Lo que más le jode a Dios es que nos pasemos la vida autoengañándonos, lo que, en definitiva, no es más que un estúpido intento de engañarle a Él. Las cosas son mucho más sencillas: esfuérzate y déjate de mandangas, nos dice.
Estos días que estamos viviendo, que, hagas lo hagas, a nada que te descuides ya se te echa encima todo el rimbomborio de las mafias celestiales. ¡Por Dios bendito, cuánta palabrería hueca! ¡Y cuánta superchería! Diez minutos, decía el titular de un video de YouTube, estuvieron aplaudiendo, los que dicen ser representantes de la soberanía popular, ¡qué jeta!, el discurso que pronunció el que dice ser vicario de Cristo en la tierra... ¡que por autobombo no quede! Y así es que no consigo que se me vaya de la cabeza la segunda requisitoria de Isaías I.
«Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;
escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.
¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—
Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; no me agrada.
No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable.
Vuestras solemnidades y fiestas las detesto;
se me han vuelto una carga que no soporto más.
Cuando extendéis las manos, cierro los ojos;
aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé.
Vuestras manos están llenas de sangre.
Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones,
Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien;
buscad el derecho, enderezad al oprimido;
defended al huérfano, proteged a la viuda;
Entonces venid, y litigaremos —dice el Señor—.»
Sí, señores y señoras, Dios es nuestra conciencia. Por más que lo intentemos, no conseguimos engañarla. Hacemos mil chorradas creyendo que así la distraemos de su implacable función, pero lo único que conseguimos es cabrearla. Y, ¡leches!, lo que puede llegar a amargarnos la vida una conciencia cabreada consigo misma. A nada que se fije uno, lo aprecia en las caras de la gente que aparenta divertirse con sofisticadas ceremonias: se les va consumiendo la carne de la cara y la sonrisa se les queda sardónica, como a los muertos.
En fin, vamos a ver si estando a lo que tenemos que estar conseguimos sacarnos de encima todas estas lucubraciones a propósito de lo que no tiene enmienda, que no solo es la jodienda, como pudiera parecer a primera vista, sino, sobre todo, la puta vaguería disuelta en estériles justificaciones.