sábado, 16 de mayo de 2026

El Genji y el Quijote

Comentábamos esta mañana a propósito de la novela japonesa Genji Monogatari. No mucho después de haberse ido Jacobo a vivir a Japón me mandó el libro de Edwin Oldfather Reischauer: Japón: Historia de una Nación. Yo se lo recomendaría —ya está traducido al español— a cualquiera que quiera hablar con algún conocimiento de causa sobre ese país, más allá de las cuatro patochadas que aporta el turismo o los videos de YouTube. Por supuesto que Reischauer se detiene un buen rato, como no podría ser de otra manera, en la literatura. ¿Cómo entender una sociedad sin conocer su literatura? Curiosamente, el Japón de hace mil años tiene, entre otras, dos obras literarias que, a mi juicio, se adelantan en unos cuantos siglos a la literatura occidental: Genji Monogatari y El Libro de la Almohada. Como por entonces iba bastante a Londres aproveché para comprar el Genji. Lei las cien o doscientas primeras páginas y empezó a cansarme, pero, de entrada, aluciné; decidí retomarlo más adelante, pero nunca lo hice. Está escrito por una cortesana y relata la vida en la corte. En definitiva, en la corte japonesa, como en la de los reyes hebreos que relata la Biblia, otra cosa no, pero follar, eso, a destajo. ¡Dios mío, lo que han podido llegar a follar los reyes! No sé si todos, pero la mayoría, seguro que sí... seguramente, no hay nada como esa lascivia desatada para expresar la decadencia.  

El caso es ese, que los japoneses hace ya mil años que, de alguna manera, se vencieron a sí mismos haciendo el relato pormenorizado, descarnado, digamos que psicológico, de su decadencia. Los occidentales tuvieron que esperar al renacimiento para alcanzar esas cotas, si es que las alcanzaron, que lo dudo. Y todo eso, supongo, es en donde está la raíz de las diferencias que, según cuentan, hay entre aquella y esta sociedad. Una sociedad, como una persona, evoluciona en la medida que se autoanaliza, que es para lo que, pienso, sirve la literatura... no toda, por cierto, que la que es para chachas, más que para autoanalizarse sirve para afianzarse en las propias miserias espirituales. Pero, bueno, en fin, ¡y qué le vamos a hacer!

El que leí de cabo a rabo, que también me lo mando Jacobo en la edición inglesa de Penguin, fue The Pillow Book. Ya dediqué en este blog algunas entradas a comentarlo. Escrito también por una cortesana, para mí podría ser el libro por antonomasia de la feminidad que no del feminismo. Por eso se lo di a mis nietas, que son inglesas y andan por los veinte, para que tengan algún tipo de contrapunto al discurso imperante. En fin, vete a saber si lo leerán y, en tal caso, que sacarán de su lectura. 

En resumidas cuentas, una sociedad es lo que es en función de su literatura y lo que se lee esa literatura. Me gusta imaginar lo que podría ser este país si a la gente del común le diese por leer y leer y leer, el Quijote. Nadie en Occidente nos llegaría a la suela de los zapatos, lo mismo que ningún otro libro producido en Occidente le llega al Quijote.

viernes, 15 de mayo de 2026

La noche de los tiempos

Siguiendo con el tema de somiar truites, una cuestión a la que nunca será suficiente la atención que le prestemos dada la irreprimible tendencia que tenemos los humanos a caer en ese, no sé si vicio o, simplemente, carencia constitutiva. Pero, en fin, vayamos a la prosa, no por alambicada menos precisa, de Ortega:

«Sobre la línea del horizonte en esas puestas de sol inyectadas de sangre —como si una vena del firmamento hubiera sido punzada— levántanse los molinos harineros de Criptana y hacen al ocaso sus aspavientos. Estos molinos tienen un sentido: como "sentido" estos molinos son gigantes. Verdad es que Don Quijote no anda en su juicio. Pero el problema no queda resuelto porque se declare a Don Quijote demente. Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá siendo normal en la humanidad. Bien que estos gigantes no lo sean; pero... ¿y los otros?, quiero decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el hombre los gigantes? Porque ni los hubo ni los hay en realidad. Fuere como fuere, la ocasión en que el hombre pensó por primera vez los gigantes no se diferencia en nada esencial de esta escena cervantina. Siempre se trataría de una cosa que no era gigante, pero que mirada desde su vertiente ideal tendía a hacerse gigante. En las aspas giratorias de estos molinos hay una alusión hacia unos brazos briareos. Si obedecemos al impulso de esa alusión y nos dejamos ir según la curva allí anunciada, llegaremos al gigante.»

Para el que no lo sepa, recordaré que Briareo fue uno de los titanes que se puso del lado de los dioses telúricos en la lucha en que estos fueron derrotados por los dioses olímpicos. De resultas de lo cual los olímpicos castigaron a Briareo a vivir dentro del Etna. Y por eso es que, cuando a Briareo le pican las pulgas, el Etna echa fuego por su boca. 

Ya ven, el ser humano ha tenido, desde la noche de los tiempos, explicaciones coherentes para todos los fenómenos de la naturaleza. Y siempre una explicación vino con aires de superioridad para descabalgar a la precedente. Y siempre, también, el conjunto de la humanidad creyó a pies juntillas en la nueva explicación... y en ello es en lo que estamos, pensando que ya hemos llegado al fondo de los enigmas —lo cuántico y toda esa mandanga—, con lo cual vendríamos a ser los nuevos Briareos que una vez más se ponen del lado de los dioses telúricos para ser derrotados. 

Concluyendo, según como se mire, los humanos seguimos, poco más o menos, en donde estábamos en la noche de los tiempos, es decir, somiant truites... esa es nuestra única realidad.  

jueves, 14 de mayo de 2026

Somiant truites

Hace ya muchos años, más de cuarenta, lei un libro, del que no recuerdo nombre ni autor, que me impactó bastante; se trataba de la evolución del conocimiento desde las cavernas hasta nuestros días. En definitiva, de cómo los humanos habíamos ido robando fuego a los dioses en el inútil intento de querer parecernos a lo que suponemos que son ellos... bueno, esto lo digo yo que no el libro, que tampoco mencionaba los sufrimientos que hemos tenido, y tenemos, que padecer a causa de la muy difícil gestión de todo ese fuego robado. Me vino todo esto a la memoria a propósito de un párrafo de las Meditaciones del Quijote:

«LA REALIDAD, FERMENTO DEL MITO

La nueva poesía que ejerce Cervantes no puede ser de tan sencilla contextura como la griega y la medieval. Cervantes mira el mundo desde la cumbre del Renacimiento. El Renacimiento ha apretado un poco más las cosas: es una superación integral de la antigua sensibilidad. Galileo da una severa policía al universo con su física. Un nuevo régimen ha comenzado; todo anda más dentro de la horma. En el nuevo orden de cosas las aventuras son imposibles. No va a tardar en declarar Leibniz que la simple posibilidad carece por completo de vigor, que solo es posible lo compossibile, es decir, lo que se halle en estrecha conexión con las leyes naturales. De este modo lo posible, que en el mito, en el milagro, afirma una arisca independencia, queda infartado en lo real, como la aventura en el verismo de Cervantes.»

En aquel libro que les mentaba, se dejaba claro que si hay un momento que marque un antes y un después en la historia de la humanidad ese es el día en el que un tipo llamado Galileo se quedó absorto contemplando un objeto que oscilaba atado en el extremo de una cuerda. Se puso a investigar y pudo comprobar, contrastándolo con los latidos de su corazón, que si cambiaba la amplitud de la oscilación daba igual: el tiempo siempre era el mismo. Acababa de inventar la ley del péndulo y, con ello, la posibilidad de medir el tiempo con exactitud, o sea, justo lo que se le había venido escapando a la humanidad desde la noche de los tiempos. A partir de ese momento ya se podría relacionar con números el tiempo y el espacio, las dos magnitudes que constituyen nuestra realidad: había inventado la física y, para demostrarlo, se subió a lo alto de la torre de Pisa no sin antes haber puesto un observador con un péndulo frente a la ventana de cada piso. Dejó caer una piedra desde lo alto y mando a los observadores que midiesen el tiempo preciso al pasar por cada ventana de cada piso. Entonces, comprobó que cuanto más abajo estaba la ventana más rápido pasaba la piedra. Había descubierto que los cuerpos al caer sufren una aceleración al aproximarse a suelo. A partir de ahí ya vino una verdadera orgía de poner números a los fenómenos naturales. Y, a los fenómenos que no se les podía poner números, era, sencillamente, porque todavía no se había dado con el procedimiento para hacerlo. Digamos que se había desatado el optimismo. 

En ese momento es cuando Cervantes escribe el Quijote para decirnos que se ha acabado la fiesta. Podéis seguir creyendo en gigantes, marías santísimas o lo que queráis, pero así vais a ir por la vida de batacazo en batacazo. Y nos lo dice con vaselina, pero ni aun así se le lee por la sencilla razón de que se vive mucho mejor somiant truites, como dicen los catalanes, que agarrando a la realidad por los cuernos.  

En fin, ya va siendo hora de que la gente del común se vaya enterando de que Galileo existió. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lobos esteparios

Hablemos de lo que hablemos en nuestras conversaciones mañaneras siempre acabamos centrándonos en lo que Schopenhauer, en una de sus geniales intuiciones, denominó "el dolor del mundo y el consuelo de las religiones". Los seres humanos parecemos condenados a estar atrapados en uno de esos dos cepos. El mundo nos duele porque, como somos cobardes por naturaleza, nos cuesta aceptar que vivir es irse muriendo poco a poco y, en un intento desesperado de acabar con ese sufrimiento, nos tiramos de cabeza al abismo de las religiones que es un sitio en el que ya no sufres porque, en realidad, estás muerto, si por tal se considera vivir en una fantasía en la que te dan una solución falsa, una mentira, para todo lo que por su propia naturaleza ni tiene respuesta, ni falta que hace. 

Vivir en una fantasía es negarse a usar aquello que nos hace humanos, es decir, la capacidad de pensar. Así, lo que pasa es lo de aquella novela, creo recordar, de Daphne de Maurier, La Posada de Jamaica: el cura del pueblo se subía al púlpito y cuando miraba hacia abajo solo veía ovejas. Es elemental, ceder tu capacidad de pensar a otro te animaliza. 

El pastor piensa por sus ovejas y tiene su equipo de mastines para defenderlas de los lobos esteparios, no vaya a ser que se acerquen demasiado y las contaminen con el virus de la duda y se humanicen. Entonces, es un gran problema para los pastores porque las ovejas dejan de temer a los mastines y se escapan del rebaño. ¿En llegados a ese desbarajuste, que pueden hacer los pastores? Pues muy sencillo, buscar nuevos pastizales más apetitosos a sabiendas que, así, las ovejas volverán al redil. Así es como se pasó del gastado pastizal del cristianismo al mucho más sabroso del marxismo cultural. Imagínense lo que va del apestoso amar al prójimo al deleitoso odiarle cuando tiene más que tú. Las ovejas se apuntaron a eso sin pensárselo dos veces. Y así, en ese pastizal vienen comiendo las ovejas hace más de un siglo sin dejar de adelgazar y viendo cómo, una vez más, son los pastores los que engordan. Así es que estamos en las mismas. En fase de descarriamiento de las ovejas y de búsqueda de nuevos pastizales por parte de los pastores. 

Me pregunto por qué será tan difícil criar lobos esteparios. Quizá sea por la saña con la que son perseguidos a nada que asoman en lontananza. Así, claro, no hay forma de que los rebaños se humanicen. Por eso mira uno a su alrededor y no ve más que apriscos en los que se amontonan las ovejas ajenas a su condición de mortales. 

martes, 12 de mayo de 2026

Divagaciones metafísicas

El otro día iba caminando por la acera y notaba que pegado detrás de mí venía alguien en bicicleta hablando con un cierto tono de protesta. Me volví y vi que era una pareja, por los treinta o así, con un niño. Se me ocurrió sugerirles que dada la aglomeración de peatones que había lo mejor que podían hacer era ir caminando. ¡En mala hora se me ocurrió! El tipo se puso como un energúmeno y me amenazó de todo menos de muerte. Y la mujer, que era la que llevaba el niño, gritaba como una histérica que hiciesen carriles bici. Pensé que, sin duda, estaban desesperados por las razones al uso. La primera, por supuesto, la falta de inteligencia y, a partir de ahí, lo que ustedes quieran, adobado todo ello por las tácticas ponzoñosas del marxismo cultural. 

Lo de la falta de inteligencia es un argumento que solemos emplear demasiado a la ligera. Los americanos, sobre todo, son muy dados a los test que indicarían con cierta verosimilitud el grado de inteligencia de la persona testada. Creo que lo llaman IQ —coeficiente intelectual—. Personalmente, nunca he creído mucho en ese tipo de termómetros. Siempre he pensado que, salvo excepciones, todo el mundo es inteligente para unas cosas y tonto de remate para otras. En lo que me suelo fijar para valorar a alguien es en cómo le va en la vida a él y a sus hijos si los tiene. 

Aquí nos encontramos con otra expresión ambigua; ¿qué es eso de irte bien en la vida? Es algo con tantos componentes subjetivos que no hay forma humana de dar una definición. Así todo, de una persona que tiene resuelta la manduca, se lleva bien con los vecinos y, sobre todo, sus hijos pitan, se puede decir que le va bien en la vida. Porque ya puede haber tenido todo el éxito que quieran en sus negocios que, como los hijos no piten, será un puto desgraciado gastando todas sus energías en disimular. 

Y aquí, para no seguir a ciegas, conviene dejar claro en que vendría a consistir el marxismo cultural. Pues se lo diré, para mí consiste, sobre todo, en ese intento absolutamente absurdo de liberar a los padres de la responsabilidad de educar a sus hijos. Es eso que llaman educación pública. Para que nadie se quede atrás, como se suele decir. Y, además, para que los padres tengan todo el dinero y tiempo posible para ir al bar. Con este sistema, cuando los chicos no pitan, los padres no tienen por qué sentirse culpabilizados, en el peor de los casos tristes, porque ha sido el sistema el que ha fallado. 

Educación pública y sanidad pública. Recuerdo al ínclito filósofo Savater, niño comilón donde los hubiese, argumentando que podíamos comer, beber y fumar a nuestro antojo porque, si nos pasaba algo por ello, ahí estaba la sanidad pública para cubrirnos las espaldas. Ya saben, la regla número uno del marxismo cultural: aquí hemos venido a disfrutar.

En fin, perdónenme estas divagaciones metafísicas sin la menor pretensión de tener razón alguna ni llegar a ningún lado; solo un inocente ejercicio de desahogo. 

lunes, 11 de mayo de 2026

Caza Salvaje

 Ayer por la tarde estuve viendo una película protagonizada por Charles Bronson y Lee Marvin, por así decirlo, dos monstruos de la interpretación. Se titulaba Caza Salvaje. De inmediato me di cuenta de que esa película tenía algo especial. Sin duda me ayudó a ello el estar leyendo por enésima vez, y diría que con una atención maníaca, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Amárrense los machos:

«EL MITO, FERMENTO DE LA HISTORIA 

La perspectiva épica, que consiste, según hemos visto, el mirar los sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas supernas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca. Cuando las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica de sus narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza helénica. Mas descargados los motivos épicos, las simientes míticas de todo valor dogmático no solo perduran como espléndidos fantasmas insustituibles, sino que ganan en agilidad y poder plástico. Hacinados en la memoria literaria, escondidos en el subsuelo de la reminiscencia popular, constituyen una levadura poética de incalculable energía.»

Caza Salvaje va de un trampero, Charles Bronson, al que las circunstancias convierten en chivo expiatorio de una comunidad culpabilizada por sus vicios. El policía, Lee Marvin, es el encargado de reconducir la situación para que no se salga del terreno de la lógica. La gracia del asunto es que el chivo expiatorio se convierte en azote de la masa viciosa sin que el policía pueda hacer nada por evitarlo. Es tema recurrente que ha producido miles de versiones a lo largo de la historia de la novela y el cine. Los Hermanos Grim produjeron una versión del asunto a la que dieron el título, que hizo fortuna, de Caza Salvaje. Por lo visto está inspirado en una leyenda medieval nórdica que se difundió por toda Europa: los espíritus del mal desparramándose entre las gentes para destruirlas. 

Tema recurrente, como les decía, en la novela y el cine, pero, sobre todo, es recurrente en la realidad. ¿Se acuerdan ustedes de la saña con la que la mayoría de la gente perseguía a los que no se querían vacunar de la mierda esa del covid? No había la menor lógica en ello, pero, por razones misteriosas, los espíritus del mal se habían apoderado de la gente y les hacían comportarse como auténticos salvajes. Como en la película, el chivo expiatorio salió indemne, pero entre la masa perseguidora se produjo —se está produciendo todavía— una verdadera escabechina. Sin embargo, ahora, cuatro o cinco años pasados ya, nadie quiere que le nombren a la bicha; la quieren, ahí, dormida en el fondo de sus conciencias... como si eso fuese posible.     

Así son las cosas de este mundo. Por más que nos empeñemos en buscar soluciones mágicas, nunca lograremos escapar de la realidad de que no hay más Dios que el cumplimiento de las leyes no escritas del cielo, ni más chivo expiatorio que el pagar por nuestras culpas. No otra cosa es lo que, en definitiva, nos vienen a decir esos mitos cardinales que perduran como espléndidos fantasmas insustituibles. 

Y colorín, colorado...

domingo, 10 de mayo de 2026

Cuestiones baladíes

Una de las cosas, no sé si terrible o benéfica, de la vejez es la falta de conciencia de la pérdida de facultades mentales; de las físicas, como son tan obvias, no hay problema. Recuerdo al Sr. Emilio, de Moarbes de San Pedro, al que visité un par de veces cuando ya tenía cien años. La primera vez me estuvo enseñando la casa que había construido con sus manos al volver de la guerra, y en cuya planta baja todavía se conservaban en perfecto estado las instalaciones de la industria maderera que había sido su modus vivendi. Me contó que, en la actualidad, si hacía bueno, le decía a su hija que le preparase algo de comida y con ella en un cesto se iba en bicicleta a pasar el día en un huerto que tenía en Santibañez de Ecla, a cinco o seis kilómetros de distancia. La verdad es que me dio la impresión de estar en muy buenas condiciones. A los pocos días pasé por delante de su casa y, como le vi sentado a la puerta, paré a saludarle. El hombre estaba desconsolado; me dijo que tenía ya preparada la bicicleta para ir al huerto y que había entrado en casa a recoger la comida y que, cuando había salido para irse, ya no estaba la bicicleta; alguien se la había robado. Después, me contó su hija que se la había llevado discretamente la guardia civil a instancias suyas porque se quedaba muy preocupada cada vez que su padre se iba al huerto en ella, porque, añadió, tenía grandes lagunas de memoria y era seguro que algún día no iba a saber volver.  

El caso es que, a última hora, antes de retirarme, tengo por costumbre sentarme a hacer solitarios mientras escucho música. Suelo hacer uno que llaman carta blanca que, por lo general, no da problemas, pero que de vez en cuando se atraviesa y te hace echar humo por la cabeza. Anoche fue una de esas veces. Llevaba ya una hora con él y, como ya era tarde, lo dejé y me fui a la cama con la intención de retomarlo por la mañana. Esta mañana me he puesto con él y en menos de dos minutos lo he resuelto. He pensado que lo más probable es que fuese el cansancio de la jornada el que anoche me impidió resolverlo. Y no es que no venga notando por las tardes, desde hace ya mucho, el cansancio acumulado del día, pero tiendo a pensar que ese cansancio es mayormente físico sin darme cuenta de que, seguramente, es mucho mayor el mental. 

Sea como sea en mi caso, que no soy yo quién para valorarlo, de lo que no me cabe duda es de la gente mayor que suelo tratar, aunque cada vez menos porque me deprime, tiene bastante perdida la chaveta. El otro día, me decía uno que sigue utilizando el coche como si tal cosa: cuando me lleve un susto dejaré de conducir. Me quedé callado, pero pensé para mis adentros que el problema no era que el susto se lo llevara él, sino que se lo diese a otro. Y como esta, les podría contar mil anécdotas. Porque ese es el caso, que tenemos olfato para apreciar el deterioro de los demás, pero el nuestro se nos escapa. 

En fin, nostalgia de aquella edad de oro en la que todavía no se había instaurado en el mundo eso que llaman marxismo cultural y los viejos vivían en su casa de toda la vida rodeados de su familia y trabajando en la medida de sus posibilidades. En aquel entonces, que yo conócí en mi infancia rural, no había por qué preocuparse por estos asuntos que les traigo hoy a colación porque eran baladíes.    

sábado, 9 de mayo de 2026

Trampa y cartón

He podido leer y escuchar miles de veces cómo se trataba de ridiculizar la expresión "pueblo elegido" aplicada a los hebreos. No me extraña nada porque el primer intento de eliminar a lo que envidias siempre suele ser ridiculizarlo; si eso te falla, pasas a lo siguiente que puede ser gasearlo. El caso es que esa pretensión de pueblo elegido yo la he visto, y sufrido en mis carnes, unas cuantas veces. Tengan en cuenta que he vivido en el País Vasco y Cataluña, dos lugares, entre otros muchos, en donde los nativos pura sangre se pasan el día intentando convencerse los unos a los otros, pues de eso, de que son un pueblo elegido, único, especial y, sobre todo, superiores a sus vecinos que son unos maquetos, o unos charnegos, mierda, en definitiva. Pero, claro, a nadie se le ha pasado por la cabeza ponerse a gasear ni a vascos ni a catalanes, por la sencilla razón de que, salvo cuando les da la locura de ponerse a matar, nadie se los toma en serio porque, a todas luces, son del puto montón. 

Lo de los judíos es muy diferente. Ellos son una minoría insignificante que ha dejado, y deja, una impronta en el mundo imborrable. Y es muy fácil, a mi juicio, el entender por qué ha sido, y es, así. Lo primero que hacen los judíos cuando llegan a la tierra prometida es hacer un templo con una cámara sagrada, que llaman tabernáculo o algo así, en la que guardan el Arca de la Alianza, dentro de la cual están las Tablas de la Ley. Señoras y señores, no se engañen, toda la religión judía estriba en eso, en la ley: la cumples o no la cumples; eres respetado o eres despreciado, tú y tu familia por ocho generaciones. Y no hay más.

Del respeto de la ley es de donde procede la alianza entre los humanos. Uno solo se fía de quien la respeta. Cuestión de confianza, en definitiva. Por eso, para un judío no hay prioridad que se pueda comparar a la educación de los hijos, porque saben que lo más difícil de enseñar a una persona es el respeto de la ley, lo cual no es otra cosa que la sabiduría o, también, la riqueza suprema. 

Así que, a los que sueñan con destruir a los judíos, desde aquí les digo que vayan despertando a la realidad. Todo este circo de moros y cristianos que tratan de esconder su corrupción —desprecio de la ley— detrás del folclore religioso no les va a servir de nada. ¿Se puede concebir algo más ridículo, por poner un ejemplo, que ese baldaquino de Bernini en la basílica vaticana? Intentando expresar la grandeza de Dios, dicen. ¡Qué chorrada! Dejen ustedes de robar y de dar cobertura ideológica a los tiranos y sabrán lo que es la grandeza de Dios, cualquier cosa que pueda ser esa entelequia más allá del respeto de las leyes no escritas del cielo.  

Por eso queremos matar a los judíos, porque son los únicos que no son educados para el autoengaño. No lo podemos soportar: son un espejo que nos devuelve una imagen horrible, todo trampa y cartón, de nosotros mismos. 

viernes, 8 de mayo de 2026

Mi nieto

Ayer fue para mí un día bastante extraordinario. El día anterior me había llamado mi nieto, que anda por aquí, para quedar. Vino al medio día, estuvimos aquí en casa de cháchara, luego dimos una vuelta por el muelle del Pesquero y, acto seguido, nos fuimos a comer. El chaval tiene veintitrés y ya hace cuatro que se mueve por el mundo como Perico por su casa. Desde Navidad ha estado en Londres, donde viven sus padres, y, ahora, anda de paso por aquí, camino de la República Dominicana. Estos últimos cuatro años ha vivido mayormente en Medellín, la que dicen ciudad de la eterna primavera. Se dedica a algo relacionado con la cosa digital; un día me explicó en qué consistía el asunto, pero no entendí nada. Sea lo que sea, lo que cuenta es que desde hace cinco o seis años es completamente independiente a efectos pecuniarios. Así es que nada de extrañar tiene que dé muestras de una madurez fuera de lo común... siendo para mí lo común el recuerdo que tengo de mí mismo cuando tenía la edad que ahora tiene él. 

La última vez que le vi, hablando de libros, le dije que el que más merecía la pena era la Biblia. Entonces me preguntó si yo era creyente. Le contesté que la Biblia nada tenía que ver con eso, que el que quiere creer en algo, ya sea en la Biblia o en el Espagueti Volador, que también tiene devotos, es porque necesita creer en algo para no enfrentarse a la realidad. Parece ser que tomó nota de lo que le dije y estos últimos tiempos anduvo leyendo el libro. Por eso quería comentarlo conmigo. Y, yo, la verdad, pocas cosas me podrían haber agradado más porque, en mi vanidoso fuero interno, tiendo a pensar que estoy bastante puesto en el tema. En fin, consideraciones personales al margen, lo importante es que el nieto escuchaba al abuelo, cosa que se pude asegurar dadas las interrupciones que me hacía de vez en cuando para cuestionarme algo de lo que le acababa de decir. 

Yo no sé lo representativo que pueda ser este chaval de los de su generación. Lo que sí puedo decir es que sabe dar la impresión de que ha tomado el toro por los cuernos: su vida es su vida. Y todo eso de las cuestiones sociales que tanto nos preocupaban a los de mi generacíón, para él parecen no existir más allá de las aficiones futbolísticas. Me dijo que ya sabía que a mí el futbol nunca me había interesado. Le contesté que si hubiera tenido una constitución física como la suya lo más seguro es que sí me hubiese interesado. Pero como estoy hecho como estoy hecho, añadí, no me quedó más remedio que refugiarme en los libros. Supo captar el chiste. 

En el restaurante dijo que la ensalada estaba deliciosa, una adjetivación muy inglesa, y, el filete que le trajeron después, apenas lo cató; se limitó a pedir a la camarera que se lo pusiese en un táper para llevárselo a casa. Por supuesto que para beber pidió agua. No quiso postre. Me despidió a la puerta de casa con total naturalidad, como si nos viésemos todos los días, y se fue con su bolsa de comida a por una bicicleta para ir a casa de su abuela donde se está quedando. 

Como digo, no sé lo indicativo que este chaval será de su generación. Supongo que bastante. En cualquier caso, a años luz de la mía. Infinitamente mejor, juraría. ¡Porque mira que éramos mierdas! ¡Todo el día echando la culpa a los otros de nuestras miserias! 

jueves, 7 de mayo de 2026

Diez a uno

Hay en YouTube un canal de humor fino de un tal Abraham, seguramente mexicano. Utiliza figuras muy esquemáticas: una cabeza redonda en la que se mueven los ojos y la boca; con eso basta para dar expresividad a unos diálogos, por así decirlo, muy psicoanalíticos. En conjunto, todo ello, yo diría que es muy inteligente, aunque, claro, ya saben que eso ...

El caso es que tiene un chiste de trans muy gracioso si es que cualquier cosa relacionada con esa monstruosidad puede serlo. Está una pareja en la cama y ella le dice a él: ¿Si te digo una cosa no te vas a ofender? Él contesta: Por supuesto que no, mi amor. Es que no me atrevo, sigue ella. No te preocupes, mi amor, contesta él. Antes hacía pis parada —parada es la forma mexicana de decir de pie—, suelta, entonces, ella. Él no se da por enterado y hace como que duerme. Entonces ella, después de una pequeña pausa, dice a bote pronto: Sí, me encuentro mucho más segura después de la cirugía. Entonces él, como movido por un resorte, pega un salto y queda perplejo al borde de la cama. 

Si bien lo consideramos todo esto de los trans tiene sus antecedentes en la figura de Tiresias, uno de los personajes más interesantes y persistentes en la mitología clásica. Tiresias iba por el campo con su bastón y vio a una pareja de serpientes apareándose; la emprendió a bastonazos con ellas y mató a la hembra. En castigo por ese crimen, los dioses le convirtieron en mujer. Años después, se repite la historia, pero en esta ocasión, mata al macho y los dioses le convierten en hombre. Entonces, resultó que un día andaban Zeus y Hera discutiendo sobre quién obtenía más placer en el acto sexual: ¿el macho o la hembra? Como no llegaban a conclusión alguna, cansados ya, se acordaron de Tiresias que, como había sido las dos cosas, debía tener experiencia al respecto. Le consultaron y Tiresias dijo que la mujer obtiene diez veces más placer que el hombre. A Hera no le gustó nada que hubiese desvelado el secreto que tenía tan bien guardado y, en represalia, le dejó ciego. Entonces, Zeus, en compensación, le concedió el don de la adivinación. 

El caso es ese, que se difundió por el mundo el secreto, hasta entonces, mejor guardado por las mujeres, es decir, que sus orgasmos duran diez veces más que los de los hombres. Así, claro, es comprensible que en las recurrentes decadencias sociales, cuando la búsqueda de placer se convierte en el norte de todos los proyectos personales, uno de los rasgos predominantes sea el afeminamiento de los hombres. Y es que, ¡leches!, diez a uno es como para pensárselo.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La pretendí como esposa

     «La quise y la rondé desde muchacho

y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.

     Su unión con Dios realza su nobleza, 

siendo dueño de todo quien la ama;

es confidente del saber divino y selecciona sus obras.

     Si la riqueza es un bien apetecible en la vida,

¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo?

Y si es la inteligencia quien lo realiza,

¿quién es artífice de cuanto existe más que ella?   

     Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes;

es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza;

para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.

     Y si alguien ambiciona una rica experiencia,

ella conoce el pasado y adivina el futuro,

sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas,

comprende de antemano los signos y prodigios,

y el desenlace de cada momento, de cada época.

     Por eso decidí unir nuestras vidas

Seguro de que sería mi consejera en la dicha, 

mi alivio en la pesadumbre y la tristeza. 

....

     Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad 

y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.» 


Uno se ha pasado gran parte de la vida persiguiendo a esa señora con la ilusión de que al final la podría conseguir y, en estas postrimerías, ya he comprendido que eso no es posible... a no ser que tengamos por tal el socrático «sólo sé que no sé nada». En cualquier caso, sin perseguir esa ilusión, la vida hubiera sido mucho menos que nada, como dice el bolero. Porque fue esa persecución la que me apartó de la multitud de imbecilidades a las que me empujaba mi soberbia de mancebo, la que me llevaba a creer que lo sabía todo porque así me lo daban a entender los que me reían las gracias. 

En definitiva, perseguir la sabiduría es lo único que puede colmar ese afán de trascendencia, o de perdurar en el recuerdo, que, por lo que sea, es la marca por antonomasia de nuestra especie. Claro que, para dar con la fórmula adecuada para que esa persecución sea efectiva...   

martes, 5 de mayo de 2026

La unidad de España

En nuestras conversaciones mañaneras de punta a punta del continente Euroasiático, tratábamos ayer del asunto España. O sea, de este vivir sin vivir en mí, que es un sinvivir. A través de los siglos, cual si fuéramos niños, estamos con el te junto, no te junto. El motivo que nos había llevado a ocuparnos de este manido tema no era otro que el estar leyendo yo Las Meditaciones del Quijote y Jacobo Japónicus La España Invertebrada, las dos de Ortega. 

Japónicus lo ve claro, las diferentes regiones de España se juntaron a raíz del descubrimiento de América por la sencilla razón de que ese descubrimiento trajo negocio para todos. Si no hay negocio, no te junto. Cuando se acabó el negocio de América se trató de salvar el invento de España por medio de las políticas económicas conocidas como mercantilistas. O sea, como cuenta Baudelaire en sus memorias, los españoles tienen que comprar los calzoncillos a los catalanes en vez de a los ingleses por más que sean mucho peores y diez veces más caros. Así es como se consiguió tener a Cataluña callada. Franco hizo lo mismo: más mercantilismo. Y cuando se empezaron a abrir los mercados, de inmediato comenzaron a resurgir las pulsiones separatistas. 

Dice Ortega que lo que tenemos que hacer los españoles para sosegarnos es lo que hacían los marineros del Mediterráneo para neutralizar el canto de las sirenas, o sea, cantarlo al revés. Así debemos, nosotros, «cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos». La verdad es que Ortega es, con frecuencia, un tanto redicho; a Sánchez Ferlosio le ponía de los nervios. 

Sigue Ortega: «Una de esas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión podemos blandir como una lanza». El Quijote, digo yo, es lo que podría, perfectamente, convertir a los españoles en otro "pueblo del libro", más o menos como los judíos lo son respecto de la Biblia. Hace ya muchos años que lo pienso, que si los españoles creciesen estudiando los significados ocultos en el Quijote, como hacen los judíos con la Biblia, seríamos el pueblo imbatible. ¿Qué país tiene un libro que se le pueda parecer al Quijote, ni siquiera de lejos?  

En fin, el caso es que, tanto Japónicus como yo, venimos escuchando de un tiempo para acá los razonamientos del profesor Bastos sobre las ventajas e inconvenientes que traen aparejados los tamaños de las naciones. Y parece bastante convincente la idea de que, por lo general, big is not always better —no siempre es mejor lo mayor—. De hecho, la grandeza de Europa se construyó cuando estaba formada por cientos de territorios independientes. Como la Italia del Renacimiento. O sin ir más lejos, la España de la Reconquista. 

Resumiendo, que no se le debiera dar tantas vueltas al asunto de la Unidad de España. Si les conviene a las partes ya se juntarán de buen grado. Si piensan que no les conviene, cada uno en su casa y Dios en la de todos. En cualquier caso, los vecinos siempre han comerciado entre ellos, lo que, a la postre, es el único cemento que funciona, siempre y cuando, claro está, a ese cemento no se le mezcle con la arena de las regulaciones.  


lunes, 4 de mayo de 2026

El tren de las tres y diez

Hay una cadena de televisión regional que debe de ser propiedad de la Iglesia. La suelo mirar porque a media tarde suele poner películas sin anuncios o concursos de bolos que me retrotraen a la infancia. Generalmente, no aguanto mucho ni con unas ni con otros, pero a veces me engancho, como fue el caso de ayer que se trataba de un western protagonizado por dos gigantes de la interpretación, Van Heflin representando el bien y Glen Ford en el papel del diablo. En realidad, toda la ficción que ha producido el mundo desde que es mundo no consiste en otra cosa que esa lucha sin final posible entre el bien, asociado siempre al sufrimiento, y el mal corriendo parejas con los placeres sin fin. Por supuesto que toda esa ficción ha sido creada con la intención de adoctrinar al vulgo con la idea de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una ilusión que nos permite seguir tirando hacia delante. Pero, ya digo, una ilusión: la realidad es que el bien y el mal conviven en un ten con ten que les mantiene en un estado de continua tensión. Esa idea de que Dios impera sobre el diablo es la parte más infantil de todas las religiones. 

En cualquier caso, toda la ficción, como digo, descansa en esa tensión entre el bien y el mal que es inagotable, precisamente, porque es parte constitutiva de cada uno de nosotros: todos, absolutamente todos, puestos en las circunstancias adecuadas, podemos tirar hacia un lado o el otro sin que nuestra voluntad pueda hacer nada al respecto. Las circunstancias son las que hacen al héroe y, también, al villano. Ya saben aquello que dijo el filósofo: yo soy yo y mis circunstancias. 

Esa tensión entre el bien y el mal, digo yo que traerá causa de la pulsión biológica que encamina los actos de casi todo lo que vive hacia la conservación de la especie. Y digo casi porque, por razones que desconozco, hay seres vivos en todas las especies que tienen una propensión natural hacia la aniquilación. A veces, como hemos visto en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, este tipo de propensión se propaga por los espíritus como una enfermedad contagiosa... la naturaleza es sabia y tiene razones para hacer lo que hace que nosotros los humanos no podemos comprender. 

De todas las maneras, al menos nosotros los humanos tenemos una cosa que se llama razón. La razón es al algo con lo que, en teoría, podemos interactuar con la naturaleza para modificar en cierta medida sus designios. Pensamos que si hacemos ciertas cosas —controlar nuestros deseos principalmente— no ponemos en peligro la continuidad de la especie, o sea, que estamos haciendo el bien. Por contra, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras pasiones secretas, aun sin querer reconocerlo, tenemos la convicción íntima de que estamos contribuyendo a hacer un mundo peor.

En la película de la que les hablaba, El tren de las tres y diez, Van Heflin, el bien, es un granjero que tiene mujer e hijos y las pasa canutas para sacarlos adelante. Por contra, Glen Ford es un forajido simpático que se dedica a asaltar diligencias y seducir mujeres; nada le ata al mundo que no sea satisfacer sus caprichos. En fin, lo de siempre para que el argumento prospere: el granjero soluciona su problema entregando al forajido a la justicia. Al final de la película hay un detalle esclarecedor; nadie es tan malo que esté incapacitado para tener un destello de compasión. En fin, cosas de la ficción que necesita sus reglas para funcionar.  

domingo, 3 de mayo de 2026

Principios

Decíamos ayer que la cultura viva, la verdadera, no es otra cosa que el tesoro de los principios. Los principios son las herramientas que nos permiten resolver problemas. Por eso, la principal característica de un principio tiene que ser que no sea problema el mismo. Tienen que ser claros como el agua, como, pongamos por caso, los teoremas de geometría. El teorema conocido como de Pitágoras es un principio impepinable y, por eso, es herramienta que ayuda a resolver infinidad de problemas. Tengo que confesar que, para mí no hay pasatiempo, aparte de la guitarra, como intentar resolver un problema de geometría; siempre que tengo que hacer tiempo por cualquier motivo, saco el móvil y busco un problema de esos... a veces consigo que la cabeza me eche fuego.

La cuestión de los principios la dejó niquelada Pessoa cuando dijo que los únicos problemas que tienen solución son los matemáticos. Y eso es porque las matemáticas son la única materia que tiene principios de hormigón armado. Todas las demás materias, las que no precisan de las matemáticas para sustentarse, tienen los principios de barro. De pronto, un día, generalmente cuando ya eres viejo, caes en la cuenta de esta realidad incuestionable y todo cambia para ti. Y cambia porque ya no quieres seguir siendo un idiota que se muere por hacer eso que llaman socializar. 

Socializar, ¿qué es eso? Pues muy sencillo, darse la razón los unos a los otros utilizando principios con pies de barro: todos de cabeza al precipicio. Si uno se pone a analizar, ya sea la propia vida, ya sea la historia de la humanidad, no tardará en darse cuenta de que tanto la una como la otra son una sucesión ininterrumpida de fracasos o equivocaciones, precisamente, por haber razonado con principios con pies de barro. Esto es algo tan obvio que por eso es que haya desde hace miles de años filosofías, generalmente orientales, que preconizan la no acción. Dejar que la vida, la historia, siga su curso sin meter nuestras pezuñas por medio con la intención de mejorarlas. 

He dicho, generalmente orientales: perdonen el lapsus. Porque, ¿qué es el mito prometeico sino una invitación a la no acción? Todo lo que maquinamos con la intención de mejorar nuestra vida, irremisiblemente nos lleva a un encadenamiento que nos impide huir del águila que viene a roernos los hígados. Solo el sueño reparador alivia nuestros tormentos. 

En fin, allá cada cual en cómo se las apaña para esquivar al águila... yo, la verdad, no veo a muchos que lo consigan.  

sábado, 2 de mayo de 2026

El concepto


Claro está que el sistema político en el que nos hallamos inmersos tiene como eje de su eficacia la destrucción del individuo por medio de la propaganda. No creo que esto sea algo nuevo y, eso, por más que la tecnología haya dado poderosas herramientas a las élites dominantes para que la propaganda nos entre con una vaselina que nos hace vivir con la ilusión de que somos dueños de nuestro destino. Personalmente, cuando oigo a algún pringao invocar la democracia, automáticamente pienso: este tío ni siquiera es un sinvergüenza, es, sencillamente, un tonto del culo. Que la invoque un mandamás, me parece natural por las mismas razones que las élites, hasta el que se conoce como siglo de las luces, invocaban la religión. ¿Qué diferencia hay entre un púlpito y una televisión? Hasta donde se me alcanza, ninguna. Los dos artefactos sirven por igual para difundir la religión, ideología, o como lo quieran llamar, que convierte a los individuos en borregos. En realidad, para qué nos vamos a engañar, nunca ha habido otra forma de mantener más o menos sosegadas a las sociedades que aborregándolas por medio de una religión del tipo que sea... es decir, por medio de una mentira... o de vivir en la oscuridad, si mejor quieren. 

Sigo bebiendo, a pequeños sorbos para mejor saborearlo, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Para mí, ese libro y Oráculo Manual, Arte de Prudencia de Gracián son la cúspide del pensamiento descarnado en mi propio idioma; luego, por supuesto, está El Quijote, que es lo mismo, pero con carne. En cualquier caso, leer esos libros es, pienso, la mejor forma que tenemos de dar con el portillo del caer en la cuenta, que es el primer paso de este negocio, el segundo paso es saltar por él para escapar del rebaño.

Transcribo a Ortega:

«Cantaba Goethe: 

"Yo me declaro del linaje de esos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.

Y a la hora de morir, en la plenitud del día, cara a la primavera inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo, la última saeta del viejo arquero ejemplar: 

¡Luz, más luz!

Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida. 

¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada menos.

Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino al través o por medio de los ojos; miramos con los conceptos. Idea en Platón quería decir punto de vista. 

Frente a lo problemático de la vida, la cultura —en la medida en que es viva y auténtica— representa el tesoro de los principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios suficientes para resolver aquel problema; pero sean cualesquiera, tendrán que ser principios. Y para poder ser algo principio, tiene que comenzar por no ser a su vez problema. Esta es la dificultad con que tropieza la religión y que la ha mantenido siempre en polémica con otras formas de la humana cultura, sobre todo con la razón. El espíritu religioso refiere el misterio que es la vida a otros misterios todavía más intensos y peraltados. Al fin y al cabo, la vida se nos presenta como un problema acaso soluble o, cuando menos, no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por medio de misterios, es decir, de problemas formalmente insolubles. El misterio nos lleva de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la lujuria de la oscuridad.»

No sé qué más se podría decir al respecto. Bueno, sí, que para entender que es eso del concepto en toda su dimensión, quizá, lo mejor sería echar un vistazo a Los Elementos de Euclides. Para poder resolver los problemas de geometría lo primero es tener una idea exacta de lo que es el punto, la línea, el plano, el círculo, etc. Por eso las primeras páginas están dedicadas a dejar nítidos los límites de esos conceptos. 

viernes, 1 de mayo de 2026

Kafka

Hace unos meses murió la mayor de mis hermanas. Como, por un lado, no tenía descendencia y, como por otro, tenía un cierto patrimonio, nos lo dejó repartido entre los diversos familiares, amén de la Iglesia de la que era muy devota. Se lo cuento porque, con motivo de querer tomar posesión de la parte que me corresponde —dinero invertido—, ayer tuve que pasarme la mañana de banco en banco para, a duras penas, pergeñar la estrategia que, en un futuro, no sé cuan lejano, me permitirá apoderarme de lo que por derecho es mío. 

Les he contado esta anécdota, sin el menor interés aparente, porque a donde quería llegar es a hacer algunas consideraciones sobre la realidad de nuestro presente. Para empezar, les diré que en mi peregrinaje de ayer por la mañana no dejé ni un solo momento de sentirme un personaje de una novela de Kafka; es decir, atrapado sin remisión en un engranaje de papeleos absurdos cuya única finalidad es que mucha gente tenga algo que hacer para así olvidarse de que se está muriendo... como por otro lado es el noventa y nueve con nueve de los trabajos actuales que, ya, merced a los avances tecnológicos, nada tienen que ver con la supervivencia... o sea, que el asunto de la manduca no representa ni siquiera el uno por ciento del producto interior bruto de cualquier país medianamente desarrollado. Hoy día, lo que se considera riqueza es poder estar entretenido con chorradas que te hagan olvidar que todo lo que está vivo ineludiblemente se está muriendo.  

Por supuesto que todas las personas que me atendieron en los diferentes lugares eran del género femenino. Eso sí, todas muy bien trajeadas, con la pretensión, supongo, de querer camuflar sus morbideces... lo que llaman el eterno femenino. Comparo a esas pobres mujeres con mi madre, que era ama de casa, y me doy cuenta de cómo han degradado su vida. En realidad, juraría, en esa degradación estriba el gran problema social que los partidos políticos se empeñan en solucionar por medio de los más estrambóticos remedios. Si esas pobres mujeres estuviesen en su casa reinando sobre su prole, se acabarían los problemas; si no todos, al menos, los que de momento tienen a la apestosa clase política tirándose los trastos a la cabeza los unos a los otros. 

¿Pero cómo no se dará cuenta la gente de que lo que se dio en llamar liberación de la mujer ha sido un fracaso histórico de proporciones morrocotudas? A la postre, lo único que se ha conseguido es generar una cascada de resentimientos que se nos está llevando a todos por delante. Es el típico resentimiento de quien se siente engañado sin ser consciente del cómo ni del porqué lo ha sido. Por eso disparan a voleo, buscando chivos expiatorios a diestra y siniestra. Da hasta risa escuchar esos alegatos que echan algunas, las más lideresas, por las redes sociales. ¡Por Dios bendito, qué incultura! 

Toda esta mierda que nos anega es a causa de que las mujeres están en donde no deberían estar. Si todo ese papeleo lo tuviesen que hacer los hombres ya hace tiempo que se hubiera simplificado porque está en la naturaleza de lo masculino buscar efectividad fuera de casa, lo mismo que lo está en lo femenino buscarla dentro: son los mecanismos encaminados a facilitar la conservación de la especie. No, convénzanse, las mujeres sirven para lo que sirven, que es lo más sagrado. Los hombres, por contra, estamos para lo mundano. Trastocar esos papeles solo trae problemas irresolubles... como el que tengo yo en la mandíbula desde que una mujer se puso a sacarme una muela y, como no tenía fuerza suficiente, hizo palanca y me la descoyuntó, de resultas de lo cual tendré que morir con ese alifafe que me obliga a comer con un cuidado extremo y sujetándome la mandíbula no se me vaya a desencajar y vea las estrellas. ¿Por qué coño tiene que ser dentista una mujer? ¿Es que no hay hombres suficientes para ese oficio que requiere, no solo habilidad, sino también, y sobre todo, fuerza en las manos?     

En fin, ya les digo, lean a Kafka y comprenderán un poco mejor este mundo. 

jueves, 30 de abril de 2026

Pinchos salmanticensis

 


La Universidad de Salamanca promociona el VIII Centenario a través del XVII Concurso de Pinchos

«Los 35 establecimientos participantes elaborarán un único pincho, cuyo precio es de 1,50 euros (bebida no incluida), que deberán mantener en su establecimiento a disposición de los clientes durante el tiempo de celebración del concurso, pudiendo optar a premios en las categorías ‘Pincho de Oro’, ‘Pincho Maridado con Cerveza Mahou’ y ‘Pincho Popular’.»

Las cosas están como están. La universidad de Nebrija, Salinas, Fray Luis, Unamuno, Tovar, etc., etc., ha dado en lo que ha dado porque el cliente manda. No es que los tiempos estén cambiando, es que han cambiado ya. Presumir de pasado ya no sirve para nada. Si le dices a alguien: es que nosotros hicimos... automáticamente te contestará: y desde que hicisteis aquello, qué habéis hecho. Creo que era Kant el que decía que España era el país de los antepasados. O sea, que gobiernan los muertos. Solo a un muerto se le puede ocurrir conmemorar el octavo centenario de la institución con más historia del país con un concurso de pinchos. O tapas, lo que vendría a ser lo mismo.

De esos ocho siglos, cuántos fueron productivos. ¿Qué salió de ahí desde el siglo diecisiete hasta hoy día? Se lo diré: mayormente funcionarios. Oxford y Cambridge, también son antiguos como Salamanca, y nunca pararon de subir el listón. Esa es la verdadera aristocracia del espíritu, saber, no solo conservarse, sino mejorar. Porque el asunto consiste en, una de dos, o enterrar los talentos, o ponerlos a producir. Un chusma los entierra y un aristócrata los pone a producir. Un chusma aspira a que su hijo sea funcionario y un aristócrata a que su hijo arriesgue la vida intentando trascenderse. 

Ayer iba por la calle y vi a un chaval que llevaba una camiseta con la leyenda: solo los muertos no se mueren nunca. Pues eso es lo que le pasa a la universidad de Salamanca que no se puede morir porque lleva muerta ya hace ni se sabe cuánto. 


miércoles, 29 de abril de 2026

La melodía

Pienso que hay pocos misterios en la naturaleza que se puedan comparar al de la melodía. Cualquier músico conoce su técnica; Schopenhauer dice que es la parte de la música que presenta de principio a fin una continuidad con sentido e intención. Por consiguiente, añade, nos relata la historia de la voluntad iluminada por la razón, cuyas manifestaciones en la vida real constituyen la conducta humana. Leo Brouwer componía como por un tubo; al cabo del día serán millones de horas las que los guitarristas de todas las partes del mundo dedican a estudiar e interpretar sus composiciones. En general, es música para músicos por la sencilla razón de que, a pesar de su impecable factura, su melodía no se capta ni a la primera ni a la segunda audición. Su Decamerón Negro, por poner un ejemplo, necesita de muchas audiciones antes de que empieces a identificarlo. Sin embargo, un día se levantó y compuso Un Dia de Noviembre; pues bien, de ese día para acá no hay guitarrista en el mundo que no quiera tocar esa pieza: a la segunda vez que la escuchas ya la identificas, y es que provoca una cascada de sentimentalidad dulzona, como si estuvieses detrás de un ventanal al lado de una chimenea, contemplando la sinfonía de colores de un bosque de caducifolias... ¡uff...! 

Transcribo: «Está en la naturaleza del hombre el sentir deseos, realizarlos, tener enseguida nuevos deseos, y así sucesivamente; su felicidad y bienestar consisten tan solo en esta transición del deseo a su cumplimiento y, de éste, a un nuevo deseo, siempre que dicha transición se realice rápidamente, pues el retardo trae consigo dolor y la vaciedad de deseos produce hastío y languidez. Del mismo modo está en la naturaleza de la melodía la digresión continua en mil direcciones, apartándose sin cesar del tono fundamental para ir, no solo hacia los grados armónicos, la tercia o la dominante, sino hacia cualquier grado, hacia la séptima dominante y los intervalos aumentados, pero retomando siempre, al fin, el tono fundamental. La melodía, por medio de todas estas desviaciones, expresa las innumerables formas de los anhelos de la voluntad, pero, también, su satisfacción, encontrando al fin, de nuevo, un intervalo armónico y, mejor aún, el tono fundamental.»

En fin, ya ven en donde podría residir el misterio de la música, en ese continuo crear y ver cumplidos los deseos. Y ese proceso puede ir a toda mecha, como en una canción popular, o hacerse desear antes de verse cumplido, como en una sinfonía. Esa es la magia del asunto, o de la sabiduría, saber o no saber postponer la resolución de los deseos.  

martes, 28 de abril de 2026

El tesón

Me tiro dos horas y pico escuchando una entrevista que, un par de muchachos que tienen un canal en YouTube llamado Tengo un Plan, le hacen a Elvira Roca Barea. Al final de la entrevista, los muchachos, unos pipiolos, le preguntan por cinco películas para aprender historia. No hay películas, ni tampoco novelas, para aprender historia; eso hay que hacerlo con codos. Luego les dice que le gusta mucho Centauros del Desierto, o sea, la película del tesón —el que la sigue la consigue, que se decía antiguamente—. Es muy interesante, porque si de algo da la impresión Elvira, es de tener tesón. De lo contrario sería imposible tener una cabeza tan bien amueblada como la suya, que no es, precisamente, de erudición del conocimiento, que también, sino de ese pensamiento sistemático de los sabios que les lleva a poner el acento en lo que no se sabe y se debiera saber. Y, también, en por qué no se sabe, y en por qué se debiera saber. 

Por lo demás, tampoco es que su percepción de la realidad difiera mucho de la mía, o sea, que no me ha desmentido en casi nada y, por contra, me ha ayudado a confirmarme en mis convicciones, cosa, con la que, por cierto, hay que andarse con mucho cuidado. De hecho, una mente despierta, demuestra que lo está, sobre todo, cuando cuestiona a quién le da la razón, ya que, tenemos que tener siempre presente que, todas las grandes catástrofes del mundo han sido desencadenadas por no haberse cuestionado las verdades construidas a golpe de confirmación de los unos a los otros: si cien mil millones de moscas comen mierda, la mierda tiene que ser rica.

En cualquier caso, no me arrepiento de haber dedicado miles de horas a leer libros de historia, casi siempre tergiversada, todo hay que decirlo, a mayor gloria del poder en curso. Así, pienso, he podido hacerme una idea, más o menos aproximada, de lo que ha sido el mundo, que es tanto como decir porque hoy es como es. Eso, de algún modo, contribuye a sosegar mi espíritu ya que nada de lo que sucede, por muy estrambótico que suene, me resulta novedoso. En definitiva, me aburre, y, si hoy he escuchado a Elvira, sin duda ha sido porque me ha pillado desprevenido o en un momento de debilidad. Afortunadamente, para salir del marasmo mental siempre me quedará Matemáticas con Juan, o Math Booster, o similares... el caso es enfrentar problemas que tengan una solución incontestable que solo puedes alcanzar si piensas correctamente. Cuestión de tesón, en cualquier caso. 

lunes, 27 de abril de 2026

Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity

Me pongo a buscar un video de Mabel Millán y justo al lado de donde le encuentro hay otro titulado así: Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity —Por qué está desapareciendo el pensamiento crítico. El ascenso de la estupidez colectiva—. Desde luego que esa visión tan siniestra de la realidad nada tiene que ver con Mabel, que vendría a ser, por así decirlo, la mujer diez: es guapa y elegante, además de una de las guitarristas más eminentes del panorama internacional, y, por si con eso no va servida, le ha añadido un puesto de fiscal en la audiencia de Cadiz. En fin, que sobran las generalizaciones: hay gente y gente. Yo entre mis amigos los tengo así y también los tengo asao... y no voy a entrar en detalles. 


Seguramente, esa percepción de que se está perdiendo el pensamiento crítico a la vez que se incrementa la estupidez, lo uno por lo otro, es algo que existe en el mundo desde la noche de los tiempos. La historia de la humanidad se ha hecho con avances y retrocesos y, siempre que se han producido estos últimos, de inmediato ha habido la sensación de que su causa era precisamente esa, que la gente había perdido la capacidad de pensar correctamente. Y, seguramente, hay mucho de verdad en ello. Es evidente, de toda evidencia, que, cuando a las personas concretas les sopla el viento a favor por una mera cuestión de azar, como por ensalmo, en la mayoría de los casos, empiezan a instalar en su cabeza la idea de que les va bien porque son listos y tienen muchos méritos. La humildad no es virtud que traigamos de fábrica. Hay que cultivarla con mucho esfuerzo y, puestos a ello, es increíble la facilidad con la que le sale la mala hierba de la hipocresía. Y es que, entre las pocas verdades incontrovertibles a las que podemos aspirar, está la de nuestra imperfección, cualidad esta de la que es muy difícil, por no decir imposible, ser consciente... cuando hay alguien que consigue serlo, de inmediato le nace un hermano tonto. Todo Prometeo tiene un hermano Epimeteo dispuesto a abrir la caja de Pandora. 

El caso puede que sea que, en los últimos años, nos fue tan fácil llenar la endorga que dimos en creer que es lo que no es. Nos instalamos en una especie de dolche farniente que es la actitud degradante por excelencia. Entonces es cuando el mundo alrededor empieza a agrietarse sin que la percepción de ello cause más que una somera aprensión que se trata de combatir con más diversión. Uno va por la calle y ¿qué es lo que ve?, pues muy sencillo, industria de la diversión. Hasta los niños, para aprender en la escuela, lo tienen que hacer divirtiéndose... ¿cómo si eso fuese posible! Resultado de todo ello es que las grietas se ensanchan y, con ello, la aprensión se trasforma en miedo. A partir de ahí, todo viene rodado. ¿Se acuerdan de aquello que las autoridades incompetentes catalogaron de pandemia? Estoy harto de oír a hablar a la gente de lo bien que se lo pasó cuando aquello. El que les pusieran un dogal al cuello les hizo sentirse seguros. Así no había forma de que se cayesen por ninguna grieta. Pues sí, aquello fue un toque a rebato para los que todavía conservaban alguna neurona funcionante... cuatro gatos que tuvieron que ponerse a resguardo so pena de sucumbir en la hoguera. ¿A cuánta gente de la que se dejó poner el dogal han visto ustedes entonar el mea culpa? ¡Lo ufanos que estaban ellos con su pasaporte para entrar nl los bares en el bolsillo! Pues sí, efectivamente, ausencia casi absoluta de pensamiento crítico. O presencia apabullante de estupidez, si mejor quieren. 

De todas formas, como les decía, más de lo mismo. Todo sube y baja en una sucesión continua de ondas sinusoidales. Y siempre hay una pequeña porción de humanidad que se ocupa de guardar el fuego para que lo que quede de la debacle tenga con qué calentarse cuando empiece el nuevo ciclo interglaciar. 
    

domingo, 26 de abril de 2026

Cultivar un jardín

Escuchar a John Wiliams interpretando a la guitarra Asturias de Isaac Albeniz es, para mí, hipnotizante. Comprendo que habrá miles de millones a los que no les diga nada, pero da la casualidad de que yo me he tirado cientos, si no miles, de horas, intentando perfeccionar mi interpretación de esa pieza y sigo lejos de conseguir sentirme satisfecho y, lo que es más, comprendo, sobre todo después de escuchar a John Wiliams, que nunca lograré esa meta y, sin embargo, sé que seguiré intentándolo por aquello de que la vida sin algún tipo de camino de perfección es una mierda sin remisión. 

Escuché decir a Andrés Segovia, en una entrevista que le hacían cuando ya tenía ochenta y cuatro años, los que yo estoy a punto de cumplir, que él practicaba seis horas al día. Seguramente, el hombre se agarraba a eso para sentirse vivo. O inmortal. Como los niños cuando juegan. Es lo que tiene abandonarse a una pasión, que vuelves a ser niño. 

En fin, sea como sea, cada día que pasa, dedico más horas a practicar. Ayer, por ejemplo, me puse con la partitura de Marieta de Tárrega, que la tenía abandonada desde hacía no sé cuánto. Al cabo de un rato ya la había recuperado y, cuando la dejé después de una hora, ya me resonaba por dentro como algo completamente mío. Marieta, María, Rosita... Rosita es una de mis primeras piezas; conocía bien la melodía porque era la sintonía de un programa de Radio 2 que no me solía perder, allá, por los primeros ochenta del siglo pasado. Hoy día, la tengo tan interiorizada que no necesito la guitarra; voy por la calle y la toco mentalmente de cabo a rabo y me entran ganas de ponerme a saltar, porque es una polka. En cualquier caso, pocos espectáculos me emocionan más que vérsela interpretar a Vera Danilina; en esa mujer no se sabe dónde acaba el cuerpo y empieza la guitarra; es como si fuese un órgano más de los que trajo al nacer. 

A parte de esas tres con nombre de mujer, de Tárrega, también tengo en mi repertorio Recuerdos de la Alhambra, la recién adquirida, Capricho Árabe, y la Lágrima. A veces me pongo a pensar en qué cosa podría ser eso de la inmortalidad; quizá no sea otra cosa que vivir en el recuerdo de los vivos; imagínense la de miles de millones de horas que han invertido e invierten millones de guitarristas de todo el mundo estudiando e interpretando las partituras que un día imaginó Tárrega. Durante todas esas horas, todos esos guitarristas, de algún modo, son Tárrega. 

En resumidas cuentas, que, o cultivas un jardín, como dice el proverbio chino, o, mejor, apaga y vete. 

sábado, 25 de abril de 2026

La gran degringolade

Es curioso lo que ha pasado con este blog. Cuando, allá, por los mediados del mes de diciembre del año pasado, dejé de escribir en él, tenía varios cientos, cuando no miles, de visitas diarias. Después, durante los meses que lo tuve en pausa, no dejó de tener visitantes, incluso miles algún mes. Al retomarlo hace unos días, el primero tuvo casi mil, el segundo la mitad, y el tercero la mitad de la mitad y, así, en fulgurante sucesión decreciente hasta la casi nada... las escasas decenas que tuve durante los años que llevo con él. ¿Qué ha pasado? ¿A qué ha podido ser debido el auge y caída del número de lectores? 

Para empezar a desentrañar el misterio tengo que decir que desde el principio me extrañó mucho aquella proliferación; primero, porque venía principalmente de Singapur, Hong Kong y Mexico y, segundo, porque de todos aquellos miles de visitas no quedó ni un solo comentario. El caso es que durante los últimos meses había venido mostrándome muy sensible a los temas religiosos; hace ya tiempo que vengo leyendo con insistencia la Biblia y no era raro que vertiese reflexiones sobre ella en mis escritos. Sobre todo, dediqué mucha atención al sintagma que más se repite en la Biblia: el temor de Dios. El temor de Dios es la civilización; de eso había caído en la cuenta, no leyendo la Biblia, sino a Homero, que también utiliza con profusión ese sintagma, aunque en su caso usa la palabra Dios en plural. 

En cualquier caso, el tema de las religiones es clave para cualquiera que sea aficionado a los juegos malabares del pensamiento, es decir, a la metafísica. Lo que, sin duda, es mi caso, so pena de morir de aburrimiento. Ya hace mucho que comprendí que eso del temor de Dios no es más que una forma primitiva de nombrar lo que es el fundamento de la vida en común: la autorrepresión de los deseos. Claro, para comprender esto tuve que evolucionar desde el miedo infantil a la responsabilidad adulta: un largo y costoso recorrido. Yo no me reprimo por miedo a castigo alguno, sino porque quiero un mundo vivible y, para ello, sé que no hay otro medio que el de vivir en un continuo proceso de perfeccionamiento del ideal ético. Tengo que pensar, cada vez que voy a hacer algo, qué consecuencias tiene ese algo, no solo para mí, sino también para el mundo que me rodea. Recuerdo haber leído, hace ya bastantes años, las reflexiones que hace Jefferson sobre este asunto en unas cartas que le envía a su sobrino, un ferviente creyente: no hace falta esperar la recompensa divina; la conciencia de haber actuado correctamente, le dice, es en sí placentera; es algo así como el placer estético proporcionado por la percepción de la belleza. 

El caso fue que, andando yo releyendo estos días El Dolor del Mundo y el Consuelo de las Religiones, de Schopenhauer, se me ocurre trascribir unos pasajes del libro relativos a la imperiosa necesidad metafísica de los humanos y, ¡zas!, desaparecieron los lectores como por arte de magia. A alguien no le debió gustar toparse con la idea razonada de que las religiones son la metafísica del pueblo y pasó la voz a sus correligionarios. Sí, porque todo esto me huele a correligionarios; tanto la fulgurante ascensión de lectores de hace meses, como la gran degringolade de hace unos días: todo me huele a consigna venida de las alturas. Suposiciones, en cualquier caso. 

viernes, 24 de abril de 2026

Teogonías

Me entretengo en comparar las traducciones del Génesis que hacen Reina Valera y Alonso Schökel. Uno, como no es filólogo, a lo más que puede llegar es a encontrar diferencias de estilo sin mayor importancia: Reina, quizá sea más poético y Schökel, más claro. Un experto, de esos que crecen como los hongos sobre la superficie de la tierra, seguro que encontrará diferencias para llenar siete tomos de mil páginas de papel biblia en el perverso intento de enfrentar a las dos sectas del cristianismo, católicos y protestantes... que mira que se han pegado leña a lo largo de la historia; sería interesante tener una estimación de las muertes directamente provocadas a lo largo de la historia por esos enfrentamientos bizantinos. Aunque, la verdad es que, para matarse, al ser humano siempre le han sobrado excusas. 

En cualquier caso, en las dos traducciones se aprecia por igual el ingente valor simbólico del texto. Concretamente, el asunto de los dos árboles cuyo fruto está prohibido, el del bien y el del mal, del que comen, y el de la vida, del que no comen porque Dios les expulsa antes de que puedan catarlo. Con el del bien y del mal les nace la sensación de vergüenza, sin duda una de entre las más poderosas herramientas a efectos de garantizar la supervivencia de la especie. Sin embargo, lo del árbol de la vida, cuyo fruto no alcanzan a comer y, por tanto, se quedan a las puertas de poder ser como dioses, ya no me queda tan claro. Supongo que tendrá que ver con la conciencia del paso del tiempo; tener o no tener esa conciencia es la clave de todo... en cualquier caso, no se me alcanzan, así, a bote pronto, los significados que hay detrás de ese árbol de la vida, aunque, ya, con el del bien y el del mal, pienso, vamos servidos. 

Sin duda es de la conciencia del paso del tiempo de donde procede la imperiosa necesidad metafísica, o, si mejor quieren, la manía de inventar teogonías. Todos los pueblos de la tierra tienen la suya. Y unas se inspiran en las otras. Por delante del Génesis está el Enuma Elish y, por delante de éste, al parecer, solo por la Mesopotamia, había cientos. Personalmente, la teogonía que siempre he preferido es la griega; aunque, la parte del león del relato es el que hizo Hesíodo, para cuadrarle tienes que reunir las piezas que se desparraman por toda producción literaria de la antigua Grecia. Pues bien, en esta teogonía, al paso decisivo de comer del árbol del bien y del mal lo llaman robar fuego a los dioses; en definitiva, ambas dos cosas son adquirir conocimiento de la realidad. Es curioso que las dos coincidan en el duro precio que hay que pagar por ello. Y en las dos, tanto Adán como Prómeteo tienen un demonio instigador, Adán a la mujer seducida por la serpiente y, Prometeo, un hermano medio tonto que es el que, al abrir la caja de Pandora, deja escapar todos los males al mundo. 

Lo de la serpiente que seduce a la mujer, sin duda tiene miga para dar y tomar. Sobre todo, por el hecho de que Dios la maldiga y la condena a vivir arrastrada sobre su pecho. La gente del común, nunca olvida esa maldición. Recuerdo a los proscritos de Alar con los que solía ir por las tardes a pasear por los montes circundantes; un par de veces que nos salió al paso una culebra, la bailaron un zapateao encima hasta dejarla hecha papilla. ¿Por qué aquella saña? Sin duda, algo telúrico, de cuando en su lejana infancia habían visto en la catequesis aquel cuadro de la serpiente enroscada en el tronco del manzano con el fruto en la boca en actitud de ofrecérselo a Eva. Ya tenemos ahí, perfectamente definida, la triquiñuela del chivo expiatorio que, si no nos exime de culpa, al menos nos la rebaja.  

Por otro lado, yo diría que el Prometeo griego es más evolucionado que el Adán judío. Y eso que seguramente es un invento anterior. Prometeo sería más próximo a Jesucristo; como él, paga un alto precio por liberar a la humanidad... pero, en fin, esto, ya, para los expertos en el tema. 

jueves, 23 de abril de 2026

Espíritus soberanos

Cuando me siento, ya, totalmente derrotado, recurro al único clavo ardiente que me queda, agarrar una partitura de las que siempre quise aprender, pero nunca me atreví, y ponerme a ella. Es un ejercicio de la mente lo suficientemente intenso como para hacerte olvidar todas las miserias del mundo. Hace un mes, o así, decidí ponerme con el Capricho Árabe de Tárrega. Por supuesto que no me atrevería a tocarla para nadie, pero, para mí, ya me sirve: ya me resuena por dentro. Y así, intentando escapar de mi dolorosa percepción del mundo, es como he ido haciéndome poco a poco con un repertorio que es mi más preciado tesoro. En esos momentos de absoluto desistimiento, agarro la guitarra y me pongo a tocar, pongamos que Oblivion de Piazzolla, y de inmediato me reintegro a la vida. Luego sigo con Libertango... ¡Dios mío, cuánta sentimentalidad! Ahora mismo, mientras escribo esto, me llega muy lejano, vía YouTube, La vie en rose, interpretado a la guitarra por Alexandra Whittingham, y el alma se me sale por los poros, o se me pone la carne de gallina, como también se suele decir. La vie en rose, Édith Piaf, los atardeceres veraniegos de la temprana juventud, los primeros amores...

La música y los acertijos matemáticos se llevan lo más de la poca vida que me va quedando. He intentado por todos los medios comprender, que, como dice el filósofo, es amar. Y creo que ya comprendo bastante el mundo y la causa fundamental de sus miserias: Dios, o la naturaleza, o como cada uno quiera llamar a lo que rige nuestros destinos, fue tremendamente injusto en el reparto de sus dones. Así es que, a los desfavorecidos, si quieren sobrevivir, no les queda otro remedio que organizarse en mafias para extorsionar a los favorecidos. En eso ha consistido toda la historia de la humanidad: guerra entre los muchos desfavorecidos contra los pocos favorecidos. Así, a la postre, se consigue un cierto equilibrio que permite que la vida continue. 

Por eso pienso que es inútil, por no decir imbécil, leer periódicos y ver telediarios. Lo mismo que ir de aquí para allá a buscar satisfacciones. Para lo único que me merece la pena salir es para tomar el aire y que me dé un poco el sol, que dicen que es bueno para los huesos. Por lo demás, sigo intentando purificar mi ideal ético —cosa no muy difícil dado lo bajo de donde parto— por medio de la conversación incesante con el linaje de los más soberanos espíritus, los que de continuo me desmienten, alejándome con ello de toda tentación de dogmatismo.  

Conversaba hoy con uno de esos espíritus soberanos y me decía: 


Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con solo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

miércoles, 22 de abril de 2026

Pacatería

 



Ortega no había llegado a los treinta, 
y ya es catedrático de Metafísica en la universidad de Madrid, cuando anda por El Escorial dándole al coco. Tiene allí delante un bosque de robles y fresnos por el que se adentra en busca de inspiración. Para abrir boca, escribe: "La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño, y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva —como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca". Díganme ustedes, ¿a ver qué reconocido intelectual de hoy día se atreve a semejantes metáforas? Para mí que de un siglo para acá en lo único que hemos progresado es en pacatería. 

Sigue: "Cuando se repite la frase «los árboles no nos dejan ver el bosque», tal vez no se entiende su riguroso significado. Tal vez la burla que en ella se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.

Los árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es, en efecto, el bosque existe. La misión de los árboles patentes es hacer latente el resto de ellos, y solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque". 

Había estado sentado en un banco frente al mar, al sol tibio de la mañana, leyendo estas cosas y, luego, volviendo para casa, lo rumiaba y, al levantar la vista y ver esos árboles patentes que les muestro en las fotos, pensaba en cuáles serían los árboles latentes que se ocultaban tras ellos. 

En la fachada de un colegio, para que los padres que vienen a dejar o a buscar a sus hijos puedan hacerse cargo de cuál es la filosofía que rige la institución: «Jugar no debería doler». Cuando dicen que no debería están asegurando que jugar duele. ¿Es que puede haber placer sin su correspondiente peaje de sufrimiento? Quizá, los árboles latentes que se esconden detrás de los árboles patentes que es esa consigna, no sean otros que el pesimismo que supone el reconocimiento de la defectuosa condición humana: por más ingeniería social que implementemos, nunca podremos torcer el brazo a la naturaleza para poder gozar como suponemos que lo hacen los dioses... en fin, que cada cual vea los árboles latentes que quiera, si es que quiere verlos, que no siempre es el caso por más que la masa forestal sea abrumadora. 

Seguía andando y pasé por delante de la puerta de la agencia tributaria, sí, ese sitio donde extorsionan a la gente productiva los que tienen las armas. En cada hoja de la puerta había una pegatina como la que les muestro en la foto: «Punto Violeta. Contra las violencias machistas», ¿Qué significa eso? ¿Acaso que esos de la agencia tributaria, que son los reyes de la extorsión institucionalizada, no quieren que en sus cuarteles la gente diga piropos a las chicas tan monas que hay por allí? O, a lo mejor, es que esa gente que hay por allí se crio viendo como su padre se desayunaba zurrando a su madre. ¿Ustedes ven por ahí tanto maltrato a las féminas como para que haya tanta preocupación por parte de las instituciones del Estado? No alcanzo a comprender qué tipo de árboles latentes se pueden esconder detrás de esas pegatinas. Aunque, quizá no merezca la pena darle vueltas: lo más probable es que todo ello no sea más que las artimañas de los que no saben hacer nada para vivir a costa de los que saben hacer cosas. En fin ¡vayan ustedes a saber!   

martes, 21 de abril de 2026

La belleza y la ascesis

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
...
Y fue la tarde y la mañana el día sexto."
 
Así comienza el Genesis en la traducción de Reina Valera. Me lo envía Manolo desde las tierras bálticas para saludarme el día. Un texto de una belleza irrepetible. Mientras lo leía, escuchaba la Sonata en re menor de Silvius Leopold Weiss en la guitarra de Marcin Dylla. Más belleza irrepetible. Alguien, que también se entretuvo escuchándolo, escribió en los comentarios:  Imagine the sheer hours of practice this man has invested. It's astounding and inspiring —imagina las ásperas horas de práctica que ha tenido que invertir este hombre. Es sorprendente e inspirador—.
 
Efectivamente, sorprendente e inspirador. Los seres humanos a nada que purifiquemos nuestro espíritu, liberándole de todo tipo de emociones negativas, nos podemos pasar la vida sorprendiéndonos e inspirándonos los unos a los otros. Nos damos la energía de la emulación para ponemos a cualquier empresa que hasta entonces nos había parecido imposible. Y es que, como dice el filósofo, "hay dentro de toda cosa la indicación de una plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa plenitud. Esto es amor —el amor a la perfección de lo amado."

La percepción de la belleza lo es todo en la vida. Algo que no cae del cielo porque sí. Se necesita de la ascesis, es decir, por poner un ejemplo, agarrar la partitura de esa sonata en re menor que les decía y ponerse con ella hasta que te resuene por dentro. O ponerse con el desentrañamiento de esa fórmula que asegura que el número e elevado a la potencia i multiplicado por pi es igual a menos uno... te permite entre otras mil cosas resolver una ecuación con un número negativo elevado a una potencia. En fin, millones de ejemplos que pasan todos por, como digo, la ascesis, que no es, precisamente, sacar un billete de avión para ir a extasiarse ante las maravillas de la Galería Uffizi de Florencia, o Venecia, que ni lo sé, ni me importa. 

La percepción de la belleza sería, entonces, nuestra relación con lo divino. Nuestro ser a imagen y semejanza de eso que hemos dado en imaginar que son los dioses: la perfección o, si mejor quieren, el erotismo universal, esa fuerza que mantiene en armonía todo lo creado. 

lunes, 20 de abril de 2026

Imperiosa necesidad metafísica II

Sigo con este asunto de la religión —metafísica del pueblo— porque me parece, no solo crucial, sino, también, de lo más entretenido, ¡porque mira que se han hecho cosas curiosas en el mundo por tal de dar por resuelto el irresoluble problema de la creación! Al respecto, dice el filósofo que la religión es a la filosofía lo que una pierna de madera a una pierna natural. La religión, prosigue, satisface muy bien la necesidad metafísica del hombre, y sustituye a la verdad filosófica que, en sí misma, solo se puede alcanzar con infinitas dificultades o, incluso, tal vez no se alcanza nunca. 

Sigue: 

No debemos olvidar que la necesidad metafísica del hombre requiere imperiosamente ser satisfecha, pues el horizonte de sus ideas debe estar circunscrito, no pudiendo quedarse sin unos límites determinados.

Pongamos que Demófeles —el pueblo— defiende la religión y, Filatetes —la filosofía—, la verdad. 

Dice Filatetes: ¿¡De cuánta ayuda son los argumentos de reconfortamiento y de consuelo cuando sobre ellos pende constantemente la espada de Damocles, la espada del desengaño!? La verdad, amigo mío, solo la verdad vence, persiste y nos es fiel; solo el reconfortamiento que ella aporta es el único sólido. Ella es el diamante indestructible.

Contesta Demófeles: Sí, ¡Si tuvieras la verdad en el bolsillo para hacernos felices a placer! pero lo que tenéis no son más que sistemas metafísicos en los que nada es seguro, excepto el dolor de cabeza que producen. Antes de quitar algo a alguien se debe tener algo mejor que darle a cambio.

Filatetes: Librar a un individuo de un error no significa quitarle algo, sino darle algo. Porque reconocer que algo es falso es una verdad. A la larga, ningún error es inofensivo, sino que, más bien, antes o después, acarrea un daño a aquel que lo cultiva. Por ello no se debe engañar a nadie; es mejor reconocer que no se sabe lo que no se sabe y dejar que cada uno se forme por si mismo sus propios artículos de fe. Puede ser que en tal caso, no les causemos tanto mal ya que discutirán recíprocamente y se rectificarán unos a otros. En cualquier caso, la variedad de las opiniones dará lugar a la tolerancia. 

Demófeles: Sería, en efecto, un bello espectáculo: ¡un pueblo entero de metafísicos que litigian y, eventualmente, se pegan!

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En fin, señoras y señores, esto de las religiones, a mi parecer, tiene mucha menos enmienda que la jodienda. Hay una edad en la vida en la que son muchos los que caen en la cuenta de que todo lo que le enseñaron respecto a la relación con lo divino es pura filfa. Entonces, es muy frecuente que esos desengañados caigan como por ensalmo en un racionalismo simplón que, a la postre, vendría a ser una nueva religión, la más demoledora de todas acaso, la de la ingeniería social para que nos entendamos. ¿Conocen ustedes un sacerdocio que arrastre tras de sí mayores cantidades de miseria moral que el de los ingenieros sociales? 

Ya digo, en fin, hay que andarse con mucho ojo en estos asuntos tan turbios porque, por nuestra propia condición defectuosa, tendemos a considerar como el mejor pavimentado el camino que lleva de Guatemala a Guatepeor.