Lo mismo que a Baudelaire no se le pasó por la imaginación ponerse a escribir acerca de los efectos de los opiáceos después de haber leído El Comedor de Opio de De Quincey -se limitó a incluirlo sin dejar una coma en su monográfico de los paraísos artificiales-, así, yo, que no soy menos, transcribiré algunos pasajes de Le poème du hachisch. Porque se da el caso de que habiendo sido uno, en un ya lejano pasado, un considerable consumidor de los derivados de la cannabis sativa y andando ahora con los típicos ejercicios de reconsideración tan propios de la senectud, me ha parecido que es imposible que un principiante como yo pudiera ni de lejos acercarse a la profundidad descriptiva de la que Baudelaire hace gala acerca de los efectos que produce sobre la psique la ingestión de tales sustancias. Se nota de lejos que las consumió generosamente.
Recuerdo que andando a la sazón por Salamanca, ya de retirada, me preguntó un día Luis Felipe Torrente si era partidario de la legalización de la mariguana. Le dije que no con un cierto despecho. Estaba harto, quizá, de la simplificación del pensamiento de que hacía gala aquella juventud privilegiada o, acaso, sencillamente, tenía fresca la lectura de Les Paradis. Esas preguntas con sabor a ¿cree usted en Dios? Vamos a ver muchacho: ¿a qué te estás refiriendo cuando dices Dios? Pues bien, legalizar las drogas, ¿sí o no? Siempre me ha producido aprensión esta pregunta. Y desde luego que siempre estuve a favor de la libre autodeterminación de las personas y de su consiguiente responsabilidad, pero eso es una cosa y otra ignorar las múltiples aristas que tienen determinadas decisiones por aquello de que no todo ser humano, no nos engañemos en esto, está hecho a imagen y semejanza de Dios... es decir, dotado de unas poderosas potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad, para que nos entendamos.
Así es que, ya digo, me produce aprensión decantarme por la despenalización por más que sepa a ciencia cierta que los efectos secundarios de la prohibición son devastadores. En definitiva, estamos en lo de siempre: el lado oscuro de la vida, o sea, donde es imposible avanzar sin tropezarse mil veces. Pero vayamos al texto:
"Yo pienso en faltas cometidas que dejaron en el alma trazas amargas, un marido o un amante que solo se puede recordar con tristeza, un pasado matizado por las tormentas; esas amarguras pueden entonces transformarse en dulzuras; la necesidad de perdón hace a la imaginación más hábil y más suplicante, e incluso el mismo remordimiento, en ese drama diabólico que no se se expresa sino por un largo monólogo, puede actuar como un excitante y recalentar poderosamente el entusiasmo del corazón. ¡Sí, el remordimiento! ¿Estaré equivocado si digo que el hachisch es para un espíritu verdaderamente filosófico un instrumento satánico? Los remordimientos, singular ingrediente del placer, son pronto ahogados en la deliciosa contemplación de los propios remordimientos, en una especie de análisis voluptuoso; y este análisis es tan rápido, que el hombre, ese diablo natural, no se apercibe de lo involuntario que es todo ello y cómo, de segundo en segundo, se va acercando a la perfección diabólica. Entonces, uno admira sus propios remordimientos y se glorifica sin enterarse de que está perdiendo la propia libertad.
Eh aquí a mi hombre, el espíritu de mi elección, llegado a ese grado de alegría y serenidad donde es obligado admirarse a uno mismo. Toda contradicción se borra, todos los problemas filosóficos se hacen transparentes, o al menos lo parecen. Todo es materia de regocijo. La plenitud de la vida actual inspira un orgullo desmesurado. Una voz que le habla -¡sorpresa, es la suya!- le dice: "Tu tienes ahora derecho a considerarte superior a todos tus semejantes; ninguno conoce y no podría comprender todo lo que tu piensas y sientes; serían incluso incapaces de comprender toda la compasión que te inspiran. Tu eres un rey que los que pasan desconocen, y que vive en la soledad de su convicción: ¡pero te importa un bledo! ¿No posees ese desprecio soberano que hace que te sientas tan superior?"
Podría seguir transcribiendo y de nada les serviría a quienes no hubieran experimentado la sensación, ya sea por no haber probado el hachisch, ya sea por haberlo probado y carecer de la suficiente madurez para autocontemplarse. En cualquier caso, doy fe de que ni un punto ni una coma quitaría yo a ese texto en función de mis propias experiencias que, a Dios Gracias, no me arrastraron al abismo de pura casualidad. No, no conviene simplificar con este tipo de cosas. Jugar a revelarse contra Dios no sale nunca gratis por más que sea una parte nada despreciable de la educación sentimental. Muchos, demasiados quizá, pierden en esa apuesta y quedan condenados a un destino de ir de baile en baile batiendo las alas.
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