domingo, 16 de agosto de 2026

Ocio y negocio

 He leído en algún sitio, o he escuchado a alguien, da lo mismo, porque lo que cuenta es que no se trata de una conjetura, sino de un hecho constatable: en muy pocos años, menos de diez, el número de discotecas en España ha disminuido en un sesenta y tantos por cien —de cinco mil y pico a mil y pico— y, el de bares de copas, un poco menos, pero también está en franco declive. Eso supone, sin la menor duda, un cambio significativo en las costumbres de la gente que va a alegrar la vida de muchos vecinos que vienen sufriendo desde hace muchos años los desagradables efectos secundarios de la industria del ocio nocturno. 

Lo del ocio nocturno, por así decirlo, tiene sus perendengues. Porque, en principio, debiéramos suponer que la noche se hizo para reponerse de las fatigas del día y, si bien lo consideramos, el ocio en general, y el nocturno en particular, es cualquier cosa menos descanso. Así que, una de dos, o bien el que practica el ocio nocturno es porque, o no trabajó, o el trabajo del día no le cansó o, por contra, que sí que le cansó, pero dejando un mal sabor de boca que pide resarcimiento so pena de enfermar el alma. En definitiva, sea por lo que sea, millones de personas se entregan, o se entregaban, cada noche a ese intento de llenar el vacío interior que es la insatisfacción existencial por el espurio procedimiento de modificar con sustancias químicas la percepción de la realidad... el famoso soma que decía Aldoux Huxley en su famosa novela El Mundo Feliz. La chusma socialista suele llamar «socializar» al ingerir soma. 

Yo también tuve mi lote de esa necesidad. Por lo que sea, quizá porque mandé a paseo el trabajo que me estaba pudriendo el alma, colmé pronto esa necesidad y empecé a sentir el hábito de la vida nocturna más como una tortura que otra cosa. Las relaciones sociales me hicieron incurrir ocasionalmente en esa equivocación, pero cada vez menos y, a una edad relativamente temprana, para lo que se estila, ya estaba totalmente entregado a mis negocios que, como la propia palabra indica, son la negación del ocio. 

De todas las maneras, lo que no creo que haya cambiado, ni vaya a cambiar nunca, es la necesidad de soma, porque mi impresión es que cada vez hay por ahí menos negocios propiamente dichos, o sea, capaces de proporcionar un sano relajamiento del espíritu. Así que, supongo que el ocio nocturno habrá sido sustituido por otro tipo de degradación espiritual que, por el momento, parece que está dejando dormir a los vecinos... y eso es lo que cuenta.   

sábado, 15 de agosto de 2026

Morir con decencia en un rincón

 "Dejando aparte estos asuntos literarios, que no interesaban tanto a don Juan Guevara como a Thierry, hablaron de los amigos de la tertulia de don Paco y de Montes Plaza, por quien el doctor tenía marcada antipatía.

 —Yo no me fiaría de él.

—Yo tampoco; no pienso tener con él más que relaciones muy superficiales.

—Ese hombre, dijo el doctor, es de esos terribles demócratas que son egoistas como pocos. Hacen que su madre se pase la vida en la cocina y la hermana les cosa la ropa y les espere si vienen tarde. Son tremendamente demócratas en la calle; ahora, en casa, son tiranos.

El doctor Guevara era un tanto dogmático y arbitrario, de los que creen que el árbol malo no puede dar buen fruto.

Luego hablaron de Dobón y de su nietzscheanismo.

—El amoralismo nietzscheano, que consiste en hacer lo contrario de las reglas de la moral, es un poco absurdo —dijo el doctor—. El amoralismo auténtico sería ser, como un animal o como un vegetal, indiferente a las normas éticas, pero esto es muy difícil.

Thierry no creía gran cosa en el amoralismo preconizado por Nietzsche; pero, en cambio, algunas frases del autor de «Zaratustra» le encantaban. Una de ellas era la recomendación de vivir en peligro. Vivir en peligro era vivir sin lugares comunes, dispuesto al ataque más que a la defensa, con el gusto del heroísmo, en una renovación constante y en un ambiente denso y oxigenado. 

—No hay que quemar pronto la vida en un ambiente demasiado oxigenado —dijo el doctor Guevara—: hay que reservarse.

—Nunca el ambiente es demasiado oxigenado —replicó Thierry.

—Eso se cree en la juventud, pero después...

—Después se muere uno con... decencia en un rincón. 

—También esa es una idea de juventud. El día que se sospecha y se comprueba que el valor no es una consecuencia de una convicción, sino del estado de los nervios, está uno perdido. 

Volvieron de nuevo a la calle de Alcalá, se despidieron por fin, y Tierry y el doctor marcharon cada uno a su casa."


Para mí, la prosa de Baroja es de tal intensidad que, como se dice ahora, me vuela la cabeza. En este pequeño pasaje de "Las Noches del Buen Retiro" que he transcrito, de tela para cortar, hay toda la que ustedes quieran:

Empecemos por lo del egoísmo de esos terribles demócratas. Ya, para entonces, entre los siglos XIX/XX, se habían dado cuenta los avispados de la terrible mandanga que es esto de la democracia. Es imposible concebir mayor, pero, sobre todo, más estúpida hipocresía. Por muy ciego que uno esté, si se para a mirar lo que desde el punto de vista político tiene a su alrededor, no verá otra cosa que la tiranía de las mafias. Un problema que, por cierto, no ha hecho otra cosa que ir a más desde que empezó esta mandanga sustentada en el mantra de que el Estado tiene el monopolio de la violencia. ¿Por qué en vez de violencia no dicen tiranía y así acaban antes? La tiranía de los débiles, es decir, del rencor y el odio, como tan acertadamente supo ver Nietzsche. No creo que pueda haber cosa más repugnante que ver a los débiles imponer su orden. Agarren los libros de Petronio o Juvenal y ahí verán cómo se va todo por el desagüe cuando los débiles, mariquitas y demás, están a los mandos de la nave. 

Y ya puestos, vamos con Nietzsche y su sambenito del amoralismo. ¿En que consistía ese amoralismo? Pues muy sencillo, en poner al descubierto los trucos de los débiles para imponerse sobre los fuertes. El débil tergiversa las exigentes leyes no escritas del cielo para ponerlas a su medida y, luego, llama a eso moral y se atrinchera tras ello. Son los moralistas a toda ultranza. No hay más que escuchar un telediario de una televisión cualquiera —el que tenga estómago para ello— para constatar tal nauseabunda realidad: todo está sustentado en la falsa moralidad de los débiles. ¡Sí lo sabré yo, que lo he sido toda la vida y por más que lo he intentado no he conseguido zafarme de ese corsé! A lo más que pude llegar es a sentir vergüenza de mí mismo cuando me veo retratado en lo que desprecio... y menos mal que, por lo menos, no me vacuné; y por eso estoy agradecido a estos gobernantes que, sin ellos saberlo, me dieron esta oportunidad de oro para reconciliarme, aunque sea mínimamente, conmigo mismo. Sí, Zaratustra: al fin comprendí lo que quiere decir eso... demostrar que tienes un par de cojones, como dice el vulgo. 

Es cuestión de valentía y no de juventud, como pretende el conservador Dr. Guevara. Ese conservadurismo disfrazado de escepticismo que no es más que cobardía. De eso hay hasta en la sopa. ¡Qué asco me da! Mejor se retira uno a su cenobio... a ver pasar las primaveras como las imágenes eróticas pasan por el alma acerada de un cenobiarca, que diría Ortega... raudas, instantáneas y excesivas. 

Y, después, morir con decencia en un rincón. 

viernes, 14 de agosto de 2026

No vacunados


 Paseaba con María por el muelle del Pesquero y nos topamos con un conocido, muy socialista él, que venía entusiasmado con lo del eclipse que había tenido lugar el día anterior. Se había subido a la azotea para verlo mejor, lo cual, no dejaba de ser una completa tontería porque, por un lado, un par de metros más arriba o abajo para ver una cosa que está a millones de quilómetros hasta el más tonto sabe que en nada influyen y, por otro, había una bruma que dejaba el horizonte a dos palmos de las narices como quien dice. Por lo visto, según nos contó, habían puesto un autobús lanzadera para subir gente a lo alto de la Peña Cabarga, de unos cuatrocientos metros de altitud, porque, desde allí se iba a ver mucho mejor el magno acontecimiento. 
Por lo que me han contado, las televisiones públicas, que son todas, llevaban semanas calentando motores, así que, llegado el momento álgido, nada tiene de particular que las masas empáticas entrasen en éxtasis... ¡lástima de bruma!  Otro gatillazo y suma y sigue. Son las cosas de la empatía. Y, por supuesto, de la socialización. 

El asunto está claro: si eres un buen socialista, lo que realmente quieres es que papa Estado utilice todos los medios a su disposición para desviarte la atención de lo que realmente te importa. Porque, a qué engañarse, lo que realmente importa, o sea, la verdad de las cosas, raramente es agradable por aquello de que la verdad es un espejo en el que nos vernos tal como somos, o sea, un verdadero asco... así no hay manera de poder ampararse tras el escudo de la superioridad moral que es cualquier ideología, por supuesto socialista, que lo son prácticamente todas menos la de Clint Estwood, ya saben, la de que nadie me toque los cojones. 

Así que yo le diría a mi amigo socialista que no se suba a la azotea para enterarse de lo que está pasando en EEUU con el asunto de las vacunas, no vaya a ser que le entren ganas de arrojarse al vacío. Porque se da el caso de que este amigo, cuando lo de aquello que llamaron covid, era un encarnizado propagandista de la fe vacuneril. Y ahora viene ese tal Trump, un facha de tomo y lomo, y dice que hay que andarse con mucho ojo con eso de las vacunas porque no es oro todo lo que reluce. ¡Vaya con Papá Estado! ¡Otra vez metió la pata y como si nada! 

¡Joder, putos socialistas de todos los partidos, es que no tuvisteis bastante ya!


jueves, 13 de agosto de 2026

Huir

Como les iba diciendo, alivio los calores del verano bajando por las tardes a sentarme en un banco a la sombra en donde corre el viento. Y leo. Concretamente, ayer, Las Noches del Buen Retiro de Pio Baroja. En las novelas de Baroja parece no pasar nada de particular, pero está pasando de todo. Así es como es la vida: gente que se las apaña para seguir viva sean cuales sean las condiciones en las que la vida les ha colocado. No importa lo favorables, o desfavorables, que pudieran ser esas condiciones, porque seguir vivo es siempre una epopeya. Y es que la naturaleza todo lo compensa: donde quita, pone; y viceversa. 

Pareciera que Baroja solo tiene ojos para las miserias de la vida, tanto de las materiales de los unos como de las morales de los otros. Las miserias materiales aguzan el ingenio; y, las morales, también. A eso es a lo que me refiero cuando digo la palabra apañárselas. La vida es un puro apañárselas para huir de la permanente insatisfacción. No tengo más que mirar sin anteojeras a mi alrededor para constatar esa realidad incuestionable. 

Todo lo que he visto a mi alrededor, y en mi interior, ha sido, mayormente, cohecho y prevaricación, eso sí, procurando dar un barniz de autenticidad, de ponerse el mundo por montera. Pero para eso está, o debiera estar, la literatura, para poner las cosas en su sitio y que nadie se llame a engaño. Desde luego que, en el caso de Baroja, lo está. Lo mismo que lo está en el de Schopenhauer, que yo diría ser su gran maestro. 

En fin, menos mal que, para consolarnos, nos queda la abstracción, es decir, fabricarnos un mundo paralelo: la música, las matemáticas, la literatura; cosas así que solo se consiguen poniendo en ello los cinco sentidos... lo que vendría a ser huir de este mundo miserable. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

El egoísmo


Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa! 

Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere. 

Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo. 

Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!   

martes, 11 de agosto de 2026

De la nostalgia a la melancolía

Es inevitable en ocasiones abandonarse a la nostalgia. Es como una recreación de los momentos, no muchos, de la vida de los que no te avergüenzas. Y es que, tengo que confesarlo, la sensación que me embarga lo más de mi tiempo es la de que tiré por el desagüe la mayor parte de mi vida. Me recuerdo sentado al volante, horas y horas, yendo de un sitio para otro en una huida imposible, y me entran ganas de morirme. Y, como esta, un millón más de imbecilidades que asaltan mi memoria a nada que deje de guerrear por más tiempo del necesario para reponerse de las pasadas batallas. ¡Es tan breve el auténtico reposo del guerrero!  

Como he terminado el primer tomo de las Novelas Ejemplares y el segundo, que compré on line, se ha perdido por el trayecto, decidí ayer que lo que me apetecía de verdad leer era algo de Baroja... como siempre que me siento derrotado. Así que, a falta de Cuesta Moyano, me fui al centro de la ciudad a una feria del libro usado. No me costó encontrar una novela suya que no hubiese leído veinte veces, "Las noches del Buen Retiro". Me senté en un banco del parque a esperar a María —por fas o por nefas, a las mujeres siempre se las está esperando— y me puse a leer. Fue inútil; a los dos minutos ya se me había sentado al lado una jovencita que se puso a hablar por el teléfono a grito pelado; estaba contando a alguien que habían visto a su novio y a su madre morreándose, un clásico del porno sin el menor interés. En aquel momento, maldije mil veces el haber abandonado Castilla; no sé si los tengo idealizados o es que fueron realmente ideales los veranos que pasé allí. Aquellas mañanas frescas, con un aire impoluto, pedaleando por la Nava llegaba a Becerril de Campos y me sentaba en la terraza de La Behetría a zamparme un pincho de tortilla de patata regado con un café con leche. ¡Gloria bendita! Y si no era en La Behetría de Becerril, era La Laguna de Gascón o en El Refugio de Fuentes. Toda la Nava era para mí. 

Sí, sin duda fueron los años castellanos los que me reconciliaron, en la medida de lo posible, conmigo mismo. Fue aquel el lugar en el que menos cuentas tuve que dar a nadie. Viví holgado y con una cierta sensación de armonía. Y es que, para empezar, Castilla tiene unas dimensiones humanas; por tal me refiero a la posibilidad que te ofrece de no tener que vivir amontonado, lo más inhumano, quizá, que existe: el hombre no nació para ser rebaño. Nació para relacionarse con sus semejantes de tú a tú en medio de la nada. Como cuando me apeaba de la bicicleta para echar una parrafada con un labrador o pastor perdido en aquella inmensidad. Después, mientras seguía pedaleando, rumiaba aquellas conversaciones sin desperdicio. Y es que, solo, en medio de la inmensidad, cualquiera se convierte en filósofo. 

En fin, la vida nos lleva por donde quiere y solo nos deja el recurso a la nostalgia para aliviar los momentos de desesperación. Aquellas incursiones que, cuando estudiante en Madrid, hacía por la Cuesta Moyano en busca de novelas de Baroja. Aquella cumbre que alcance, con Pedro —nos dejó hace tres días— cuando ya parecía que era un objetivo más allá de nuestras provectas posibilidades. Aquellos reposos del guerrero en las plazas castellanas tras las largas pedaleadas hacia los lejanos horizontes... y así, desde la nostalgia hasta caer en la dulce tristura que es la melancolía. Sí, siempre acabo melancólico cuando, por lo que sea, me acerco al centro de la ciudad... lo siento como si fuese un campo de concentración con sus cámaras de gas y todo eso. 

lunes, 10 de agosto de 2026

Más uvas de la ira

Me manda Manolo unas piezas que compone con ayuda de la inteligencia artificial y yo no las sabría distinguir de lo mejor que escuché a aquellos míticos rokeros. ¡Huston, tenemos un problema! Sin duda, este invento va a costar mucho digerirle y, en el entretanto, ni siquiera podemos imaginar el número de gente que va a quedar tirada por las cunetas.  No sé cómo se las van a arreglar esta vez los comunistas para echar la culpa a los ricos. 

Se acuerdan ustedes de toda aquella literatura de comienzos del siglo XX, "Las uvas de la ira", por poner un ejemplo. Siempre a vueltas con el malvado capital y la inocencia del pueblo trabajador. Por supuesto que nunca se decía una palabra de aquel ingeniero que se había puesto a maquinar en un taller, de resultas de lo cual había salido el motor de explosión. ¿Se imaginan ustedes toda la literatura comunista que nos hubiéramos ahorrado si nadie hubiese inventado el motor de explosión? 

Ya me canso de repetirlo: no hay nada nuevo bajo el cielo desde la noche de los tiempos para acá. Por eso Hesíodo comienza su Teogonía encadenando a Prometeo a una roca donde un águila viene todos los días a roerle los hígados. Y todo por meterse en donde nadie le llamaba. Siempre hurgando por ahí por ver si podía descubrir algo que le pudiera aliviar las duras tareas que requiere la supervivencia. ¡Ya ven, en vez de ponerse a mirar las estrellas y aprender a recrearse en la contemplación de su mera belleza! 

Indiscutiblemente, hay algo demoníaco en todo esto de los cachivaches. Como de soberbia. Al respecto, me gustaría saber cómo le va a esa gente que se ha propuesto vivir al margen de los avances tecnológicos. Los amish, o algo así. Claro que, usar carros, animales domesticados, y otra infinidad de utensilios rudimentarios, no le exime de la maldición prometeica; es, simplemente, querer limitar los efectos colaterales. 

En fin, el caso es que la inteligencia artificial ya está ahí y las consecuencias serán las que tengan que ser; de momento, parece ser, ya está dando su cosecha de uvas de la ira... al menos, eso es lo que dan a entender los titulares de algunos videos que me aparecen en pantalla cuando me pongo frente a este demoníaco cachivache.  

domingo, 9 de agosto de 2026

Y vuelta a empezar

 A media tarde, cuando ya siento la casa recalentada, bajo a sentarme en el paseo de Antonio López que está a la sombra y corre la brisa. Por cierto, Antonio López, un tipo curioso que, según dicen las malas lenguas, amasó una fortuna portentosa traficando con esclavos. Tan portentosa fue que, dice la leyenda urbana, que, cuando las tropas de Víctor Manuel entraron Roma para dar fin a los Estados Pontificios y, con ello, dar por constituida la nación italiana, este señor, que merced a todas las filantropías que había hecho había sido elevado al rango de marqués de Comillas, este señor, digo, le ofreció al papa comprar la ciudad de Roma para que pudiese seguir teniendo un cierto poder temporal. En fin, cosas que se cuentan y ni siquiera merece la pena ponerse a averiguar lo que pudiera haber de verdad en todo ello... recuerden aquello de "El hombre que mató a Liberty Wallace": cuando la leyenda supera a la realidad, nos quedamos con la leyenda. 

Así, ayer, como digo, bajé, me senté en un banco y proseguí con la lectura de las conversaciones que se traen entre ellos Cipión y Berganza, dos perros que han aposentado sus reales a la puerta del hospital de la Resurrección de Valladolid. Bueno, la verdad es que no aguanté ni dos minutos, porque un chusma había puesto una música perrallera, de esas con unos bajos machacones que es como si te estuviesen martillando la cabeza... pero esto es otra historia. Me fui al muelle del Pesquero, encontré un banco a la sombra, me senté y proseguí con la lectura. Cipión está contando su vida a Berganza; concretamente, la catadura de todos los amos que ha tenido, que no se salva ni uno. La gracia del asunto es que como Cipión no es como el común de los perros, ya que puede razonar, no soporta esa detestable catadura de sus dueños y se larga a buscar fortuna para dar siempre en lo mismo: más corrupción. Claro, si todos los perros fuesen como Cipión se acabaría el mito de la lealtad de los perros y se aprendería a distinguir lo que va de la sumisión a la lealtad. Los perros, mis queridos, son sumisos, porque para ser leal se necesita de la razón, que por eso Cipión, porque la tenía, no podía ser leal a cualquiera por solo la comida. 

El caso es que, por la noche, como ya es costumbre en mí, me puse a leer la Biblia; concretamente, Los Proverbios. Estamos en las mismas, pensé, Cipión, Los Proverbios, en definitiva, la irreprimible tendencia a la corrupción del ser humano. Al respecto, parece no haber solución. Todas las novelas ejemplares de Cervantes, o, ya puestos, la Biblia, están atravesadas por la misma obsesión: la denuncia de la corrupción; el mundo parece no poder ser otra cosa que un Patio de Monipodio. 

Y esa es la cuestión incuestionable, que donde no hay entendimiento, el hábito califica. La gente del común se lo traga todo, pero, más nada, ese fingimiento de felicidad, seña de identidad donde las haya de los corruptos y, no por otra causa es, que se apresure a imitarlos: todo el mundo quiere ser feliz a la primera de cambio. Y así es como se llega a las decadencias galopantes... cuando el pilar de la economía es el entretenimiento, es decir, el tradicional nicho de negocio de las mafias. 

Y así hasta que todo se va al carajo y vuelta a empezar: el mundo es un Ave Fénix.

sábado, 8 de agosto de 2026

Los puros de corazón


Uno de los deportes favoritos de los puros de corazón consiste en denostar de lo que se conoce como redes sociales. Claro, no hay nada que joda más a un puro de corazón que la libertad, que no otra cosa vendrían a ser las redes sociales... libertad en el terreno de la comunicación como nunca se sospechó que se pudiera llegar a tanto. En esas redes, cada cual es muy libre de decir, o hacer, lo que quiere, de la misma manera que cada cual es no menos libre de escucharlo, o mirarlo, y sacar sus conclusiones. Y sí, por supuesto, que eso tiene sus peligros, pero, a mi juicio, infinitamente menores que los que suponían el no tener otra fuente de información que el periódico de moda o cualquier otro púlpito controlado por el sátrapa de turno. 

En las redes sociales, uno se puede dedicar a contemplar a las mujeres que, por lo que sea, se complacen en ejecutar complicados cruces de piernas que permiten vistas fugaces de sus coños. Es un deporte como otro cualquiera que más que malicia demuestra ingenuidad. También, si tienes poco cacumen, te puedes dejar arrastrar por las aburridas querellas que mantienen entre sí los parásitos por tal conseguir mejores pastizales... eso que llaman política. Incluso, te puedes enganchar en la que quizá sea la peor obsesión de todas, la que tiene que ver con el no querer morirse ni a la de tres... porque es que hay millones de vídeos dedicados a lo de la conservación a ultranza de la salud —¡harta plaga!—. En resumidas cuentas, toda la morralla del gusto de la gente que también lo es. 

Pero las redes sociales también ponen a nuestro alcance cosas que hasta hace dos días lo estaban solo al de unos cuantos privilegiados. Al respecto, me gusta poner el ejemplo de la Khan Academy. De pronto, la mejor pedagogía de las matemáticas que se puede concebir está al alcance del niño nacido en la aldea más remota del planeta. Y hay miles de Khan Academys, y millones y millones de niños y jóvenes, y también viejos, pisan sus aulas. ¿Se dan cuenta de lo que eso supone en términos de una mejor comprensión de la realidad por parte de las masas? Seguramente, nunca hubo revolución en el mundo que se pueda comparar a esta de la difusión masiva de las matemáticas que se está produciendo en estos tiempos que corren. A mi entender todo conocimiento es revolucionario, pero el de las matemáticas se lleva de calle la palma. 

Pero es que, lo mismo que con las matemáticas pasa con cualquier otra habilidad que quieras desarrollar. Sin ir más lejos, en mi caso, la música. Yo abro YouTube y los algoritmos, o lo que sea, hacen que más del noventa por ciento de los vídeos que aparecen en pantalla sean, ya de matemáticas, ya de música. Así, de pronto, veo un ejercicio de ritmo y no me puedo contener. No creo que pueda haber muchas cosas más adictivas que los ejercicios de ritmo. Adictivas, en el buen sentido del término, quiero decir. A todos esos niños a los que hoy día están suministrando anfetaminas porque, dicen, tienen problemas de atención, concentración, o lo que sea; pues bien, estoy seguro que les pones todos los días durante un rato a hacer ejercicios de ritmo a dos manos y en menos de lo que se dice ya se les ha pasado toda la tontería. 

En fin, lo dicho, a los puros de corazón, un eufemismo de comunista, no les queda otro recurso para parar el río que amenaza llevárseles por delante que el del insulto y la difamación y, por supuesto, el de poner puertas al campo... que no otra cosa son todas esas leyes con las que intentan frenar la libertad que emana de esas redes sociales.  

viernes, 7 de agosto de 2026

¿Por qué?

 


Juan es un tipo que enseña divinamente las matemáticas y, también, y sobre todo, el amor a la libertad. Lo mismo que Cervantes, no desperdicia ocasión para recordarnos que sin libertad no somos nada. Y es que, seguramente, entre las matemáticas y la libertad hay muchas más conexiones de las que cabría sospechar a primera vista y, eso, más o menos, es lo que Juan ha tratado de demostrarnos en el vídeo titulado "¿Por qué estudiar matemáticas cada día? 

Cuando era chaval, las matemáticas no se me daban mal, pero sin sentir el menor entusiasmo por ellas. Eran una obligación más con la que cumplías so pena de sufrir las consecuencias. Así era toda la educación recibida, sin que nadie se parase a explicarte el porqué de lo que estabas haciendo, excepción hecha, claro está, de lo de la salvación del alma, que, ahí, sí, echaban el resto tratando de demostrar que la clave del asunto consistía en no hacerse pajas.  

No tengo ni idea de si servirá o no servirá para algo el explicar a los chavales el porqué de las obligaciones que tienen. Quizá lo sabio sea dejar que con el tiempo lo vayan descubriendo por ellos mismos. Y posiblemente, en ese descubrir, más temprano o más tardío, estén las diferencias de inteligencia entre unos y otros. En lo que a mí respecta, puedo asegurar que mi descubrimiento de la magia que encierran dentro de sí las matemáticas fue muy tardío, por más que las nefastas consecuencias de su desconocimiento empecé a sospecharlas bastante temprano, concretamente cuando, rozando la treintena, empecé a dedicarme a la fisiología respiratoria. En definitiva, en cuatro días aprendí todo lo que se puede saber sobre ese asunto sin saber matemáticas y, luego, el puto aburrimiento. Por eso lo dejé todo y me fui a correr mundo. Sin duda, aunque fuese incapaz de identificarla, llevaba la espina de mi carencia clavada en el alma.

Mucho más tarde, terciada ya la sesentena, residiendo a la sazón en la premontaña palentina, se me hizo la luz y contraté los servicios de una profesora de matemáticas que había en el pueblo de al lado. Me entró entonces una pasión inusitada que me tenía todas las noches en una pura pesadilla. No me importaba porque comprendía que sin tortura no se consigue nada que merezca la pena. En un par de años me puse muy por delante de lo que había sabido durante el bachillerato. Luego descubrí la Khan Academy y le pegué unas cuantas vueltas a todos sus vídeos. Resumiendo, hace ya casi veinte años desde aquellas primeras clases en Aguilar de Campoo y, desde entonces, raro ha sido el día que no haya pasado un rato tratando de desentrañar un enigma matemático. Merodeo por YouTube, veo el enunciado de un problema y no puedo pasarlo por alto. Vendría a ser como una adicción.

Concluyo: no sé en qué medida todos esos porqués que dice Juan en el vídeo me estarán afectando, pero lo que sí sé es la satisfacción que siento cuando consigo resolver un enigma, cuanto más enrevesado mejor y, también, cuando comprendo una explicación de algo que no sabía que existía o que, sí lo sabía, pero no me había atrevido a meterme con ello. Si todo esto me sirve para ser un poco menos tonto, ¡genial! Y, si solo es puro entretenimiento, pues igual. 

jueves, 6 de agosto de 2026

Los ropajes de la picaresca

Y entonces, sale un cura en pantalla, revestido con todos los aditamentos del oficio y enarbolando en la su mano derecha una cruz con incrustaciones preciosas: nos va a recitar una oración a la preciosa sangre de Cristo. La picaresca, pienso, no tiene límites: se camufla tras infinitos ropajes y la gracia del asunto consiste en desenmascararlos; hay que tener en cuenta que, algunos de entre ellos, son auténticas obras de arte que, pareciera, que hasta al mismísimo Dios engañan. 

Ayer por la tarde, buscando la brisa que atempera el bochorno, fui a sentarme a los bancos que hay frente a la estación marítima; justo en aquel momento partía un barco gigantesco cargado de borregos con apariencia humana. Unos pícaros han inventado ese negocio y las multitudes aborregadas son incapaces de desenmascarar el engaño.  En fin, pensé, cada cual se las apaña como puede, que, al fin y al cabo, lo de dejarse engañar ayuda mucho a sobrellevar los sinsabores de la vida.   

El caso es que mientras miraba de reojo y sin el menor interés aquella penosa escena, me estaba metiendo de lleno en las vicisitudes del alférez Campuzano, el protagonista del Casamiento Engañoso, una de las novelas ejemplares de Cervantes. El alférez, nada más salir arrastrándose del hospital de la Resurrección de sudar catorce cargas de bubas, se encuentra con su amigo el licenciado Peralta que de inmediato le invita a ir a su casa a reponerse. Ya de sobremesa, Campuzano le cuenta a Peralta de dónde le vinieron las bubas, concretamente de un casamiento engañoso tanto por parte de la parte contratante como de la segunda parte de la parte contratante. Así, al ser, tanto monta, monta tanto, el engañador como el engañado, no hay lugar para el resentimiento y sí, y mucho, para el humor... de hecho, mientras leía, me estaba poniendo enfermo de la risa que me daba. Claro que la gracia, más que por el hecho en sí, viene de la forma de contarlo y, al respecto, cualquiera que haya leído El Ingenioso Hidalgo, ya sabe de lo que es capaz Cervantes. 

Pues sí, esto de la picaresca es para hacérselo mirar porque aquí sí que hay que ser prudente antes de tirar la primera piedra. Me he cansado de ver a todo lo largo de la vida a gente que tiró la primera piedra y, cuatro días después, el rebote les atizó de plein fouet. Y es que, evidentemente, eso de la honradez es muy loable, pero vete tú a contárselo a alguien, o a ti mismo, cuando te hayas en un apurado trance de supervivencia. O ni siquiera eso, basta que una mala educación te haya hecho esclavo de los caprichos para que seas devoto de la ley del embudo... lo ancho, por supuesto, para mí. 

El otro día, con motivo de haber escuchado una conferencia sobre las virtudes burguesas, escribía sobre el rearme moral. ¡Mira que hay que ser ingenuo! ¿Cuándo no ha necesitado el mundo ese rearme? Todas las interrelaciones humanas, so capa de simpatía, tienen un componente de fraude que solo los linces son capaces de detectar. No por otra causa es que los linces anden siempre ocultos entre la espesura.   

Ya digo, la preciosa sangre de Cristo... ¡y vaya que si cuela! 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Cosas de viejos.

Cuenta la Biblia que, David, en sus postrimerías, sentía un frío tremendo que le tenía todo el día tirititando, que diría el Camarón de la Isla, y nadie encontraba el remedio a aquel mal. Así fue que, ensayado todo lo ensayable, alguien pensó que, a lo mejor, poniéndole una jovencita a su lado en la cama el mal cedería. Dicho y hecho; parece ser que mejoró, pero, al parecer, no pudo hacer otro uso de la chiquita que el de robarle el calor. 

Por otro lado, crónicas apócrifas relatan que a Mao Tse-Tung, en su vejez, le metían todos los días en la cama a una jovencita virgen. Por lo visto, hay una superchería china que sostiene que esa es la mejor manera de restituirle la energía a un viejo. Sea como sea, cuentan, vete tú a saber la verdad que hay en ello, que dentro del partido comunista chino había una sección dedicada a escoger a esas jovencitas entre las más agraciadas de la nación. Y para ellas, según esas crónicas, era un honor ser desvirgadas por el Gran Timonel; un honor y, todo hay que decirlo, una inversión garantizada, porque de la cama pasaban, sin solución de continuidad, a un futuro prometedor. 

Por otro lado, en Salamanca conocí a unos comunistas alto standing cubanos, entrados en años ya, que sostenían con entusiasmo que el hombre tiene la edad de la mujer que tiene entre los brazos. De hecho, todos ellos estaban casados con mujeres a las que sacaban de treinta años para arriba.  

Y, para concluir las anécdotas relativas al asunto, citaré lo que dice Buñuel, al respecto, en sus memorias. Se queja el hombre de esa maldita pulsión que no se le va de la cabeza. Da igual lo consciente que seas de que todo intento es inútil, porque eso que llaman el inconsciente sigue ahí trabajando como el primer día de la creación.  

Sea como sea, hay una cosa que ni al moralista más talibán se le ocurriría negar, y esa cosa es que la naturaleza tiene hechos a los hombres de tal manera que hasta el último suspiro siguen estremeciéndose a la vista de un culo femenino como Dios manda. ¡Y qué le vamos a hacer! Bueno, sí, mirar de reojo y disimular en la medida de lo posible, porque no están muy bien vistos los viejos verdes... pero, en cualquier caso, no privarse de ese estremecimiento que, a la postre, es la conexión más fuerte que se mantiene con la vida. 

martes, 4 de agosto de 2026

Rearme moral

La guerra que no cesa es la que se libra por las ideas. Es una guerra sorda, y a largo plazo, de la que la inmensa mayoría parece no tener noticia. Y es que, como supongo que todos ustedes sabrán, a la inmensa mayoría todo lo que no sea alboroto y a corto plazo se la trae al pairo... no por otra causa es que los resultados parciales de esas guerras siempre pesquen a la inmensa mayoría desprevenida, lo cual no es óbice, ni cortapisa, para que se apresure a apuntarse a caballo ganador. ¡Cuestión de supervivencia! En realidad, se apunta a caballo ganador sin importarle un comino en qué consiste ese caballo con tal de que el caballo le facilite la supervivencia, no importa si a corto o largo plazo. 

Lo de identificar cuáles son las verdaderas ideas en liza es tremendamente complicado. Lo puedo asegurar por la propia experiencia: toda mi vida he tenido tal batiburrillo en la cabeza respecto a esa identificación que sigo sin sentirme mínimamente seguro sobre en qué medida he conseguido clarificarme. Así todo, como uno no puede andar por ahí, indefinidamente, a la deriva, he optado acogerme a la idea de libertad con la misma fe que Descartes se acogió al cogito ergo sum —pienso, luego existo—. 

La libertad, amigo Sancho, etc... todo el mundo conoce ese parlamento de Don Quijote. Sí, pero ¿qué es la libertad? Hay muchas formas de entenderla y no todas son compatibles con la conservación de la especie. "Mi libertad termina en donde comienza la del vecino", dijo alguien y el rey se quedó con la copla y la mandó imprimir en los billetes de mil pesetas. Efectivamente, sin límites a la libertad, apaga y vámonos. El problema consiste en saber quién es el encargado de poner esos límites. O, mejor dicho, quién es el que tiene derecho a imponer esos límites. Y ahí es donde, a mi juicio, reside toda la enjundia de este asunto y, a la postre, de esta guerra que, como digo, el mundo siempre se está trayendo entre manos. 

Intento reflexionar sobre estas abstracciones porque ayer estuve escuchando los discursos pronunciados con motivo de la entrega del premio anual de la Fundación Juan de Mariana que este año ha recaído en Deirdre McCloskey, una yankee de exactamente mi edad que ha escrito un libro titulado Las Virtudes Burguesas. Lo que a mí se me alcanzó de todo lo que escuché es que Dierdre vendría a apuntalar lo que Adam Smith remarcó en su libro Los Sentimientos Morales y, ya, si me apuran, lo que la Biblia y, también, los clásicos griegos, no se cansan de repetir, que sin un respeto estricto a las leyes no escritas del cielo no hay nada en este mundo, incluido, por supuesto, el capitalismo, que pueda funcionar.  

En definitiva, dicho si rodeos ni necesidad de premios, el cascabel que hay que poner al gato para liberarnos en la medida de lo posible de este régimen político, que nos tiene atenazados con tanto límite como nos pone, no es otro que el rearme moral. Así que, ya saben, lo mejor empezar por uno mismo y no cejar que, como decía Pessoa, esa tarea nos llevará toda la vida.  

lunes, 3 de agosto de 2026

Novelas ejemplares

Sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. Para empezar, son una fuente inagotable de información sobre la sociedad de hace cuatrocientos años. Era una sociedad por estamentos: los nobles, por un lado, que son los protagonistas de las novelas y, al parecer, de la vida en general; el pueblo llano, que se las apaña como puede, sin demasiados escrúpulos morales y sin dar excesivos síntomas de resentimiento; y el clero y demás sicarios —con esta palabra está todo dicho— del poder que hacen de imprescindibles intermediarios entre dos mundos alejados a años luz. 

Consideraciones sociológicas aparte, llama poderosamente la atención el asunto de la madurez. En aquel entonces, a los dieciséis años, aun siendo mozo o moza, ya se era apto para las funciones de adulto: lo mismo para tener hijos que para ir a la guerra. Esa madurez, tan prematura desde nuestra perspectiva actual, trata de sustanciarla Cervantes en los parlamentos, tanto interiores como exteriores que hacen los personajes protagonistas; pareciera que todos han leído a Freud, o poco menos, tal es la agudeza de las percepciones, tanto de su yo como de su ello. Esto es algo que me resulta especialmente chocante por comparación con la percepción que tengo de lo que ha sido mi propia vida en la que, hasta edades muy avanzadas, era como si la responsabilidad de mis actos correspondiera a un ente abstracto... algo así como un padre castrador al que había que machacar en la medida de las posibilidades. 

En la precocidad de esos hijos de nobles, supongo, tiene que ver la obsesión por el linaje como responsabilidad individual que, desde el primer día les ha sido inculcada por medio de una educación espartana. Nada que ver con la precocidad de pueblo llano nacida de las dificultades para la supervivencia. Así es como ambos dos estamentos confluyen en lo esencial: la vida como agonía. En definitiva, da la sensación de que la duración de la vida ha sido una constante a todo lo largo de la Historia; una constante al estilo de la de Boyle Mariotte —PxV=K—, solo que, en este caso, en vez de jugar con la presión y el volumen lo haríamos con el tiempo y la agonía —TxA=K—.  

Aparte de estas apreciaciones de tipo, digamos, psicológico, se extraen de esas novelas no pocas curiosidades que ayudan a entender de dónde venimos. Por ejemplo, ese pueblo, Zahara de los Atunes, en el que mis hijas tienen un piso al que fui con María hace cinco o seis años, ya era en tiempos de Cervantes un lugar muy concurrido, en este caso por los pícaros —cátedra de picaresca, dice—; la diferencia con ahora es que, vez de venir los bereberes en pateras a sus playas para quedarse, en aquel tiempo los bereberes venían en galeras a pillar a los pícaros que dormían en la playa para llevárselos a berebería y venderlos como esclavos. En cualquier caso, el negocio de las almadrabas ya funcionaba por entonces a pleno rendimiento. Otra curiosidad es lo de Cataluña: lo mismo que en el Quijote, los protagonistas de Las Dos Doncellas, tan pronto ponen el pie en Cataluña son saqueados por los bandoleros, lo cual no quita para que no se canse de echar flores a la ciudad de Barcelona, archivo de todas las bondades. O sea, que, el que tuvo, retuvo, y de casta le viene al galgo. 

En fin, para qué seguir; solo añadir que estoy encantado con las rocambolescas coincidencias con las que se construyen los argumentos de esas novelas. Y eso por no hablar de las maravillas del lenguaje: la facilidad con la que Cervantes consigue que se entiendan a la primera asuntos que de puro alambicados casi dan hasta risa. Y no te digo, ya, si lo lees al atardecer, sentado en un banco en el que te acaricia la brisa que viene del mar. Ya digo, en fin. 

domingo, 2 de agosto de 2026

Mahometanismo

Hace como treinta años, con motivo de tener por aquel entonces asentados mis reales en una aldea de la Serralada Central, de nombre Bellmunt de Segarra, tenía un vecino marroquí de unos treinta años, sin más oficio ni beneficio que el de dar satisfacción en la cama a una chica, hija de unos andaluces granadinos que tenían en la aldea una casa de esparcimiento. El marroquí, siempre que me veía me largaba la misma cantinela: «¡Amigo Pedro!, fíjate bien lo que te digo, una sola noche, no hace falta más, una sola noche que abriesen la frontera de España con Marruecos y no quedaba ni un marroquí en Marruecos.»

Claro, los marroquís, al parecer, se pasaban la vida mirando la televisión española que se podía captar en grandes partes de su territorio, lo cual no hacía más que hacerles crecer los dientes. Se decía por entonces, no sé qué habría de cierto en ello, que la frontera entre España y Marruecos era la grieta más profunda que había en el mundo entre dos niveles de vida. Desde luego que, exageraciones aparte, las diferencias eran notables; yo mismo había hecho una fugaz incursión en Marruecos, allá por los años setenta y, si no anonadado, había quedado impresionado por aquella mezcla de pintoresquismo y miseria, lo uno por la otra, que tanto gustaba a la carcundia progresista imperante en grandes capas de la sociedad española. 

Sin duda, de los años setenta para acá, Marruecos ha pegado un gran salto hacia delante. Así todo, aunque la grieta haya disminuido algo, todavía sigue siendo considerable, y no solo en lo económico, también en lo cultural. Hay que tener en cuenta que el mahometanismo es algo así como un cáncer del espíritu que elimina de raíz toda posibilidad de pensamiento crítico. Claro, eso funciona muy bien cuando no tienes ventanas a la casa del vecino de enfrente; pero una vez que las tienes, no hay Dios que lo aguante. 

Así es que, para mí, lo de Marruecos con España, y Europa en general, no tendrá solución en tanto el mahometanismo siga campando por allí por sus respetos. Es una ideología bárbara que está concebida para que al poder en curso nadie se le suba a las barbas, así que, a la que alguien se asoma al balcón y ve lo que hay enfrente, ya no hay quien le pare. Por eso, el gran drama de esta historia es que esas sociedades musulmanas, al parecer, tienen una resistencia numantina a la secularización. Nadie quiere renunciar allí a sus privilegios ancestrales. Ni los que tiene el rey sobre sus súbditos, ni los que tiene el marido sobre sus mujeres... en fin, la noche de los tiempos. 

Pero, ¡ay, hijo!, en una cosa fundamental nos ganan los marroquíes por goleada: la procreación. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que a la postre siempre acaba ganando el que procrea. Y en esas estamos, en el trance de perder todas las batallas por no querer procrear. Así es que, como no nos sirve el perpetuarnos en nuestros hijos, nos tratamos de perpetuar en nosotros mismos y por eso es que hayamos ido a caer en manos de los médicos que es como caer en manos del demonio... pero este es otro asunto. 

sábado, 1 de agosto de 2026

Seguir adelante

Conagher es un vaquero que exhibe las mejores características de la virilidad. Hábil en su trabajo, honesto, leal, liberal, y valiente. En un momento determinado de la película, Conagher va tras unos malhechores y, la mujer que anda tras él, temiendo que le maten, le dice que pida ayuda a las autoridades; Conagher la mira de lado, con los ojos inquisitivos, a la vez que sentencia: «Cuando un hombre tiene que pedir ayuda más vale que no siga adelante».

Un hombre es un hombre y una mujer, una mujer: por ahí hay que empezar. El hombre, si es hombre, resuelve; la mujer, si es mujer, pastelea. Por eso tanto el uno como la otra tienen que estar en el lugar para el que la naturaleza les dotó. De lo contrario, como dice Conagher, más vale no seguir adelante. 

Y eso es lo que pienso yo que está pasando, que como se han dislocado las respectivas posiciones a cada vez más gente no le merece la pena seguir adelante, lo cual se traduce en esa apoteosis de pulsiones suicidas que campean por doquier: todo el puto día de aquí para allá con la única finalidad de encontrar diversión. ¿Acaso sabe alguien qué coño es eso de la diversión? A juzgar por lo que veo las raras veces que voy al downtown, divertirse debe ser ir comiendo helados mientras deambulas a la deriva por entre las multitudes. 

Empiezas por hacer el trabajo de cualquier forma, sigues por autoconvencerte de que el que no roba es porque no puede, a continuación, traicionas a tu propio padre si piensas que ello te beneficia, luego te empeñas en imponer a los demás tus putrefactas ideas y, terminas, pues eso, pidiendo ayuda, no a cualquiera, sino a la mafia dominante. Así, por haber perdido los papeles, ya has cerrado el círculo de la cobardía perfecta. ¡Ay, qué definitivo es aprender desde niño el valor del trabajo bien hecho! Falla eso y todo lo demás viene rodado. 

O sea que, convénzanse, para que nos vuelva a merecer la pena seguir adelante habrá que recuperar los papeles tradicionales: el hombre a la guerra a matar dragones y la mujer a la cocina a hacer pasteles. 

viernes, 31 de julio de 2026

Divagaciones tardoveraniegas

 



La apacibilidad de estos atardeceres brumosos del verano norteño. Gente del barrio baja con sus trebejos y se pone a la orilla del agua alimentando la expectativa de una cena gratis. Aunque, en realidad, pienso, a lo que más bien aspiran es a ensimismarse contemplando las suaves ondulaciones que la brisa produce en la superficie del agua. De vez en cuando intercambian un manido comentario que nunca va a más. Y así hasta que la noche se cierra y regresan a sus cobijos.

Procuro no faltar nunca a esa cita, aunque, en vez de a la orilla, me siento en un banco y observo el escaso tráfago: la típica dueña, o el típico rokero que nunca muere, que pasean a su perro; un grupo de la quinta edad, la mitad en el banco y la otra mitad en sus sillas de ruedas, que departe sobre sus últimos viajes —las enfermedades son los viajes de los pobres, decía Pla—; unos senegaleses que se apresuran a embarcar —ya ha empezado a levantarse uno de los brazos del puente levadizo—; y, allí, en frente, la chavalería del barrio sigue pegándose coles... ni se sabe las horas que llevarán con tan extenuante actividad. A veces pasa alguien conocido e intercambiamos un fugaz saludo, aunque, por lo general, si no es por María, que suele acudir a la cita, me voy a casa como vine, envuelto en mis pensamientos. 

Lo curioso es que esta es la misma ciudad en la que a poco más de un kilómetro a levante hay un avispero en plena ebullición. Gentes venidas de todos los confines pugnan por encontrar un significado a su azaroso deambular: da la impresión de que los árboles no les dejan ver el bosque... supongo que ese es el gran drama del turismo de masas. Y así es que tratan de consolarse consumiendo alimentos hipercalóricos y deshaciéndose después de los envoltorios por los más expeditivos procedimientos... el suelo da buen testimonio de ello. Bueno, el otro día me mandaron un video en el que unos jóvenes trataban de desahogarse pegando patadas a las bicicletas municipales; la que los estaba filmando decía; ¡esos no son de aquí! Claro, de aquí, por esos lares, no es prácticamente nadie. 

En fin, ya pasó lo peor. Apenas queda un mes para que el downtown vuelva a la relativa civilización; claro que si no es indispensable no me ven el pelo por allí, porque es que, ¡Dios mío!, que absoluta ausencia de personalidad... aunque eso de la personalidad... muy necesaria para ser policía y cosas así.

jueves, 30 de julio de 2026

Faetón

La humanidad en su conjunto, lo mismo que los individuos, siempre están prisioneros de dilemas irresolubles. Es eso que los ingleses llaman conundrum, una palabra que, una vez oída, por lo que sea, ya no se te olvida. En realidad, todo en esta vida, excepción hecha de las matemáticas es un puro conundrum. La gente del común tiene por hábito el enfrentar los dilemas decantándose por la opción que mejor casa con lo que ellos llaman su ideología y que, sin embargo, no es más que su conveniencia a corto plazo. Es todo puro infantilismo. Y la experiencia demuestra que nada se puede hacer al respecto si no es dejar que la bola corra ladera abajo y que sea lo que Dios quiera. 

Ahora, por lo visto, hay muchos incendios y todos dicen la suya, pero nadie está dispuesto a mover un dedo en el sentido de la lógica. En realidad, todo el asunto, en principio, sería muy sencillo: no haría falta más que el que Helios negase a su hijo Faetón el capricho de conducir el carro del sol. Cojan, agarren las Metamorfosis de Ovidio y vean como quedó todo por aquí abajo por haber cedido Helios al capricho de su incompetente hijo. Y es que no es precisamente fácil conducir ese carro; tan pronto te alejas y te hielas, como te acercas y te quemas. 

Y así es que ahí están todos con el asunto del puto calentamiento global. Unos dicen que sí y otros dicen que no, pero todos coinciden en fundarse en la ciencia para apuntalar sus posiciones. !A cualquier cosa llaman ciencia! Sí, ahí están todo el día con eso que llaman los modelos que no son otra cosa que un truco para justificar sus sueldos. ¿Modelos de qué? También el calendario zaragozano era un modelo con todos sus algoritmos y el recreo y toda la hostia de una culta población. 

Ya digo, pon firme a Faetón y punto pelota. O, si mejor quieren, dejen de robar fuego a los dioses y, automáticamente, dejarán de quemarse. Pero, díganme ustedes, ¿conocen a alguien que esté dispuesto a disminuir su consumo de derivados del petróleo? A todas las horas estamos quemando con entusiasmo millones de toneladas de esos derivados. Puede que ello sea inocuo, puede que sea letal, ¿quién lo sa? En cualquier caso, ya nuestros ancestros más remotos habían concluido que la sabiduría es, fundamentalmente, prudencia. Y lo prudente en este caso sería desmitificar las ventajas que proporciona el coche. ¡Por Dios bendito, mira que hay que estar ciego para no darse cuenta de que son ventajas envenenadas! 

Bueno, para muestra ya tenemos ahí el botón del desierto del Sahara que no es otra cosa que la herencia que nos dejó el capricho de Faetón. Al menos, eso es lo que dicen las crónicas. 

miércoles, 29 de julio de 2026

Liturgias

Ver a Edith Pageaud sentada en el presbiterio, ante el ara y con los vitrales góticos iluminados por la luz del amanecer al fondo, interpretando a la guitarra la Sonata K. 466 de Scarlatti... bueno, sí, todo aquel esfuerzo que hicieron en siglo XIII, o XIV, unos creyentes, cobra sentido: por fin la relación con lo divino se ha consumado gracias a las habilidades artísticas de la sacerdotisa Edith. Nadie puede quedar indiferente ante tan alta manifestación del espíritu. Pensar en todo el derroche de voluntad que fue necesario para que una escena tal haya sido posible, estremece. ¿Dónde queda uno ante semejante magnificencia? Supongo que es a todo eso a lo que algunos llaman Dios. 

En cualquier caso, me suelo desayunar con este tipo de liturgias. No porque crea ni deje de creer en Dios; eso es algo que me la trae al pairo. Es, simplemente, mi forma de reconciliarme con esta vida que tanto duele a nada que uno se abandone a su putrefacto ombligo. Es, en definitiva, la percepción de la belleza, algo que no nos es dado porque sí; se precisa de la ascesis previa para que se consume el milagro. 

Por lo demás, sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. ¡Cómo le debía doler a este hombre el señoritismo que impregnaba toda la vida española de su tiempo! Se diría que sus novelas son en gran medida una venganza contra esa lacra, no extinguida todavía, por cierto, y que tan cara nos ha costado y sigue costando. Bueno, si bien se mira, toda la literatura es una venganza... pero esto es tema para otra ocasión. 

martes, 28 de julio de 2026

Desengaño

Les diré lo que es la vejez: desengaño. Te has pasado la vida intentando comprender lo que dijeron unos y otros produciendo con ello irreconciliables ideologías. Los unos epicúreos, los otros estoicos; los unos católicos, los otros protestantes; los unos de derechas, los otros de izquierdas... infinitas dicotomías. Como les decía ayer, todo filfa. Todo el mundo es de todo y nadie es de nada: eso es exactamente lo que enseña la experiencia. De lo que sí pueden estar seguros es de que todo el mundo, salvo algún iluminado con pulsiones suicidas, es de lo que cree que le conviene, porque cree que sale ganando, en el momento en el que se ve en el trance de tener que escoger. 

Entonces van unos sabios conferenciantes y dicen: entonces llegó la era del racionalismo y todo cambio. ¿Racionalismo, dice usted? ¿A qué se refiere? ¿Acaso a que desapareció la superstición? Para mí que desde que el mono bajó del árbol ha habido en el mundo los mismos porcentajes de gente sensata y gente chisgarabís. Y eso no lo va a cambiar ninguna ideología, ni ninguna religión, ni ninguna como sea que quieran llamar a las mandangas que se inventa la gente para que los débiles puedan parasitar a los fuertes... o los chisgarabises a los sensatos. 

Se imaginan ustedes todo lo que se mató la gente entre sí por sostener los unos que estamos predestinados y los otros que tenemos libre albedrío. ¿Se pueden imaginar mayor imbecilidad? ¿Quién puede estar seguro de que hace lo que hace porque así lo quiere él y no porque las circunstancias le han comido el coco para que se decante por lo que le perjudica en beneficio de otros? Hasta los más sensatos se dejan arrastrar por las corrientes dominantes. Es inútil pararse a considerar tales extremos porque nunca se puede llegar a conclusión alguna. Al respecto, solo hay una cosa de la que podemos estar bastante mucho seguros: nuestros actos tienen consecuencias de las que, queramos o no queramos, siempre somos responsables y, tarde o temprano, recibiremos las recompensas, o tendremos que pagar, por ellas. En eso se resume toda la filosofía de la vida y es inútil hacerse ilusiones y acogerse a la anécdota para justificar que puede ser de otra manera. 

lunes, 27 de julio de 2026

Filfa

Uno va por ahí en bicicleta, pongamos que por Valderredible, por la carretera que bordea los meandros del Ebro, y escucha el susurro del agua que se desliza apacible, el del viento que acaricia las hojas y, sobresaliendo de ese fondo sonoro, el canto de los pájaros que, sin duda, es conversación entre ellos. Los pájaros tienen ese privilegio, que, de forma natural, conversan cantando. 

Los seres humanos a duras penas podemos imitar ese privilegio y, esa imitación, allí hasta donde llegue, quizá sea nuestro máximo logro como especie. Ésta es la conclusión a la que creo que he llegado después de más de ochenta años de devanarme los sesos. Todo lo demás que hacemos, excepción hecha del procurarnos manduca, es pura filfa. La música, incluyendo en ella, por supuesto, la poesía, es nuestra única posibilidad de comunicación real... es decir, el intento de acercarnos a la verdad de lo que sentimos. 

Así que, todo eso que llaman filosofía es, como digo, pura filfa. Que yo sepa, solo ha servido para dar pábulo al ansia de dominio de los unos sobre los otros. El ansia nacida del no poder expresarse cantando. O sea, de la insuficiencia. 

En fin, bajo a la tierra, porque tengo que hacer unas burocracias que me son indispensables para asegurarme la manduca. En cuanto las termine me vengo para casa a toda mecha para agarrar una guitarra que vendría a ser la ortopedia de la que no puedo prescindir si quiero acercarme a la verdad de lo que siento. 

domingo, 26 de julio de 2026

Sin trampa ni cartón

 Ayer estuve escuchando una clase que Jesús Huerta de Soto daba a sus alumnos en no sé qué universidad. Una clase a propósito de por qué en España siempre habían fracasado todos los intentos de liberalismo. Una clase a la que, por cierto, bien se la pudiera considerar como magistral sin que tal calificativo, como suele ser el caso, fuera mera propaganda. Hace el maestro un recorrido por la historia en el que quedan expuestas sin trampa ni cartón las causas de nuestra tragedia, principalmente, la pureza de sangre y su secuela inmediata, la inquisición. En definitiva, el trono y el altar en perfecta sintonía para un estrangulamiento continuo de cualquier intento de libertad en su manifestación más pura, el comercio. La nuestra es una historia hecha por soldados y curas yendo de la mano... es decir, la fuerza bruta casada con el embeleco. 

En realidad, toda la historia de la humanidad, groso modo, ha sido eso. El poder apoyándose en la fuerza bruta y el mito para justificar lo injustificable, es decir, apoderarse de una buena parte de las rentas del trabajo de la gente decente. Porque ahí está la cuestión, que todo poder basado en la fuerza y la mentira es, por naturaleza, indecente y, por tal, efímero. 

En fin, es descorazonador comprobar lo poco que el tiempo puede hacer para cambiar estas cosas. Y es que, por lo que sea, la gente del común adora las cadenas. ¡Vivan las cadenas!, gritaba el pueblo llano hace dos siglos, cuando recién se había yugulado un tímido intento de liberalismo. Y eso, por no hablar de hace dos días, como quien dice, cuando la gente salía a los balcones a aplaudir porque nos habían encerrado en casa, por nuestro bien, decían.  Siempre triunfa la lógica del "llámame alfombra y dame de comer"... aunque sea mierda lo que me das. 

Pero, así todo, por descorazonador que parezca, la semilla de la libertad nunca muere. Al ínclito Carlos quinto de Alemania —¡de Alemania tenía que haber sido!— y primero de España, se le enfrentaron los comuneros y pudo haber sido el comienzo de una bonita historia. Y nunca cejaron los intentos en ese mismo sentido, el de bajar los humos al poder. Y nunca cejarán, porque está en el espíritu de cada vez más gente el no dejar que nadie te venga a tocar los cojones... que no por otro sentir es que tengan tantos adeptos las películas de Clint Estwwood, entre otros. Por no hablar de las conferencias de Huerta de Soto que, ya digo, sin trampa ni cartón.  

sábado, 25 de julio de 2026

¿De cuáles eres?

 Ayer por la tarde estaba tan aburrido que probé a aliviarme encendiendo la televisión. Estaban echando una película protagonizada por un John Wayne bastante joven, si es que ese hombre lo fue alguna vez. El caso es que estaba junto a un niño que intentaba pescar peces, pero no lo conseguía. Es que estás de espaldas al sol y haces sombra sobre el agua y, eso, espanta a los peces; tienes que ponerte en la otra orilla, le dice. Es que no puedo ir allí porque no sé nadar. Sin mediar palabra, agarra al niño como si fuese un pelele y lo arroja en mitad del río. El niño manotea un poco, pero en menos de lo que se dice ya había llegado a la otra orilla con la cara iluminada por la satisfacción de haber vencido un miedo ancestral. Es toda una concepción de la vida que este mundo en el que nos ha tocado vivir se empeña en enterrar bajo siete capas a cada cual de ellas más maricona. 

Ahora, aquí, estamos en una cosa que llaman Semana Grande. Es una especie de fiesta en casa de Trimalción con toda la mariconería de la ciudad haciendo de maestros de ceremonia. La única forma de ir por libre o, más exactamente, de que no te expriman, es quedándote en casa. Mala cosa, pienso yo, tiene que ser el que papá y mamá te organicen el entretenimiento. Lo que ellos quieren siempre es que no te hagas pupa. Lo de la paz y todas esas cosas que de puro aburridas conducen inexorablemente al consumo de estupefacientes... que es en lo que mayormente está la gente. 

Yo veo por ahí a todos esos jóvenes recogiendo cacas de perro por la calle; los mismos jóvenes que, luego por las noches, van a los bailes de vampiros de moda y lo dejan todo tan asqueroso que obligan a la alcaldesa a salir en los medios de comunicación de masas para decir que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa: así es como los regaña. En honor a la verdad hay que decir que solo vemos a la morralla; lo valioso, anda por ahí, el mundo adelante, buscándose la vida. Siempre hubo, y siempre habrá, libres y esclavos. Y no se engañen, las empatías, socializaciones, y todas esas mandangas que enseñan en las escuelas públicas, no son más que los eslabones de la cadena que llevan al cuello los esclavos. Los espíritus libres no van a la escuela; pescan a la orilla del río a la espera de que llegue un John Wayne y les enseñe a nadar. Resumiendo, los unos se mueren por ir todas las noches a casa de Trimalción y, los otros, ni ciegos de grifa irían. ¿De cuáles eres tú?

viernes, 24 de julio de 2026

Ortopedias discapacitantes

Por lo visto eso de la inteligencia artificial es el acabose. Como si fuese el paso definitivo que, por aquello de la omnisciencia, nos convierte en dioses. De ilusión en ilusión y tiro porque me toca. O, lo que es lo mismo, de hostiazo en hostiazo y no aprendo nada. Y así venimos desde que Prometeo le robó el primer fuego a los dioses. La inteligencia para mí es hacer servir para algo los datos que acumulaste en la memoria; saber interrelacionarlos de forma que te facilite el conseguir la manduca, por ejemplo. 

Saber Interrelacionar datos, aunque es algo que, en principio, todos traemos de fábrica, no por eso conviene hacerse ilusiones. En la inmensa mayoría de los casos ese interrelacionar es muy rudimentario y siempre dependiente de las emociones del momento. Así que podemos considerar que la gran tarea de nuestras vidas consiste en intentar perfeccionar ese mecanismo interrelacionador. Es algo que, de tan elemental como es, nos suele pasar desapercibido y por eso es que deleguemos con tanta facilidad nuestra responsabilidad en manos mercenarias. 

Todos los imperios han sucumbido cuando empezaron a delegar funciones esenciales, empezando por la seguridad de las fronteras, en manos mercenarias. Y es que el mercenario no tarda ni cuatro días en apercibirse de cuál es su poder y cómo lo puede utilizar para quedarse con todo. Eso es exactamente lo que nos ha pasado con el aprendizaje de la interrelación de datos, que, al haberlo delegado en el Estado, el Estado se ha quedado con todo. El Estado nos enseña lo que le viene bien para sus fines de dominio y nos hurta lo que pueda poner en entredicho ese dominio. Por eso, nos enseña a obedecer y procura impedirnos por todos los medios a su alcance que aprendamos a pensar por nuestra cuenta. 

¿Y cómo logra esa meta absolutamente inhumana? Para empezar, desterrando del imaginario colectivo aquella máxima libertaria por antonomasia que estaba grabada a cincel en el frontón de la Academia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría». La geometría es exactamente eso, interrelacionar datos para resolver problemas. Dicho de otra forma, es gimnasia del espíritu. Es pensar con método. En definitiva, es todo lo que ayuda a ser libre. Porque es de eso de lo que se trata, de libertad, algo de lo que el que te tiene esclavizado no quiere oír hablar. 

Así que, señoras y señores, no se dejen engañar: inteligencia artificial es un oxímoron, o un imposible metafísico, si mejor quieren. O, ya puestos, una ortopedia para discapacitados. Lo suyo para que no te tomen el pelo es desayunarte todos los días con un problema de geometría. Es la forma ideal de hacer músculo espiritual, el que te defiende de los parásitos, vampiros, comunistas, o como quieran llamar a los que pretenden vivir de tu esfuerzo.

jueves, 23 de julio de 2026

Regodeo en la agonía

Las cosas iban de mal en peor; el relato que durante siglos había configurado el pensamiento mágico de la gente ya no servía. Demasiados dioses para cosa buena; daban una imagen del poder demasiado dispersa. Se necesitaba algo que diese soporte ideológico a una concepción monolítica del poder. Entonces, unos tipos influyentes se reunieron en una ciudad llamada Nicea, o algo así, y pensaron que una buena solución podría ser elevar a la categoría de Dios único a aquel judío que, tiempo atrás, había fundado una secta que tenía bastante tirón entre la gente del común. Dicho y hecho, fundaron lo que se dio en llamar cristianismo. A partir de ahí, la natural relación del hombre con lo divino se hizo a través de ese Dios único al que para darle el soporte material que todo lo divino necesita se le empezaron a construir templos por doquier a la vez que se liquidaba a todo el que cuestionaba el invento. Con el tiempo, a ese pensamiento mágico le fueron saliendo brotes que se adaptaban mejor a las necesidades de los tiempos cambiantes. Y así hasta que, so capa de racionalismo, le salió el hijo tonto del marxismo que es el que viene predominando en el mundo ya va para siglo y medio. 

En fin, el caso es ese, que no hay forma de escapar al pensamiento mágico por la sencilla razón de que la realidad es algo que no podemos abarcar con nuestros escuálidos cerebros. Al respecto, lo único que nos demuestra la experiencia acumulada a lo largo de la historia es que cuanto más se ha tratado de racionalizar la explicación de la realidad mayor ha sido el desastre que ha dejado como rastro. No por otra causa es que siempre hayan existido apóstoles del orden espontáneo, desde Lao-Tse, pasando por Heráclito, hasta llegar Hayek en estos tiempos que corren. Tú, te dicen estos, déjate llevar y adáptate a las circunstancias. Como el río que fluye. 

A partir de ahí, la relación con lo divino no necesita para nada templos. Los templos se los dejas a los turistas. A ti te basta con un papel y un lápiz para ponerte a resolver ecuaciones o, en su defecto, con una guitarra, para producir secuencias armoniosas de sonidos. Y eso es todo: regodeo en la agonía. 

miércoles, 22 de julio de 2026

Miedo y asco

Dicen que Las Vegas, ese templo dedicado a la diosa Fortuna, está de capa caída. De ser eso verdad supondría un salto cualitativo en el desarrollo de la madurez humana, porque mira que hay que estar anclado en la zoquetería para creer que tocando el culo a esa diosa la vas a poner de tu lado. Claro que hablar de zoquetería para tratar de encontrar explicación a fenómenos incomprensibles es muy arriesgado. Hay que tener en cuenta, también, que el juego proporciona una puerta de escape privilegiada a las pulsiones suicidas que en mayor o menor grado todos tenemos en función de nuestros estados de ánimo. En fin, sea como sea, como demuestra científicamente Sal Khan en un vídeo memorable, es más probable que te mate un rayo a ti, y otro a tu mejor amigo, que el que te toque la bonoloto. Y, sin embargo, cientos de millones de personas rellenan todas las semanas boletos de esa lotería y con ello encienden dentro de sí una lucecita de esperanza. Es algo absolutamente estúpido, pero así es como funcionamos. Es, en definitiva, el sentimiento, o pensamiento, religioso: a Dios rogando, y con el mazo dando... bueno, supongo que los que compran boletos piensan que en eso consiste, precisamente, dar con el mazo. 

En cualquier caso, Las Vegas, con todo su fasto, no deja de ser un síntoma patognomónico donde los haya de la decadencia de un modelo de sociedad. Un modelo basado en la persecución a ultranza de la quimera de la felicidad. Así que es normal que el entusiasmo decaiga a poco que el personal dé en remitirse a los hechos. Las quimeras tienen eso, que, cuanto más las persigues, más lejanas las sientes. 

En realidad, a ese sueño, o quimera, americano, que pretendió ser Las Vegas, le pegó el tiro de gracia aquella novela del escritor Hunter S. Thompson, titulada "Miedo y asco en Las Vegas". Se trata de un periodista que va a Las Vegas con una maleta llena de drogas y en compañía de un abogado para que le saque de los líos en los que se piensa meter con el pretexto de dar realismo a sus reportajes. El argumento es simple, drogarse para destrozar con entusiasmo todo lo que hay alrededor. Y es que el lujo hortera, perdón por el pleonasmo, si a algo invita a una mente clarividente es a ser destruido.  ¡Con lo bonito que sería aquel desierto de Nevada libre de rascacielos y neones y con gente viviendo en jaimas y pastoreando rebaños de ovejas!

martes, 21 de julio de 2026

El insidioso pacto

 Es un sentir al que podríamos llamar malestar existencial. Todo el mundo tiene su lote de eso y, en la inmensa mayoría de los casos se compensa sin mayores problemas por los más variados procedimientos, desde tomarse una copa a escalar una montaña, por poner dos ejemplos bien tontos. Pero, por lo que sea, hay personas que no encuentran remedio a su malestar si no es traspasándoselo al vecino. Digamos que es gente afectada del síndrome de Melmoth el Errabundo. 

Traspasar su malestar a los otros es el intento al que casi nadie renuncia en primera instancia llevándose con ello, en la mayoría de los casos, una amarga lección que suele ser suficiente para no volver a tropezar en esa piedra. Pero hay una minoría bastante numerosa en la que el síndrome está tan enraizado que no hay lección, por amarga que sea, que valga para nada. Para ellos insistir es la única posibilidad de sobrevivir. Por eso, podríamos decir que ellos son el mal del mundo. 

Ese malestar, en principio, no tiene otro origen que no sea algún tipo de pacto que se ha hecho con el diablo en la más tierna infancia. El diablo disfrazado de los padres, o de escuela pública, va concediendo todos los caprichos al infante y le va inculcando un concepto de sí mismo que nada tiene que ver con la realidad. Por eso a la hora de confrontarse con ella no recibe más que palos que de nada le sirven a efectos de curación sino todo lo contrario. 

La literatura universal se ha cansado de analizar este asunto. El Don Juan de Tirso de Molina, el de Zorrilla, el de Torrente Ballester —la mejor novela en español del siglo pasado, a mi inmodesto juicio—; los Faustos de Marlowe y Goethe; Melmoth y un largo sin fin. Y todo lo que se insista es poco, porque, por lo que sea, pocas cosas habrá que más nos cueste reconocer dentro de nosotros que ese pacto con el diablo que, en mayor o menor medida, alguien nos ayudó a firmar cuando todavía no habíamos hecho la primera comunión.  Y claro, ¡cómo no nos va a costar reconocer el insidioso pacto si para eso lo que hay que hacer es clavarse una estaca en el pecho! En fin, cosas de nuestra imperfección estructural. 

lunes, 20 de julio de 2026

Nosotros y ellos

¿Y ahora qué? La gente se pasó la noche dando el coñazo porque unos deportistas multimillonarios, por los que se sienten representados, ganaron un torneo. ¿Y qué saca en limpio con todo esto toda esa gente? Supongo que exaltar un poco más el sentimiento de pertenencia. ¡Somos los mejores! ¿Está usted seguro? ¿Qué algo de mérito ha hecho usted para poder sentirse así?

Cada uno es cada uno y se las apaña como mejor puede. En lo que a mí respecta nunca he podido identificar dentro de mí fuertes sentimientos de pertenencia a absolutamente nada que no sea a mí entorno más inmediato. Y no es que no comprenda que el haber nacido en este lugar que llaman España me ha reportado ciertas ventajas comparativas respecto de gentes nacidas en otros lugares del mundo; en la mayoría de los lugares, si ustedes me apuran. Aunque esto de mejor o peor es radicalmente relativo, porque es mejor nacer en el peor sitio en el seno de la mejor familia, que al revés. Para mí, en eso de la identidad, pertenencia, y mandangas por el estilo, hay muy poco recorrido más allá de la familia. Y, en la mía, nunca vi a nadie entusiasmarse por acontecimientos colectivos. Todas las admiraciones en mi casa iban dirigidas a individuos concretos, sin tener en cuenta su origen o condición; si habían hecho algo de contrastado mérito, se les admiraba y punto. 

En definitiva, a lo único que uno puede adscribirse es a una forma de ver el mundo; algo muy etéreo por cambiante, en cualquier caso. Ir más allá lo considero extremadamente peligroso. De hecho, las peores manifestaciones del comportamiento humano siempre han estado ligadas a los fuertes sentimientos de pertenencia. Es lo que genera los "nosotros y ellos" irreconciliables que siempre han estado en el origen de las guerras... aunque también comprendo que la guerra es una tecnología muy útil para resolver problemas enquistados a los que no se encuentra solución, por así decirlo, racional.  

Puesto a ser Dios, lo que yo haría sería reproducir el modelo judío de antes de que se fundase el Estado de Israel. O sea, cuando era el Pueblo del Libro. Todo el mundo era su territorio natural y la cohesión les venía de la concepción del mundo que les proporcionaba el Libro... fundamentalmente, la adscripción a ley natural. Por ese procedimiento, fueron muchas veces perseguidos, pero nunca fueron perseguidores que es lo que realmente es odioso. 

En fin, qué bueno que ya pasó la ola hortera esa. Ahora, a esperar que pase la que ya tenemos en ciernes, la Semana Grande, que le dicen. ¿Qué habremos hecho para merecernos esto?

domingo, 19 de julio de 2026

La compasión

 

Cortesía de Un Besi de Fresi

No creo que haya obligación moral en estos momentos que estamos viviendo que se pueda comparar a la de denunciar la extorsión institucionalizada, elevada a la categoría de ejemplaridad ética, que venimos padeciendo. Estamos esclavizados por una mafia armada empeñada en borrar por medio de una propaganda extenuante uno de los adagios más interiorizados en el imaginario popular, aquel que sostiene que el que parte y bien reparte se lleva la mejor parte. Y es que es eso, que, so capa de que ellos reparten mejor que nadie, se están quedando con todo.  

Personalmente, me parece de maravilla el que unos tipos se dediquen a repartir, siempre y cuando, claro está, repartan de lo suyo. De hecho, durante toda la historia de la humanidad hubo gente que, por razones diversas, se dedicaron a repartir parte de su patrimonio entre los necesitados. La compasión es uno de entre los más poderosos sentimientos humanos a efectos de contribuir a la conservación de la especie; es algo instintivo, hasta en los más pervertidos, querer echar una mano al que lo está pasando mal. De hecho, hay pocas cosas que eleven tanto el espíritu como ayudar al necesitado y, de ahí, la alta productividad, o incalculable valor añadido, que tiene el oficio de mendigo. Sin compasión lo más probable es que ya nos hubiéramos extinguido. 

El problema es que nos lavaron el cerebro de tal manera que hasta el dar limosna a los mendigos nos produce un sentimiento ambiguo. Por eso Nietszche decía que había que matarlos a todos porque, lo mismo si les dabas, que si no les dabas, te quedabas insatisfecho. Y es que este modelo de Estado que venimos padeciendo en Occidente, ya va para más de siglo y medio, se percató desde sus inicios de que uno de los pilares de su poderío era, precisamente, el colectivizar la compasión, es decir, destruirla a nivel individual: para ayudar a los necesitados ya estoy yo, te dijeron... y te lo creíste. ¡Era tan cómodo! Un truco del almendruco, en definitiva, para justificar el expolio. Lo que no supieron prever es que sin ese sentimiento de compasión activo los seres humanos se vuelven monstruos a la deriva en cuatro días... solo hay que remitirse a los hechos. 

En cualquier caso, este modelo de Estado, diría yo que asesino, se fundamenta en algo que, de tan simple, es muy difícil caer en la cuenta. Tan simple como que el Estado tiene armas y tú no. Y ya, no solo es que no las tengas, es que, también, no sepas usarlas, que no por otro motivo es el que, de hace unos años para acá, en todos los países occidentales hayan suprimido la milicia de conscriptos, lo que se conocía como mili obligatoria. Nos dijeron que se trataba de una conquista social y nos tragamos el anzuelo; en realidad era otra vuelta de tuerca en la ejecución del plan de transformación de los ciudadanos en esclavos.

En resumidas cuentas, yo, a despecho de toda la repugnancia que en los espíritus pacatos pueda producir mi proposición, lo tengo claro: no existe otro camino de liberación de esta mafia extorsionadora que nos señorea que la vuelta a la Biblia y el fusil. La Biblia porque es, a mi juicio, el libro que mejor ayuda a reconocer la propia realidad; el fusil, porque te puedes defender de los que te meten la mano en el bolsillo por, según dicen, el bien de la humanidad. Así, con tales prevenciones, quizá pudiésemos volver a entronizar a la compasión entre nuestras principales armas de cara a conservar la especie.  

sábado, 18 de julio de 2026

Lonely are de Brave

Lonely are the brave. Aquella película de los años sesenta del siglo pasado cuando Hollywood todavía no había sido colonizado por los mariquitas comunistas, perdonen el pleonasmo. Lo que yo ví en esa película fue una recreación del Quijote. No importa cuantas veces se estrellase el protagonista, maravillosamente encarnado por Kirk Douglas, porque el caso era perseguir la libertad por encima de todas las demás consideraciones. Y casi la consigue si no hubiese sido por una climatología adversa que se pone del lado del sistema. Así que, seguramente, ese final patético fue una triquiñuela para despistar a los censores que, por aquel entonces, en plena guerra fría, estaban muy centrados en todo lo que oliese a revolucionario. Y es que, díganme ustedes qué puede haber más revolucionario en este mundo que el ser capaz de andar solo por la vida... todo, absolutamente todo, lo que de notable haya creado el ser humano a lo largo de la historia ha sido obra de individuos que se hurtaron a la masa. La masa, por su parte, es el espíritu de destrucción por excelencia. En definitiva, es la eterna dialéctica entre la valentía de los pocos contra la cobardía de los muchos. Si tienen dudas al respecto, échenle un vistazo a El Manantial de Ayn Rand: más claro el agua. 

Ayer por la tarde salí un rato a tomar el aire y me tuve que volver para casa de inmediato so pena de suicidio. Nada más deprimente que una ciudad en fiestas. Es como la apoteosis del sometimiento al poder. Todo el tramo que recorrí, un par de kilómetros, era un atasco sin expectativas de solución. Las familias dentro de los coches con cara de resignación; quizá, con suerte, para la hora de la cena, alguien vendría a rescatarlos. Y, a lo lejos, sonaba el tantán de los hotentotes. A cosas así es a lo lleva toda esa milonga de la socialización, empatía y demás burdos engaños. Es elemental, querido Watson, todo cosiste en mantener al personal en cotas bajas de productividad; así los manejas con el dedo meñique de la mano izquierda; con el mismo que usas, previo dejarte crecer la uña, para sacar las cascarrias de la nariz. 

En fin, perdonen el desahogo, pero es que, según para donde uno mire, se corre el riesgo de perder toda esperanza... como en el infierno de la divina comedia. Claro que, afortunadamente, podemos mirar hacia donde los valientes cabalgan solos y vemos que, quizá sean muchos más de lo nadie hubiese podido sospechar. Yo sé que no lo veré, pero me voy a ir de aquí con la convicción de que toda esta borreguería cobarde está ya camino del matadero y una nueva raza de solitarios productivos —otro pleonasmo— asoma ya por el horizonte.