domingo, 31 de mayo de 2026

Nobleza obliga

Hablábamos esta mañana de los sistemas políticos. Personalmente, el tema me interesa un rábano. Aquello que decía Montesquieu de la división de poderes me parece una de tantas maniobras de distracción para los ingenuos. El poder es el poder y, por la propia naturaleza de las cosas, siempre tenderá a ser absoluto porque esa es la única forma en la que el poderoso puede conciliar el sueño. A la que el poder tiene una grieta —¿cómo evitarlas?—, el poderoso se caga por la pata abajo y empieza a dar palos de ciego, con lo cual, labra su derrumbe. Por eso es que muy pocos poderes, si es que alguno, se prolongan en el tiempo.  

El único poder en el que creo es el que uno tiene sobre sí mismo, es decir, cuando puedes controlar tus deseos y, de paso, vivir en la incertidumbre como si tal cosa. Digamos que esa es la aristocracia del espíritu. Suele venir de cuna; unos, educan a sus hijos para ser dueños de sí mismos, es decir, para el riesgo y, otros, para la seguridad, o sea, para que sean siervos de alguien. Luego está lo que cada uno pone de su parte; si Robinson Crusoe hubiese seguido los consejos de sus padres, nunca nos hubiéramos podido recrear con su biografía; le salió de dentro el arriesgar y así fue que conquistó un pequeño imperio que le hacía sentirse poderoso... hasta que le salió una grieta, la huella de un pie en la arena de una playa, y se cagó por la pata abajo. Pero, como era valiente de natural, la diarrea le duró poco; se enfrentó a la grieta y consiguió taparla. 

En el fondo, todo es una cuestión de nobleza. Si eres noble por naturaleza, desconocerás absolutamente quienes son los que gobiernan el país en el que vives. Si eres snob —sin nobleza—, estarás al tanto de todas las minucias que suceden a tu alrededor. Es la diferencia entre estar a lo tuyo y estar a lo de los demás porque dentro de ti no hay nada. Por así decirlo, lo que va de la valentía a la cobardía. «Lonely are de Brave» ¿Se acuerdan de esa película? Una versión del Quijote en formato western. Los valientes andan solos, esa es la primera lección que hay que aprender. 

¿Sistema político, dice usted? Para mí no hay otro que la Biblia y el fusil. O, si quieren, My rifle, my pony and me. A partir de ahí, orden espontáneo y, al que Dios se la de... nobleza obliga. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Siempre en guardia


Comentábamos ayer sobre el sibilino asunto de la docilidad al prejuicio. Pienso que nunca será suficiente lo en guardia que estemos contra esa maligna propensión que todos padecemos a pensar que es verdad lo sancionado por la costumbre, sobre todo, cuando lo sancionado es algo que nos a
grada o beneficia. Les traigo a colación ésta, que debiera ser obviedad, a propósito de esa frase que tanto gusta repetir a los que viven del cuento: hablando se entiende la gente. Recuerdo que el anterior rey la solía repetir como si fuese un talismán. Seguro que mucha gente pensaba: si lo dice el rey, tiene que ser verdad... por más que los hechos lo desmintiesen hasta el aburrimiento. Para entenderse, hasta el más tonto de la clase lo sabe, lo que se precisa es que a las partes les convenga entenderse; en ese caso, sobran las palabras... y, si no conviene, también. Las palabras, ya lo dejó claro Sófocles en su Antígona, solo sirven para esquivar los dardos de las lluvias inclementes. Es decir, para mentir. 

Claro que saber mentir, siempre y cuando se pueda hacer sin ponerse colorado, es una de las grandes artes de que dispone el ser humano para, sobre todo, eso, vivir del cuento... un ejemplo paradigmático sería el rey ese que les mencionaba unas líneas más arriba. Y no es que lo diga yo, que bien saben que el mismísimo Dios se lo dijo a Samuel el profeta: diles a los judíos que ni se les ocurra, que un rey, por definición es un sinvergüenza. Pero los judíos fueron dóciles al prejuicio e insistieron. Al fin y al cabo, todos a su alrededor tenían un rey del que solo se veían las cosas que parecían ser buenas. Las malas, ya se encargaba el diablo de enmascararlas y, el hombre masa, que no es algo que sea cosa de ahora, tragaba el anzuelo con entusiasmo. 

Las palabras sirven para las matemáticas, que ahí sí que se sabe lo se está diciendo cuando se dice algo, y, también sirven para bavardear, lo que vendría a ser eso que algunos llaman metafísica. Desde luego que hay que reconocer que pocas cosas han ayudado más al hombre, y posiblemente a la mujer, a entretener sus ocios que la metafísica. Dar vueltas a las cosas con la ilusoria pretensión de encontrarles su significado real es algo con lo que nos sentimos inteligentes, lo cual, no está nada mal. Lo malo del asunto es que se nos suele ir la olla y acabamos creyendo que es lo que no es... que no por otra causa es que la historia de la humanidad sea, sobre todo, una sucesión de desmentidos. 

Y es que, ¡leches!, hasta con las matemáticas hay que andarse con cuidado. Dos intentos que he hecho esta mañana de buscar la demostración del teorema de Ptolomeo, me han resultado fallidos porque, en ambos casos, he encontrado pasos que no me han parecido suficientemente explicados. Y si me salto la comprensión de esos pasos, solo por confiar en el sacerdote que está oficiando, entonces, me convierto en un discapacitado que va por la vida dando tumbos. 

En fin, ya digo, siempre en guardia contra la docilidad. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Dóciles al prejuicio

Iba el otro día por una pista ciclable, como le dicen, y vi a lo lejos un numeroso rebaño de niños de, calculo, entre cuatro y siete años. Inmediatamente me apeé de la bicicleta y continué caminando. La profesora que abría la marcha y que llevaba un galgo sujeto con una correa, me dio las gracias tan efusivamente que me pareció como que me invitaba a decir la mía: cuando yo tenía esta edad, dije señalando a los niños, iba a la escuela del pueblo y el maestro siempre llevaba una palmeta debajo del sobaco. La profesora del perro hizo muchas risas, como si le hubiese encantado lo que yo había dicho y, luego, dijo: afortunadamente aquellos tiempos ya quedaron atrás. Entonces, me salió de dentro como si hubiese saltado un resorte: ¿está usted segura de que estos tiempos son mejores?; yo que usted, al menos lo dudaría. Me dio la impresión de que a la tía se le mudó el rostro. En cualquier caso, no chistó. 

Me fui de allí pensando en cómo se ha conseguido lavar el cerebro a la gente en general y a los maestros en particular. Para empezar, ¿qué coño hace la maestra con un perro? Claro, esto es algo que a la mayoría de la gente no solo le parece algo natural, sino, incluso, muy simpático y, por supuesto, recomendable, porque todo el mundo sabe que la empatía con los animales es de alto contenido pedagógico... la ciencia lo dice y yo no miento. ¡Otra de Anis del Mono!

Ortega diría: dóciles al prejuicio. Uno tiende a pensar que es cosa de los tiempos que corren, pero eso, supongo, también es un prejuicio muy querido, sobre todo, de los viejos. Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor; lo único que cambia de una época a otra es el tipo de necesidad por el que la gente está urgida. Da igual que la necesidad sea verdadera, comida, por ejemplo, o fingida, tener un perro o hacerse un tatuaje, porque el que la padece va a sufrir por igual hasta que la satisface. 

En cualquier caso, lo que cuenta es nuestra actitud ante la necesidad: saber o no saber postponerla. El que no sabe, está jodido. Y el que sabe, arrasa. A esos niños que parecen estar siendo educados para el disfrute por esas maestras con tanta literatura para chachas a sus espaldas, no les arriendo la ganancia. Y no es que lo diga yo, que un tal Gracián, ya va para cuatrocientos años, escribió un libro titulado El Criticón, solo para advertirnos que el que no sufre de niño lo tendrá que hacer multiplicado por cien de mayor. Pero, vamos a ver, ¿conocen ustedes a algún maestro de este país que se haya detenido a leer ese libro? No, ellos se han detenido a leer, en el mejor de los casos, a Freinet, Montessori, Rosa Sensat, y todas esas mariconadas que pretenden haber hallado la forma de eludir la madre de todas las reglas pedagógicas: la letra con sangre entra. 

En fin, bueno, por mí como si se la machacan. Siempre hubo libres y esclavos, dóciles e indóciles al prejuicio y, lo único que me interesa es saber, si es que eso es posible, de qué lado estoy yo y la gente que me interesa.

jueves, 28 de mayo de 2026

El triángulo

Recuerdo que de chaval no se me daban mal las matemáticas. En general, lo comprendía todo con bastante facilidad, pero nunca se me ocurrió ponerme a pensar lo que significaba todo aquello; era una cosa más de las que había que aprender y lo aprendía. Poco a poco, o quizá con bastante rapidez, se me fue olvidando todo... pero no del todo, como pude comprobar cuando a los sesenta y cinco años decidí contratar los servicios de una profesora de matemáticas que vivía en un pueblo cercano al mío. Estuve yendo por las mañanas, un par de días a la semana, durante año y pico, hasta que me di cuenta de que, poco más o menos, ya sabía lo que ya había sabido de joven y, quizá, un poco más. Entonces descubrí en internet la Khan Academy y hasta que no le pegué un par de vueltas a todos sus vídeos no paré. estuve un par de años disfrutado de lo lindo por el día y torturándome con pesadillas por la noche, porque no paraba de soñar con problemas a los que no encontraba la solución. Sin duda, estaba obsesionado. 

Lo que quiero decir con lo que acabo de contar es que, entre mi experiencia juvenil con las matemáticas y la que luego tuve de mayor, hubo una diferencia fundamental: la percepción de la belleza. Porque, pocas cosas, si es que algo, más bello ha salido de la mente humana que las matemáticas. Y no te digo, ya, aquel día que Galileo se subió a la torre de Pisa, dejó caer una piedra desde arriba y midió a la velocidad con la pasaba por cada piso; desde aquel momento, a la belleza se le añadió la utilidad, que es otra forma de belleza. 

La percepción de lo bello no es fácil. Por lo menos para mí nunca lo ha sido. De joven visitaba museos porque, supongo, quería diferenciarme de la masa, pero no recuerdo haber sacado nunca nada de aquellas visitas más que aburrimiento. Qué me iban a decir todos aquellos cuadros del Museo del Prado si ni siquiera había leído la Biblia, por no decir los cásicos griegos y latinos, ni nada de nada que no fuese mera evasión. Para mí la belleza era la naturaleza, de la que disfrutaba interactuando con ella... pescando truchas a mano y cosas así. Con la lectura disfruté mucho desde chaval, pero ya digo, porque me ayudaba a evadirme; tuve que recorrer mucho desierto antes de llegar a la tierra prometida de los clásicos, con los que ya, sí, empecé a reconocerme en lo que soy: un cúmulo de miserias y, acaso, alguna grandeza. 

En fin, sean como sean que fueren las cosas, lo que sí puedo asegurarles es que merodeando por las matemáticas no dejo de flipar. Me imagino la excitación de aquellos antiguos que iban descubriendo los misterios que encierran las más sencillas de las figuras geométricas, el triángulo sin ir más lejos. Si se paran a indagar toda la información que hay dentro de un triángulo alucinarán: el ortocentro, el baricentro, el circuncentro, el incentro y, para mayor regodeo, la recta de Euler que nos indica que todos esos centros pasan por una misma recta. Parece todo cosa de magia, pero no es más que el lenguaje con el que se expresa la naturaleza y que el ser humano ha ido desentrañando a golpe de entusiasmo y tesón. 

En fin, no sé a dónde quería llegar con estas reflexiones, pero, en cualquier caso, ya me he entretenido un rato. Ahora voy a ver si hago algo de gimnasia para desencarcarar el cuerpo, que llevo aquí dos horas sentado y lo siento como si fuese un leño medio podrido.  

miércoles, 27 de mayo de 2026

¡No se dejen engañar!

Me envían desde Kristiansand, Noruega, un documental en el que un tal Horace Parlam, músico de jazz danés, nos cuenta su vida y, de paso, nos hace una emotiva interpretación de la conocida pieza Deep River. No está mal para empezar el día detenerse un rato en una cosa así; seguro que te impregna de optimismo para unas cuantas horas en adelante. Y, eso, a palo seco, pero, si le añado el hallarme sumergido en la lectura de Ortega, entonces, ya, es como si echas más leña al fuego. Porque Horace es una historia de superación; de niño estuvo afectado de una poliomielitis que le dejó la mitad derecha del cuerpo malparada. Pero él quiso y pudo. Viéndole tocar con esa mano deforme me ha recordado a la no menos deforme mano, en este caso a causa del fuego, de Django Reinhardt; dos casos paradigmáticos de voluntad de poder o, si mejor quieren de triunfo del hombre sobre sus circunstancias.    

«Toda vida es la lucha, el esfuerzo por si misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática.» 

Es el insoslayable asunto de poner la vida a algo; da igual que sea glorioso o humilde, ilustre o trivial. Si no te entregas a algo con pasión caminas por la vida como un zombi. Como algo desvencijado, sin tensión. Es muy curioso como a sus veintipocos años nos describe Ortega lo que yo sólo he podido ver, en mí y a mí alrededor, en mi edad provecta: «Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida humana queda en absoluta franquicia para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo. Europa ha aflojado su presión sobre el mundo. Pero el resultado ha sido el contrario al que podía esperarse. Librada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone. Hoy es una cosa, mañana, otra, opuesta a la primera. Está perdida al encontrarse sola consigo. El egoísmo es laberíntico. Se comprende. Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a que pongo ésta y que, por lo mismo, está fuera de ella, más allá. Si me resuelvo a andar solo por dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte; doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en sí mismo, de puro no ser más que caminar dentro de sí.»

En fin, esas vidas que nos parecen admirables, precisamente, por su agonía. Vivir, diría yo, es agonizar. A María, mi amiga especial, no le hables de comprarse una bicicleta eléctrica. Ella, sin haberse seguramente parado a pensarlo, intuye que lo interesante de la bicicleta es su componente agónico; si se lo quitas con un motor, automáticamente te vuelves sobre tí mismo, sobre tu laberinto interior que, no te engañes, es tu infierno. Sí, ya sé que, de un tiempo a esta parte, de la sibilina mano del marxismo cultural, se impuso la moda de desprestigiar a la agonía llamándola masoquismo... ya saben, las tácticas del marxismo para envilecer el mundo, cambiar el sentido de las palabras. ¡No se dejen engañar!

martes, 26 de mayo de 2026

De mitos y héroes

 


Ayer tenía que hacer unas gestiones en el banco y a las nueve menos cuarto ya estaba en marcha para acabar cuanto antes con el engorro. Algo me extrañó al pisar la calle, pero seguí adelante. Al cabo de un rato, miré a mi alrededor y me dije que, dado el ambiente, tenía que ser fiesta. Se lo pregunté al único viandante que tenía a mano y me dijo que, efectivamente, era fiesta en Santander, así que me di media vuelta. Al llegar a casa, mire en el calendario del móvil y vi que era Lunes de Pentecostés, o sea, cincuenta días después del Domingo de Pascua, cuando se supone que Jesucristo resucitó. El caso es que, en tal día, el Lunes de Pentecostés, se levantó un viento muy fuerte acompañado de fuego que se fue a depositar en forma de llamitas encima de la cabeza de los apóstoles y de la Virgen María. Era el Espíritu Santo prometido por Jesucristo que por fin había llegado para proporcionar, 
entre otras cosas, a los apóstoles, y supongo que también a la Virgen, el don de lenguas. Así, como por arte de birli-birloque, sin necesidad de matarse a estudiar, aquellos señores, en adelante, pudieron predicar en el idioma del auditorio que les estuviese escuchando. Por así decirlo, algo parecido a esos aparatos que utilizan hoy día los turistas para entenderse por allí por donde van.  

Pero la fiesta no era por eso; era porque se celebraba a la Virgen del Mar, una de tantas que en su día se aparecieron, ya fuera a pastorcillos, ya a marineros en apuros. El caso es que, a ésta, que no sé a quién se le apareció, le hicieron una ermita encima de un acantilado al oeste de la ciudad, un lugar, sin duda, muy apropiado para dar consistencia al mito. Y así fue que, por iniciativa de algún obispo espabilado, supongo, un día proclamaron a esta Virgen patrona de la ciudad... y de ahí que ayer estuviese el banco cerrado. 

Estas anécdotas que les acabo de contar, en nada difieren de las que podría haber contado cualquiera de hace dos mil o cinco mil años. En lo de configurar nuestras costumbres colectivas en función de los mitos, la humanidad no ha evolucionado un ápice y, sospecho, nunca va a evolucionar. Es evidente que para poder sobrellevar este cúmulo de preocupaciones y sufrimientos que es la vida tenemos que huir de la realidad hacia el mito a plazo fijo, cada sí y cada no. Y supongo que es por eso por lo que las religiones no tienen precio, porque son el mecanismo que se encarga de la perpetuación del mito. Da igual que a la gente se le crucen de vez en cuando los cables y se ponga a matar curas y pegar tiros a los crucifijos; en el fondo, eso, como la blasfemia en general, no es más que una exaltación del mito a cotas delirantes. Luego todo se apacigua y se vuelve a por donde solía. 

Y por eso es que todo ese racionalismo, de Euclides para acá, del que tan orgullosos nos solemos sentir, a la postre solo ha servido para que inventemos ortopedias que al facilitarnos la vida nos deja mucho más tiempo libre. ¡Imagínense la tortura que sería ese tiempo libre sin el auxilio de los mitos para sortearle! Porque sortearle a base de voluntad de poder, eso, sólo los héroes pueden, como bien nos dejó claro el filósofo de turno. 

lunes, 25 de mayo de 2026

La máquina de follar

Tengo un vecino que es de mi pueblo y raro es el día que no me lo encuentro y echamos un pequeño parlamento. Anda por los noventa y tres y, a excepción de una cadera que tiene hecha migas, se defiende bien. El caso es que, comentemos lo que comentemos, el siempre acaba con alusiones al asunto que no tiene enmienda. Su mujer, que anda por los ochenta, ya no quiere, y, a él, no se le sube. Siempre hace lo mismo, mira y señala sus partes y dice con aires de desconsuelo: éste, con todos los gustos que le he dado y ahora me abandona. Desde luego que no es una excepción; en Salamanca, por razones que no vienen al caso, trabé conocimiento con un tal Sr. Tomas, por los ochenta y tantos, que siempre andaba por la Plaza Mayor, lo cual me obligaba a ser cauto cuando la atravesaba, porque, a nada que te descuidases, te pillaba, te ponía una mano sobre el hombro y te largaba un rollo sobre Unamuno, Ortega y, para rematar, lo complicado que se lo ponía su mujer, que, por cierto, tenía alzheimer, para hacer uso del matrimonio. Un día me pilló en la cola de la carnicería del supermercado, me puso la mano en hombro, y empezó a desgranar sus problemas sexuales; a los pocos minutos, el único que no le escuchaba era yo, el resto de la cola no perdía detalle e, incluso, el carnicero había dejado de cortar carne para poder escuchar mejor. En definitiva, el sexo es el asunto por antonomasia y, por eso, no hay mortal sobre la tierra que no viva obsesionado, en mayor o menor grado, por los problemas derivados de su manejo. 

Uno de mis autores preferidos, si no el que más, del siglo XX, es Bukowski. Uno de sus libros, una recopilación de cuentos, lo titularon La Máquina de Follar. Es todo sórdido, pero contado sin acritud y con bastante humor. Y lo más sórdido de lo sórdido es, claro está, el sexo mecanizado. Es un alivio momentáneo de las tensiones inherentes al no poder satisfacer ni siquiera las necesidades más elementales. Nada que ver, en cualquier caso, con el deseo de reproducción que todo bicho viviente, en principio, llevaría impreso en su ADN; no, es, simplemente, aprovecharse del mecanismo del que nos proveyó la naturaleza para incitarnos a procrear, tratando de conservar la parte placentera del proceso y evitando por todos los medios las consecuencias naturales... según Pessoa, nada tan degradante como tal proceder.

Pensaba en estas cosas anoche mientras leía las andanzas de Jacob cuando, por mandato de su padre Isaac, se fue hacia el oriente, a la casa de sus antepasados a buscar esposa. Se encontró a Raquel pastoreando las ovejas de Labán, su padre, hermano de Rebeca, madre de Jacob. Resumiendo, Jacob se queda prendado de Raquel y se la pide a su padre, pero como no tiene dinero para comprarla tendrá que trabajar para él siete años. Cumplidos los siete años llega la noche esperada y Labán, en vez de a Raquel le pone al lado a Lea, la hermana mayor de Raquel, y él se llegó a ella. Cuando se hizo de día, Jacob se dio cuenta del engaño y fue a protestar a su suegro; ningún problema, le dijo el suegro, estás una semana con Lea y, luego, sigues con Raquel, pero para eso tendrás que estar otros siete años trabajando para mí. Total, que Lea parió cuatro hijos, pero Raquel parecía estéril; esto, claro, producía unas tensiones tremendas entre las hermanas; entonces Raquel decidió que Jacob se llegase a Bilha, su sierva, para que diese a luz sobre sus rodillas y, así, poder tener hijos ella. Bilha, tuvo, uno, dos tres, cuatro, y Raquel andaba crecida porque su hermana Lea había dejado de ser fértil. Entonces Lea hizo con su sirvienta Zilpa lo mismo que Raquel había hecho con Bilha, se la dio a Jacob y Jacob se llegó a ella y le hizo unos cuantos hijos. Luego Dios escuchó a Raquel y la hizo concebir un hijo. Y Lea también tuvo más hijos. Y las siervas, también. Y Jacob se apeaba de una y se subía en otra y a todas las tenía contentas porque apuntaba certero: no parecía desperdiciar tiro. Y esa era la cuestión, siempre, claro, según nos cuenta la historia, que Jacob y sus mujeres, cuando follaban tenían la cabeza puesta en el éxito de la empresa; lo del placer sería, entonces, un mero trámite por el que había que pasar para conseguir el deseado objetivo. De hecho, el sueño de aquella gente era tener más hijos que estrellas hay en el cielo. 

En fin, que ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no le alumbre. Jacob, le quemaba y la gente de hoy día, por los menos por estos pagos, no le alumbra, de resultas de lo cual, estamos como estamos... todo el mundo quejándose de que nos están invadiendo. ¡Pues que esperábamos! ¡Como si a la naturaleza se la pudiera engañar! 

domingo, 24 de mayo de 2026

Y volver, volver, volver

Hace seis años, o así, decidí colgar la bicicleta. En realidad, nunca me pude perdonar esa decisión a la que me empeñaba en encontrar sentido sin conseguirlo nunca. Para más inri, siempre que veía por ahí a alguien en bicicleta, o sea, a todas las horas, me venían a la memoria las veces que he presumido, en estos blogs concretamente, de querer morir con las botas puestas. ¡Oye, si me caigo y me parto la crisma, pues Santas Pascuas! Una bonita forma de palmarla. Además, no es como el coche que puedes causar cualquier desgracia; con la bicicleta, lo más que puedes hacer a alguien es un moratón. El caso es que, hace un par de meses, ya no pude más de falsos razonamientos y decidí comprar on line una de esas plegables de Decathlon que, a causa, supongo, de eso que llaman economía de escala —las hay iguales a cientos circulando por la ciudad— resultó ser muy barata: apenas trecientos euros. Así es que de vez en cuando me voy a dar un paseo hasta cualquier parque de las afueras donde busco un banco donde poder concentrarme en la lectura del libro que tengo entre manos. Lo que sí he constatado es que, en seis años, los carriles bici han multiplicado por cien el uso que se hace de ellos; y no solo de bicicletas, sino, también, de esos patinetes eléctricos, que se han constituido en una verdadera plaga, y, eso, por no hablar de las sillas eléctricas para discapacitados que también quieren participar de la fiesta. En fin, cosas del progreso que le dicen. 

Ayer hacía un día de esos que, desde el punto de vista climatológico, podríamos haber calificado con un diez. Así que, hacia el mediodía, agarré la bicicleta y, con las paradas preceptivas, llegué al puerto deportivo de Raos. También allí parecía haberse multiplicado por cien su uso. ¡Dios mío, cuánto dinero tirado por el desagüe hay en ese tipo de puertos! El dichoso mito del entretenimiento, o incluso el disfrute, por el cómodo procedimiento de pasar antes por taquilla: todo se puede comprar con dinero, sobre todo si no te has parado a leer el Libro de la Sabiduría, en fin, ¡y qué le vamos a hacer! 

Todo aquello me sugirió lúgubres pensamientos. Andaban por allí, como por todos los lados, grupos de hispanos mirando, sin duda con esa sana envidia hija del deseo, aquellos barcos muertos de risa. Esa pobre gente que aspira a integrarse haciendo las mismas imbecilidades que hacen los nativos del lugar al que han venido. De momento, ya casi todos se han comprado el preceptivo perrito para poder recoger cacas por la calle como cualquier hijo de vecino. Desde luego que esa milonga que se han inventado de que los emigrantes vienen a realizar el trabajo que no quieren hacer los nativos y, de paso, a contribuir a pagar las pensiones, es una majadería sin paliativos. A esa gente la incitan a venir porque saben que la gente recién salida de la miseria, en una primera fase, se convierten en furibundos consumistas. Y este sistema político, que llaman capitalista, pero que en absoluto lo es, basa su estabilidad a corto plazo en el consumo a ultranza. Consumo, por supuesto, de bienes materiales, que, de los espirituales, por así decirlo, como si no existiesen, dado que solo aportan al producto interior bruto a largo plazo y, eso, con esta lógica donjuanesca del ¡cuán largo me lo fiais! que rige el mundo, no sirve en absoluto para colocarse en los primeros puestos del ranking de felicidad de los pueblos de la tierra. 

En fin, oye, tú, lo que sea, que pal caso nunca va a ser nada nuevo bajo las estrellas. Lo que para mi cuenta es que, en poco más de media docena de veces que he agarrado la bicicleta, ya empiezo a sentir que es como si nunca la hubiese dejado, es decir, que es como si fuese una prolongación de mi cuerpo. Bueno, no sé, quizá es que me esté confiando demasiado de tanto leer lo de Abrahan y toda aquella gente que, a mi edad, era como si todavía no hubiesen empezado a vivir. 

sábado, 23 de mayo de 2026

El castañazo

Me he enterado de que a aquel presidente de gobierno un tanto tontorrón que tuvimos hace unos años le han pescado con las manos en la masa, de resultas de lo cual se le ha echado encima todo el sistema judicial. ¡Pobre hombre, lo que estará pasando! Me gustaba el tipo, porque no escondía lo que era como hacen la mayoría de los políticos: era socialista y blasonaba de ello. Un día, le escuché, como al tresbolillo, decir una frase antológica para autodefinirse: un socialista es, dijo, una persona que tiene poco y da mucho. No me digan que no es genial. Claro que, lo que no aclaró, valga la aliteración, fue de dónde saca el socialista para tanto como destaca dando... porque si no tiene y da, entonces, tiene que haber gato encerrado. Pero, en fin, no vamos a entrar ahora en disquisiciones de tipo crematístico. 

A donde quería llegar es a lo de estar convencido de que tus propias convicciones son las más correctas del mercado y, por ello, te sientes en la obligación de ir por ahí, no solo proclamándolas, sino blasonando de ellas. Hay que ser muy valiente, pero, sobre todo, tonto del culo a rabiar. ¿cómo puede una persona con dos neuronas no poner continuamente en cuestión sus propias convicciones? Incluso, ¿cómo puede tenerlas, más allá de la de que Dios existe y el bicarbonato es milagroso? 

El caso es que el mentado presidente, por lo visto, de la miseria más absoluta, ha pasado a tener un patrimonio considerable. Imagínense: si no teniendo, da mucho, ¿cuánto estará dando ahora que tiene? Supongo que, no mucho, sino muchísimo... a manos llenas, como se suele decir, a sus amadas hijas, claro está. Ya ven, remedando el título de este blog, aquí tienen un ejemplo de libro de la persona que mira la berza y coge el tocino. Tiene un corazón como la copa de un pino, pero también es humano y sabe que la berza alimenta poco; por contra, el tocino... aunque bien es verdad que sube el colesterol y puedes acabar como al paracer ha acabado él, sin poder dormir. 

En fin, ya digo, un pobre hombre que, sin embargo, fue enormemente útil a la patria, cualquier cosa que eso sea, porque su trasparencia hizo ver a mucha gente, de una vez por todas, en que consiste este invento por el que el mundo se está rigiendo de hace un siglo para acá; digamos que los que le precedieron tenían una especial habilidad para dar el pego, pero llegó él, y como si fuese un mesías, puso las cartas boca arriba. Entonces, el que quiso pudo ver con claridad meridiana que socialistas son absolutamente todos los políticos... de todo el arco parlamentario, como se suele decir: todos dan mucha berza; todos se quedan con el tocino. 

¿Y qué más quieren que les diga? Que no hay nada en este mundo que no acabe cayendo por su propio peso. Eso ya lo sabían los más antiguos pobladores del planeta y, años después, un tipo llamado Galileo demostró que, no solo cae, sino que lo hace con una aceleración de 9,8 metros por segundo al cuadrado. Ahora le tocó caer a ese pobre hombre y muchos esperan que se pegue un buen castañazo. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Incontestable

 


Uno se cansa de hacer tanta metafísica, que no es otra cosa que pajeo mental y, de vez en cuando, para descansar, el cuerpo pide un poco certeza física. Miren este bonito problema que les propongo. Sabiendo la longitud de la cuerda AM de la circunferencia grande, te piden que averigües —averígüelo Vargas— la longitud, x, de la cuerda NQ de la circunferencia pequeña. Para un profano en la materia parecerá un empeño imposible, pero cualquier aficionado a este tipo de juegos del espíritu de inmediato se da cuenta de que hay ahí muchos más datos que el de la longitud de la cuerda AM. Hay dos tangentes y una secante compartidas por las dos circunferencias. De inmediato te acuerdas del teorema de las tangentes que confluyen en un punto y deduces que AB es igual a PQ. Después, te das cuenta de que, para cada circunferencia, hay una tangente y una secante que confluyen en un punto exterior a las circunferencias: es un teorema elemental que se demuestra echando mano de otro teorema, el del ángulo semiinscrito. En definitiva, tienes una multitud de datos que utilizados ordenadamente hacen que la solución del problema esté chupada. 

Lo bonito del caso es que, a lo que, a primera vista, o mejor dicho, a ojos de profano, parece un galimatías irresoluble, tú le puedes dar una respuesta incontestable. Y es que, para razonar, has utilizado premisas que nadie puede poner en duda. ¿Cuándo es eso posible fuera del campo de las matemáticas? La respuesta es: nunca. Sin embargo, como dice el filósofo, somos víctimas de una imperiosa necesidad metafísica; no por otro motivo es que nos pasemos la vida intentando encontrar el porqué de las cosas y, para aliviar nuestra angustia, muchas veces damos en creer que ya tenemos la respuesta, pero es una ilusión. La prueba de ello es que la inmensa mayoría de esas respuestas a los cuatro días ya no te sirven y las cambias por otras que te parecen las verdaderas. Y, después de otros cuatro días, vuelves a las mismas. Y así toda la vida en una sucesión infinita de hallazgos y decepciones. El no poder saber es el dolor del mundo y el creer que has dado con la respuesta adecuada es el consuelo de los tontos que todos somos cuando no hacemos matemáticas.

Así son las cosas, que no es que lo diga yo, que ya Sócrates lo dijo hace dos mil quinientos años, que sólo sabía que no sabía nada. Por eso no creo que pueda haber nada más reconfortante para el espíritu que la gimnasia matemática: te pones delante de un problema con la certeza de que tiene una solución exacta; la puedes encontrar en dos patadas o puedes estar dos horas devanándote los sesos, pero siempre saldrás del trance renovado. En fin, por decir algo. 

jueves, 21 de mayo de 2026

¡Detente Abraham!

Comentábamos esta mañana a propósito de lo que escribí ayer sobre la literatura realista del siglo XIX. Me decía Jacobo que esa literatura tenía una función desintoxicadora respecto de la literatura romántica precedente. Emma Bovary es un Don Quijote que de tanto leer ese tipo de literatura acaba por creerse que esa es la realidad y se determina a vivir por sí misma esas emociones que ha leído en los libros. Seguro que en su momento fue pedagógico, me seguía diciendo Jacobo, pero, ¿conocían Flaubert, Stendal, y demás, el Genji Monogatari? Evidentemente no, porque la primera traducción a una lengua occidental es de los años veinte del siglo pasado. Mil años atrás, una japonesa ya había escrito ese tipo de literatura: una descripción pormenorizada y fatigante de los pequeños sucesos de la realidad cotidiana... a ver si me puedo follar a esta, a ver si puedo pillar a este, esas vulgaridades que constituyen la parte del león de las preocupaciones de las mentes ociosas; folletines moralizantes, o sea, la cuadratura del círculo: esas aventuras son las que yo quisiera para mí, pero me contengo porque mira cómo acaban. Catequesis de barrio pobre, en definitiva. 

Pero, bueno, dejando a un lado la ramplonería realista vayamos al delirio poético: anoche me tocó ese pasaje de la Biblia en el que Jehová le ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. El hijo que tuvo a los cien años después de que Jehová visitase a su mujer Sara que también rondaba los cien. O sea, después de todo lo que le ha costado tener ese hijo, le pide Jehová que lo sacrifique y no lo duda. ¿Cómo se come eso? Es que, además, tal como está relatado, parece que hay una cierta fruición en la preparación del sacrificio. Deja a los criados atrás y carga sobre las espaldas de Isaac la leña sobre la que tiene pensado quemarle. Y el pobre Isaac preguntando que dónde está el cordero que van a sacrificar. No te preocupes, le contesta el padre, que ya nos proporcionará una Jehová. Bueno, ya saben que, en el último momento, cuando ya estaba el cuchillo levantado sobre el cuello de Isaac, que, por cierto, estaba atado sobre el hato de leña que el mismo había subido sobre sus espaldas, en ese último instante, digo, aparece un ángel y le ordena que pare, y Abraham mira para atrás y ve entre los matojos un cordero que les ha colocado allí Jehová para que lo coma en amor y compañía con el mismo al que hace un momento ha estado en un tris de matar, o sea, que nada personal. Es una historia que tiene muchas concomitancias con la de Ifigenia, cuando su padre Agamenon la quiso sacrificar para que el dios Eolo diese vientos favorables a la flota griega para llegarse hasta Troya; en el último instante, la diosa Diana da el cambiazo de Ifigenia por un cervatillo. 

Es muy curiosa esta cuestión de ofrecer a los hijos en sacrificio. La literatura clásica está llena de ejemplos. Unas veces, la de Ifigenia, como expiación de culpas y, otras, la de Isaac, como por deporte, para ver hasta dónde se puede llegar. ¿Qué había hecho Abraham para que Jehová le pidiese semejante monstruosidad? Pues, al parecer nada. Simplemente que, Jehová, como un remedo del curioso impertinente que aparece en el Quijote, quiere comprobar hasta dónde llega la lealtad de Abraham. Claro, Jehová está muy seguro de que nada le puede salir mal, lo cual ya es como para hacérselo mirar. Así son las cosas de las religiones, una acumulación de imposibles metafísicos. Y luego va la gente y se lo cree y pasa lo que pasa. Pero a lo que iba, a lo de la facilidad, y frialdad, para sacrificar a los hijos en aras de un ideal. Es como si para eso fuese para lo que se tienen, para que los hijos mueran para así conseguir el ideal que los padres fueron incapaces de alcanzar. No sé, pero, en cualquier caso, esto de Abraham e Isaac es como para alquilar sillas —lloguer cadiras, que diría un catalán—, porque, a pie firme no hay quien lo pueda aguantar. Recuerdo que de niños solíamos decir: ¡Detente Abraham, que pisas mierda! Ya ven cómo son los niños. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Realismo y poesía

Ortega le augura muy poco recorrido a la novela del siglo XIX. Efectivamente, ni ciego de grifa me pondría hoy día a leer Madame Bovary. ¿Qué de interesante puede tener una pueblerina que lee novelas de Corin Tellado y le pone los cuernos a su marido? Como telenovela para porteras, puede estar bien. El realismo es aburridísimo; no sugiere nada. Por así decirlo, carece de poesía. Para qué necesitas que te lo cuenten si lo puedes comprobar por ti mismo con solo levantar la vista del libro y ponerte a mirar a tu alrededor. La literatura realista, está inspirada mayormente por el rencor, motor de todas las ideologías triunfantes en el siglo XX. Piensa en ti, que fuiste progre y pregúntate por qué lo eras y por qué te gustaban tanto aquellas novelas que ponían al descubierto la mugre de la sociedad, mugre de la que tú pretendías no participar. Tú eras bueno y estabas dispuesto a entregar tu libertad a cualquiera que fuese que venía con promesas de limpiar aquella mugre. En fin, de aquellos polvos, estos lodos. 

Anoche, como todas las noches, eché mano de la Biblia y me entretuve un rato con lo de Abraham. Ahí sí que hay material para darle vueltas y nunca acabar de entender de qué va el asunto; cada vez que lo lees, sacas nuevas conclusiones. Yo me le imagino como uno de esos bereberes que van por el desierto con las cabras y plantan su tienda en cualquier lugar en el que haya cuatro cardos borriqueros. Todo el día guareciéndose del sol y con las mujeres por allí alrededor poniéndose en la postura idónea como hacía aquella Justine que nos cuenta el marqués de Sade. Así que, claro, con aquella higiene que no conocía el agua, debía tener la polla hecha un asco y no hacía más que darle vueltas al asunto de cómo solucionar aquello. Entonces fue cuando se le apareció Dios y le dijo: eso que te pasa es porque tienes ahí un pellejo que no sirve para otra cosa que para que se acumule en él la suciedad que lo pudre todo; córtatelo y verás cómo mejora la cosa. Entonces, Abraham, cogió, agarró, y dijo: que vengan aquí todos los hombres, niños incluidos, de la tribu y que saquen la polla. Y con un cuchillo muy bien afilado que tenía les fue cortando aquel pellejo innecesario que colgaba del extremo del aparato de dar gusto. Supongo que a unos cuantos se les infectaría la herida, e incluso más de uno la palmaría, pero, en general, los efectos beneficiosos no se harían esperar; sin pellejo, la higiene es mucho más fácil. 

El caso es que, cuando Abrahan tuvo estas conversaciones con Dios, andaba por los noventa y nueve, lo cual, no era óbice ni cortapisa para que le siguiese dando al asunto con Sara, su mujer, y con quien quiera que fuese que se ponía a tiro, porque, todo lo que fuese tener hijos, bienvenido sea. De resultas de lo cual, Sara, que también rondaba el siglo, quedó preñada del que luego sería Isaac, al que, por supuesto, a los ocho días de nacer, como había mandado Dios, le cortaron el pellejo sobrante. Y esa es la cuestión interesante, que, de entonces para acá, a todos los supuestos descendientes de Abraham les cortan el pellejo a los ocho días de nacer. No importa que ya no haya problemas de higiene, ni, tampoco, que ya no sea costumbre guarecerse del sol del desierto bajo la tienda rodeado de mujeres siempre en la posición idónea. Es solo por tradición y, también, por diferenciarse, o sea, majadería sobre majadería, porque no es una operación exenta de riesgos a la vez que muy dolorosa. Pero, en fin, ellos sabrán por qué insisten. 

Resumiendo, lo de Abrahan da para empezar y no acabar nunca de maquinar historias; es lo que tiene el lenguaje poético, simbólico o como le quieran llamar, que reescribes el texto cada vez que lo lees. Por así decirlo, te dan una indicación orientativa que tu luego utilizas para ir a donde quieras. Sin embargo, con Madame Bobary, cuando lo lees, ya has comprado todo el pescado; no hay nada más que puedas imaginar. 

martes, 19 de mayo de 2026

Vivir por delegación

En mis paseos por YouTube, ayer caí sobre un titular que decía: el PP cumple con ocho de los diez principios del manifiesto comunista. Ahí lo dejé y me puse con un problema de Matemáticas con Juan que era lo que realmente andaba buscando. El video que les he mentado era de Miguel Anxo Bastos, el difusor por antonomasia del evangelio anarcocapitalista en España: trabajo duro, ahorro e inversión. Antaño, en ocasiones, escuchaba a ese señor, pero desde que leí a Murray Rothbard paso de él porque pienso que hay pocas cosas más peligrosas que escuchar a alguien que no hace más que confirmarte en tus convicciones. Lo que necesitamos todos para espabilar es escuchar a quienes nos desmienten... pero esta es otra historia que voy a dejar de lado por el momento. 

Les traigo a colación esto de los ocho puntos del manifiesto comunista que cumple la ideología del PP porque me parece una especie de prueba del nueve de la inocencia, o ignorancia, con la que el hombre masa, que diría Ortega, habla de política. Hay por ahí una de tantas teorías sobre los mecanismos de la historia que sostiene que, por lo general, el que gana en el campo de batalla pierde en el terreno de las ideas. Pues bien, esta teoría le viene al franquismo como anillo al dedo: derrotó a los comunistas en el campo de batalla, pero solo para apoderarse de sus ideas e imponerlas, de una forma más civilizada, sin duda, de como las hubiesen impuesto los derrotados si hubieran sido los ganadores. Como decía, ocho puntos: partido único, sanidad pública, enseñanza pública, banco cental, pensiones de reparto, industria pesada pública, servicio nacional del trigo y, lo más sibilino, la Iglesia como soporte ideológico de todo el tinglado. Y la pequeña porción que dejó a la iniciativa privada, siempre estaba entreverada de intervención pública; era difícil montar un negocio de fuste sin haber previamente obtenido una concesión pública. 

Y mientras tanto, la gente está feliz porque ya se derrotó al franquismo y se puede uno apuntar a ser de derechas o izquierdas. Pues bien, es tanta la imbecilidad que hay en esa distinción que sería para morirse de risa si no fuese porque el invento nos está llevando a la ruina. Les voy a decir en que consiste lo de derecha e izquierda en España: solo y exclusivamente a la identificación sentimental con los que ganaron o perdieron la guerra civil de hace ya noventa años. Por lo demás, en lo que hace a ideología política, los dos partidos que se reparten el pastel desde que dicen que cambió el régimen, se parecen como dos gotas de agua: los dos son herederos por igual de aquello que se llamaba movimiento nacional. Bien es verdad que para despistar utilizan diferencias irrelevantes a las que se agarran y magnifican para seguir chupando de la piragua sin que el hombre masa se percate del truco. 

Yo, claro, respeto mucho al señor Miguel Anxo Bastos, pero, sinceramente, estoy convencido de que a sus predicamentos se los lleva el viento como si fuesen lo que cagó María Sarmiento. En lo único que confío algo es en los tipos del estilo de Clint Eastwood o Charles Bronson cuya filosofía política se puede condensar en una breve frase: que nadie me toque los cojones. Vendrían a ser, estos, apóstoles del orden espontáneo, lo único que a mi juicio, y al de Dios si nos atenemos a las enseñanzas de la Biblia, puede proporcionar al ser humano un cierto equilibro mental para sobrellevar la vida con algo de dignidad... porque esa es la cuestión, que este sistema comunista en el que estamos instalados basa su poderío en que nos convierte desde la cuna en seres indignos  que están esperando a que el equipo de futbol, o de lo que sea, de su ciudad gane un partido de liga para poder tener una emoción por delegación... en esto es en lo que estamos: todo lo que tenemos, o sentimos, es por delegación, o sea, porque otro, el Estado, nos autoriza.  

En fin, esperemos que algún día a la gente le dé por hacerse con metralletas y cartuchos de dinamita y se ponga a matar funcionarios y volar delegaciones de hacienda... porque de no ser así no hay salvación posible. 

lunes, 18 de mayo de 2026

La Novia de España







Mis hijas estudiaron la carrera de piano. Yo siempre quise que estudiasen música porque lo consideraba algo muy especial en la formación de una persona. Pero no pensé nunca que se fuesen a dedicar a la música como profesión. De hecho, con la carrera de piano ya avanzada, acabaron el bachillerato y una de ellas se matriculó en filología hispánica en Salamanca e hizo el primer curso a la vez que seguía con el piano. La otra andaba por entonces en los EEUU. Al año siguiente, decidieron que se querían dedicar a la música y, aunque me asaltaron serias dudas al respecto, no dije nada. Acabaron la carrera y andaban por ahí haciendo el chisgaravís. Se veía de lejos que no tenían cualidades para salir adelante en ese campo. Eran demasiado mundanas para una profesión que exige un ascetismo extremo. Como andaban dando el coñazo con sus pontificaciones, y ya tenían veintidos años o así, les dije que me hablasen de sus convicciones cuando fuesen independientes. Entonces decidieron irse a Londres a buscarse la vida. Una de ellas, incluso hizo allí un master en la materia, pero después de mucho duro trabajo en la hostería, y cosas así, para sobrevivir, me dijeron que no pensaban dedicarse a la música. Se pusieron a dar clases de español y se matricularon en la universidad para hacer una carrera relacionada con la lengua. La sacaron en tres años con una facilidad sorprendente mientras se ganaban la vida     dando clases y cualquier otro trabajillo que les saliese. Con la carrera ya acabada, se dedicaron en exclusiva a la enseñanza sin dejar por ello de hacer cursos por aquí y por allá. Y, no sé, porque nunca me cuentan sus problemas, pero mi impresión es que se han desenvuelto bastante bien en esa profesión. Cambian de trabajo con frecuencia, ya para mejorar su estatus, ya porque en la variedad está el gusto. Yo las veo como con una cierta facilidad para vivir y quiero pensar que en ello ha tenido que ver la disciplina y esfuerzo que tuvieron que hacer en su infancia y juventud para estudiar música. 

Yo comprendo que hay gente que está dotada por la naturaleza para la música. Gente que aprende con más facilidad de lo que es normal. Pero, así todo, me produce un cierto repelús el pensar en esas vidas centradas en una sola materia que lo absorbe todo. Claro que eso es igual que en todas las profesiones; en la mía, la mayoría de los colegas que he tratado, si les sacas de lo suyo, los tienes que mandar al cotolengo. Pienso que una profesión que no deja espacio para expandir el conocimiento a otras materias, es una cárcel. o una esclavitud. Esa autolimitación a una materia con la finalidad de sobresalir en ella, lo considero una especie de suicidio espiritual. La superespecialización es un empobrecimiento personal y, por ende, del mundo. 

Por todo esto es por lo que pienso que se debiera nombrar novia de España a Mabel Millán. Ella es una guitarrista de élite, pero eso no la impidió hacer su carrera de derecho y luego opositar a fiscal, profesión que en la actualidad alterna con la de concertista. Y, para colmo, tiene un palmito, que, aunque hoy día sea peligroso mentarlo, a efectos de atractivo, le añade unos cuantos enteros. En fin, lo que quiero decir es que, no es necesario llegar a tanto; pero sí pienso que lo es el añadir a cualquier profesión una actividad artística por la cosa de que es la mejor manera para enriquecer el espíritu con una mejor comprensión de la naturaleza humana y del mundo en general. Por así decirlo, el que sabe música, o sabe pintar, o cualquier cosa que le haya exigido disciplina y constancia, tiene un tesoro inapreciable. Esto es algo que se sabe desde la noche de los tiempos. De hecho, uno de los libros de que se compone la Biblia, el de la Sabiduría, trata de eso, de la riqueza que supone el saber; ninguna otra se le puede comparar. Personalmente, no hay nada que me ponga más ufano que agarrar la guitarra y ponerme a tocar cualquier cosa, por ejemplo el allegro solemne de La Catedral de Barrios Mangore... de repente, vuelvo a la realidad y me digo, ¿pero yo soy capaz de hacer esto? La verdad es que me tengo que pellizcar para comprobar si estoy despierto.  

domingo, 17 de mayo de 2026

¡Bendito aburrimiento!

Domingo de mayo, nubes y claros, viento del noroeste fresco, se esperan chubascos ocasionales. Estamos ya en la cola del clásico temporal del noroeste... en cualquier caso, un tiempo muy apropiado para guardar el precepto dominical de no hacer otra cosa que tocarse las bolas. 

Yo me las toco mientras escucho a mis guitarristas preferidos que debido a la magia de los algoritmos de YouTube se suceden uno tras otro sin que yo tenga que hacer nada. Ayer, por cierto, se paró el concierto y fui a la pantalla a ver qué pasaba; había allí un anuncio que decía: gracias a nuestros algoritmos conocemos tus gustos; apúntate a Premium y por muy poco dinero podrás escuchar la música sin anuncios. La verdad es que eso de Premium solo cuesta un par de euros al mes, pero no es por el dinero, es la cosa de poner un eslabón más a la cadena de compromisos prescindibles... y, total, para evitar un anuncio que aparece de Pascuas a Ramos. 

Pero a lo que iba, a lo del precepto dominical; en pocas cosas les insiste más Yahvé a los judíos que en la necesidad de guardar ese precepto de tocarse las bolas o, si mejor quieren, de aburrirse, un día cada siete. Desde mi anciana perspectiva, pienso que pocas exigencias más inteligentes que esa puso Yahvé a su pueblo elegido. Recuerdo ahora, cuánta frustración, con su secuela de resentimiento, no acumulé yo en aquellos fines de semana en los que salía corriendo como un poseso para sacarles todo el jugo a las pasiones más animalescas. Así, si el miserable trabajo que hacía en el hospital me embrutecía, la diversión de los fines de semana, ya, ni te digo. 

En fin, no es cuestión de lamentarse por lo que ahora me parecen errores del pasado, es, simplemente, darse cuenta de lo poca cosa que es uno cuando se deja llevar por la corriente. Al fin y al cabo, todos aspiramos a ser algo héroe porque es la única forma de sentir que eres algo. Y es que «cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente los que quieren, sino él mismo». ¿Quise yo alguna vez hacer lo que hacía o estaba haciendo lo que otros querían?

Claro, si hubiese parado alguna vez mi permanente huida de mí mismo y hubiese dejado que el aburrimiento se hubiera instalado en mí de forma natural, a lo mejor, digo yo, hubiese acabado por utilizar la cabeza para lo que realmente nos la puso la naturaleza, para que piense por sí misma. De eso, supongo, es de lo que se dio cuenta Yahvé, de que, sin aburrimiento a plazo fijo, no hay forma de constituirse como individuo... o héroe. De ahí que se le ocurriese lo del precepto dominical. ¡Bendito aburrimiento!

sábado, 16 de mayo de 2026

El Genji y el Quijote

Comentábamos esta mañana a propósito de la novela japonesa Genji Monogatari. No mucho después de haberse ido Jacobo a vivir a Japón me mandó el libro de Edwin Oldfather Reischauer: Japón: Historia de una Nación. Yo se lo recomendaría —ya está traducido al español— a cualquiera que quiera hablar con algún conocimiento de causa sobre ese país, más allá de las cuatro patochadas que aporta el turismo o los videos de YouTube. Por supuesto que Reischauer se detiene un buen rato, como no podría ser de otra manera, en la literatura. ¿Cómo entender una sociedad sin conocer su literatura? Curiosamente, el Japón de hace mil años tiene, entre otras, dos obras literarias que, a mi juicio, se adelantan en unos cuantos siglos a la literatura occidental: Genji Monogatari y El Libro de la Almohada. Como por entonces iba bastante a Londres aproveché para comprar el Genji. Lei las cien o doscientas primeras páginas y empezó a cansarme, pero, de entrada, aluciné; decidí retomarlo más adelante, pero nunca lo hice. Está escrito por una cortesana y relata la vida en la corte. En definitiva, en la corte japonesa, como en la de los reyes hebreos que relata la Biblia, otra cosa no, pero follar, eso, a destajo. ¡Dios mío, lo que han podido llegar a follar los reyes! No sé si todos, pero la mayoría, seguro que sí... seguramente, no hay nada como esa lascivia desatada para expresar la decadencia.  

El caso es ese, que los japoneses hace ya mil años que, de alguna manera, se vencieron a sí mismos haciendo el relato pormenorizado, descarnado, digamos que psicológico, de su decadencia. Los occidentales tuvieron que esperar al renacimiento para alcanzar esas cotas, si es que las alcanzaron, que lo dudo. Y todo eso, supongo, es en donde está la raíz de las diferencias que, según cuentan, hay entre aquella y esta sociedad. Una sociedad, como una persona, evoluciona en la medida que se autoanaliza, que es para lo que, pienso, sirve la literatura... no toda, por cierto, que la que es para chachas, más que para autoanalizarse sirve para afianzarse en las propias miserias espirituales. Pero, bueno, en fin, ¡y qué le vamos a hacer!

El que leí de cabo a rabo, que también me lo mando Jacobo en la edición inglesa de Penguin, fue The Pillow Book. Ya dediqué en este blog algunas entradas a comentarlo. Escrito también por una cortesana, para mí podría ser el libro por antonomasia de la feminidad que no del feminismo. Por eso se lo di a mis nietas, que son inglesas y andan por los veinte, para que tengan algún tipo de contrapunto al discurso imperante. En fin, vete a saber si lo leerán y, en tal caso, que sacarán de su lectura. 

En resumidas cuentas, una sociedad es lo que es en función de su literatura y lo que se lee esa literatura. Me gusta imaginar lo que podría ser este país si a la gente del común le diese por leer y leer y leer, el Quijote. Nadie en Occidente nos llegaría a la suela de los zapatos, lo mismo que ningún otro libro producido en Occidente le llega al Quijote.

viernes, 15 de mayo de 2026

La noche de los tiempos

Siguiendo con el tema de somiar truites, una cuestión a la que nunca será suficiente la atención que le prestemos dada la irreprimible tendencia que tenemos los humanos a caer en ese, no sé si vicio o, simplemente, carencia constitutiva. Pero, en fin, vayamos a la prosa, no por alambicada menos precisa, de Ortega:

«Sobre la línea del horizonte en esas puestas de sol inyectadas de sangre —como si una vena del firmamento hubiera sido punzada— levántanse los molinos harineros de Criptana y hacen al ocaso sus aspavientos. Estos molinos tienen un sentido: como "sentido" estos molinos son gigantes. Verdad es que Don Quijote no anda en su juicio. Pero el problema no queda resuelto porque se declare a Don Quijote demente. Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá siendo normal en la humanidad. Bien que estos gigantes no lo sean; pero... ¿y los otros?, quiero decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el hombre los gigantes? Porque ni los hubo ni los hay en realidad. Fuere como fuere, la ocasión en que el hombre pensó por primera vez los gigantes no se diferencia en nada esencial de esta escena cervantina. Siempre se trataría de una cosa que no era gigante, pero que mirada desde su vertiente ideal tendía a hacerse gigante. En las aspas giratorias de estos molinos hay una alusión hacia unos brazos briareos. Si obedecemos al impulso de esa alusión y nos dejamos ir según la curva allí anunciada, llegaremos al gigante.»

Para el que no lo sepa, recordaré que Briareo fue uno de los titanes que se puso del lado de los dioses telúricos en la lucha en que estos fueron derrotados por los dioses olímpicos. De resultas de lo cual los olímpicos castigaron a Briareo a vivir dentro del Etna. Y por eso es que, cuando a Briareo le pican las pulgas, el Etna echa fuego por su boca. 

Ya ven, el ser humano ha tenido, desde la noche de los tiempos, explicaciones coherentes para todos los fenómenos de la naturaleza. Y siempre una explicación vino con aires de superioridad para descabalgar a la precedente. Y siempre, también, el conjunto de la humanidad creyó a pies juntillas en la nueva explicación... y en ello es en lo que estamos, pensando que ya hemos llegado al fondo de los enigmas —lo cuántico y toda esa mandanga—, con lo cual vendríamos a ser los nuevos Briareos que una vez más se ponen del lado de los dioses telúricos para ser derrotados. 

Concluyendo, según como se mire, los humanos seguimos, poco más o menos, en donde estábamos en la noche de los tiempos, es decir, somiant truites... esa es nuestra única realidad.  

jueves, 14 de mayo de 2026

Somiant truites

Hace ya muchos años, más de cuarenta, lei un libro, del que no recuerdo nombre ni autor, que me impactó bastante; se trataba de la evolución del conocimiento desde las cavernas hasta nuestros días. En definitiva, de cómo los humanos habíamos ido robando fuego a los dioses en el inútil intento de querer parecernos a lo que suponemos que son ellos... bueno, esto lo digo yo que no el libro, que tampoco mencionaba los sufrimientos que hemos tenido, y tenemos, que padecer a causa de la muy difícil gestión de todo ese fuego robado. Me vino todo esto a la memoria a propósito de un párrafo de las Meditaciones del Quijote:

«LA REALIDAD, FERMENTO DEL MITO

La nueva poesía que ejerce Cervantes no puede ser de tan sencilla contextura como la griega y la medieval. Cervantes mira el mundo desde la cumbre del Renacimiento. El Renacimiento ha apretado un poco más las cosas: es una superación integral de la antigua sensibilidad. Galileo da una severa policía al universo con su física. Un nuevo régimen ha comenzado; todo anda más dentro de la horma. En el nuevo orden de cosas las aventuras son imposibles. No va a tardar en declarar Leibniz que la simple posibilidad carece por completo de vigor, que solo es posible lo compossibile, es decir, lo que se halle en estrecha conexión con las leyes naturales. De este modo lo posible, que en el mito, en el milagro, afirma una arisca independencia, queda infartado en lo real, como la aventura en el verismo de Cervantes.»

En aquel libro que les mentaba, se dejaba claro que si hay un momento que marque un antes y un después en la historia de la humanidad ese es el día en el que un tipo llamado Galileo se quedó absorto contemplando un objeto que oscilaba atado en el extremo de una cuerda. Se puso a investigar y pudo comprobar, contrastándolo con los latidos de su corazón, que si cambiaba la amplitud de la oscilación daba igual: el tiempo siempre era el mismo. Acababa de inventar la ley del péndulo y, con ello, la posibilidad de medir el tiempo con exactitud, o sea, justo lo que se le había venido escapando a la humanidad desde la noche de los tiempos. A partir de ese momento ya se podría relacionar con números el tiempo y el espacio, las dos magnitudes que constituyen nuestra realidad: había inventado la física y, para demostrarlo, se subió a lo alto de la torre de Pisa no sin antes haber puesto un observador con un péndulo frente a la ventana de cada piso. Dejó caer una piedra desde lo alto y mando a los observadores que midiesen el tiempo preciso al pasar por cada ventana de cada piso. Entonces, comprobó que cuanto más abajo estaba la ventana más rápido pasaba la piedra. Había descubierto que los cuerpos al caer sufren una aceleración al aproximarse a suelo. A partir de ahí ya vino una verdadera orgía de poner números a los fenómenos naturales. Y, a los fenómenos que no se les podía poner números, era, sencillamente, porque todavía no se había dado con el procedimiento para hacerlo. Digamos que se había desatado el optimismo. 

En ese momento es cuando Cervantes escribe el Quijote para decirnos que se ha acabado la fiesta. Podéis seguir creyendo en gigantes, marías santísimas o lo que queráis, pero así vais a ir por la vida de batacazo en batacazo. Y nos lo dice con vaselina, pero ni aun así se le lee por la sencilla razón de que se vive mucho mejor somiant truites, como dicen los catalanes, que agarrando a la realidad por los cuernos.  

En fin, ya va siendo hora de que la gente del común se vaya enterando de que Galileo existió. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lobos esteparios

Hablemos de lo que hablemos en nuestras conversaciones mañaneras siempre acabamos centrándonos en lo que Schopenhauer, en una de sus geniales intuiciones, denominó "el dolor del mundo y el consuelo de las religiones". Los seres humanos parecemos condenados a estar atrapados en uno de esos dos cepos. El mundo nos duele porque, como somos cobardes por naturaleza, nos cuesta aceptar que vivir es irse muriendo poco a poco y, en un intento desesperado de acabar con ese sufrimiento, nos tiramos de cabeza al abismo de las religiones que es un sitio en el que ya no sufres porque, en realidad, estás muerto, si por tal se considera vivir en una fantasía en la que te dan una solución falsa, una mentira, para todo lo que por su propia naturaleza ni tiene respuesta, ni falta que hace. 

Vivir en una fantasía es negarse a usar aquello que nos hace humanos, es decir, la capacidad de pensar. Así, lo que pasa es lo de aquella novela, creo recordar, de Daphne de Maurier, La Posada de Jamaica: el cura del pueblo se subía al púlpito y cuando miraba hacia abajo solo veía ovejas. Es elemental, ceder tu capacidad de pensar a otro te animaliza. 

El pastor piensa por sus ovejas y tiene su equipo de mastines para defenderlas de los lobos esteparios, no vaya a ser que se acerquen demasiado y las contaminen con el virus de la duda y se humanicen. Entonces, es un gran problema para los pastores porque las ovejas dejan de temer a los mastines y se escapan del rebaño. ¿En llegados a ese desbarajuste, que pueden hacer los pastores? Pues muy sencillo, buscar nuevos pastizales más apetitosos a sabiendas que, así, las ovejas volverán al redil. Así es como se pasó del gastado pastizal del cristianismo al mucho más sabroso del marxismo cultural. Imagínense lo que va del apestoso amar al prójimo al deleitoso odiarle cuando tiene más que tú. Las ovejas se apuntaron a eso sin pensárselo dos veces. Y así, en ese pastizal vienen comiendo las ovejas hace más de un siglo sin dejar de adelgazar y viendo cómo, una vez más, son los pastores los que engordan. Así es que estamos en las mismas. En fase de descarriamiento de las ovejas y de búsqueda de nuevos pastizales por parte de los pastores. 

Me pregunto por qué será tan difícil criar lobos esteparios. Quizá sea por la saña con la que son perseguidos a nada que asoman en lontananza. Así, claro, no hay forma de que los rebaños se humanicen. Por eso mira uno a su alrededor y no ve más que apriscos en los que se amontonan las ovejas ajenas a su condición de mortales. 

martes, 12 de mayo de 2026

Divagaciones metafísicas

El otro día iba caminando por la acera y notaba que pegado detrás de mí venía alguien en bicicleta hablando con un cierto tono de protesta. Me volví y vi que era una pareja, por los treinta o así, con un niño. Se me ocurrió sugerirles que dada la aglomeración de peatones que había lo mejor que podían hacer era ir caminando. ¡En mala hora se me ocurrió! El tipo se puso como un energúmeno y me amenazó de todo menos de muerte. Y la mujer, que era la que llevaba el niño, gritaba como una histérica que hiciesen carriles bici. Pensé que, sin duda, estaban desesperados por las razones al uso. La primera, por supuesto, la falta de inteligencia y, a partir de ahí, lo que ustedes quieran, adobado todo ello por las tácticas ponzoñosas del marxismo cultural. 

Lo de la falta de inteligencia es un argumento que solemos emplear demasiado a la ligera. Los americanos, sobre todo, son muy dados a los test que indicarían con cierta verosimilitud el grado de inteligencia de la persona testada. Creo que lo llaman IQ —coeficiente intelectual—. Personalmente, nunca he creído mucho en ese tipo de termómetros. Siempre he pensado que, salvo excepciones, todo el mundo es inteligente para unas cosas y tonto de remate para otras. En lo que me suelo fijar para valorar a alguien es en cómo le va en la vida a él y a sus hijos si los tiene. 

Aquí nos encontramos con otra expresión ambigua; ¿qué es eso de irte bien en la vida? Es algo con tantos componentes subjetivos que no hay forma humana de dar una definición. Así todo, de una persona que tiene resuelta la manduca, se lleva bien con los vecinos y, sobre todo, sus hijos pitan, se puede decir que le va bien en la vida. Porque ya puede haber tenido todo el éxito que quieran en sus negocios que, como los hijos no piten, será un puto desgraciado gastando todas sus energías en disimular. 

Y aquí, para no seguir a ciegas, conviene dejar claro en que vendría a consistir el marxismo cultural. Pues se lo diré, para mí consiste, sobre todo, en ese intento absolutamente absurdo de liberar a los padres de la responsabilidad de educar a sus hijos. Es eso que llaman educación pública. Para que nadie se quede atrás, como se suele decir. Y, además, para que los padres tengan todo el dinero y tiempo posible para ir al bar. Con este sistema, cuando los chicos no pitan, los padres no tienen por qué sentirse culpabilizados, en el peor de los casos tristes, porque ha sido el sistema el que ha fallado. 

Educación pública y sanidad pública. Recuerdo al ínclito filósofo Savater, niño comilón donde los hubiese, argumentando que podíamos comer, beber y fumar a nuestro antojo porque, si nos pasaba algo por ello, ahí estaba la sanidad pública para cubrirnos las espaldas. Ya saben, la regla número uno del marxismo cultural: aquí hemos venido a disfrutar.

En fin, perdónenme estas divagaciones metafísicas sin la menor pretensión de tener razón alguna ni llegar a ningún lado; solo un inocente ejercicio de desahogo. 

lunes, 11 de mayo de 2026

Caza Salvaje

 Ayer por la tarde estuve viendo una película protagonizada por Charles Bronson y Lee Marvin, por así decirlo, dos monstruos de la interpretación. Se titulaba Caza Salvaje. De inmediato me di cuenta de que esa película tenía algo especial. Sin duda me ayudó a ello el estar leyendo por enésima vez, y diría que con una atención maníaca, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Amárrense los machos:

«EL MITO, FERMENTO DE LA HISTORIA 

La perspectiva épica, que consiste, según hemos visto, el mirar los sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas supernas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca. Cuando las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica de sus narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza helénica. Mas descargados los motivos épicos, las simientes míticas de todo valor dogmático no solo perduran como espléndidos fantasmas insustituibles, sino que ganan en agilidad y poder plástico. Hacinados en la memoria literaria, escondidos en el subsuelo de la reminiscencia popular, constituyen una levadura poética de incalculable energía.»

Caza Salvaje va de un trampero, Charles Bronson, al que las circunstancias convierten en chivo expiatorio de una comunidad culpabilizada por sus vicios. El policía, Lee Marvin, es el encargado de reconducir la situación para que no se salga del terreno de la lógica. La gracia del asunto es que el chivo expiatorio se convierte en azote de la masa viciosa sin que el policía pueda hacer nada por evitarlo. Es tema recurrente que ha producido miles de versiones a lo largo de la historia de la novela y el cine. Los Hermanos Grim produjeron una versión del asunto a la que dieron el título, que hizo fortuna, de Caza Salvaje. Por lo visto está inspirado en una leyenda medieval nórdica que se difundió por toda Europa: los espíritus del mal desparramándose entre las gentes para destruirlas. 

Tema recurrente, como les decía, en la novela y el cine, pero, sobre todo, es recurrente en la realidad. ¿Se acuerdan ustedes de la saña con la que la mayoría de la gente perseguía a los que no se querían vacunar de la mierda esa del covid? No había la menor lógica en ello, pero, por razones misteriosas, los espíritus del mal se habían apoderado de la gente y les hacían comportarse como auténticos salvajes. Como en la película, el chivo expiatorio salió indemne, pero entre la masa perseguidora se produjo —se está produciendo todavía— una verdadera escabechina. Sin embargo, ahora, cuatro o cinco años pasados ya, nadie quiere que le nombren a la bicha; la quieren, ahí, dormida en el fondo de sus conciencias... como si eso fuese posible.     

Así son las cosas de este mundo. Por más que nos empeñemos en buscar soluciones mágicas, nunca lograremos escapar de la realidad de que no hay más Dios que el cumplimiento de las leyes no escritas del cielo, ni más chivo expiatorio que el pagar por nuestras culpas. No otra cosa es lo que, en definitiva, nos vienen a decir esos mitos cardinales que perduran como espléndidos fantasmas insustituibles. 

Y colorín, colorado...

domingo, 10 de mayo de 2026

Cuestiones baladíes

Una de las cosas, no sé si terrible o benéfica, de la vejez es la falta de conciencia de la pérdida de facultades mentales; de las físicas, como son tan obvias, no hay problema. Recuerdo al Sr. Emilio, de Moarbes de San Pedro, al que visité un par de veces cuando ya tenía cien años. La primera vez me estuvo enseñando la casa que había construido con sus manos al volver de la guerra, y en cuya planta baja todavía se conservaban en perfecto estado las instalaciones de la industria maderera que había sido su modus vivendi. Me contó que, en la actualidad, si hacía bueno, le decía a su hija que le preparase algo de comida y con ella en un cesto se iba en bicicleta a pasar el día en un huerto que tenía en Santibañez de Ecla, a cinco o seis kilómetros de distancia. La verdad es que me dio la impresión de estar en muy buenas condiciones. A los pocos días pasé por delante de su casa y, como le vi sentado a la puerta, paré a saludarle. El hombre estaba desconsolado; me dijo que tenía ya preparada la bicicleta para ir al huerto y que había entrado en casa a recoger la comida y que, cuando había salido para irse, ya no estaba la bicicleta; alguien se la había robado. Después, me contó su hija que se la había llevado discretamente la guardia civil a instancias suyas porque se quedaba muy preocupada cada vez que su padre se iba al huerto en ella, porque, añadió, tenía grandes lagunas de memoria y era seguro que algún día no iba a saber volver.  

El caso es que, a última hora, antes de retirarme, tengo por costumbre sentarme a hacer solitarios mientras escucho música. Suelo hacer uno que llaman carta blanca que, por lo general, no da problemas, pero que de vez en cuando se atraviesa y te hace echar humo por la cabeza. Anoche fue una de esas veces. Llevaba ya una hora con él y, como ya era tarde, lo dejé y me fui a la cama con la intención de retomarlo por la mañana. Esta mañana me he puesto con él y en menos de dos minutos lo he resuelto. He pensado que lo más probable es que fuese el cansancio de la jornada el que anoche me impidió resolverlo. Y no es que no venga notando por las tardes, desde hace ya mucho, el cansancio acumulado del día, pero tiendo a pensar que ese cansancio es mayormente físico sin darme cuenta de que, seguramente, es mucho mayor el mental. 

Sea como sea en mi caso, que no soy yo quién para valorarlo, de lo que no me cabe duda es de la gente mayor que suelo tratar, aunque cada vez menos porque me deprime, tiene bastante perdida la chaveta. El otro día, me decía uno que sigue utilizando el coche como si tal cosa: cuando me lleve un susto dejaré de conducir. Me quedé callado, pero pensé para mis adentros que el problema no era que el susto se lo llevara él, sino que se lo diese a otro. Y como esta, les podría contar mil anécdotas. Porque ese es el caso, que tenemos olfato para apreciar el deterioro de los demás, pero el nuestro se nos escapa. 

En fin, nostalgia de aquella edad de oro en la que todavía no se había instaurado en el mundo eso que llaman marxismo cultural y los viejos vivían en su casa de toda la vida rodeados de su familia y trabajando en la medida de sus posibilidades. En aquel entonces, que yo conócí en mi infancia rural, no había por qué preocuparse por estos asuntos que les traigo hoy a colación porque eran baladíes.    

sábado, 9 de mayo de 2026

Trampa y cartón

He podido leer y escuchar miles de veces cómo se trataba de ridiculizar la expresión "pueblo elegido" aplicada a los hebreos. No me extraña nada porque el primer intento de eliminar a lo que envidias siempre suele ser ridiculizarlo; si eso te falla, pasas a lo siguiente que puede ser gasearlo. El caso es que esa pretensión de pueblo elegido yo la he visto, y sufrido en mis carnes, unas cuantas veces. Tengan en cuenta que he vivido en el País Vasco y Cataluña, dos lugares, entre otros muchos, en donde los nativos pura sangre se pasan el día intentando convencerse los unos a los otros, pues de eso, de que son un pueblo elegido, único, especial y, sobre todo, superiores a sus vecinos que son unos maquetos, o unos charnegos, mierda, en definitiva. Pero, claro, a nadie se le ha pasado por la cabeza ponerse a gasear ni a vascos ni a catalanes, por la sencilla razón de que, salvo cuando les da la locura de ponerse a matar, nadie se los toma en serio porque, a todas luces, son del puto montón. 

Lo de los judíos es muy diferente. Ellos son una minoría insignificante que ha dejado, y deja, una impronta en el mundo imborrable. Y es muy fácil, a mi juicio, el entender por qué ha sido, y es, así. Lo primero que hacen los judíos cuando llegan a la tierra prometida es hacer un templo con una cámara sagrada, que llaman tabernáculo o algo así, en la que guardan el Arca de la Alianza, dentro de la cual están las Tablas de la Ley. Señoras y señores, no se engañen, toda la religión judía estriba en eso, en la ley: la cumples o no la cumples; eres respetado o eres despreciado, tú y tu familia por ocho generaciones. Y no hay más.

Del respeto de la ley es de donde procede la alianza entre los humanos. Uno solo se fía de quien la respeta. Cuestión de confianza, en definitiva. Por eso, para un judío no hay prioridad que se pueda comparar a la educación de los hijos, porque saben que lo más difícil de enseñar a una persona es el respeto de la ley, lo cual no es otra cosa que la sabiduría o, también, la riqueza suprema. 

Así que, a los que sueñan con destruir a los judíos, desde aquí les digo que vayan despertando a la realidad. Todo este circo de moros y cristianos que tratan de esconder su corrupción —desprecio de la ley— detrás del folclore religioso no les va a servir de nada. ¿Se puede concebir algo más ridículo, por poner un ejemplo, que ese baldaquino de Bernini en la basílica vaticana? Intentando expresar la grandeza de Dios, dicen. ¡Qué chorrada! Dejen ustedes de robar y de dar cobertura ideológica a los tiranos y sabrán lo que es la grandeza de Dios, cualquier cosa que pueda ser esa entelequia más allá del respeto de las leyes no escritas del cielo.  

Por eso queremos matar a los judíos, porque son los únicos que no son educados para el autoengaño. No lo podemos soportar: son un espejo que nos devuelve una imagen horrible, todo trampa y cartón, de nosotros mismos. 

viernes, 8 de mayo de 2026

Mi nieto

Ayer fue para mí un día bastante extraordinario. El día anterior me había llamado mi nieto, que anda por aquí, para quedar. Vino al medio día, estuvimos aquí en casa de cháchara, luego dimos una vuelta por el muelle del Pesquero y, acto seguido, nos fuimos a comer. El chaval tiene veintitrés y ya hace cuatro que se mueve por el mundo como Perico por su casa. Desde Navidad ha estado en Londres, donde viven sus padres, y, ahora, anda de paso por aquí, camino de la República Dominicana. Estos últimos cuatro años ha vivido mayormente en Medellín, la que dicen ciudad de la eterna primavera. Se dedica a algo relacionado con la cosa digital; un día me explicó en qué consistía el asunto, pero no entendí nada. Sea lo que sea, lo que cuenta es que desde hace cinco o seis años es completamente independiente a efectos pecuniarios. Así es que nada de extrañar tiene que dé muestras de una madurez fuera de lo común... siendo para mí lo común el recuerdo que tengo de mí mismo cuando tenía la edad que ahora tiene él. 

La última vez que le vi, hablando de libros, le dije que el que más merecía la pena era la Biblia. Entonces me preguntó si yo era creyente. Le contesté que la Biblia nada tenía que ver con eso, que el que quiere creer en algo, ya sea en la Biblia o en el Espagueti Volador, que también tiene devotos, es porque necesita creer en algo para no enfrentarse a la realidad. Parece ser que tomó nota de lo que le dije y estos últimos tiempos anduvo leyendo el libro. Por eso quería comentarlo conmigo. Y, yo, la verdad, pocas cosas me podrían haber agradado más porque, en mi vanidoso fuero interno, tiendo a pensar que estoy bastante puesto en el tema. En fin, consideraciones personales al margen, lo importante es que el nieto escuchaba al abuelo, cosa que se pude asegurar dadas las interrupciones que me hacía de vez en cuando para cuestionarme algo de lo que le acababa de decir. 

Yo no sé lo representativo que pueda ser este chaval de los de su generación. Lo que sí puedo decir es que sabe dar la impresión de que ha tomado el toro por los cuernos: su vida es su vida. Y todo eso de las cuestiones sociales que tanto nos preocupaban a los de mi generacíón, para él parecen no existir más allá de las aficiones futbolísticas. Me dijo que ya sabía que a mí el futbol nunca me había interesado. Le contesté que si hubiera tenido una constitución física como la suya lo más seguro es que sí me hubiese interesado. Pero como estoy hecho como estoy hecho, añadí, no me quedó más remedio que refugiarme en los libros. Supo captar el chiste. 

En el restaurante dijo que la ensalada estaba deliciosa, una adjetivación muy inglesa, y, el filete que le trajeron después, apenas lo cató; se limitó a pedir a la camarera que se lo pusiese en un táper para llevárselo a casa. Por supuesto que para beber pidió agua. No quiso postre. Me despidió a la puerta de casa con total naturalidad, como si nos viésemos todos los días, y se fue con su bolsa de comida a por una bicicleta para ir a casa de su abuela donde se está quedando. 

Como digo, no sé lo indicativo que este chaval será de su generación. Supongo que bastante. En cualquier caso, a años luz de la mía. Infinitamente mejor, juraría. ¡Porque mira que éramos mierdas! ¡Todo el día echando la culpa a los otros de nuestras miserias! 

jueves, 7 de mayo de 2026

Diez a uno

Hay en YouTube un canal de humor fino de un tal Abraham, seguramente mexicano. Utiliza figuras muy esquemáticas: una cabeza redonda en la que se mueven los ojos y la boca; con eso basta para dar expresividad a unos diálogos, por así decirlo, muy psicoanalíticos. En conjunto, todo ello, yo diría que es muy inteligente, aunque, claro, ya saben que eso ...

El caso es que tiene un chiste de trans muy gracioso si es que cualquier cosa relacionada con esa monstruosidad puede serlo. Está una pareja en la cama y ella le dice a él: ¿Si te digo una cosa no te vas a ofender? Él contesta: Por supuesto que no, mi amor. Es que no me atrevo, sigue ella. No te preocupes, mi amor, contesta él. Antes hacía pis parada —parada es la forma mexicana de decir de pie—, suelta, entonces, ella. Él no se da por enterado y hace como que duerme. Entonces ella, después de una pequeña pausa, dice a bote pronto: Sí, me encuentro mucho más segura después de la cirugía. Entonces él, como movido por un resorte, pega un salto y queda perplejo al borde de la cama. 

Si bien lo consideramos todo esto de los trans tiene sus antecedentes en la figura de Tiresias, uno de los personajes más interesantes y persistentes en la mitología clásica. Tiresias iba por el campo con su bastón y vio a una pareja de serpientes apareándose; la emprendió a bastonazos con ellas y mató a la hembra. En castigo por ese crimen, los dioses le convirtieron en mujer. Años después, se repite la historia, pero en esta ocasión, mata al macho y los dioses le convierten en hombre. Entonces, resultó que un día andaban Zeus y Hera discutiendo sobre quién obtenía más placer en el acto sexual: ¿el macho o la hembra? Como no llegaban a conclusión alguna, cansados ya, se acordaron de Tiresias que, como había sido las dos cosas, debía tener experiencia al respecto. Le consultaron y Tiresias dijo que la mujer obtiene diez veces más placer que el hombre. A Hera no le gustó nada que hubiese desvelado el secreto que tenía tan bien guardado y, en represalia, le dejó ciego. Entonces, Zeus, en compensación, le concedió el don de la adivinación. 

El caso es ese, que se difundió por el mundo el secreto, hasta entonces, mejor guardado por las mujeres, es decir, que sus orgasmos duran diez veces más que los de los hombres. Así, claro, es comprensible que en las recurrentes decadencias sociales, cuando la búsqueda de placer se convierte en el norte de todos los proyectos personales, uno de los rasgos predominantes sea el afeminamiento de los hombres. Y es que, ¡leches!, diez a uno es como para pensárselo.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La pretendí como esposa

     «La quise y la rondé desde muchacho

y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.

     Su unión con Dios realza su nobleza, 

siendo dueño de todo quien la ama;

es confidente del saber divino y selecciona sus obras.

     Si la riqueza es un bien apetecible en la vida,

¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo?

Y si es la inteligencia quien lo realiza,

¿quién es artífice de cuanto existe más que ella?   

     Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes;

es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza;

para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.

     Y si alguien ambiciona una rica experiencia,

ella conoce el pasado y adivina el futuro,

sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas,

comprende de antemano los signos y prodigios,

y el desenlace de cada momento, de cada época.

     Por eso decidí unir nuestras vidas

Seguro de que sería mi consejera en la dicha, 

mi alivio en la pesadumbre y la tristeza. 

....

     Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad 

y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.» 


Uno se ha pasado gran parte de la vida persiguiendo a esa señora con la ilusión de que al final la podría conseguir y, en estas postrimerías, ya he comprendido que eso no es posible... a no ser que tengamos por tal el socrático «sólo sé que no sé nada». En cualquier caso, sin perseguir esa ilusión, la vida hubiera sido mucho menos que nada, como dice el bolero. Porque fue esa persecución la que me apartó de la multitud de imbecilidades a las que me empujaba mi soberbia de mancebo, la que me llevaba a creer que lo sabía todo porque así me lo daban a entender los que me reían las gracias. 

En definitiva, perseguir la sabiduría es lo único que puede colmar ese afán de trascendencia, o de perdurar en el recuerdo, que, por lo que sea, es la marca por antonomasia de nuestra especie. Claro que, para dar con la fórmula adecuada para que esa persecución sea efectiva...