martes, 9 de junio de 2026

Rimbomborio

Lo que más le jode a Dios es que nos pasemos la vida autoengañándonos, lo que, en definitiva, no es más que un estúpido intento de engañarle a Él. Las cosas son mucho más sencillas: esfuérzate y déjate de mandangas, nos dice. 

Estos días que estamos viviendo, que, hagas lo hagas, a nada que te descuides ya se te echa encima todo el rimbomborio de las mafias celestiales. ¡Por Dios bendito, cuánta palabrería hueca! ¡Y cuánta superchería! Diez minutos, decía el titular de un video de YouTube, estuvieron aplaudiendo, los que dicen ser representantes de la soberanía popular, ¡qué jeta!, el discurso que pronunció el que dice ser vicario de Cristo en la tierra... ¡que por autobombo no quede! Y así es que no consigo que se me vaya de la cabeza la segunda requisitoria de Isaías I.

«Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;

escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.

¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—

Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; no me agrada.

No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. 

Vuestras solemnidades y fiestas las detesto;

se me han vuelto una carga que no soporto más. 

Cuando extendéis las manos, cierro los ojos;

aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé.

Vuestras manos están llenas de sangre.

Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones,

Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien;

buscad el derecho, enderezad al oprimido; 

defended al huérfano, proteged a la viuda;

Entonces venid, y litigaremos —dice el Señor—.»


Sí, señores y señoras, Dios es nuestra conciencia. Por más que lo intentemos, no conseguimos engañarla. Hacemos mil chorradas creyendo que así la distraemos de su implacable función, pero lo único que conseguimos es cabrearla. Y, ¡leches!, lo que puede llegar a amargarnos la vida una conciencia cabreada consigo misma. A nada que se fije uno, lo aprecia en las caras de la gente que aparenta divertirse con sofisticadas ceremonias: se les va consumiendo la carne de la cara y la sonrisa se les queda sardónica, como a los muertos. 

En fin, vamos a ver si estando a lo que tenemos que estar conseguimos sacarnos de encima todas estas lucubraciones a propósito de lo que no tiene enmienda, que no solo es la jodienda, como pudiera parecer a primera vista, sino, sobre todo, la puta vaguería disuelta en estériles justificaciones. 

lunes, 8 de junio de 2026

La divinidad

El Papa, que es infalible con la boca, ha venido a España y como que no hay manera humana de evitar el tener que tragártelo. Fui por la tarde a ver qué película del oeste estaban echando en el canal 13, que es el de la Iglesia, y allí estaba él haciendo propaganda del Partido Socialista Obrero Español. Toda esa gente que blasona de ser creyente y de derechas es tan tonta que es incapaz de comprender que la Iglesia a la que adoran no es otra cosa que una agencia de publicidad al servicio de las ideas comunitaristas, es decir, todo dentro del Estado, nada fuera del Estado... o sea, la ideología de todos los partidos políticos en liza por el pastel, aunque no todos son claros al respecto y, por eso, el que se lleva el gato al agua es el que no se anda con remilgos al declarar sus intenciones, es decir, el de los cristianos por el socialismo: hoy día, un cura es indistinguible de un enlace sindical; ambos al servicio de la idea de quitar a los ricos para dárselo a los pobres. ¡Qué bonito suena! En fin, que con su pan se lo coman y quedamos a la espera de que, como a todos los cerdos, les llegue su San Martín y la gente con cerebro pueda vivir en paz. 

Por lo demás, les cuento que el otro día iba por la calle y de pronto vi junto a un contenedor de basura algo que no podía ser otra cosa que una guitarra. Escarbé entre la balumba de objetos y, sí, era una guitarra de tamaño cadete metida en una funda cochambrosa. Tiré la funda y me senté en un banco a ver qué se podía hacer con aquello. Estaba asquerosa y con el clavijero bloqueado por la roña, pero tenía todas las cuerdas. Un señor con pinta de viejo roquero que me vio manipular el asunto se me acercó; le dije: a esta la limpio, le echo un poco de aceite al clavijero y le cambio las cuerdas, y como nueva. No le cambies las cuerdas hasta que se rompan, me dijo. Y así hice; la limpié, la engrasé el clavijero, la afine y, ahí la tengo, en una esquina. De vez en cuando la pego un tiento y suena de aquella manera, pero afinada. Ahora ya solo me falta encontrarle un destinatario digno de una posesión tan ilustre... tener una guitarra no es cualquier cosa, y es que, pocas cosas más sofisticadas habrán salido de la mente humana; algo en lo que, sin duda, se roza la divinidad. 

El caso es que, como el Capricho Árabe de Tárrega ya lo tengo en el bote, he decidido comenzar el estudio de la Serenata Española de Malats. Es un reto considerable que me está machacando las yemas de los dedos de la mano izquierda, porque tiene unos ligados junto a la cejuela que obligan a echar el resto... pero, en fin, todo será cuestión de insistir: si otros lo hacen, ¿por qué no habría de hacerlo yo? A la medida de mis capacidades, claro está. 

Y así se me van las horas, a la espera de que el Papa se vaya con viento fresco y vuelvan a la cadena de la Iglesia las películas del oeste, que, para mí, son como una misa vespertina... ya les contaba el otro día que esas películas siempre tratan de las virtudes teologales luchando contra los pecados capitales y, por supuesto, venciéndolos. ¿Acaso puede haber algo más relajante que ver perder a los malos? Casi tan divino como la guitarra. 

domingo, 7 de junio de 2026

El mantel de la Última Cena

El otro día estuvimos viendo, en el canal de la Iglesia, Horizontes Lejanos, una película del Oeste, en la que, por variar, los pecados capitales desatados se enfrentan a las más puras virtudes teologales. ¡Y qué le vamos a hacer si la imaginación no da para otros argumentos! En fin, el caso fue que mientras veíamos la película había todo el rato en la esquina superior derecha de la pantalla un anuncio de un reportaje sobre Cáceres, justo al acabar la película. Tuve la curiosidad de quedarme a verlo... lo que buenamente pude aguantar. La primera vez que estuve en Cáceres, hará ya casi sesenta años, me quedé maravillado con su barrio viejo. Luego estuve tres o cuatro veces y siguió sin defraudarme. Lo mismo que Trujillo. Claro, allí permanece la impronta de los primeros indianos que dejaron constancia de su éxito por medio de todos aquellos palacios... a veces la vanidad no es tan vana ya que el viento no consigue llevársela y, a la postre, sirve como soporte de la industria turística que, esa, si que sí, es la madre de todas las vanidades. Aunque, vete tú a saber. 

El reportaje, como lo hacía un cura pasado de simpático, iba de Iglesias. Se da la circunstancia de que Cáceres, hasta los años cincuenta del siglo pasado, pertenecía a la diócesis de Coria —ya saben, ese pueblo famoso por ser la cuna del bufón Calabacillas, más conocido como el Tonto de Coria, al que imortalizó Velázquez, lo que no es cualquier cosa—, así que el reportaje no tuvo más remedio que empezar por una visita a la catedral de Coria, sede central de la diócesis, un edificio, sin duda magnífico, al que un avezado técnico en imagen consiguió convertir en magnífico y medio... hay que ser muy cauto con esto de la imagen que te dan los medios, porque luego vas allí a verlo al natural y es muy probable que quedes defraudado. El caso es que por allí andaba el cura simpático acompañado de otros que no lo eran menos y, todo aquello, todo hay que decirlo, despedía un cierto tufillo a mafia rosa que interprétenlo ustedes como quieran. 

Pero, en fin, vayamos a la gracia principal de aquella magnífica catedral: nada más, ni nada menos, que el mantel que se usó en lo que se conoce como La Última Cena. Lo conservan en una urna de cristal que, a su vez, guarda un cofre de plata en el que está el mantel propiamente dicho: un paño blanco, por lo visto de lino, con dibujos azules, sin duda de índigo, todo ello muy Mediterráneo, lo cual es una pista más que apunta a la verosimilitud del invento. Porque no se crean que no hay dudas al respecto; dudas que se han tratado de solventar trayendo expertos en el tema, con sus espectrómetros de infrarrojos bajo el brazo, de todas las partes del mundo mundial. Oye, lo cortés no quita lo valiente y, aquellas gentes, parecían dispuestas a aceptar el veredicto de la ciencia. Pero, entre que la ciencia decide y no decide, ellos ya han montado su tinglado: la cofradía de La Última Cena. Han hecho construir un paso tan pesado que para bailarlo en semana santa se necesitan ciento cincuenta cofrades. Así es que, podríamos decir que la principal y, puede ser que única, startup de la provincia de Cáceres es esa cofradía. Es por así decirlo una incentivadora del turismo que podríamos llamar "turismo de fe". ¡Oye, que todo sirve para el convento!

Pues sí, así corre el mundo: cada cual según sus posibilidades que, por lo general, son en razón inversa a sus necesidades. Ya lo dijo Marx, en este caso el de los hermanos. En fin, qué quieren que les diga; lástima ser tan viejo, que, si no, mañana mismo agarraba la bicicleta y me iba a Coria a ver el dichoso mantel. 

sábado, 6 de junio de 2026

Bartolo

«Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.» Esto lo decía Ortega, allá por los años veinte del siglo pasado. ¿Qué diría hoy si levantase la cabeza? Entre el barrio en el que vivo y las altas bardas del puerto hay un espacio considerable de solares a la espera de ser urbanizados. Ese espacio es un enorme aparcamiento por el que siempre hay multitud de coches circulando en busca de un hueco en el que meterse. Es como de chiste, pero encontrar aparcamiento se ha convertido en, quizá, el momento más feliz del día de una inmensa mayoría de la ciudadanía. Es un desahogo de tensión que en ocasiones tiene proporciones similares a las del orgasmo. En definitiva: a esto es a lo que hemos venido a dar tras siglos de lucha incesante por facilitarnos la vida. Por así decirlo, el mito prometeico se ha cumplido al pie de la letra: tanto querer ser como dioses nos ha convertido en víctimas del águila que viene todos los días a roernos el hígado. 

E insistimos porque está en la esencia de la especie. Ahora todo el mundo habla y nunca acaba de la inteligencia artificial. No se quiere comprender que no es más que otro cachivache que solo va a servir para dar más alas al águila roedora. Recuerdo que en aquel cómic semanal llamado Pulgarcito había un personaje llamado Bartolo el As de los Vagos. Siempre estaba tumbado. Un día le llevaron a un concurso de vagos. Había llegado a la final y tenía que competir con uno que quería que alguien inventase una máquina que con solo apretar un botón ya te lo resolviera todo. Entonces llegó el turno de Bartolo: pues yo quiero una máquina para que apriete ese botón... supongo que la inteligencia artificial es, precisamente, la máquina que quería Bartolo. 

Siempre corriendo detrás del dichoso botón; en eso se ha convertido la vida. Todo el mundo te quiere convencer de que utilices trucos para sortear la agonía. ¡Cuántas veces no me habrán exhortado a que cambiase mi bicicleta de motor de alubias por una con motor eléctrico! Afortunadamente, por algún don que me concedieron los cielos, comprendí a edad relativamente temprana que lo único que da sentido a la vida es la agonía. Por eso, de muy niño todavía, me ponía como reto, con mi grupo de proscritos, subir el puerto de Alisas en bicicleta; han pasado ya setenta años y tengo vivo en la memoria, como si hubiese sido ayer, el momento en el que coronábamos el puerto... à bout de souffle, nunca mejor dicho. ¿Qué es una vida sin épica? Sin luchar con molinos. 

En fin, el caso es ese, que ya no hay sitio para el que se obstina en querer solucionarlo todo apretando el botón. No hay aparcamiento para el que usa coche para desplazarse. Para el que no usa coche hay todo el aparcamiento del mundo. ¿Acaso alguien te obliga a usarlo? Total, puedes ir andando hasta el fin del mundo. ¿Para qué llegar antes de tiempo? Bueno sí, para dar lugar a que el águila tenga todo el tiempo del mundo para roerte los hígados... y, así, luego, remedando a Rosaura podrás decir: y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía/ que, a trueco de quejarse,/ habían las desdichas de buscarse. 

viernes, 5 de junio de 2026

La erudición del conocimiento

El siglo XX, diría yo, es el siglo de la confusión como consecuencia del exceso de información. No es que sea nuevo, porque desde que se inventó la imprenta unos cuantos siglos atrás, los periódicos ya se encargaban de confundir a la gente con lo que so capa de información era propaganda. Pero con la llegada de la radio y, poco después, la televisión, la tergiversación de la realidad alcanzó proporciones homéricas, es decir, volvimos al mito. A la guerra fría... que era, otra vez, la de Troya. 

Casi toda mi vida he sido víctima de esa estulticia que te lleva a intentar aprehender la realidad acumulando en el cerebro datos cuya verisimilitud es una cuestión de sentimentalidad: simpatía o antipatía. Cuando pienso todo el tiempo que perdí leyendo periódicos, o escuchando radios y televisiones, me tiro de los pelos más o menos con la misma rabia que cuando doy en recordar todas las horas que pasé conduciendo para ir a sitios donde no se me había perdido nada. 

Afortunadamente, por el querer de los dioses, o por lo que fuere, fui recibiendo paulatinamente dolorosos avisos acerca de mi impenitente estulticia. Y tuve el valor de mirarlos de frente y, también, la inteligencia para comprender su pertinencia. Así fue que me fui cayendo del caballo camino de Damasco, una vez detrás de otra, hasta quedar tan magullado como si me hubiese peleado con Chuck Norris... o más propiamente dicho, con Fernando Pessoa. 

No muchos, pero unos cuantos libros han influido en mí de forma más o menos decisiva. Uno de ellos, sin duda, es el Libro del Desasosiego de Pessoa. En ese libro me topé con una incitación irresistible a desprenderme de la grasa del mundo. Por así decirlo, fue el soporte que estaba necesitando para poder ponerme a régimen de erudición del conocimiento, es decir esa grasa con la que te embadurnas cuando lees periódicos y libros para chachas, ves televisión o escuchas radios. En cualquier caso, lo que más me costó desenmascarar fueron los libros para chachas.  

Dice ese libro: «Pero hay también una erudición de la sensibilidad. La erudición de la sensibilidad nada tiene que ver con la experiencia de la vida. La experiencia de la vida nada enseña, lo mismo que la historia nada informa. La verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto. Así, la sensibilidad se ensancha y profundiza, porque en nosotros está todo; basta que lo busquemos y lo sepamos buscar.» 

Sí no al pie de la letra, pienso que, al final, he conseguido ser bastante fiel al espíritu de esa filosofía. Mis libros se han reducido a poco más de dos docenas y mis preferencias se reducen a desentrañar problemas geométricos o aprender nuevas partituras o perfeccionar las antiguas. Así, en esos empeños, se me va lo más del día en un estado de una cierta beatitud, ajeno, en cualquier caso, a las querellas del mundo circundante que, a buen seguro, en nada difieren de las que siempre hubo y habrá a causa de la maldita erudición del conocimiento que es la madre de todos los pecados capitales. O de todas las estulticias.

jueves, 4 de junio de 2026

Mile Davis

A veces pienso que una de las cosas más deprimentes de la vida tiene que ser no saber hacer nada que te haya costado sangre, sudor y lágrimas, aprender. Porque, aparte de los efímeros placeres primarios, no hay nada comparable al ejercitar una sofisticada habilidad. Le pregunta el entrevistador a Miles Davis: ¿serías músico si nadie te escuchara? Entonces, Miles le responde con un contundente: ¡Seguro! Por qué, continua el entrevistador: porque amo la música; la tengo siempre en la cabeza; no puedo sacarla. Entonces, ¿la oyes?  Sí. ¿La estás oyendo tú mismo? La escucho ahora. Cuando digo "feliz" parece no gustarte la palabra. Para mí el conocimiento es la felicidad. Si aprendo algo que me hace vibrar. ¿Sigues aprendiendo? Sí, aprendí algo la otra noche... aprendí algo anoche... no puedo esperar a aplicarlo... 

Pareciera que en esta entrevista a Mile Davis está condensado todo el Libro de la Sabiduría. La única riqueza posible es la que proporciona el saber hacer algo que te hace vibrar cuando lo estás llevando a la práctica. Todos los demás intentos que se hacen por cualquier otro medio siempre resultan fallidos. 

¿Sigues aprendiendo? Ésta es la pregunta clave que nos debiéramos hacer cada día, porque no hay prueba más inequívoca de que ya estás muerto que un no por respuesta. 

Ese es el gran problema del mundo, que la inmensa mayoría piensa a una edad muy temprana que ya sabe todo lo que tiene que saber para ganarse la vida. Así es que, compran un ataúd, se meten dentro, y a esperar a que venga el de la funeraria a cerrar la tapa. En eso consisten las vidas de la inmensa mayoría. En fin, allá cada cual.  

miércoles, 3 de junio de 2026

A ritmo de reglamento

 


Voy por mi barrio y me topo con el anuncio que les muestro en la foto. SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE, dice, encima de una foto de gente amontonada. Se debe tratar de una película que, a buen seguro, ha sido realizada con dinero público... bueno, por lo visto, excepto las de Torrente, ese criterio lo cumplen todas las películas que se hacen en este país. A fondo perdido que le dicen; nauseabunda propaganda, en cualquier caso. Si, es evidente que los poderes públicos quieren inculcar la idea de que aquí sobra gente a porrillo, concretamente, toda la que ha caído en la cuenta de que esos poderes son una mafia sanguinaria. 

«La otra pregunta decisiva —sigue reflexionando Ortega—, de la que, a mi juicio, depende toda posibilidad de salud, es ésta: ¿Pueden las masas, aunque quisieran, despertar a la vida personal? No cabe desarrollar aquí el tremebundo tema, porque está demasiado virgen. Los términos en lo que hay que plantearlo no constan en la conciencia pública. Ni siquiera está esbozado el estudio del distinto margen de individualidad que cada época del pasado ha dejado a la existencia humana. Porque es pura inercia mental del "progresismo" suponer que conforme avanza la historia crece la holgura que se concede al hombre para poder ser individuo personal, como creía el honrado ingeniero, pero nulo historiador, Fulanito de Tal. No; la historia está llena de retrocesos en este orden, y acaso la estructura de la vida en nuestra época impide superlativamente que el hombre pueda vivir como persona.»

La "inercia mental del progresismo", eh ahí la putrefacta madre del codero pascual. Son las víctimas del alimento intelectual ya masticado por los propagandistas de la fe. Te los encuentras por la calle, bueno, yo no, es mi señora que conoce a todo Dios, y no tardan ni dos segundos en traer a colación a Trump, la causa, por fin identificada, de todas sus angustias. ¡Por Dios bendito, ese tipo que quiere que seamos libres! ¿A dónde quiere que lleguemos? Es que ¿acaso no ha sido el miedo a la libertad lo que nos ha proporcionado esta vida tan apacible de funcionarios de provincias? ¿Alguien conoce cuadratura del círculo que se pueda comparar a esa?

Sigue reflexionando Ortega, allá por los años veinte del siglo pasado: «¿Puede hoy un hombre de veinte años formarse un proyecto de vida que tenga figura individual y que, por lo tanto, necesitaría realizarse mediante sus iniciativas independientes, mediante sus esfuerzos particulares?» Concluye que es muy improbable porque falta espacio en el que alojarle y poder moverse según el propio dictamen. Dado lo cual, se acaba renunciando a todo deseo personal y optando por una vida estándar, compuesta de desideratas comunes que se logran con solo sumarse a la corriente dominante: perro, turismo, bares y algo de cultureta por aquello de poder sentirse especial. 

Y añade: «La cosa es horrible, pero no creo que exagera la situación efectiva en que van hallándose todos los europeos. En una prisión en donde se han amontonado muchos más presos de los que caben; ninguno puede mover un brazo ni una pierna por propia iniciativa, porque chocaría con los cuerpos de los demás. En tal circunstancia, los movimientos tienen que ejecutarse en común, y hasta los músculos respiratorios tienen que funcionar a ritmo de reglamento...»

"A ritmo de reglamento", ¿es que no es así de la única manera que nos podemos mover hoy día? Europa se ha convertido en una termitera. No estamos haciendo otra cosa que comernos lo que las generaciones precedentes construyeron. Y todo atisbo de individualismo de inmediato es demonizado, no vaya a ser que su ejemplo nos despierte del sueño termitero. Todo encaja a la perfección con el título de la película que les mentaba al inicio de este post: se tiene que morir mucha gente para que quede espacio libre en donde poder volver a moverse a nuestro antojo y así recuperar la condición de individuo, es decir, a ser a imagen y semejanza de los dioses creadores. 

martes, 2 de junio de 2026

El infierno de la uniformidad

Cuando pasaba una consulta en un ambulatorio de Hospitalet de Llobregat, allá por los principios de los años ochenta del siglo pasado, trabé conocimiento con un paciente, catalán pata negra, al que la naturaleza, o quizá los médicos, le había jugado una mala pasada. Era un tipo cultivado que venía por la consulta más que nada porque le gustaba hablar; un día me dijo si podía ir a mi casa con sus hijos gemelos porque quería que me conociesen. Cedí a sus pretensiones y un día se presentó en casa con los gemelos de dieciséis años. Estuvimos charlando un buen rato y, como no hubiera podido ser de otra manera el tema que se llevó casi todo el tiempo fue el de la independencia de Cataluña. Lo de la independencia, que evidentemente venía de lejos, era como una especie de patología psiquiátrica que producía en los contaminados un sufrimiento indescriptible: debe ser terrible vivir con el convencimiento sin fisuras de estar sometido a una injusticia de proporciones homéricas. Yo trataba de relativizar el asunto y cargar el acento sobre lo que uno hace con su vida, es decir, primando lo individual sobre lo colectivo. Y el caso es que aquel hombre había conseguido superarse, pasando de obrero a perito industrial, aprovechando las oportunidades formativas que brindaba el régimen franquista. Pero, ello, parecía no servirle para nada a efectos de su sentimentalidad territorial: sin duda estaba poseído por el mito de la tierra prometida, dado lo cual, toda pretensión de racionalidad estaba condenada al fracaso de antemano.  

El caso es que yo, por aquel entonces, tenía muy reciente la lectura de varios libros de Ortega y, aunque, ciertamente, debía haber comprendido muy poco, sin embargo, se me había quedado clavada en la conciencia esa afirmación que hace en el prólogo para franceses de su Rebelión de las Masas: ser de derechas o izquierdas, es haber escogido entre las infinitas maneras que tiene el ser humano de ser un perfecto imbécil; y añade, esa decantación es un a modo de hemiplejia moral. Por lo demás, también Ortega se detiene largo y tendido en la cuestión de las pasiones de pertenencia. Esto, lo estoy comprobando ahora que, por enésima vez, he vuelto a su lectura desde el total distanciamiento respecto de cualquier posición que no sea, como ya me canso de repetir, la de la Biblia y el fusil. Claro, por aquel entonces, el nacionalismo catalán me los estaba tocando bien tocados porque, aunque a efectos prácticos no me afectaba mucho, a efectos sentimentales era una verdadera tortura que me obnubilaba el entendimiento: estaba condenado a escuchar la palabra Cataluña, o cualquiera de sus derivados semánticos, varios millones de veces al día... y no exagero un ápice; tenía guardada una entrada para un concierto en el Palau de la Música en la que se las habían apañado para que la palabra Cataluña apareciese siete veces. 

Ahora, como digo, desde la distancia, y después de haber escuchado sendos vídeos de Anxo Bastos, que, aunque nunca le cita, estoy seguro que está muy influido por Ortega, me doy cuenta de que aquellos catalanes tenían su buena parte de razón: no hay nada más empobrecedor que la uniformidad que siempre, por cortedad de miras, quieren imponer los poderes centrales. Lo que pasaba en España era lo mismo que lo que está pasando ahora con la Comisión Europea. Ni entonces funcionaba en España ni ahora funciona en Europa por la simple razón de que la uniformidad destruye a las partes. Y es que las partes sólo pueden funcionar cuando pueden ser como quieren ser. Está muy bien la unidad, desde luego, pero desde el radical respeto a las diferencias. Son los intereses concretos los que unen y no las ideas abstractas. Cataluña no chistaba cuando en España había un régimen económico mercantilista; cuando empezó a liberalizarse ese régimen, sencillamente, España ya no interesaba. Así funcionan los territorios y, también, las personas. 

Destaca Ortega el importante papel que, según su parecer, jugó en la decadencia del imperio romano el empobrecimiento del idioma producido por la uniformidad. Al respecto no hay más que ver la Biblia Vulgata traducida por San Jerónimo. Hasta yo la entendía. Es algo parecido a lo que está pasando ahora en Europa con el inglés patatero que usan todos los políticos y burócratas de las diferentes naciones para entenderse entre ellos. ¿Qué riqueza pueden tener los debates con esa pobreza lingüística? Durante muchos siglos hubo una Europa dividida en multitud de Estados por donde la gente circulaba libremente entendiéndose, mayormente, con el latín; unos con el latín culto y otros con el latín vulgar. Aquella fue la Europa que se impuso al mundo, con sus cañones, desde luego, pero sobre todo con su saber. Saber, seguramente nacido de la competencia entre los diferentes. 

En fin, lucubraciones deslabazadas de una mañana lluviosa de junio en la que resuenan en lontananza las negras premoniciones para una España que se resiste a ser y una Europa no menos ficticia... precisamente, en ambos casos, por la obsesión de sus oligarquías en uniformizarlo todo para, así, mejor controlarlo... ¡no aprenden de la Historia!  

lunes, 1 de junio de 2026

Caer en la cuenta

 Si bien lo consideramos nos daremos cuenta de que todo el trabajo intelectual que ha resistido el paso de los años, por no hablar de los siglos y milenios, no ha sido por otra causa que porque ha estado dedicado a reflexionar sobre la libertad individual y sus principales enemigos. Y es que no podría haber sido de otra manera, porque al que está dotado para el pensamiento abstracto no puede haber nada que le haga sufrir más que el que venga alguien a limitarle esa capacidad. La libertad para pensar lo que a uno le parece es lo correcto es el mayor don que los cielos hicieron al hombre y, por lo mismo, cuando se coarta ese don, es el mayor sufrimiento que se le puede infringir. 

Antaño, todo el mundo sabía de dónde procedía esa coartación del pensamiento. Nunca me cansaré de repetirles la advertencia que, vía Samuel, hizo Dios a su pueblo elegido. Será el rey la causa de todas vuestras desgracias, les dijo. Porque la opresión siempre vino del rey en sus diversas acepciones, por más que, a veces, estaba tan bien montado el truco que parecía que el malo era otro, como, por poner un ejemplo, pasó con la inquisición, que todo el mundo pensaba que tenía que ver con las cosas de la fe, cuando en realidad era la policía política del rey. El rey que, a su vez, era la cabeza visible de una oligarquía que se había hecho con el poder por la fuerza de las armas. Porque siempre hay una oligarquía camuflada tras ese poder real; oligarquía que de vez en cuando asesina al rey porque se ha dado cuenta de que otro servirá mejor a sus intereses. 

Pero, ya digo, eso era antaño; de hace un par de siglos para acá, quizá debido a la nivelación social llegada de la mano de la revolución industrial, las cosas han cambiado algo: ahora la opresión es en sábana; llega desde todos los lados, empezando por el vecino que no soporta que tengas gustos diferentes a los suyos. Esto, claro, no pasó desapercibido a las cabezas pensantes; una de ellas, británica, por cierto, escribía a mediados del XIX: «..., existe en el mundo una fuerte y creciente inclinación a extender en forma extrema el poder de la sociedad sobre el individuo, tanto por la fuerza de la opinión como por la legislativa. Ahora bien: como todos los cambios que se operan en el mundo tiene por efecto el aumento de la fuerza social y la disminución del poder individual, este desbordamiento no es un mal que tienda a desaparecer espontáneamente, sino, al contrario, tiende a hacerse cada vez más formidable. La disposición de los hombres, sea como soberanos, sea como conciudadanos, a imponer a los demás como regla de conducta sus gustos y opiniones, se haya tan enérgicamente sustentada por algunos de los mejores y algunos de los peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que casi nunca se contiene más que por faltarle poder. Y como el poder no parece hallarse en vías de declinar, sino de crecer, debemos esperar, a menos que una fuerte barrera de convicción moral no se eleve contra el mal, debemos esperar, digo, que en las condiciones presentes del mundo esta disposición no hará sino aumentar».

Esa nivelación social que, por supuesto, es por el lado de los bajos instintos: todo eso que llaman la cultura woke que, como usa como su principal ariete la milonga de que se puede aprender jugando no hay puerta al precipicio que no abra. No creo que nunca la humanidad haya dado un paso hacia atrás de semejantes proporciones; nos ha colocado a un tris de volvernos a los árboles. Bueno, en fin, la ventaja de todo esto es que nos obliga a exprimir el caletre para dar con el portillo del caer en la cuenta que es por donde está la vía de escape. Caer en la cuenta, esa es la cuestión.