jueves, 2 de julio de 2026

Almas en pena

 A veces, muy pocas, necesito hacer alguna gestión por el centro de la ciudad y no me queda más remedio que contemplar el panorama desde el puente: todo está invadido por eso que llaman turismo de masas y que, a mi juicio, sería mucho más exacto calificarlo de almas en pena; cada dos por tres, atraca en el muelle un barco gigantesco que las vomita a millares. Y en la ciudad, sobre todo esos a los se denomina autoridades, están que no les cabe un pelo por el culo: creen haber dado con la cuadratura del círculo. Ellos, solo tienen que poner y quitar casetas, y programar fuegos de artificio, para que las arcas estén a rebosar. 

Afortunadamente, las almas en pena tienen una necesidad imperiosa de aglutinarse en espacios reducidos, así que a la que te alejas del centro de la ciudad la vida continua. Por donde vivo hay incluso niños y gentes de profesiones artesanas de las de toda la vida. Y en los márgenes del muelle, al atardecer, hay pescadores de caña que de vez en cuando sacan un calamar. 

Pessoa decía que el turismo era propio de gente con sensibilidad roma, es decir, que necesita sensaciones fuertes para sentir algo. Stern, por su parte, sostenía que viajar solo se justificaba por negocios, o para recuperar la salud; hacerlo en busca de placer le parecía, simplemente, una imbecilidad. Mi propia experiencia al respecto confirma al cien por cien esas dos opiniones. El poco turismo que he hecho ha sido siempre en situaciones de desesperación o imbecilidad, lo uno por lo otro y viceversa. 

Mis conocimientos históricos me hacen suponer que la vida en sociedad solo es posible si se sustenta en mitos; es decir, si se limita la libertad por medio de mentiras que está prohibido desvelar so pena de atraerse la enemiga de la gente en general y de los parásitos en particular... porque no nos podemos engañar al respecto, los mitos son el caldo de cultivo en el que los parásitos se reproducen como los hongos en el estiércol. 

Así es que, en estos tiempos que corren, hay dos mitos que contribuyen como pocos a mantener la cohesión social: el turismo y los perros. Haz alguna objeción ante el respetable a cualquiera de esos dos mitos y de inmediato sentirás el vació a tu alrededor. Da igual que todo el mundo vuelva de sus turisteos hecho una desgracia de tanto comer, cagar y dormir mal, lo que cuenta es que le sirvió para huir de sí mismo por unos días. ¿Y quiénes son los que tiene necesidad imperiosa de huir de sí mismo? Pues blanco y en botella: las almas en pena. Y eso, por no hablar de esas otras almas en no menos pena que han hecho del salir tres veces al día a recoger cacas de perro por las calles su proyecto de vida. Dicho así, suena raro, pero es la realidad y Dios te libre de mentarla porque, incluso, te pueden matar... así anda el patio. 

Así todo, todos los mitos, como todo lo demás, tienen su recorrido: nacen, se desarrollan y mueren. De hecho, si te vas a las redes sociales verás que cada vez se alzan más voces denunciando la imbecilidad del turismo. Lo de los perros, aunque se escucha algún tímido intento, todavía está muy terso; hay que tener en cuenta que la pudrición del espíritu que se oculta tras ese mito es mucho más profunda que la que se oculta tras el turismo. Por cierto, que en una red social que se llama Instagram hay multitud de vídeos sugiriendo que los perros, y también los caballos, tienen una especial habilidad para los trabajos de pilón... ya saben, aquello de bajar al pilón. Dios ya lo debía de saber y por eso fue que entre los preceptos que dictó a Moisés en el monte Sinaí estaba el de la pena de muerte para los que usasen animales para esos menesteres.

En fin, uno dice la suya con la incierta convicción de que así contribuye en algo al esclarecimiento de la oscuridad que cubre el mundo. Una vana ilusión como otra cualquiera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

El Padre Astete

Había remoloneado mucho con respecto a la Serenata Española de Malat. Me parecía un reto que sobrepasaba mis capacidades. Una excusa, en definitiva, para justificar mi pereza. Llevo menos de un mes estudiándola y ya puedo tocar largos fragmentos con la correspondiente satisfacción al sentir como resuena en mi interior. En realidad, en eso consiste la gran magia de la vida que nos ha sido dada a los humanos: poder proponernos algo y, merced al ejercicio de la voluntad, conseguirlo. Y así es que, de logro en logro, vamos tomando confianza en nosotros mismos y ya no nos parece gran cosa poner un pie en la luna. 

Contra pereza, diligencia, recitábamos como loritos en el colegio. Nos poníamos en corro alrededor de las mesas del aula, el profesor indicaba un pasaje del catecismo del Padre Astete y nombraba a cualquiera para que empezase a recitar. Cuando el recitante titubeaba, el profe daba un golpe con su vara sobre la mesa y pasaba el turno al siguiente para que prosiguiese. Así es que, todavía hoy, puedo recitar grandes tozos de aquel manual de conocimientos básicos para poder tirar hacia delante sin darte calabazadas contra las paredes.

Todos los pecados capitales, o vicios, tienen su contrapartida en la virtud correspondiente. En la lucha de las unas contra los otros es donde reside toda la enjundia de esta vida. Porque, por mucho que te esfuerces, siempre está ahí el pelo de coño que tira más que soga de marinero o carreta de bueyes. Y caes y te levantas y vuelves a caer. Todo a tu alrededor está concebido para que caigas en la tentación... en eso consiste, precisamente, el noventa por ciento, y me quedo corto, de lo que llaman economía de mercado. El secreto de su éxito estriba en convencerte de que es una chorrada ejercitar la voluntad. ¿Para qué someterse al doloroso ejercicio de la disciplina si la tecnología te resuelve en dos patadas lo que a la disciplina le cuesta años? Al respecto, siempre recuerdo aquel chiste en el que un padre le está diciendo al profesor de música de su hijo que no le apriete mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. 

Y ahí es donde reside todo el quid de la cuestión, que solo con el dolor de la disciplina se consiguen habilidades, de cuyo ejercicio es de donde, a la postre, se extraen las mayores cuotas de placer, diríamos que sostenible... porque del insostenible ya sabemos todos por dónde van los tiros. ¡Dios mío, cuanto tiempo perdido en tonterías antes de caer en la cuenta de algo tan evidente! Caer en la cuenta de lo fácil que es atarse al palo mayor de la nave para no poder correr tras las sirenas. Así, las oyes, y como quien oye llover. 

martes, 30 de junio de 2026

Hemiplejia moral

Clarín, el criado de Rosaura, es un cínico; por eso, cuando llega la hora de la verdad, decide no tomar partido y esconderse en un lugar desde el que puede contemplar la matanza. ¡Qué mala suerte! Una bala perdida le alcanza. Se siente morir y, fiel a su credo, dice la suya: «Soy un hombre desdichado, / que por quererse guardar / de la muerte, la busqué. / Huyendo de ella, topé / con ella, pues no hay lugar, / para la muerte secreto; / de donde claro se arguye / que quien más su efeto huye, / es quien se llega a su efeto. / Por eso, tornad, tornad / a la lid sangrienta luego, / que entre las armas y el fuego / hay mayor seguridad / que en el monte más guardado, / pues no hay seguro camino / a la fuerza del destino / y a la inclemencia del hado; / y así, aunque a libraros vais / de la muerte con huir, / mirad que vais a morir / si está de Dios que muráis.»

El rey Basilio, derrotado ya por Segismundo, escucha el parlamento del agonizante Clarín y toma el testigo: «¡Mirad que vais a morir / si está de Dios que muráis! /... / Pues yo por librar de muertes / y sediciones mi patria, / vine a entregarle a los mismos / de quien pretendí librarla.» Le responde Clotaldo, su mano derecha y contrapunto mental: «Aunque el hado, señor, sabe / todos los caminos, y halla / a quien busca entre lo espeso / de las peñas, no es cristiana / determinación decir / que no hay reparo a su saña. / Sí hay, que el prudente varón / vitoria del hado alcanza; / y si no estás reservado / de la pena y la desgracia, / haz por donde te reserves.» Astolfo, la fallida esperanza del rey Basilio, remata: «Clotaldo, señor, te habla / como prudente varón / que madura edad alcanza;»

La Vida es Sueño es una reflexión brillante sobre el gran debate moral, con guerras incluidas, que estaba teniendo lugar en el mundo en el momento en el que se escribió: predeterminación versus libre albedrío. El ser humano siempre anda buscando estúpidas excusas para poder quitar de en medio, sin remordimientos morales, a quien pone coto a sus ambiciones. Y, siempre, esas excusas se construyen desde la hemiplejia moral, que decía Ortega. Discutir entre predeterminación y libre albedrío es igual de estúpido que hacerlo entre derecha e izquierda. El mundo, la vida, no caben en otra ideología que no sea la de que nadie me toque los cojones, que diría Clint Estwood. Todo el mundo está predestinado en la misma medida en que es libre para saltar por el portillo del caer en la cuenta. Igualmente, todo el mundo en sus cabales, sabe que si no se redistribuye la riqueza la convivencia es imposible. El único problema de la humanidad, entonces, sería la proliferación de hemipléjicos morales; ellos pretenden que solo saltes por el portillo que a ellos les conviene, lo mismo que quieren que repartas tu riqueza de forma que ellos se lleven la mejor parte. En definitiva, los hemipléjicos morales serían, en opinión de Nietzsche, los débiles, que tienen una innata propensión a organizarse en mafias para contrarrestar a los fuertes. Debilidad y fortaleza de espíritu, esa es la gran diferencia entre unos humanos y otros; y al respecto, no conviene engañarse, porque ahí hay poca predeterminación que valga; lo que hay, y mucho, es esfuerzo educativo: lo sabían los espartanos y lo saben los judíos. Sólo hay que remitirse a los hechos para comprobar los resultados... más startups en Israel, con solo ocho millones de habitantes, que en toda la Comunidad Europea con sus quinientos y pico. En fin, saquen conclusiones.   

lunes, 29 de junio de 2026

Segismundo y Edipo

 



Cuando Calderón escribió estos versos todavía faltaban unos cuantos siglos para que apareciese la plataforma YouTube. Porque es que, si bien en esa plataforma hay cosas maravillosas de las que me aprovecho a diario, si uno no anda listo acaba por solo encontrar en ella justo lo que denuncian esos versos, es decir astrólogos anunciando casos crueles: los hay a porrillo, como en una especie de regodeo apocalíptico que promete sacarnos de este valle de lágrimas por el único procedimiento infalible: la extinción de la especie. 

Es muy curioso esto de los vaticinios, oráculos, premoniciones, o como quieran llamar a la obsesión del ser humano por adelantarse al futuro. Adelantarse y, siempre, bien seguro, poniéndose en lo peor. Si todas esas negras premoniciones que constituyen el grueso de la plataforma de la que les hablo, fuesen del color de rosa, sospecho que la plataforma no iba a durar dos días. Y es que, si algo quiere el hombre es valer por dos y, para eso, como dice el refrán, hay que empezar por estar prevenido. Prevenido, no hace falta decirlo, para lo malo, porque, de lo bueno, al parecer tan escaso, mejor que te pille de improviso, porque, cuando es anunciado, desesperas esperando.  

Esos versos, sacados de La Vida es Sueño, podrían serlo de Edipo Rey. Lo mismo en Segismundo que en Edipo se cumple el hado, pero no nos engañemos, no es por el querer de los cielos; se podría asegurar que en ambos casos la tragedia trae causa de la necedad de sus padres. O sea, que, de oráculo, nada de nada: es pura lógica; el que la hace la paga. 

El rey Basilio, padre de Segismundo, y el rey Layo, padre de Edipo, optan por inventarse la estúpida excusa de los oráculos para justificar sus ningunas ganas de pasar por los inconvenientes que la educación de un hijo, hasta en los mejores casos, tiene. Educar a un hijo, ¿para qué? ¿Para que, a nada que ya le apunte el bozo, te desplace? ¡Quita, quita! Mejor exponerlo a las fieras del bosque o encerrarle en una mazmorra a la espera de que se pudra. Y de aquellos polvos, estos lodos. Querer ir contra la naturaleza de las cosas es la mayor imbecilidad que se puede concebir: los hijos, por definición, desplazan a los padres; pretender escapar a esa ley es la madre de infinitud de desgracias. 

Siendo así las cosas, solo hay una solución para paliar el dolor de lo inevitable: poner todo el empeño de la vida en la educación de los hijos; si les educas bien es probable que cuando te desplacen lo hagan con los miramientos debidos. En eso, principalmente, consiste lo que llamamos civilización, en un tránsito sin convulsiones entre las sucesivas generaciones. 

Así que, nada de astrología, señores, y más dar el callo. Menos videos con funestas premoniciones y más con problemas de matemáticas. Si hacemos un buen uso de la plataforma YouTube, es probable que nos vaya mejor con nuestros hijos... que es de lo que se trata por encima de todo lo demás.     

domingo, 28 de junio de 2026

Vengan ustedes a la terraza/ y verán qué bien lo pasan

Este barrio en el que vivo está construido sobre las marismas al suroeste de la ciudad que conocí de niño. Por aquel entonces la entrada principal a la ciudad estaba más al norte, aunque también se podía entrar por una estrecha carretera de adoquines que cruzaba las marismas de oeste a este. Era una carretera que mayormente tenía un uso industrial, de camiones que iban de las fábricas del fondo de la bahía al puerto y viceversa. Luego se urbanizaron las marismas de tal modo que los bloques de viviendas quedan aprisionados entre dos avenidas, una al norte, por donde se sale de la ciudad y, otra, al sur, por donde se entra; el conjunto es largo y estrecho y, a trechos de unos cien metros o así, tiene calles trasversales de avenida a venida. Pues bien, en una de esas trasversales vivo yo. Es una calle que en la parte que toca la avenida de entrada tiene un ensanchamiento que, como no podría ser de otra manera en este país, está ocupado al cien por cien por las terrazas de los bares; ya saben, aquella canción de los años cincuenta del siglo pasado, «vengan ustedes a la terraza/ y verán que bien lo pasan». El caso es que en ese ensanche de la calle siempre hubo animación, pero desde que el bar de la esquina sur es regentado por dominicanos aquello es ya animación elevada a la enésima potencia; ya hasta la acera ha sido invadida por mesas, con lo cual, siempre hay allí un tapón de viandantes que tampoco se pueden derivar hacia la acera de enfrente porque, en ella, están en las mismas merced al éxito que viene arrastrando desde tiempo inmemorial la taberna La Graciosa a la que, confieso, suelo ir a media mañana a tomar el preceptivo pincho de tortilla. Y digo yo: ¿para qué coño voy a ir al Caribe si lo tengo al lado de casa? Porque este barrio, por obra y gracia del mal hacer de los gobernantes de los países caribeños, todos marxistas empedernidos, ha sido tomado por gente que viene huyendo de aquellos paraísos. La verdad es que, hoy por hoy, estoy encantado de que así haya sido porque nunca había vivido en un sitio tan respetuoso a la vez que alegre. 

Pero a lo que yo quería llegar es a lo de la diversión. O, por mejor decirlo, al mito de la diversión. Porque ¿es que acaso no es un mito? Y de los más tontos, a buen seguro. No creo que pueda haber una máquina más poderosa de producir frustraciones que la de la diversión tal y como ésta es entendida por estas sociedades atontolinadas por la abundancia. La obligación de divertirse se ha convertido en una verdadera tortura psicológica de la que, la comprensión de sus mecanismos, sólo está al alcance de unos pocos. La mayoría acumula frustraciones sin saber de dónde le llegan... no por otra causa es que insistan tanto. Quizá, si leyesen la Biblia, a lo mejor...

Es muy curioso que uno de los preceptos en los que más insiste Yahvé sea el del descanso al séptimo día. Hasta Él mismo descansó al séptimo. Seis días de trabajo y uno de descanso. Y, cuando dice descanso, es descanso; es decir, quedarse en casa tocándose las bolas. Yo, juraría que es justamente en ese precepto en donde reside, en gran parte, la causa de la relevancia del pueblo judío. Ellos aprenden desde niños a distinguir la diversión del descanso. Para ser productivo, sobre todo intelectualmente, hay que descansar propiamente dicho; lo cual, tiene que ver con la la diversión lo que vendrían a tener los cojones con el comer trigo. La gente que se pasa el fin de semana yendo a esquiar, o imbecilidades por el estilo, cuando llega el lunes al trabajo lo único que quiere es contar su experiencia para ver si así, dando envidia, se saca de encima la frustración acumulada. Cualquier cosa, en cualquier caso, menos ponerse a la tarea con entusiasmo. 

Claro que, tal y como está montado el tinglado en estas sociedades que llaman posindustriales, si se hiciese caso del precepto judío, sería el apaga y vámonos. En una ciudad como ésta en la que vivo, la parte del león de la actividad económica está basada en la diversión, o sea, que la gente está obligada a divertirse so pena de que el tinglado colapse. Divertirse, por así decirlo, sería el trabajo de las masas. Y así es que la gente del común anda todo el día de aquí para allá a la búsqueda de nuevas sensaciones que se supone han de servir para serenar el ánimo alicaído por la frustración que le produjo la anterior sensación. Es Sisifo subiendo piedras a lo alto de la montaña. 

Yo, la verdad, prefiero que me persigan por ser judío, que pasarme el día subiendo piedras a la montaña. 

sábado, 27 de junio de 2026

El señorito satisfecho

Escribía Ortega a principios del siglo XX a propósito del «señorito satisfecho». Si atendiendo, dice, a efectos de vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1º, una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; eso le da una sensación de dominio y triunfo que, 2º, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual; esto le llevará a no escuchar y no poner en tela de juicio sus opiniones. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio, por tanto, 3º, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos. 

Este personaje que ahora anda por todas partes y donde quiera impone su barbarie íntima es, en efecto el niño mimado de la historia humana. el niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización —las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización—. Es una de las tantas deformaciones de las que el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste, precisamente, en luchar contra la escasez. 

Y acaba recalcando con letra cursiva: Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades.

Todas estas consideraciones, llevadas al límite de la precisión, se pueden encontrar en un libro escrito tres siglos antes que la Rebelión de las Masas; me refiero a El Criticón de Gracián. Pero hay otra forma de encontrarlas que es ínútil pasar por alto, y no es ni más ni menos que la de enfrentarse a uno mismo sin contemplaciones y reconocer lo que ha sido la propia vida. Cuando uno piensa en todo aquello en lo que llegó a estar convencido le dan ganas de subir al Taigeto para arrojarse al vacío. Todo, poco más o menos, me vino rodado para que pudiese acabar dando con la cabeza en un pesebre, el de la función pública. Cuánto, ¡Dios mío!, me costó darme cuentas de que la comida de ese pesebre me creaba tales flatulencias que no podía pensar en otra cosa que en aliviar la insufrible distensión de mis intestinos. Y podría uno pensar, para consolarse, que todo ello no fue sino la causa del cúmulo de circunstancias que me cayeron en suerte, pero en absoluto me quedo satisfecho con esa explicación; más bien tiendo a creer que, como todos los cobardes, me acogí a la rebeldía sin causa, lo que vendría a ser como una especie de autoengaño para poder pasar por el aro con la sensación de conservar la pureza prístina de los elegidos. 

En fin, a la postre lo que cuenta es querer reconocerse en lo que uno realmente fue y, por tanto, es. Y es para dar carta de naturaleza a ese querer por lo que, entre otras cosas, leemos la Biblia, y a Homero, y a Gracián, y a Cervantes, y a Ortega, y a cualquier otra literatura que nos golpee en el alma hasta hacer brotar de ella lo que con tanta obstinación nos empeñamos en ocultar... la obstinación del señorito satisfecho.  

viernes, 26 de junio de 2026

9,8 m/seg²

Se me suceden los días a la velocidad de la luz. Y utilizo el pronombre personal me porque soy, específicamente, yo el que tiene esa sensación. Dicen que es propia de los viejos y seguramente es así porque, lo que alarga el tiempo, es la espera de la novedad —lo propio de los niños— y, los viejos, salvo que hayan perdido ya la cabeza, no esperan nada que no sea la rutina de cada día, algo que, como todo lo que cae sin tropezarse con nada, lleva una aceleración de 9.8 metros por segundo al cuadrado. Así que, qué de extraño tiene que transforme un quilo de garbanzos en humus, lo meta en el congelador, debidamente fraccionado en porciones, pensando que ya tengo resuelto el desayuno de casi un més y, como por sortilegio, es como si al día siguiente ya se hubiese acabado y tuviese que volver a los pucheros para encontrar a Dios, como hiciera Teresa de Cepeda. 

No esperar novedad —pas de nouvelle bonne nouvelle, que repetía mi madre como un lorito— supongo que es un mecanismo de defensa del que nos provee la naturaleza para hacernos más fácil el tránsito. Es como una especie de escepticismo total; a uno le vienen con cuentos de que si este político ha dicho no sé qué cosa o que si aquel científico ha descubierto tal prodigio y es como si oyeses llover: lo has escuchado un millón de veces y siempre se quedó en más de lo mismo. 

Me levanto, desayuno y me pongo a escribir esto. Unas veces voy a la carrerilla y otras es como una carreta de bueyes que trasporta un bloque de granito... en cualquier caso, me las apaño para no salir derrotado. Hago mis estiramientos y, acto seguido, agarro la guitarra. Siempre tengo una nueva partitura entre manos. Parece que fue ayer cuando comencé el Capricho Árabe de Tárrega y ya hace días que puedo balbucearlo de un tirón. Ahora estoy con la Serenata Española de Malat y me parece que nunca podré con ella, pero sé que, si insisto, algo sacaré algo en limpio... y, así en cuatro patadas, me veo, ya, metiéndome a la cama molido de cansancio y siempre pensando para mí que se ha ido otro día sin haberme apercibido de nada... y ruego a los dioses que así sea, porque la más leve alteración me mantiene insomne hasta altas horas de la madrugada. 

Sin embargo, también tengo que decir que nunca tuve en la vida momentos tan placenteros como los de ahora. Prácticamente todo lo que hago, lo hago a gusto y, si no, no lo hago. Porque es raro que me urja algo. Mis conversaciones, siempre son distendidas. Mis compromisos, inexistentes. Mis aspiraciones, que, en lo que de mi dependa, se cumplan las leyes no escritas del cielo.  

jueves, 25 de junio de 2026

Disonancias.

Hemos de suponer que la naturaleza es sabia. Eso que llamamos naturaleza que, para algunos, vendría a ser lo que para otros es Dios, o sea, esa fuerza misteriosa que mantiene la armonía del universo y, por ende, de todo lo que existe. La armonía, bien seguro, con sus disonancias que son las que hacen que la música tenga interés, no aburra y, por tal, se eternice. Nosotros, los humanos, como parte del invento, también estamos sometidos a esas disonancias armónicas que son las que hacen que sintamos la vida... sin disonancias, la vida sería como esa música que llaman de aeropuerto, precisamente, porque es en los aeropuertos en donde suena y suena y nadie parece oírla. 

Las disonancias se producen cuando se juntan dos sonidos producidos por vibraciones del aire con frecuencias muy dispares. Cuando la relación de las frecuencias es de uno a dos, dos a tres, tres a cuatro, entonces, todo va sobre ruedas, pero, en el momento que nos salimos de las relaciones facilonas, la música empieza a chirriar. Igual pasa entre los humanos, que la naturaleza quiere que cada uno vibre a su particular frecuencia, lo cual hace que las relaciones, unas veces sean armónicas y, otras veces, chirríen. 

A la postre, no se engañen, son los chirridos los que tienen interés; o dicho de otra manera, los que nos hacen avanzar hacia no se sabe dónde. Dos personas, una a la que la naturaleza favoreció más que a la otra, se juntan y ¿qué podemos esperar? Pues eso, emociones desatadas. Y a la postre, guerra. Y eso que llaman civilización vendría a ser el intento de escribir una partitura en la que las disonancias entre las personas tengan un fácil acomodo en la estructura armónica del todo. 

El acomodo de las disonancias, en eso consiste todo. Cuántas veces no me habrán dicho: a mí esa música moderna no me va. Demasiadas disonancias, para cosa buena. Hay que tener muy educado el oído para que te agrade. Así que, una de dos, o educas el oído, o estarás condenado a vivir en la ficción de un mundo sin disonancias... el que prometen todos los tiranos.  

miércoles, 24 de junio de 2026

Segismundo y Hamlet

Cuando andaba cursando el tercero o cuarto de bachillerato tuve que aprenderme de memoria el monólogo de Segismundo de La Vida es Sueño de Calderón. Pocas cosas he agradecido más en la vida que aquella obligación que me impusieron porque nunca olvidé gran parte de ese monólogo y en multitud de ocasiones me veo recitando para mí los fragmentos que recuerdo —«apurar cielos pretendo, /ya que me tratáis así /que delito cometí /contra vosotros, naciendo; / aunque si nací, ya entiendo /que delito he cometido:...»— y experimento una especie de reconfortamiento del espíritu; les parecerá una chorrada, pero el caso es que así es y no pretendo buscarle explicaciones. 

Para mí, el Quijote y La Vida es Sueño, junto con El Criticón de Gracián, son la mayor aportación que este país en el que nací y vivo ha hecho al mundo. Seguramente, desde la época clásica para acá no haya habido otra mayor. Ya sé que, para la inmensa mayoría, lo que puedan aportar esos libros frente a lo que supuso, yo qué sé, la invención del motor de explosión, por ejemplo, es completamente irrelevante. Y es que la mayoría ni siquiera se plantea la necesidad del conocerse a sí mismo ni, tampoco, el mundo en el que vive. ¡Craso error! Renunciar a ese conocimiento está en el origen de gran parte de los sufrimientos inútiles que esa inmensa mayoría arrastra por el mundo adelante. En fin, ¡allá cada cuál!

Ayer, como suelo hacer los días calurosos del verano, bajé al atardecer a sentarme en un banco de un un paseo que tengo aquí al lado en el que hay sombra desde el mediodía y corre el aire. Bajé, como digo, con La Vida es Sueño, en la edición de Cátedra, en el bolsillo trasero de mi pantalón. Me senté y me puse a leer en voz queda, recitando para mí, las dos primeras escenas... me gustaría saberlas par coeur, como dicen los franceses. En mi inmodesta opinión —ya saben que alguien dijo que la modestia es propia de los incompetentes—, esas dos escenas son uno de los más logrados inicios que ha dado la literatura universal. Ahí está planteada de forma inigualable la mayor problemática del ser humano consciente de sí mismo y, por tanto, de su libertad siempre vulnerada. Porque la libertad, si bien lo consideramos, nunca pasa de ser una aspiración que nunca consigue lograrse del todo. Y ese no llegar nunca es la causa de la frustración que no cesa por más que tratemos de aliviarla con quejas.  

Y aquí, en la forma de tratar el tema de la queja por parte de Calderón —y tanto placer había /en quejarse, un filósofo decía— es en donde encuentro un contraste de lo más inspirador respecto de la forma de tratarlo Shakespeare en Hamlet —who complaine, and act not, breed pestilence—. ¿Quejarse, para qué? ¿Para consolarse o para incitarte a la acción? A la postre no hay diferencias sustanciales entre Segismundo y Hamlet; los dos se matan a quejas hasta que no pueden más y, entonces, pasan a la acción, en ambos casos desmedida, supongo que para no desmerecer del volumen de sus previas quejas. 

Dice Clarin: «El filósofo era / un borracho barbón. ¡Oh, quién le diera/ más de mil bofetadas! /Quejárase después de muy bien dadas.» Clarin, escudero como Sancho, no le ve el sentido a lo que no lo tiene. ¿Para qué quejarse si no sirve para nada? Lo del consuelo es una mandanga. Si estás jodido, lo que tienes que hacer es arriesgarte. Esa es la única posibilidad de alivio, salga o no salga bien la empresa. Todo lo demás, ya digo, es puro engendrar pestilencia.   

martes, 23 de junio de 2026

Autoexigencia

Entre 1976 y 1981 se emitió en Televisión Española un programa llamado A Fondo en el que el periodista Joaquín Serrano Soler hacía entrevistas a reconocidos artistas. Artistas españoles de prestigio internacional y que, cosa curiosa, no tuvieron el menor problema, sino todo lo contrario, al desarrollar su actividad creativa en lo que el marxismo cultural rampante dio en denominar desierto cultural franquista. Desde luego que desiertos hubo muchos en el franquismo, pero cultural, precisamente, no creo que existiese en absoluto... sobre todo si le comparamos con el que parece haber ahora, en estos tiempos de la autodenominada democracia que se cae a pedazos de puro putrefacta. 

Me mandó Manolo el capítulo de ese programa en el que se entrevista a Joaquín Rodrigo. Joaquín Rodrigo, al menos en esa entrevista, vendría a ser el paradigma del espíritu aristocrático, es decir, aquella forma de ser a la que cualquiera que se respete a sí mismo debe aspirar y que, concretando, podríamos definir con la palabra autoexigencia. 

Rodrigo es el noveno de los diez hijos de una familia valenciana acomodada. A los tres años se quedó ciego. Pronto descubrió que su "realce rey" era la música y se dedicó con pasión a cultivarlo. O sea, la historia de todos los que hacen algo de interés en esta vida. Claro que, el hecho de descubrir el propio "realce rey" no es cuestión baladí que la naturaleza ponga al alcance de cualquiera. Y luego está la forma de cultivarlo que tampoco se hicieron las margaritas para los cerdos. No por otras causas es que la excelencia sea el logro de unos pocos a los que tendemos a considerar tocados por la gracia divina, es decir, una especie de lotería que no toca porque sí, como se tiende a creer, sino por la persistencia en el trabajo duro... o sea, autoexigencia por un tubo. 

En resumidas cuentas, los del montón, hombres masa, chusma, mob, foule, o como queramos llamar a los chisgaravises con colmillos afilados, tenemos una tendencia innata a admirar el éxito olvidándonos por completo de la autoexigencia que lo hizo posible. Y ahí es, precisamente, en donde reside la principal causa de nuestra continua persecución de quimeras que solo nos procuran frustración y ansiedad. En cualquier caso les recomiendo que vean esas entrevistas del programa A Fondo; están todas en YouTube. 

lunes, 22 de junio de 2026

Los santos inocentes

 Ayer había concurso de olla ferroviaria en Maliaño, justo en el parque Cros, donde está la terraza en la que me suelo sentar a tomar un piscolabis. Con tan fausto motivo, el olor a leña quemada y guiso potente lo impregnaba todo. Tengo que reconocer que, en cuanto a olores, aquel entorno ha mejorado una barbaridad; cuando era niño había allí una fábrica de fertilizantes que emitía al aire un olor a pedo; siempre que pasábamos por allí, camino de Santander, mi madre nos hacía la gracia del «yo no he sido». Así todo, en el centro de Maliaño hay un panel informativo sobre la calidad del aire en el municipio e, invariablemente, dice que es, unas veces mala y, otras, muy mala. Pero a nadie parece importarle lo más mínimo si nos atenemos a la animación que siempre suele haber por calles, parques y, sobre todo, los centros deportivos, que los hay a dojo, como dicen los catalanes. 

En cualquier caso, lo de la olla ferroviaria —por todo el barrio hay carteles anunciando concursos de olla ferroviaria en los más recónditos lugares de la región— es para hacérselo mirar. Porque mira que hay que estar aburrido para ponerse una mañana de verano a hacer un guisote en mitad del parque... con toda la parafernalia que se necesita trasportar para tales menesteres. En fin, como diría Félix de Azúa, con tal de no ponerse a estudiar, lo que sea. Lo que sea, con tal de que haya que ponerse un uniforme para ello. Todos los concursantes de ayer, por supuesto, iban uniformados color butano. Uniformarse, o sea, hacerse indistinguible, fusionarse con la masa, que no por otra causa es que Ortega los llame hombres masa, un fino eufemismo de lo que todo el mundo conoce con el peyorativo nombre de chusma. 

La Rebelión de las Masas, que como les iba diciendo, ando releyendo estos días, va precisamente de eso, de ollas ferroviarias, es decir, de cómo el hombre uniformado se va apoderando de todos los espacios públicos, imponiendo en ellos sus preferencias, porque, si algo caracteriza a ese tipo de pobre desgraciado es el estar en posesión de multitud de preferencias, todas ellas, eso sí, no por pequeñas menos molestas para quien pretende, sin éxito, mantenerse al margen de la fiesta. 

Sea como sea, el caso es que yo me tomé el pincho de tortilla y esperé, observando el entorno, a que se enfriase la infusión de gengibre con limón. Y tengo que confesarlo, algo de envidia me daba por el no estar capacitado para sumarme a ese tipo de eventos. ¡Se les veía tan felices! Justo igual que los niños en sus parques a guisa del paraíso hallado. No sé, en fin, qué coño estoy haciendo yo aquí con mis cultas aficiones que me apartan de cualquier tipo de comunión con los santos inocentes... porque, a la postre, qué puede haber mejor en esta vida que el dejarte arrastrar por la corriente y no enterarte de nada. ¿Es que acaso no se va tan pronto el carnero como el cordero? ¡Sancta simplicitas!, como se decía de aquellos que iban a ver como quemaban a un hereje y tiraban el mondadientes a la hoguera, porque alguien les había convencido de que así, echando leña al fuego, ganaban una indulgencia plenaria. ¿Puede haber en esta vida un logro superior al de una indulgencia plenaria? ¡Piénsenlo!  

domingo, 21 de junio de 2026

Demonacte

Sabido es que cuando el mono se bajó del árbol, una de las primeras cosas que hizo fue concebir a los dioses. Y ¿qué era un dios? Pues muy sencillo, un ser que poseía lo que más ansiaba el mono sin poder conseguirlo nunca ni, ni siquiera, aproximarse a ello. Y ¿cuáles eran esas posesiones?: la inmortalidad, la omnisciencia y el don de la ubicuidad. El caso es que, consciente o inconscientemente, el mono no ha hecho otra cosa desde que piso tierra que esforzarse por conseguir algo de esas tres posesiones divinas. Y lo curioso del caso es que, con las cuatro cosas que ha aprendido, ha llegado a creerse que ya está a dos pasos de la ansiada meta. 

A mí todo esto me maravilla. A veces miro alguno de esos videos en los que enseñan las obras de ingeniería que están llevando a cabo los chinos; todas ellas tienen el denominador común de aspirar a lo sobrehumano. Esa parece ser su única motivación, la misma, por cierto, que movió a los egipcios a construir las pirámides. Es todo de una ingenuidad apabullante... en nada difiere del columpiarse en las ramas de las que un día bajaste. ¡Por Dios Bendito, con lo bien que se está contemplando puestas de sol mientras escuchas los gritos de los niños que juegan a lo lejos!  

La perspectiva de las cosas que te da los muchos años vividos es que la inmensa mayoría no te sirvieron para nada cuando creíste haberlas conseguido. Recuerdo todos aquellos cachivaches que aprendí a manejar y que tanto me costó comprender que solo eran un trampantojo para ocultar mi ignorancia. Claro, los demás, que eran tanto o más ignorantes que yo, me veían manejarlos y me daban crédito, lo cual me ponía ufano, o sea, idiota perdido. Luego, muchos años después, cuando aprendí algo de matemáticas, me di cuenta de que cuando manejaba aquellos aparatos estaba haciendo poco más o menos lo que los monos cuando se columpian en las ramas. 

Reflexiona Ortega sobre la técnica y las repercusiones que sobre el alma humana tiene su manejo. «Pero repito, dice, me sorprende la ligereza con la que al hablar de la técnica se olvida que su víscera cordial es la ciencia pura, y que las condiciones de su perpetuación involucran las que hacen posible el puro ejercicio científico. ¿se ha pensado en todas las cosas que necesitan seguir vigentes en las almas para que pueda seguir habiendo de verdad "hombres de ciencia"? ¿Se cree en serio que mientras haya dólares habrá ciencia? Esta idea en que muchos se tranquilizan no es sino una prueba más de primitivismo.»

En fin, uno fue aquello a lo que no supo resistirse. Es decir, todo el primitivismo imperante revestido de sabiduría. Hubiese caído a tiempo en mis manos la semblanza que Luciano de Samosata hace de Demonacte y, seguramente, otro gallo me hubiera cantado. Demonacte, un hombre con todos sus atributos. Por ahí hay que empezar, por saber cuáles son los atributos de un verdadero hombre. No es fácil, desde luego. 

sábado, 20 de junio de 2026

Destellos de perspicacia

 Sigo leyendo a ratos La Rebelión de las Masas, un libro escrito hace más de un siglo, pero que parece escrito hoy y, sospecho, que podría haber sido escrito hace cinco mil años. Es un libro de psicología; la psicología del hombre masa. La psicología del necio, en definitiva. Me siento retratado en cada una de sus páginas. Porque me he pasado lo más de la vida, si no toda, cegado por la vanidad; ajustando mis ideas a mi situación vital y siempre convencido de haber dado con la piedra filosofal. Es muy difícil escapar a esa necedad; y es que los cielos son muy avaros en su reparto de la perspicacia necesaria para que de vez en cuando nos sintamos a dos pasos de ser estúpidos. 

¿Cómo no nos vamos a sentir perfectos si con solo una ligera presión del pie sobre la palanca del acelerador nos trasplantamos de Santander a Bilbao en menos de una hora? Si eso no son poderes sobrenaturales que venga Dios y nos lo explique. Y mientras vamos todo ufanos por la carretera ni por asomo se nos pasa por la cabeza los tremendos esfuerzos que tuvieron que hacer algunos de nuestros ancestros para que sea posible el milagro que yo estoy realizando ahora. Nada de eso; todo nos parece lo más natural del mundo por la sencilla razón de que yo lo valgo. Y, ¡ay si por lo que sea me surge un contratiempo! ¡Qué mal lo llevo, entonces! 

Supongo que cuando el hombre consiguió domesticar al caballo y, con ello, reducir las distancias, también se hizo un poco más necio. A la postre, cuando Newton y Leibniz descubrieron el cálculo, lo que en realidad consiguieron fue que la inmensa mayoría de sus congéneres diesen un paso de gigante hacia la necedad. Aquí estoy yo, sin ir más lejos, escribiendo estas reflexiones de chichinabo que de inmediato haré llegar a todos los confines del mundo. ¿Soy consciente en algún momento del esfuerzo ajeno que ha hecho que ese prodigio sea posible? A nada que me despisto me siento omnipotente. Sin embargo, si aterrizo, caigo en la cuenta de que mis reflexiones no son más que minúsculos e irrelevantes añadidos a la siempre en funcionamiento maquinaria del mundo. Y, entonces, tengo que echarle mucha voluntad para seguir adelante. 

Desde luego que hay que tener mucho cuidado con los destellos de perspicacia que nos pudieran sobrevenir, porque nunca son en vano. Nos ayudan, sí, a desvelar la realidad de las cosas y, también, la de nosotros mismos. Y, ¡ay!, es entonces inevitable que des otra vuelta de tuerca al encerrarte en ti mismo. Afortunadamente, destellos de esos, con cuentagotas.  

viernes, 19 de junio de 2026

La correspondiente resaca

Ayer vi escrito en no recuerdo dónde un titular que afirmaba que iban a comenzar en Europa las deportaciones masivas de inmigrantes. Por lo que oigo comentar por ahí, los inmigrantes que peor caen al personal son mayormente los musulmanes. Quizá sea porque son los que menor capacidad tienen para integrarse, es decir, para pasar desapercibidos. Los pobres no pueden remediarlo porque les han lavado el cerebro desde niños con lo de la superioridad moral. A ellos y, sobre todo, a ellas, se les ve por la calle casi siempre solos o en plan familia numerosa y, ni por descuido, sonriendo; no parece gente contenta con su suerte. Los comparas, por ejemplo, con una colla de familias de gitanos rumanos que hay en el barrio y no hay color; suelen estar reunidos al atardecer en el muelle del Pesquero, con sus churumbeles que no les falta juguete, y siempre bulliciosos. Y, si hablamos de los hispanos, que son mayoría en el barrio, como en su casa; ahí, en la esquina de la calle hay un bar con terraza regentado por dominicanos y, los fines de semana, a poco bueno que haga, tal parece que es el caribe. Eso sí, sin músicas estruendosas. Porque ellos saben perfectamente donde están. Por su parte, los del este, a esos, ni se les nota que son de afuera si no los oyes hablar; están todos mezclados con los aborígenes. Luego, claro, los chinos, que son punto y aparte; cruzo la calle y hay un bazar que ha convertido la entrada en frutería; para mí es un chollo porque tiene buen precio, la calidad no es mala y funciona catorce horas los siete días de la semana. En conjunto, todo ello me hace sentirme como si viviese en uno de esos barrios populares de New York que nos hemos cansado de ver en las películas. 

El problema de la emigración es otro que, como el de la jodienda, no tiene enmienda. Es una cuestión puramente física; digamos que como la ley de Boyle Mariotte, que si disminuye el volumen aumenta la presión y viceversa; en cualquier caso, el producto de ambos elementos siempre se mantiene constante. Aquí, en esto que siempre fue La Montaña hasta que los comunistas le cambiaron el nombre, llevamos ya más de un siglo, o quizá dos, en los que la población no se mueve mucho del medio millón. Y así ha sido que como en las últimas décadas a la gente le dio por no tener hijos para evitarse preocupaciones, el vacío que quedó no ha tardado ni dos segundos en llenarse. A eso se le añade que una buena parte de los autóctonos viven de comerse el patrimonio que labraron sus antepasados y, claro, necesitan criados para cuadrar su círculo. Y los criados, ya saben... y si no lo saben, cojan, agarren una de esas plataformas de cine que todos ustedes tienen en casa, y busquen una película titulada El Sirviente, del director británico Joseph Losey. En definitiva: la dependencia de los criados corre el peligro de convertirse en un verdadero infierno, que es justo en donde, según muchos, hemos ido a dar. 

La respuesta al problema es de Perogrullo: toda juerga conlleva su correspondiente resaca. Y la resaca, una de dos, o la soportas a pie firme o la alivias bebiendo más... ya saben, la lógica estudiantil de que un clavo saca otro clavo. En fin, vamos a ver por qué solución se opta. Personalmente, lo de las deportaciones me parece un maquillaje para calmar los ánimos de los más exaltados. Creo más factible una autodeportación cuando las condiciones imperantes en el territorio invadido no les salgan a cuenta a los invasores. De hecho, parece ser que eso es lo que les está pasando a los musulmanes; los políticos, presionados por los autóctonos, se han visto forzados a hacer pasar leyes que ponen coto a las pretensiones de los musulmanes de expandir lo que ellos llaman su cultura, por supuesto, supremacista... toda cultura que se quiere expandir es, por definición, supremacista, que no por otra causa es que se haga odiosa. ¡Pobre gente! tengo un conocido, un tal Moha, marroquí él, que siempre que me ve corre a saludarme. Hace años, después de darme la mano, se la llevaba al corazón. Hace tiempo que prescinde de ese ritual; se ve que se ha dado cuenta de por dónde van los tiros. En cualquier caso, juraría que es un buen chaval. 

jueves, 18 de junio de 2026

El torcimiento de la flexible vara de medir

Cervantes nos deja claro que, entre la pluma y la espada, la espada se lo lleva de calle. Puro realismo. Es lo mismo que podemos constatar a todo lo largo de El Criticón respecto del instinto y la razón. Lo real es que la razón a duras penas puede colarse por los intersticios que le deja el instinto cuando el modus vivendi está perfectamente asegurado.

Gracián, como yo, era hijo de médico, pero no necesitó, como fue mi caso, seguir la estela de su padre para darse cuenta de en qué consistía el invento. Nos lo deja fantásticamente explicado:

—¿Quién es aquel —preguntó Andrenio— que para andar derecho lleva por apoyo el torcimiento en aquella flexible vara?

La flexible vara en la que nos apoyamos es el instinto que proporciona todo tipo de triquiñuelas a la razón para que nos parezca que vamos derechos cuando vamos torcidos. Pero vayamos al asunto de los médicos a los que la gente, en general, tiene bastante calados mientras no falta la salud, pero que, a la que empieza a faltar, se convierten en el clavo ardiendo al que todo el mundo se agarra:

—... Lo mismo sienten todos de aquel otro que también viene a caballo para acaballo todo. Éste tiene por assumpto y aun obligación de hacer de los malos, buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace malos, y de los malos, peores. Éste trae guerra declarada contra la vida y la muerte, enemigo de entrambas, porque querría a los hombres ni mal muertos ni bien vivos, sino malos, que es un malíssimo medio. Para poder él comer hace que los otros no coman; el engorda cuando ellos enflaquecen; mientras están entre sus manos no pueden comer; y si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer. De suerte que estos viven en gloria cuando los demás en pena... Y es de advertir que donde hay más doctores, hay más dolores...—

Y en esas es en las que estamos, con cada vez más dolores porque cada vez hay más doctores. Y no lo digo sólo en el sentido literal; también en el figurado. Toda esa gente que se ha dado en considerar expertos en la realidad sólo lo son en perpetuar los problemas que, en principio, deberían resolver. ¿De qué iban a comer ellos y sus hijos si los resolviesen a la primera de cambio? Tan es así, que no podemos achacar a su mala fe la perpetuación e, incluso, el empeoramiento de los problemas; en absoluto: es, simplemente, su instinto de conservación el que guía su proceder, so capa de sabiduría. 

En fin, así son las cosas de esta vida y conviene andar avisado al respecto. Todos estamos en lo mismo que no es otra cosa que asegurarnos por todos le medios a nuestro alcance el modus vivendi. ¡Y es tan difícil conseguirlo sin apoyarnos en el torcimiento de una flexible vara de medir!