Que el socialismo es una ideología demoledora es algo tan empíricamente demostrado, es decir, algo que la experiencia sensorial nos ha hecho evidente en numerosas ocasiones, que ponerse ahora a discutirlo con cualquiera es convertirse de facto en un primate catarrino y, sin embargo... ¿por qué?
Esa es la pregunta, no del millón, sino del billón de billones: ante evidencias tan estremecedoras —contemplen, si no, las imágenes de la Habana actual— cómo es posible que, diría yo, una inmensa mayoría de la población mundial siga apostando por esa forma de suicidio personal y colectivo.
Ortega decía: cuando hablo de los españoles, hablo de mí porque soy el español que mejor conozco. Parafraseándole, diré que, si habló de la pulsión socialista, o suicida, lo mejor es que hable de mí mismo porque, de eso, he tenido, y no sé si sigo teniendo, a calderadas. Yo no sé si lo de compararse con los que te rodean es algo consustancial al ser humano o instigado por una determinada ideología inculcada sibilinamente por la educación al uso. En cualquier caso, uno no para de comparar y, con ello, de sentirse, una y otra vez, como el ciervo que se queda a dos velas cuando lo de la berrea. Porque a todo hay quién gane, consecuencia de lo cual es que crezca dentro de nosotros, a modo de estúpido consuelo, el monstruo del resentimiento, es decir, una especie de ansia de destrucción de todo lo que existe... porque, donde hay caos, no hay comparación posible y, muerto el perro, se acabó la rabia.
Claro que, del compararse también puede salir la admiración y, por consiguiente, la emulación. Desde luego que es una posibilidad que se da, al parecer, con poca frecuencia, pero, en cualquier caso, la suficiente para que la vida siga. Habría que preguntar a los dioses por el porqué de ese distinto reaccionar ante la comparación. De ese agarrar el toro por los cuernos de los unos y ese refugiarse tras la barrera de los otros. Acuérdense de aquella Janette, que era rebelde porque el mundo la hizo así.
El mundo te hace y, si naces de unos padres traumatizados por una reciente guerra, y vas a un colegio de curas a oír misas y rezar rosarios y, además, a aprenderte de memoria los principios fundamentales del movimiento, o sea, del socialismo, y, para más inri, sobresales en los estudios sobre los que destacan en los deportes que son los que se llevan toda la gloria... pero, bueno, te dices, ¿esos tipos que saben la mitad que yo van a estar por encima de mí? O sea, una máquina de generar resentimiento.
No sé cómo se sale de eso, ni hasta qué punto habré salido si es que he salido algo. De hecho, fui funcionario, o empleado por cuenta ajena si mejor quieren. Y la única vez que intenté salirme de eso, solo me sirvió para darme cuenta de mi impotencia... y eso es lo que creo que he sido desde aquella experiencia para acá, un tipo consciente de su impotencia, lo que vendría a suponer el haber pasado del resentimiento al mundo a una aceptación de mis limitaciones. Y de ahí que mi empeño, desde entonces, no haya sido otro que el de ensanchar por mis propios medios el ámbito de esos límites. ¡Cuesta tanto distanciarse de los primates catarrinos!
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