Desde antiguo están reflejados en los textos aquellos que tienen por costumbre mirar la berza y coger el tocino.
jueves, 30 de abril de 2026
Pinchos salmanticensis
miércoles, 29 de abril de 2026
La melodía
Pienso que hay pocos misterios en la naturaleza que se puedan comparar al de la melodía. Cualquier músico conoce su técnica; Schopenhauer dice que es la parte de la música que presenta de principio a fin una continuidad con sentido e intención. Por consiguiente, añade, nos relata la historia de la voluntad iluminada por la razón, cuyas manifestaciones en la vida real constituyen la conducta humana. Leo Brouwer componía como por un tubo; al cabo del día serán millones de horas las que los guitarristas de todas las partes del mundo dedican a estudiar e interpretar sus composiciones. En general, es música para músicos por la sencilla razón de que, a pesar de su impecable factura, su melodía no se capta ni a la primera ni a la segunda audición. Su Decamerón Negro, por poner un ejemplo, necesita de muchas audiciones antes de que empieces a identificarlo. Sin embargo, un día se levantó y compuso Un Dia de Noviembre; pues bien, de ese día para acá no hay guitarrista en el mundo que no quiera tocar esa pieza: a la segunda vez que la escuchas ya la identificas, y es que provoca una cascada de sentimentalidad dulzona, como si estuvieses detrás de un ventanal al lado de una chimenea, contemplando la sinfonía de colores de un bosque de caducifolias... ¡uff...!
Transcribo: «Está en la naturaleza del hombre el sentir deseos, realizarlos, tener enseguida nuevos deseos, y así sucesivamente; su felicidad y bienestar consisten tan solo en esta transición del deseo a su cumplimiento y, de éste, a un nuevo deseo, siempre que dicha transición se realice rápidamente, pues el retardo trae consigo dolor y la vaciedad de deseos produce hastío y languidez. Del mismo modo está en la naturaleza de la melodía la digresión continua en mil direcciones, apartándose sin cesar del tono fundamental para ir, no solo hacia los grados armónicos, la tercia o la dominante, sino hacia cualquier grado, hacia la séptima dominante y los intervalos aumentados, pero retomando siempre, al fin, el tono fundamental. La melodía, por medio de todas estas desviaciones, expresa las innumerables formas de los anhelos de la voluntad, pero, también, su satisfacción, encontrando al fin, de nuevo, un intervalo armónico y, mejor aún, el tono fundamental.»
En fin, ya ven en donde podría residir el misterio de la música, en ese continuo crear y ver cumplidos los deseos. Y ese proceso puede ir a toda mecha, como en una canción popular, o hacerse desear antes de verse cumplido, como en una sinfonía. Esa es la magia del asunto, o de la sabiduría, saber o no saber postponer la resolución de los deseos.
martes, 28 de abril de 2026
El tesón
Me tiro dos horas y pico escuchando una entrevista que, un par de muchachos que tienen un canal en YouTube llamado Tengo un Plan, le hacen a Elvira Roca Barea. Al final de la entrevista, los muchachos, unos pipiolos, le preguntan por cinco películas para aprender historia. No hay películas, ni tampoco novelas, para aprender historia; eso hay que hacerlo con codos. Luego les dice que le gusta mucho Centauros del Desierto, o sea, la película del tesón —el que la sigue la consigue, que se decía antiguamente—. Es muy interesante, porque si de algo da la impresión Elvira, es de tener tesón. De lo contrario sería imposible tener una cabeza tan bien amueblada como la suya, que no es, precisamente, de erudición del conocimiento, que también, sino de ese pensamiento sistemático de los sabios que les lleva a poner el acento en lo que no se sabe y se debiera saber. Y, también, en por qué no se sabe, y en por qué se debiera saber.
Por lo demás, tampoco es que su percepción de la realidad difiera mucho de la mía, o sea, que no me ha desmentido en casi nada y, por contra, me ha ayudado a confirmarme en mis convicciones, cosa, con la que, por cierto, hay que andarse con mucho cuidado. De hecho, una mente despierta, demuestra que lo está, sobre todo, cuando cuestiona a quién le da la razón, ya que, tenemos que tener siempre presente que, todas las grandes catástrofes del mundo han sido desencadenadas por no haberse cuestionado las verdades construidas a golpe de confirmación de los unos a los otros: si cien mil millones de moscas comen mierda, la mierda tiene que ser rica.
En cualquier caso, no me arrepiento de haber dedicado miles de horas a leer libros de historia, casi siempre tergiversada, todo hay que decirlo, a mayor gloria del poder en curso. Así, pienso, he podido hacerme una idea, más o menos aproximada, de lo que ha sido el mundo, que es tanto como decir porque hoy es como es. Eso, de algún modo, contribuye a sosegar mi espíritu ya que nada de lo que sucede, por muy estrambótico que suene, me resulta novedoso. En definitiva, me aburre, y, si hoy he escuchado a Elvira, sin duda ha sido porque me ha pillado desprevenido o en un momento de debilidad. Afortunadamente, para salir del marasmo mental siempre me quedará Matemáticas con Juan, o Math Booster, o similares... el caso es enfrentar problemas que tengan una solución incontestable que solo puedes alcanzar si piensas correctamente. Cuestión de tesón, en cualquier caso.
lunes, 27 de abril de 2026
Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity
Me pongo a buscar un video de Mabel Millán y justo al lado de donde le encuentro hay otro titulado así: Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity —Por qué está desapareciendo el pensamiento crítico. El ascenso de la estupidez colectiva—. Desde luego que esa visión tan siniestra de la realidad nada tiene que ver con Mabel, que vendría a ser, por así decirlo, la mujer diez: es guapa y elegante, además de una de las guitarristas más eminentes del panorama internacional, y, por si con eso no va servida, le ha añadido un puesto de fiscal en la audiencia de Cadiz. En fin, que sobran las generalizaciones: hay gente y gente. Yo entre mis amigos los tengo así y también los tengo asao... y no voy a entrar en detalles.
domingo, 26 de abril de 2026
Cultivar un jardín
Escuchar a John Wiliams interpretando a la guitarra Asturias de Isaac Albeniz es, para mí, hipnotizante. Comprendo que habrá miles de millones a los que no les diga nada, pero da la casualidad de que yo me he tirado cientos, si no miles, de horas, intentando perfeccionar mi interpretación de esa pieza y sigo lejos de conseguir sentirme satisfecho y, lo que es más, comprendo, sobre todo después de escuchar a John Wiliams, que nunca lograré esa meta y, sin embargo, sé que seguiré intentándolo por aquello de que la vida sin algún tipo de camino de perfección es una mierda sin remisión.
Escuché decir a Andrés Segovia, en una entrevista que le hacían cuando ya tenía ochenta y cuatro años, los que yo estoy a punto de cumplir, que él practicaba seis horas al día. Seguramente, el hombre se agarraba a eso para sentirse vivo. O inmortal. Como los niños cuando juegan. Es lo que tiene abandonarse a una pasión, que vuelves a ser niño.
En fin, sea como sea, cada día que pasa, dedico más horas a practicar. Ayer, por ejemplo, me puse con la partitura de Marieta de Tárrega, que la tenía abandonada desde hacía no sé cuánto. Al cabo de un rato ya la había recuperado y, cuando la dejé después de una hora, ya me resonaba por dentro como algo completamente mío. Marieta, María, Rosita... Rosita es una de mis primeras piezas; conocía bien la melodía porque era la sintonía de un programa de Radio 2 que no me solía perder, allá, por los primeros ochenta del siglo pasado. Hoy día, la tengo tan interiorizada que no necesito la guitarra; voy por la calle y la toco mentalmente de cabo a rabo y me entran ganas de ponerme a saltar, porque es una polka. En cualquier caso, pocos espectáculos me emocionan más que vérsela interpretar a Vera Danilina; en esa mujer no se sabe dónde acaba el cuerpo y empieza la guitarra; es como si fuese un órgano más de los que trajo al nacer.
A parte de esas tres con nombre de mujer, de Tárrega, también tengo en mi repertorio Recuerdos de la Alhambra, la recién adquirida, Capricho Árabe, y la Lágrima. A veces me pongo a pensar en qué cosa podría ser eso de la inmortalidad; quizá no sea otra cosa que vivir en el recuerdo de los vivos; imagínense la de miles de millones de horas que han invertido e invierten millones de guitarristas de todo el mundo estudiando e interpretando las partituras que un día imaginó Tárrega. Durante todas esas horas, todos esos guitarristas, de algún modo, son Tárrega.
En resumidas cuentas, que, o cultivas un jardín, como dice el proverbio chino, o, mejor, apaga y vete.
sábado, 25 de abril de 2026
La gran degringolade
Es curioso lo que ha pasado con este blog. Cuando, allá, por los mediados del mes de diciembre del año pasado, dejé de escribir en él, tenía varios cientos, cuando no miles, de visitas diarias. Después, durante los meses que lo tuve en pausa, no dejó de tener visitantes, incluso miles algún mes. Al retomarlo hace unos días, el primero tuvo casi mil, el segundo la mitad, y el tercero la mitad de la mitad y, así, en fulgurante sucesión decreciente hasta la casi nada... las escasas decenas que tuve durante los años que llevo con él. ¿Qué ha pasado? ¿A qué ha podido ser debido el auge y caída del número de lectores?
Para empezar a desentrañar el misterio tengo que decir que desde el principio me extrañó mucho aquella proliferación; primero, porque venía principalmente de Singapur, Hong Kong y Mexico y, segundo, porque de todos aquellos miles de visitas no quedó ni un solo comentario. El caso es que durante los últimos meses había venido mostrándome muy sensible a los temas religiosos; hace ya tiempo que vengo leyendo con insistencia la Biblia y no era raro que vertiese reflexiones sobre ella en mis escritos. Sobre todo, dediqué mucha atención al sintagma que más se repite en la Biblia: el temor de Dios. El temor de Dios es la civilización; de eso había caído en la cuenta, no leyendo la Biblia, sino a Homero, que también utiliza con profusión ese sintagma, aunque en su caso usa la palabra Dios en plural.
En cualquier caso, el tema de las religiones es clave para cualquiera que sea aficionado a los juegos malabares del pensamiento, es decir, a la metafísica. Lo que, sin duda, es mi caso, so pena de morir de aburrimiento. Ya hace mucho que comprendí que eso del temor de Dios no es más que una forma primitiva de nombrar lo que es el fundamento de la vida en común: la autorrepresión de los deseos. Claro, para comprender esto tuve que evolucionar desde el miedo infantil a la responsabilidad adulta: un largo y costoso recorrido. Yo no me reprimo por miedo a castigo alguno, sino porque quiero un mundo vivible y, para ello, sé que no hay otro medio que el de vivir en un continuo proceso de perfeccionamiento del ideal ético. Tengo que pensar, cada vez que voy a hacer algo, qué consecuencias tiene ese algo, no solo para mí, sino también para el mundo que me rodea. Recuerdo haber leído, hace ya bastantes años, las reflexiones que hace Jefferson sobre este asunto en unas cartas que le envía a su sobrino, un ferviente creyente: no hace falta esperar la recompensa divina; la conciencia de haber actuado correctamente, le dice, es en sí placentera; es algo así como el placer estético proporcionado por la percepción de la belleza.
El caso fue que, andando yo releyendo estos días El Dolor del Mundo y el Consuelo de las Religiones, de Schopenhauer, se me ocurre trascribir unos pasajes del libro relativos a la imperiosa necesidad metafísica de los humanos y, ¡zas!, desaparecieron los lectores como por arte de magia. A alguien no le debió gustar toparse con la idea razonada de que las religiones son la metafísica del pueblo y pasó la voz a sus correligionarios. Sí, porque todo esto me huele a correligionarios; tanto la fulgurante ascensión de lectores de hace meses, como la gran degringolade de hace unos días: todo me huele a consigna venida de las alturas. Suposiciones, en cualquier caso.
viernes, 24 de abril de 2026
Teogonías
Me entretengo en comparar las traducciones del Génesis que hacen Reina Valera y Alonso Schökel. Uno, como no es filólogo, a lo más que puede llegar es a encontrar diferencias de estilo sin mayor importancia: Reina, quizá sea más poético y Schökel, más claro. Un experto, de esos que crecen como los hongos sobre la superficie de la tierra, seguro que encontrará diferencias para llenar siete tomos de mil páginas de papel biblia en el perverso intento de enfrentar a las dos sectas del cristianismo, católicos y protestantes... que mira que se han pegado leña a lo largo de la historia; sería interesante tener una estimación de las muertes directamente provocadas a lo largo de la historia por esos enfrentamientos bizantinos. Aunque, la verdad es que, para matarse, al ser humano siempre le han sobrado excusas.
En cualquier caso, en las dos traducciones se aprecia por igual el ingente valor simbólico del texto. Concretamente, el asunto de los dos árboles cuyo fruto está prohibido, el del bien y el del mal, del que comen, y el de la vida, del que no comen porque Dios les expulsa antes de que puedan catarlo. Con el del bien y del mal les nace la sensación de vergüenza, sin duda una de entre las más poderosas herramientas a efectos de garantizar la supervivencia de la especie. Sin embargo, lo del árbol de la vida, cuyo fruto no alcanzan a comer y, por tanto, se quedan a las puertas de poder ser como dioses, ya no me queda tan claro. Supongo que tendrá que ver con la conciencia del paso del tiempo; tener o no tener esa conciencia es la clave de todo... en cualquier caso, no se me alcanzan, así, a bote pronto, los significados que hay detrás de ese árbol de la vida, aunque, ya, con el del bien y el del mal, pienso, vamos servidos.
Sin duda es de la conciencia del paso del tiempo de donde procede la imperiosa necesidad metafísica, o, si mejor quieren, la manía de inventar teogonías. Todos los pueblos de la tierra tienen la suya. Y unas se inspiran en las otras. Por delante del Génesis está el Enuma Elish y, por delante de éste, al parecer, solo por la Mesopotamia, había cientos. Personalmente, la teogonía que siempre he preferido es la griega; aunque, la parte del león del relato es el que hizo Hesíodo, para cuadrarle tienes que reunir las piezas que se desparraman por toda producción literaria de la antigua Grecia. Pues bien, en esta teogonía, al paso decisivo de comer del árbol del bien y del mal lo llaman robar fuego a los dioses; en definitiva, ambas dos cosas son adquirir conocimiento de la realidad. Es curioso que las dos coincidan en el duro precio que hay que pagar por ello. Y en las dos, tanto Adán como Prómeteo tienen un demonio instigador, Adán a la mujer seducida por la serpiente y, Prometeo, un hermano medio tonto que es el que, al abrir la caja de Pandora, deja escapar todos los males al mundo.
Lo de la serpiente que seduce a la mujer, sin duda tiene miga para dar y tomar. Sobre todo, por el hecho de que Dios la maldiga y la condena a vivir arrastrada sobre su pecho. La gente del común, nunca olvida esa maldición. Recuerdo a los proscritos de Alar con los que solía ir por las tardes a pasear por los montes circundantes; un par de veces que nos salió al paso una culebra, la bailaron un zapateao encima hasta dejarla hecha papilla. ¿Por qué aquella saña? Sin duda, algo telúrico, de cuando en su lejana infancia habían visto en la catequesis aquel cuadro de la serpiente enroscada en el tronco del manzano con el fruto en la boca en actitud de ofrecérselo a Eva. Ya tenemos ahí, perfectamente definida, la triquiñuela del chivo expiatorio que, si no nos exime de culpa, al menos nos la rebaja.
Por otro lado, yo diría que el Prometeo griego es más evolucionado que el Adán judío. Y eso que seguramente es un invento anterior. Prometeo sería más próximo a Jesucristo; como él, paga un alto precio por liberar a la humanidad... pero, en fin, esto, ya, para los expertos en el tema.
jueves, 23 de abril de 2026
Espíritus soberanos
Cuando me siento, ya, totalmente derrotado, recurro al único clavo ardiente que me queda, agarrar una partitura de las que siempre quise aprender, pero nunca me atreví, y ponerme a ella. Es un ejercicio de la mente lo suficientemente intenso como para hacerte olvidar todas las miserias del mundo. Hace un mes, o así, decidí ponerme con el Capricho Árabe de Tárrega. Por supuesto que no me atrevería a tocarla para nadie, pero, para mí, ya me sirve: ya me resuena por dentro. Y así, intentando escapar de mi dolorosa percepción del mundo, es como he ido haciéndome poco a poco con un repertorio que es mi más preciado tesoro. En esos momentos de absoluto desistimiento, agarro la guitarra y me pongo a tocar, pongamos que Oblivion de Piazzolla, y de inmediato me reintegro a la vida. Luego sigo con Libertango... ¡Dios mío, cuánta sentimentalidad! Ahora mismo, mientras escribo esto, me llega muy lejano, vía YouTube, La vie en rose, interpretado a la guitarra por Alexandra Whittingham, y el alma se me sale por los poros, o se me pone la carne de gallina, como también se suele decir. La vie en rose, Édith Piaf, los atardeceres veraniegos de la temprana juventud, los primeros amores...
La música y los acertijos matemáticos se llevan lo más de la poca vida que me va quedando. He intentado por todos los medios comprender, que, como dice el filósofo, es amar. Y creo que ya comprendo bastante el mundo y la causa fundamental de sus miserias: Dios, o la naturaleza, o como cada uno quiera llamar a lo que rige nuestros destinos, fue tremendamente injusto en el reparto de sus dones. Así es que, a los desfavorecidos, si quieren sobrevivir, no les queda otro remedio que organizarse en mafias para extorsionar a los favorecidos. En eso ha consistido toda la historia de la humanidad: guerra entre los muchos desfavorecidos contra los pocos favorecidos. Así, a la postre, se consigue un cierto equilibrio que permite que la vida continue.
Por eso pienso que es inútil, por no decir imbécil, leer periódicos y ver telediarios. Lo mismo que ir de aquí para allá a buscar satisfacciones. Para lo único que me merece la pena salir es para tomar el aire y que me dé un poco el sol, que dicen que es bueno para los huesos. Por lo demás, sigo intentando purificar mi ideal ético —cosa no muy difícil dado lo bajo de donde parto— por medio de la conversación incesante con el linaje de los más soberanos espíritus, los que de continuo me desmienten, alejándome con ello de toda tentación de dogmatismo.
Conversaba hoy con uno de esos espíritus soberanos y me decía:
Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con solo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.
miércoles, 22 de abril de 2026
Pacatería
Ortega no había llegado a los treinta, y ya es catedrático de Metafísica en la universidad de Madrid, cuando anda por El Escorial dándole al coco. Tiene allí delante un bosque de robles y fresnos por el que se adentra en busca de inspiración. Para abrir boca, escribe: "La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño, y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva —como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca". Díganme ustedes, ¿a ver qué reconocido intelectual de hoy día se atreve a semejantes metáforas? Para mí que de un siglo para acá en lo único que hemos progresado es en pacatería.
martes, 21 de abril de 2026
La belleza y la ascesis
lunes, 20 de abril de 2026
Imperiosa necesidad metafísica II
Sigo con este asunto de la religión —metafísica del pueblo— porque me parece, no solo crucial, sino, también, de lo más entretenido, ¡porque mira que se han hecho cosas curiosas en el mundo por tal de dar por resuelto el irresoluble problema de la creación! Al respecto, dice el filósofo que la religión es a la filosofía lo que una pierna de madera a una pierna natural. La religión, prosigue, satisface muy bien la necesidad metafísica del hombre, y sustituye a la verdad filosófica que, en sí misma, solo se puede alcanzar con infinitas dificultades o, incluso, tal vez no se alcanza nunca.
Sigue:
No debemos olvidar que la necesidad metafísica del hombre requiere imperiosamente ser satisfecha, pues el horizonte de sus ideas debe estar circunscrito, no pudiendo quedarse sin unos límites determinados.
Pongamos que Demófeles —el pueblo— defiende la religión y, Filatetes —la filosofía—, la verdad.
Dice Filatetes: ¿¡De cuánta ayuda son los argumentos de reconfortamiento y de consuelo cuando sobre ellos pende constantemente la espada de Damocles, la espada del desengaño!? La verdad, amigo mío, solo la verdad vence, persiste y nos es fiel; solo el reconfortamiento que ella aporta es el único sólido. Ella es el diamante indestructible.
Contesta Demófeles: Sí, ¡Si tuvieras la verdad en el bolsillo para hacernos felices a placer! pero lo que tenéis no son más que sistemas metafísicos en los que nada es seguro, excepto el dolor de cabeza que producen. Antes de quitar algo a alguien se debe tener algo mejor que darle a cambio.
Filatetes: Librar a un individuo de un error no significa quitarle algo, sino darle algo. Porque reconocer que algo es falso es una verdad. A la larga, ningún error es inofensivo, sino que, más bien, antes o después, acarrea un daño a aquel que lo cultiva. Por ello no se debe engañar a nadie; es mejor reconocer que no se sabe lo que no se sabe y dejar que cada uno se forme por si mismo sus propios artículos de fe. Puede ser que en tal caso, no les causemos tanto mal ya que discutirán recíprocamente y se rectificarán unos a otros. En cualquier caso, la variedad de las opiniones dará lugar a la tolerancia.
Demófeles: Sería, en efecto, un bello espectáculo: ¡un pueblo entero de metafísicos que litigian y, eventualmente, se pegan!
*****
En fin, señoras y señores, esto de las religiones, a mi parecer, tiene mucha menos enmienda que la jodienda. Hay una edad en la vida en la que son muchos los que caen en la cuenta de que todo lo que le enseñaron respecto a la relación con lo divino es pura filfa. Entonces, es muy frecuente que esos desengañados caigan como por ensalmo en un racionalismo simplón que, a la postre, vendría a ser una nueva religión, la más demoledora de todas acaso, la de la ingeniería social para que nos entendamos. ¿Conocen ustedes un sacerdocio que arrastre tras de sí mayores cantidades de miseria moral que el de los ingenieros sociales?
Ya digo, en fin, hay que andarse con mucho ojo en estos asuntos tan turbios porque, por nuestra propia condición defectuosa, tendemos a considerar como el mejor pavimentado el camino que lleva de Guatemala a Guatepeor.
domingo, 19 de abril de 2026
Imperiosa necesidad metafísica
Uno, por aquello, supongo, de que conseguir el sustento, ni me cansa. ni me lleva apenas tiempo, tiene la osadía de querer resolver por sí mimo lo que el filósofo llamó la imperiosa necesidad metafísica, es decir, encontrar la explicación que no tienen las grandes cuestiones que nos angustian; que nos angustian precisamente por eso, porque tenemos tiempo y no lo necesitamos para descansar porque no estamos cansados. Y, desde luego, uno no es tan lerdo como para fabricar un Dios para que me resuelva el enigma. De hecho, como vivo convencido de que no hay la menor posibilidad de resolverlo, trato de comprender lo que hay detrás de esa facilidad con la que las gentes del común se apuntan a cualquier alegoría fantasiosa que pretenda ser esa explicación imposible. Y, en ese empeño de comprender, indago en los textos; leo en Shopenhauer:
"Las efímeras generaciones humanas surgen y desaparecen en rápida sucesión, mientras los individuos caen danzando en brazos de la muerte después de una vida de angustias, de miserias y de dolores. Mientras tanto, preguntan sin cesar qué son y qué significa toda esta farsa tragicómica, e invocan al cielo para obtener respuesta. Pero el cielo permanece mudo. Y entonces vienen los sacerdotes con la revelación...
...
En cambio, el secreto fundamental y la astucia primordial de los sacerdotes, en toda la tierra y en todos los tiempos, ya sean brahmanes o musulmanes, budistas o cristianos, consiste en lo que sigue: ellos han reconocido justamente y han captado bien la enorme fuerza de la necesidad metafísica del ser humano, y pretenden poseer los medios para satisfacer esa necesidad asegurando que los secretos de los grandes enigmas les serian accesibles por una vía extraordinaria y de una forma directa. Una vez que han convencido de esto a los hombres, consiguen guiarlos y dominarlos a su capricho. Los gobernantes más inteligentes se alían con ellos y con los que no son dominados por ellos. Pero si alguna vez, y esta es la más rara de las excepciones, un filósofo sube al trono, entonces toda la comedia se viene abajo del modo más estrepitoso."
Desde luego que es una excepción tan rara que no sé si se habrá dado alguna vez. De lo que sí tiene ejemplos la historia es de que esa connivencia entre gobernantes y curas haya acabado en una supremacía aplastante de los curas con la consecuente consecuencia, valga la aliteración, de que la comedia se ha convertido de inmediato en tragedia. De hecho, el destino trágico de los pueblos no se debe a otra cosa que al hecho de que los curas se apoderan de la voluntad de la gente.
Estaba leyendo estos días Los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de San Pablo y todo eso, y mi mente invariablemente se fugaba hacia los tiempos aquellos conocidos como de "la transición" en los que, primero por querencia y, después, caído ya del caballo, por imposición, me vi rodeado por los ambientes curiles que al poco terminaron por hacerse con el poder. Sin duda, aquellos curillas comunistas, que tanto asco acabaron dándome, no habían leído la Cartas de San Pablo, pero, apostaría lo que fuese a que, los que manejaban a aquellos curillas las tenían como libro de cabecera, porque, a la postre, no son otra cosa que un manual de la secta con aspiraciones de poder total.
En fin, comprender, la eterna aspiración siempre frustrada. Y es que, como dijo el poeta, solo los problemas de matemáticas tienen solución. El resto es metafísica, es decir, sin posibilidad de prueba; conjeturas en todo caso... para ir tirando por la vida.
sábado, 18 de abril de 2026
Desde la última vuelta
Como decía, he estado estos meses ocupado en describir lo que veo desde esta última revuelta del camino en la que estoy. Mirando lo de atrás con prismáticos y lo de cerca con microscopio. Así, procurando ser minucioso, he venido a dar en algo así como eso que los curas llaman confesión general y, los mafiosos, que también son curas, aunque de otra manera, ajuste de cuentas. Personalmente, me quedo con el ajuste de cuentas; el mafioso que llevo dentro, ¿quién no lo lleva?, ha estado ajustándome las cuentas y me ha hecho sentirme como lo que he sido y soy, un tipo de lo más vulgar que se pasó la vida salvándose por los pelos de las consecuencias de sus despreciables actos. Y no tengo religión a la que acogerme en busca de consuelo; éste, de venirme de algún lado, tendría que ser del famoso "mal de muchos, consuelo de tontos", porque, pienso, la inmensa mayoría de los humanos estamos en las mismas: salvándonos por los pelos de los peligros en los que nuestras deficientes cabezas nos meten.
En cualquier caso, creo recordar que, en su última vuelta, Baroja, ajusta cuentas con todo chichirimundi menos con el mismo... al único que salvó de sus iras fue al pintor Dario Regoyos. Yo, por contra, no me he detenido en describir miserias ajenas; con las mías, las tengo a calderadas. Pero, a lo que quería llegar: dada la curiosidad que siempre sentí por la figura de Baroja, nada tiene de extraño que haya encontrado retratos suyos que en nada le favorecen; por ejemplo, que era un empedernido putero. No sé qué de verdad pudiera haber en ello; al respecto, el no dice ni mu. Yo, sin embargo, he procurado por todos los medios de mi memoria no ocultar una sola de mis rijosidades y sus desagradables consecuencias. Aunque ya sé que los pecados de la carne se suelen considerar como los menos ofensivos a las leyes no escritas del cielo, no por ello dejo de considerarlos despreciables por las muchas razones en la que no voy a entrar ahora.
En definitiva, superada, pienso, la parte más escabrosa de mi camino por la vida, he decidido volver a publicar mis reflexiones cotidianas en este blog. Eché mucho en falta este desahogo durante estos meses y no me importa el retractarme del deseo que mostré de dar por terminada mi exposición al ajeno escrutinio. Si alguien lo lee, genial. Si nadie, exactamente lo mismo, porque, al fin y al cabo, es el escrutinio de mi comprensión del mundo que me rodea el que me apacigua el espíritu.