con pinta de viejo roquero que me vio manipular el asunto se me acercó; le dije: a esta la limpio, le echo un poco de aceite al clavijero y le cambio las cuerdas, y como nueva. No le cambies las cuerdas hasta que se rompan, me dijo. Y así hice; la limpié, la engrasé el clavijero, la afine y, ahí la tengo, en una esquina. De vez en cuando la pego un tiento y suena de aquella manera, pero afinada. Ahora ya solo me falta encontrarle un destinatario digno de una posesión tan ilustre... tener una guitarra no es cualquier cosa, y es que, pocas cosas más sofisticadas habrán salido de la mente humana; algo en lo que, sin duda, se roza la divinidad. 

El caso es que, como el Capricho Árabe de Tárrega ya lo tengo en el bote, he decidido comenzar el estudio de la Serenata Española de Malats. Es un reto considerable que me está machacando las yemas de los dedos de la mano izquierda, porque tiene unos ligados junto a la cejuela que obligan a echar el resto... pero, en fin, todo será cuestión de insistir: si otros lo hacen, ¿por qué no habría de hacerlo yo? A la medida de mis capacidades, claro está. 

Y así se me van las horas, a la espera de que el Papa se vaya con viento fresco y vuelvan a la cadena de la Iglesia las películas del oeste, que, para mí, son como una misa vespertina... ya les contaba el otro día que esas películas siempre tratan de las virtudes teologales luchando contra los pecados capitales y, por supuesto, venciéndolos. ¿Acaso puede haber algo más relajante que ver perder a los malos? Casi tan divino como la guitarra. 

domingo, 7 de junio de 2026

El mantel de la Última Cena

El otro día estuvimos viendo, en el canal de la Iglesia, Horizontes Lejanos, una película del Oeste, en la que, por variar, los pecados capitales desatados se enfrentan a las más puras virtudes teologales. ¡Y qué le vamos a hacer si la imaginación no da para otros argumentos! En fin, el caso fue que mientras veíamos la película había todo el rato en la esquina superior derecha de la pantalla un anuncio de un reportaje sobre Cáceres, justo al acabar la película. Tuve la curiosidad de quedarme a verlo... lo que buenamente pude aguantar. La primera vez que estuve en Cáceres, hará ya casi sesenta años, me quedé maravillado con su barrio viejo. Luego estuve tres o cuatro veces y siguió sin defraudarme. Lo mismo que Trujillo. Claro, allí permanece la impronta de los primeros indianos que dejaron constancia de su éxito por medio de todos aquellos palacios... a veces la vanidad no es tan vana ya que el viento no consigue llevársela y, a la postre, sirve como soporte de la industria turística que, esa, si que sí, es la madre de todas las vanidades. Aunque, vete tú a saber. 

El reportaje, como lo hacía un cura pasado de simpático, iba de Iglesias. Se da la circunstancia de que Cáceres, hasta los años cincuenta del siglo pasado, pertenecía a la diócesis de Coria —ya saben, ese pueblo famoso por ser la cuna del bufón Calabacillas, más conocido como el Tonto de Coria, al que imortalizó Velázquez, lo que no es cualquier cosa—, así que el reportaje no tuvo más remedio que empezar por una visita a la catedral de Coria, sede central de la diócesis, un edificio, sin duda magnífico, al que un avezado técnico en imagen consiguió convertir en magnífico y medio... hay que ser muy cauto con esto de la imagen que te dan los medios, porque luego vas allí a verlo al natural y es muy probable que quedes defraudado. El caso es que por allí andaba el cura simpático acompañado de otros que no lo eran menos y, todo aquello, todo hay que decirlo, despedía un cierto tufillo a mafia rosa que interprétenlo ustedes como quieran. 

Pero, en fin, vayamos a la gracia principal de aquella magnífica catedral: nada más, ni nada menos, que el mantel que se usó en lo que se conoce como La Última Cena. Lo conservan en una urna de cristal que, a su vez, guarda un cofre de plata en el que está el mantel propiamente dicho: un paño blanco, por lo visto de lino, con dibujos azules, sin duda de índigo, todo ello muy Mediterráneo, lo cual es una pista más que apunta a la verosimilitud del invento. Porque no se crean que no hay dudas al respecto; dudas que se han tratado de solventar trayendo expertos en el tema, con sus espectrómetros de infrarrojos bajo el brazo, de todas las partes del mundo mundial. Oye, lo cortés no quita lo valiente y, aquellas gentes, parecían dispuestas a aceptar el veredicto de la ciencia. Pero, entre que la ciencia decide y no decide, ellos ya han montado su tinglado: la cofradía de La Última Cena. Han hecho construir un paso tan pesado que para bailarlo en semana santa se necesitan ciento cincuenta cofrades. Así es que, podríamos decir que la principal y, puede ser que única, startup de la provincia de Cáceres es esa cofradía. Es por así decirlo una incentivadora del turismo que podríamos llamar "turismo de fe". ¡Oye, que todo sirve para el convento!

Pues sí, así corre el mundo: cada cual según sus posibilidades que, por lo general, son en razón inversa a sus necesidades. Ya lo dijo Marx, en este caso el de los hermanos. En fin, qué quieren que les diga; lástima ser tan viejo, que, si no, mañana mismo agarraba la bicicleta y me iba a Coria a ver el dichoso mantel. 

sábado, 6 de junio de 2026

Bartolo

«Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.» Esto lo decía Ortega, allá por los años veinte del siglo pasado. ¿Qué diría hoy si levantase la cabeza? Entre el barrio en el que vivo y las altas bardas del puerto hay un espacio considerable de solares a la espera de ser urbanizados. Ese espacio es un enorme aparcamiento por el que siempre hay multitud de coches circulando en busca de un hueco en el que meterse. Es como de chiste, pero encontrar aparcamiento se ha convertido en, quizá, el momento más feliz del día de una inmensa mayoría de la ciudadanía. Es un desahogo de tensión que en ocasiones tiene proporciones similares a las del orgasmo. En definitiva: a esto es a lo que hemos venido a dar tras siglos de lucha incesante por facilitarnos la vida. Por así decirlo, el mito prometeico se ha cumplido al pie de la letra: tanto querer ser como dioses nos ha convertido en víctimas del águila que viene todos los días a roernos el hígado. 

E insistimos porque está en la esencia de la especie. Ahora todo el mundo habla y nunca acaba de la inteligencia artificial. No se quiere comprender que no es más que otro cachivache que solo va a servir para dar más alas al águila roedora. Recuerdo que en aquel cómic semanal llamado Pulgarcito había un personaje llamado Bartolo el As de los Vagos. Siempre estaba tumbado. Un día le llevaron a un concurso de vagos. Había llegado a la final y tenía que competir con uno que quería que alguien inventase una máquina que con solo apretar un botón ya te lo resolviera todo. Entonces llegó el turno de Bartolo: pues yo quiero una máquina para que apriete ese botón... supongo que la inteligencia artificial es, precisamente, la máquina que quería Bartolo. 

Siempre corriendo detrás del dichoso botón; en eso se ha convertido la vida. Todo el mundo te quiere convencer de que utilices trucos para sortear la agonía. ¡Cuántas veces no me habrán exhortado a que cambiase mi bicicleta de motor de alubias por una con motor eléctrico! Afortunadamente, por algún don que me concedieron los cielos, comprendí a edad relativamente temprana que lo único que da sentido a la vida es la agonía. Por eso, de muy niño todavía, me ponía como reto, con mi grupo de proscritos, subir el puerto de Alisas en bicicleta; han pasado ya setenta años y tengo vivo en la memoria, como si hubiese sido ayer, el momento en el que coronábamos el puerto... à bout de souffle, nunca mejor dicho. ¿Qué es una vida sin épica? Sin luchar con molinos. 

En fin, el caso es ese, que ya no hay sitio para el que se obstina en querer solucionarlo todo apretando el botón. No hay aparcamiento para el que usa coche para desplazarse. Para el que no usa coche hay todo el aparcamiento del mundo. ¿Acaso alguien te obliga a usarlo? Total, puedes ir andando hasta el fin del mundo. ¿Para qué llegar antes de tiempo? Bueno sí, para dar lugar a que el águila tenga todo el tiempo del mundo para roerte los hígados... y, así, luego, remedando a Rosaura podrás decir: y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía/ que, a trueco de quejarse,/ habían las desdichas de buscarse. 

viernes, 5 de junio de 2026

La erudición del conocimiento

El siglo XX, diría yo, es el siglo de la confusión como consecuencia del exceso de información. No es que sea nuevo, porque desde que se inventó la imprenta unos cuantos siglos atrás, los periódicos ya se encargaban de confundir a la gente con lo que so capa de información era propaganda. Pero con la llegada de la radio y, poco después, la televisión, la tergiversación de la realidad alcanzó proporciones homéricas, es decir, volvimos al mito. A la guerra fría... que era, otra vez, la de Troya. 

Casi toda mi vida he sido víctima de esa estulticia que te lleva a intentar aprehender la realidad acumulando en el cerebro datos cuya verisimilitud es una cuestión de sentimentalidad: simpatía o antipatía. Cuando pienso todo el tiempo que perdí leyendo periódicos, o escuchando radios y televisiones, me tiro de los pelos más o menos con la misma rabia que cuando doy en recordar todas las horas que pasé conduciendo para ir a sitios donde no se me había perdido nada. 

Afortunadamente, por el querer de los dioses, o por lo que fuere, fui recibiendo paulatinamente dolorosos avisos acerca de mi impenitente estulticia. Y tuve el valor de mirarlos de frente y, también, la inteligencia para comprender su pertinencia. Así fue que me fui cayendo del caballo camino de Damasco, una vez detrás de otra, hasta quedar tan magullado como si me hubiese peleado con Chuck Norris... o más propiamente dicho, con Fernando Pessoa. 

No muchos, pero unos cuantos libros han influido en mí de forma más o menos decisiva. Uno de ellos, sin duda, es el Libro del Desasosiego de Pessoa. En ese libro me topé con una incitación irresistible a desprenderme de la grasa del mundo. Por así decirlo, fue el soporte que estaba necesitando para poder ponerme a régimen de erudición del conocimiento, es decir esa grasa con la que te embadurnas cuando lees periódicos y libros para chachas, ves televisión o escuchas radios. En cualquier caso, lo que más me costó desenmascarar fueron los libros para chachas.  

Dice ese libro: «Pero hay también una erudición de la sensibilidad. La erudición de la sensibilidad nada tiene que ver con la experiencia de la vida. La experiencia de la vida nada enseña, lo mismo que la historia nada informa. La verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto. Así, la sensibilidad se ensancha y profundiza, porque en nosotros está todo; basta que lo busquemos y lo sepamos buscar.» 

Sí no al pie de la letra, pienso que, al final, he conseguido ser bastante fiel al espíritu de esa filosofía. Mis libros se han reducido a poco más de dos docenas y mis preferencias se reducen a desentrañar problemas geométricos o aprender nuevas partituras o perfeccionar las antiguas. Así, en esos empeños, se me va lo más del día en un estado de una cierta beatitud, ajeno, en cualquier caso, a las querellas del mundo circundante que, a buen seguro, en nada difieren de las que siempre hubo y habrá a causa de la maldita erudición del conocimiento que es la madre de todos los pecados capitales. O de todas las estulticias.