Es evidente de toda evidencia, como se suele decir para recalcar, que si algo ha inventado, o descubierto, el hombre que le haya condicionado su relación con el mundo eso han sido las sustancias que transforman para bien, o para mal, la percepción de la realidad. Quien más quien menos, cada cual tiene su experiencia al respecto y el no tener ninguna quizá sea una de las carencias que más contribuyen, paradógicamente, a distorsionar la percepción de la realidad de forma y manera que pone un impedimento casi insalvable a lo que se conoce como vida social. Es fácil entenderlo si alguna vez, por lo que sea, han pretendido permanecer en estado sobrio en lugares donde todo el mundo está puesto. Ya lo dijo Erasmo, en los banquetes, si no bebes, mejor te vas.
El caso es que estos días le estoy dando un repasito a otra de las joyas que guardo en mi caja fuerte, "Les Paradis artificiels" de Baudelaire. Es uno de esos libros que, si no fuese porque el mundo siempre ha estado, está y estará gobernado por las mafias que organizan los inútiles para defenderse de los inteligentes, a buen seguro formaría parte en lugar preeminente de todos los planes de instrucción, que no educación. Así de importante me parece a mí tener una herramienta tan precisa para ayudarte a comprender, o mejor a desentrañar, las sensaciones derivadas del artificio que supone la ingestión, inhalación, o incluso enema, de dichas sustancias.
Analiza Baudelaire en Les Paraises tres de esas sustancias, de dos de las cuales, el vino y el hachís, tengo, por cierto, una larga y sobrada experiencia. De la otra, los opiáceos, a duras penas los caté en mis correrías hospitalarias y doy fe de que su poderío es de tal potencia que mejor mantenerse apartado de no ser que poseas un equilibrio emocional a prueba de bomba, caso de que eso exista.
En cualquier caso, hay en ese libro, a propósito del vino, una historia que, dada mi afición a la guitarra, hace todas mis delicias. Se trata de un guitarrista español, muy dado a la bebida, que va por ahí vendiendo su preciosa mercancía. El hombre había viajado con Paganini formando un dueto, pero Paganini, que era el que gestionaba la empresa, un día se fue por su cuenta. Quedó solo el español que siguió ganándose la vida sin problemas. Paraba en cualquier pueblo o pequeña ciudad, tocaba un par de días en las tabernas y al tercero la gente del lugar no hablaba de otra cosa que de su arte. Así era que el ayuntamiento le organizaba un concierto que indefectiblemente tenía un gran éxito. Le pagaban y, con las mismas, seguía su camino. En esas estando, un día fue a dar a un pueblo como otro cualquiera. Y lo de siempre, tocó en las tabernas y al tercer o cuarto día ya tenía previsto el concierto en el salón del ayuntamiento para la última hora de la tarde. Total, que para matar el tiempo hasta la tarde, se fue a dar un paseo por los alrededores. De pronto, se topó con la pared del cementerio y vio que adosado a la pared había un pequeño galpón donde un hombre esculpía lápidas. No tardó en entrar en conversación con él y, ¡oh, casualidad!, era español y, para más leña al fuego, amante del vino y aficionado al violonchelo. No duró mucho la primera botella. Y después otra y otra. La hora del concierto se echaba encima y los dos amigos del alma, que eso hace el vino en un visto y no visto, estaban como cubas, pero les quedaba un resquicio de cordura y se fueron dando tumbos con sus instrumentos bajo el brazo hacia el ayuntamiento. Al llegar allí la gente se mosqueó lo suyo, pero el español le dijo al alcalde: tocaremos a duo y si no es así yo me voy. Al alcalde cedió de mala gana porque conocía de sobra la impericia del violonchelista. Y el concierto comenzó con un par de compases sin la menor armonía ni ritmo por parte del violonchelo. Fue suficiente para el guitarrista que agarro aquellas notas deslabazadas y empezó a improvisar sobre ellas melodías y ritmos que no tardaron en tener a todo el público embelesado. Fue un éxito total y por mucho que le instaron a que se quedase unos días el español cogió la guitarra y siguió su camino tan pronto como amaneció al día siguiente.
Tengo que confesarles que no hay nada que me fascine tanto como esa gente dotada para la música. Para la guitarra concretamente. Y es que mira que hay guitarristas extraordinarios. Para parar un tren. Pero lo de Yamandu Costa y Joe Pass es como lo del guitarrista español. Son la imagen viva de la creatividad. Agarran una melodía cualquiera y se están dos horas haciendo con ella música original. Esta mañana me he desayunado escuchando a Yamandu hacer variaciones sobre Sons de Carriloes de Joao Pernanbuco. Bueno, Yamandu se estimula con mate a la vista del respetable. Es probable que con eso le baste. Joe, por lo visto, tubo problemas con la cocaína. No sé por qué el ser humano nunca sacia sus ansias de divinidad, así que mejor leer ese libro que les digo para hacerse una mejor idea de con qué nos jugamos los cuartos cuando nos queremos quedar en el banquete.