viernes, 31 de julio de 2026

Divagaciones tardoveraniegas

 



La apacibilidad de estos atardeceres brumosos del verano norteño. Gente del barrio baja con sus trebejos y se pone a la orilla del agua alimentando la expectativa de una cena gratis. Aunque, en realidad, pienso, a lo que más bien aspiran es a ensimismarse contemplando las suaves ondulaciones que la brisa produce en la superficie del agua. De vez en cuando intercambian un manido comentario que nunca va a más. Y así hasta que la noche se cierra y regresan a sus cobijos.

Procuro no faltar nunca a esa cita, aunque, en vez de a la orilla, me siento en un banco y observo el escaso tráfago: la típica dueña, o el típico rokero que nunca muere, que pasean a su perro; un grupo de la quinta edad, la mitad en el banco y la otra mitad en sus sillas de ruedas, que departe sobre sus últimos viajes —las enfermedades son los viajes de los pobres, decía Pla—; unos senegaleses que se apresuran a embarcar —ya ha empezado a levantarse uno de los brazos del puente levadizo—; y, allí, en frente, la chavalería del barrio sigue pegándose coles... ni se sabe las horas que llevarán con tan extenuante actividad. A veces pasa alguien conocido e intercambiamos un fugaz saludo, aunque, por lo general, si no es por María, que suele acudir a la cita, me voy a casa como vine, envuelto en mis pensamientos. 

Lo curioso es que esta es la misma ciudad en la que a poco más de un kilómetro a levante hay un avispero en plena ebullición. Gentes venidas de todos los confines pugnan por encontrar un significado a su azaroso deambular: da la impresión de que los árboles no les dejan ver el bosque... supongo que ese es el gran drama del turismo de masas. Y así es que tratan de consolarse consumiendo alimentos hipercalóricos y deshaciéndose después de los envoltorios por los más expeditivos procedimientos... el suelo da buen testimonio de ello. Bueno, el otro día me mandaron un video en el que unos jóvenes trataban de desahogarse pegando patadas a las bicicletas municipales; la que los estaba filmando decía; ¡esos no son de aquí! Claro, de aquí, por esos lares, no es prácticamente nadie. 

En fin, ya pasó lo peor. Apenas queda un mes para que el downtown vuelva a la relativa civilización; claro que si no es indispensable no me ven el pelo por allí, porque es que, ¡Dios mío!, que absoluta ausencia de personalidad... aunque eso de la personalidad... muy necesaria para ser policía y cosas así.

jueves, 30 de julio de 2026

Faetón

La humanidad en su conjunto, lo mismo que los individuos, siempre están prisioneros de dilemas irresolubles. Es eso que los ingleses llaman conundrum, una palabra que, una vez oída, por lo que sea, ya no se te olvida. En realidad, todo en esta vida, excepción hecha de las matemáticas es un puro conundrum. La gente del común tiene por hábito el enfrentar los dilemas decantándose por la opción que mejor casa con lo que ellos llaman su ideología y que, sin embargo, no es más que su conveniencia a corto plazo. Es todo puro infantilismo. Y la experiencia demuestra que nada se puede hacer al respecto si no es dejar que la bola corra ladera abajo y que sea lo que Dios quiera. 

Ahora, por lo visto, hay muchos incendios y todos dicen la suya, pero nadie está dispuesto a mover un dedo en el sentido de la lógica. En realidad, todo el asunto, en principio, sería muy sencillo: no haría falta más que el que Helios negase a su hijo Faetón el capricho de conducir el carro del sol. Cojan, agarren las Metamorfosis de Ovidio y vean como quedó todo por aquí abajo por haber cedido Helios al capricho de su incompetente hijo. Y es que no es precisamente fácil conducir ese carro; tan pronto te alejas y te hielas, como te acercas y te quemas. 

Y así es que ahí están todos con el asunto del puto calentamiento global. Unos dicen que sí y otros dicen que no, pero todos coinciden en fundarse en la ciencia para apuntalar sus posiciones. !A cualquier cosa llaman ciencia! Sí, ahí están todo el día con eso que llaman los modelos que no son otra cosa que un truco para justificar sus sueldos. ¿Modelos de qué? También el calendario zaragozano era un modelo con todos sus algoritmos y el recreo y toda la hostia de una culta población. 

Ya digo, pon firme a Faetón y punto pelota. O, si mejor quieren, dejen de robar fuego a los dioses y, automáticamente, dejarán de quemarse. Pero, díganme ustedes, ¿conocen a alguien que esté dispuesto a disminuir su consumo de derivados del petróleo? A todas las horas estamos quemando con entusiasmo millones de toneladas de esos derivados. Puede que ello sea inocuo, puede que sea letal, ¿quién lo sa? En cualquier caso, ya nuestros ancestros más remotos habían concluido que la sabiduría es, fundamentalmente, prudencia. Y lo prudente en este caso sería desmitificar las ventajas que proporciona el coche. ¡Por Dios bendito, mira que hay que estar ciego para no darse cuenta de que son ventajas envenenadas! 

Bueno, para muestra ya tenemos ahí el botón del desierto del Sahara que no es otra cosa que la herencia que nos dejó el capricho de Faetón. Al menos, eso es lo que dicen las crónicas. 

miércoles, 29 de julio de 2026

Liturgias

Ver a Edith Pageaud sentada en el presbiterio, ante el ara y con los vitrales góticos iluminados por la luz del amanecer al fondo, interpretando a la guitarra la Sonata K. 466 de Scarlatti... bueno, sí, todo aquel esfuerzo que hicieron en siglo XIII, o XIV, unos creyentes, cobra sentido: por fin la relación con lo divino se ha consumado gracias a las habilidades artísticas de la sacerdotisa Edith. Nadie puede quedar indiferente ante tan alta manifestación del espíritu. Pensar en todo el derroche de voluntad que fue necesario para que una escena tal haya sido posible, estremece. ¿Dónde queda uno ante semejante magnificencia? Supongo que es a todo eso a lo que algunos llaman Dios. 

En cualquier caso, me suelo desayunar con este tipo de liturgias. No porque crea ni deje de creer en Dios; eso es algo que me la trae al pairo. Es, simplemente, mi forma de reconciliarme con esta vida que tanto duele a nada que uno se abandone a su putrefacto ombligo. Es, en definitiva, la percepción de la belleza, algo que no nos es dado porque sí; se precisa de la ascesis previa para que se consume el milagro. 

Por lo demás, sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. ¡Cómo le debía doler a este hombre el señoritismo que impregnaba toda la vida española de su tiempo! Se diría que sus novelas son en gran medida una venganza contra esa lacra, no extinguida todavía, por cierto, y que tan cara nos ha costado y sigue costando. Bueno, si bien se mira, toda la literatura es una venganza... pero esto es tema para otra ocasión. 

martes, 28 de julio de 2026

Desengaño

Les diré lo que es la vejez: desengaño. Te has pasado la vida intentando comprender lo que dijeron unos y otros produciendo con ello irreconciliables ideologías. Los unos epicúreos, los otros estoicos; los unos católicos, los otros protestantes; los unos de derechas, los otros de izquierdas... infinitas dicotomías. Como les decía ayer, todo filfa. Todo el mundo es de todo y nadie es de nada: eso es exactamente lo que enseña la experiencia. De lo que sí pueden estar seguros es de que todo el mundo, salvo algún iluminado con pulsiones suicidas, es de lo que cree que le conviene, porque cree que sale ganando, en el momento en el que se ve en el trance de tener que escoger. 

Entonces van unos sabios conferenciantes y dicen: entonces llegó la era del racionalismo y todo cambio. ¿Racionalismo, dice usted? ¿A qué se refiere? ¿Acaso a que desapareció la superstición? Para mí que desde que el mono bajó del árbol ha habido en el mundo los mismos porcentajes de gente sensata y gente chisgarabís. Y eso no lo va a cambiar ninguna ideología, ni ninguna religión, ni ninguna como sea que quieran llamar a las mandangas que se inventa la gente para que los débiles puedan parasitar a los fuertes... o los chisgarabises a los sensatos. 

Se imaginan ustedes todo lo que se mató la gente entre sí por sostener los unos que estamos predestinados y los otros que tenemos libre albedrío. ¿Se pueden imaginar mayor imbecilidad? ¿Quién puede estar seguro de que hace lo que hace porque así lo quiere él y no porque las circunstancias le han comido el coco para que se decante por lo que le perjudica en beneficio de otros? Hasta los más sensatos se dejan arrastrar por las corrientes dominantes. Es inútil pararse a considerar tales extremos porque nunca se puede llegar a conclusión alguna. Al respecto, solo hay una cosa de la que podemos estar bastante mucho seguros: nuestros actos tienen consecuencias de las que, queramos o no queramos, siempre somos responsables y, tarde o temprano, recibiremos las recompensas, o tendremos que pagar, por ellas. En eso se resume toda la filosofía de la vida y es inútil hacerse ilusiones y acogerse a la anécdota para justificar que puede ser de otra manera. 

lunes, 27 de julio de 2026

Filfa

Uno va por ahí en bicicleta, pongamos que por Valderredible, por la carretera que bordea los meandros del Ebro, y escucha el susurro del agua que se desliza apacible, el del viento que acaricia las hojas y, sobresaliendo de ese fondo sonoro, el canto de los pájaros que, sin duda, es conversación entre ellos. Los pájaros tienen ese privilegio, que, de forma natural, conversan cantando. 

Los seres humanos a duras penas podemos imitar ese privilegio y, esa imitación, allí hasta donde llegue, quizá sea nuestro máximo logro como especie. Ésta es la conclusión a la que creo que he llegado después de más de ochenta años de devanarme los sesos. Todo lo demás que hacemos, excepción hecha del procurarnos manduca, es pura filfa. La música, incluyendo en ella, por supuesto, la poesía, es nuestra única posibilidad de comunicación real... es decir, el intento de acercarnos a la verdad de lo que sentimos. 

Así que, todo eso que llaman filosofía es, como digo, pura filfa. Que yo sepa, solo ha servido para dar pábulo al ansia de dominio de los unos sobre los otros. El ansia nacida del no poder expresarse cantando. O sea, de la insuficiencia. 

En fin, bajo a la tierra, porque tengo que hacer unas burocracias que me son indispensables para asegurarme la manduca. En cuanto las termine me vengo para casa a toda mecha para agarrar una guitarra que vendría a ser la ortopedia de la que no puedo prescindir si quiero acercarme a la verdad de lo que siento. 

domingo, 26 de julio de 2026

Sin trampa ni cartón

 Ayer estuve escuchando una clase que Jesús Huerta de Soto daba a sus alumnos en no sé qué universidad. Una clase a propósito de por qué en España siempre habían fracasado todos los intentos de liberalismo. Una clase a la que, por cierto, bien se la pudiera considerar como magistral sin que tal calificativo, como suele ser el caso, fuera mera propaganda. Hace el maestro un recorrido por la historia en el que quedan expuestas sin trampa ni cartón las causas de nuestra tragedia, principalmente, la pureza de sangre y su secuela inmediata, la inquisición. En definitiva, el trono y el altar en perfecta sintonía para un estrangulamiento continuo de cualquier intento de libertad en su manifestación más pura, el comercio. La nuestra es una historia hecha por soldados y curas yendo de la mano... es decir, la fuerza bruta casada con el embeleco. 

En realidad, toda la historia de la humanidad, groso modo, ha sido eso. El poder apoyándose en la fuerza bruta y el mito para justificar lo injustificable, es decir, apoderarse de una buena parte de las rentas del trabajo de la gente decente. Porque ahí está la cuestión, que todo poder basado en la fuerza y la mentira es, por naturaleza, indecente y, por tal, efímero. 

En fin, es descorazonador comprobar lo poco que el tiempo puede hacer para cambiar estas cosas. Y es que, por lo que sea, la gente del común adora las cadenas. ¡Vivan las cadenas!, gritaba el pueblo llano hace dos siglos, cuando recién se había yugulado un tímido intento de liberalismo. Y eso, por no hablar de hace dos días, como quien dice, cuando la gente salía a los balcones a aplaudir porque nos habían encerrado en casa, por nuestro bien, decían.  Siempre triunfa la lógica del "llámame alfombra y dame de comer"... aunque sea mierda lo que me das. 

Pero, así todo, por descorazonador que parezca, la semilla de la libertad nunca muere. Al ínclito Carlos quinto de Alemania —¡de Alemania tenía que haber sido!— y primero de España, se le enfrentaron los comuneros y pudo haber sido el comienzo de una bonita historia. Y nunca cejaron los intentos en ese mismo sentido, el de bajar los humos al poder. Y nunca cejarán, porque está en el espíritu de cada vez más gente el no dejar que nadie te venga a tocar los cojones... que no por otro sentir es que tengan tantos adeptos las películas de Clint Estwwood, entre otros. Por no hablar de las conferencias de Huerta de Soto que, ya digo, sin trampa ni cartón.  

sábado, 25 de julio de 2026

¿De cuáles eres?

 Ayer por la tarde estaba tan aburrido que probé a aliviarme encendiendo la televisión. Estaban echando una película protagonizada por un John Wayne bastante joven, si es que ese hombre lo fue alguna vez. El caso es que estaba junto a un niño que intentaba pescar peces, pero no lo conseguía. Es que estás de espaldas al sol y haces sombra sobre el agua y, eso, espanta a los peces; tienes que ponerte en la otra orilla, le dice. Es que no puedo ir allí porque no sé nadar. Sin mediar palabra, agarra al niño como si fuese un pelele y lo arroja en mitad del río. El niño manotea un poco, pero en menos de lo que se dice ya había llegado a la otra orilla con la cara iluminada por la satisfacción de haber vencido un miedo ancestral. Es toda una concepción de la vida que este mundo en el que nos ha tocado vivir se empeña en enterrar bajo siete capas a cada cual de ellas más maricona. 

Ahora, aquí, estamos en una cosa que llaman Semana Grande. Es una especie de fiesta en casa de Trimalción con toda la mariconería de la ciudad haciendo de maestros de ceremonia. La única forma de ir por libre o, más exactamente, de que no te expriman, es quedándote en casa. Mala cosa, pienso yo, tiene que ser el que papá y mamá te organicen el entretenimiento. Lo que ellos quieren siempre es que no te hagas pupa. Lo de la paz y todas esas cosas que de puro aburridas conducen inexorablemente al consumo de estupefacientes... que es en lo que mayormente está la gente. 

Yo veo por ahí a todos esos jóvenes recogiendo cacas de perro por la calle; los mismos jóvenes que, luego por las noches, van a los bailes de vampiros de moda y lo dejan todo tan asqueroso que obligan a la alcaldesa a salir en los medios de comunicación de masas para decir que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa: así es como los regaña. En honor a la verdad hay que decir que solo vemos a la morralla; lo valioso, anda por ahí, el mundo adelante, buscándose la vida. Siempre hubo, y siempre habrá, libres y esclavos. Y no se engañen, las empatías, socializaciones, y todas esas mandangas que enseñan en las escuelas públicas, no son más que los eslabones de la cadena que llevan al cuello los esclavos. Los espíritus libres no van a la escuela; pescan a la orilla del río a la espera de que llegue un John Wayne y les enseñe a nadar. Resumiendo, los unos se mueren por ir todas las noches a casa de Trimalción y, los otros, ni ciegos de grifa irían. ¿De cuáles eres tú?

viernes, 24 de julio de 2026

Ortopedias discapacitantes

Por lo visto eso de la inteligencia artificial es el acabose. Como si fuese el paso definitivo que, por aquello de la omnisciencia, nos convierte en dioses. De ilusión en ilusión y tiro porque me toca. O, lo que es lo mismo, de hostiazo en hostiazo y no aprendo nada. Y así venimos desde que Prometeo le robó el primer fuego a los dioses. La inteligencia para mí es hacer servir para algo los datos que acumulaste en la memoria; saber interrelacionarlos de forma que te facilite el conseguir la manduca, por ejemplo. 

Saber Interrelacionar datos, aunque es algo que, en principio, todos traemos de fábrica, no por eso conviene hacerse ilusiones. En la inmensa mayoría de los casos ese interrelacionar es muy rudimentario y siempre dependiente de las emociones del momento. Así que podemos considerar que la gran tarea de nuestras vidas consiste en intentar perfeccionar ese mecanismo interrelacionador. Es algo que, de tan elemental como es, nos suele pasar desapercibido y por eso es que deleguemos con tanta facilidad nuestra responsabilidad en manos mercenarias. 

Todos los imperios han sucumbido cuando empezaron a delegar funciones esenciales, empezando por la seguridad de las fronteras, en manos mercenarias. Y es que el mercenario no tarda ni cuatro días en apercibirse de cuál es su poder y cómo lo puede utilizar para quedarse con todo. Eso es exactamente lo que nos ha pasado con el aprendizaje de la interrelación de datos, que, al haberlo delegado en el Estado, el Estado se ha quedado con todo. El Estado nos enseña lo que le viene bien para sus fines de dominio y nos hurta lo que pueda poner en entredicho ese dominio. Por eso, nos enseña a obedecer y procura impedirnos por todos los medios a su alcance que aprendamos a pensar por nuestra cuenta. 

¿Y cómo logra esa meta absolutamente inhumana? Para empezar, desterrando del imaginario colectivo aquella máxima libertaria por antonomasia que estaba grabada a cincel en el frontón de la Academia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría». La geometría es exactamente eso, interrelacionar datos para resolver problemas. Dicho de otra forma, es gimnasia del espíritu. Es pensar con método. En definitiva, es todo lo que ayuda a ser libre. Porque es de eso de lo que se trata, de libertad, algo de lo que el que te tiene esclavizado no quiere oír hablar. 

Así que, señoras y señores, no se dejen engañar: inteligencia artificial es un oxímoron, o un imposible metafísico, si mejor quieren. O, ya puestos, una ortopedia para discapacitados. Lo suyo para que no te tomen el pelo es desayunarte todos los días con un problema de geometría. Es la forma ideal de hacer músculo espiritual, el que te defiende de los parásitos, vampiros, comunistas, o como quieran llamar a los que pretenden vivir de tu esfuerzo.

jueves, 23 de julio de 2026

Regodeo en la agonía

Las cosas iban de mal en peor; el relato que durante siglos había configurado el pensamiento mágico de la gente ya no servía. Demasiados dioses para cosa buena; daban una imagen del poder demasiado dispersa. Se necesitaba algo que diese soporte ideológico a una concepción monolítica del poder. Entonces, unos tipos influyentes se reunieron en una ciudad llamada Nicea, o algo así, y pensaron que una buena solución podría ser elevar a la categoría de Dios único a aquel judío que, tiempo atrás, había fundado una secta que tenía bastante tirón entre la gente del común. Dicho y hecho, fundaron lo que se dio en llamar cristianismo. A partir de ahí, la natural relación del hombre con lo divino se hizo a través de ese Dios único al que para darle el soporte material que todo lo divino necesita se le empezaron a construir templos por doquier a la vez que se liquidaba a todo el que cuestionaba el invento. Con el tiempo, a ese pensamiento mágico le fueron saliendo brotes que se adaptaban mejor a las necesidades de los tiempos cambiantes. Y así hasta que, so capa de racionalismo, le salió el hijo tonto del marxismo que es el que viene predominando en el mundo ya va para siglo y medio. 

En fin, el caso es ese, que no hay forma de escapar al pensamiento mágico por la sencilla razón de que la realidad es algo que no podemos abarcar con nuestros escuálidos cerebros. Al respecto, lo único que nos demuestra la experiencia acumulada a lo largo de la historia es que cuanto más se ha tratado de racionalizar la explicación de la realidad mayor ha sido el desastre que ha dejado como rastro. No por otra causa es que siempre hayan existido apóstoles del orden espontáneo, desde Lao-Tse, pasando por Heráclito, hasta llegar Hayek en estos tiempos que corren. Tú, te dicen estos, déjate llevar y adáptate a las circunstancias. Como el río que fluye. 

A partir de ahí, la relación con lo divino no necesita para nada templos. Los templos se los dejas a los turistas. A ti te basta con un papel y un lápiz para ponerte a resolver ecuaciones o, en su defecto, con una guitarra, para producir secuencias armoniosas de sonidos. Y eso es todo: regodeo en la agonía. 

miércoles, 22 de julio de 2026

Miedo y asco

Dicen que Las Vegas, ese templo dedicado a la diosa Fortuna, está de capa caída. De ser eso verdad supondría un salto cualitativo en el desarrollo de la madurez humana, porque mira que hay que estar anclado en la zoquetería para creer que tocando el culo a esa diosa la vas a poner de tu lado. Claro que hablar de zoquetería para tratar de encontrar explicación a fenómenos incomprensibles es muy arriesgado. Hay que tener en cuenta, también, que el juego proporciona una puerta de escape privilegiada a las pulsiones suicidas que en mayor o menor grado todos tenemos en función de nuestros estados de ánimo. En fin, sea como sea, como demuestra científicamente Sal Khan en un vídeo memorable, es más probable que te mate un rayo a ti, y otro a tu mejor amigo, que el que te toque la bonoloto. Y, sin embargo, cientos de millones de personas rellenan todas las semanas boletos de esa lotería y con ello encienden dentro de sí una lucecita de esperanza. Es algo absolutamente estúpido, pero así es como funcionamos. Es, en definitiva, el sentimiento, o pensamiento, religioso: a Dios rogando, y con el mazo dando... bueno, supongo que los que compran boletos piensan que en eso consiste, precisamente, dar con el mazo. 

En cualquier caso, Las Vegas, con todo su fasto, no deja de ser un síntoma patognomónico donde los haya de la decadencia de un modelo de sociedad. Un modelo basado en la persecución a ultranza de la quimera de la felicidad. Así que es normal que el entusiasmo decaiga a poco que el personal dé en remitirse a los hechos. Las quimeras tienen eso, que, cuanto más las persigues, más lejanas las sientes. 

En realidad, a ese sueño, o quimera, americano, que pretendió ser Las Vegas, le pegó el tiro de gracia aquella novela del escritor Hunter S. Thompson, titulada "Miedo y asco en Las Vegas". Se trata de un periodista que va a Las Vegas con una maleta llena de drogas y en compañía de un abogado para que le saque de los líos en los que se piensa meter con el pretexto de dar realismo a sus reportajes. El argumento es simple, drogarse para destrozar con entusiasmo todo lo que hay alrededor. Y es que el lujo hortera, perdón por el pleonasmo, si a algo invita a una mente clarividente es a ser destruido.  ¡Con lo bonito que sería aquel desierto de Nevada libre de rascacielos y neones y con gente viviendo en jaimas y pastoreando rebaños de ovejas!

martes, 21 de julio de 2026

El insidioso pacto

 Es un sentir al que podríamos llamar malestar existencial. Todo el mundo tiene su lote de eso y, en la inmensa mayoría de los casos se compensa sin mayores problemas por los más variados procedimientos, desde tomarse una copa a escalar una montaña, por poner dos ejemplos bien tontos. Pero, por lo que sea, hay personas que no encuentran remedio a su malestar si no es traspasándoselo al vecino. Digamos que es gente afectada del síndrome de Melmoth el Errabundo. 

Traspasar su malestar a los otros es el intento al que casi nadie renuncia en primera instancia llevándose con ello, en la mayoría de los casos, una amarga lección que suele ser suficiente para no volver a tropezar en esa piedra. Pero hay una minoría bastante numerosa en la que el síndrome está tan enraizado que no hay lección, por amarga que sea, que valga para nada. Para ellos insistir es la única posibilidad de sobrevivir. Por eso, podríamos decir que ellos son el mal del mundo. 

Ese malestar, en principio, no tiene otro origen que no sea algún tipo de pacto que se ha hecho con el diablo en la más tierna infancia. El diablo disfrazado de los padres, o de escuela pública, va concediendo todos los caprichos al infante y le va inculcando un concepto de sí mismo que nada tiene que ver con la realidad. Por eso a la hora de confrontarse con ella no recibe más que palos que de nada le sirven a efectos de curación sino todo lo contrario. 

La literatura universal se ha cansado de analizar este asunto. El Don Juan de Tirso de Molina, el de Zorrilla, el de Torrente Ballester —la mejor novela en español del siglo pasado, a mi inmodesto juicio—; los Faustos de Marlowe y Goethe; Melmoth y un largo sin fin. Y todo lo que se insista es poco, porque, por lo que sea, pocas cosas habrá que más nos cueste reconocer dentro de nosotros que ese pacto con el diablo que, en mayor o menor medida, alguien nos ayudó a firmar cuando todavía no habíamos hecho la primera comunión.  Y claro, ¡cómo no nos va a costar reconocer el insidioso pacto si para eso lo que hay que hacer es clavarse una estaca en el pecho! En fin, cosas de nuestra imperfección estructural. 

lunes, 20 de julio de 2026

Nosotros y ellos

¿Y ahora qué? La gente se pasó la noche dando el coñazo porque unos deportistas multimillonarios, por los que se sienten representados, ganaron un torneo. ¿Y qué saca en limpio con todo esto toda esa gente? Supongo que exaltar un poco más el sentimiento de pertenencia. ¡Somos los mejores! ¿Está usted seguro? ¿Qué algo de mérito ha hecho usted para poder sentirse así?

Cada uno es cada uno y se las apaña como mejor puede. En lo que a mí respecta nunca he podido identificar dentro de mí fuertes sentimientos de pertenencia a absolutamente nada que no sea a mí entorno más inmediato. Y no es que no comprenda que el haber nacido en este lugar que llaman España me ha reportado ciertas ventajas comparativas respecto de gentes nacidas en otros lugares del mundo; en la mayoría de los lugares, si ustedes me apuran. Aunque esto de mejor o peor es radicalmente relativo, porque es mejor nacer en el peor sitio en el seno de la mejor familia, que al revés. Para mí, en eso de la identidad, pertenencia, y mandangas por el estilo, hay muy poco recorrido más allá de la familia. Y, en la mía, nunca vi a nadie entusiasmarse por acontecimientos colectivos. Todas las admiraciones en mi casa iban dirigidas a individuos concretos, sin tener en cuenta su origen o condición; si habían hecho algo de contrastado mérito, se les admiraba y punto. 

En definitiva, a lo único que uno puede adscribirse es a una forma de ver el mundo; algo muy etéreo por cambiante, en cualquier caso. Ir más allá lo considero extremadamente peligroso. De hecho, las peores manifestaciones del comportamiento humano siempre han estado ligadas a los fuertes sentimientos de pertenencia. Es lo que genera los "nosotros y ellos" irreconciliables que siempre han estado en el origen de las guerras... aunque también comprendo que la guerra es una tecnología muy útil para resolver problemas enquistados a los que no se encuentra solución, por así decirlo, racional.  

Puesto a ser Dios, lo que yo haría sería reproducir el modelo judío de antes de que se fundase el Estado de Israel. O sea, cuando era el Pueblo del Libro. Todo el mundo era su territorio natural y la cohesión les venía de la concepción del mundo que les proporcionaba el Libro... fundamentalmente, la adscripción a ley natural. Por ese procedimiento, fueron muchas veces perseguidos, pero nunca fueron perseguidores que es lo que realmente es odioso. 

En fin, qué bueno que ya pasó la ola hortera esa. Ahora, a esperar que pase la que ya tenemos en ciernes, la Semana Grande, que le dicen. ¿Qué habremos hecho para merecernos esto?

domingo, 19 de julio de 2026

La compasión

 

Cortesía de Un Besi de Fresi

No creo que haya obligación moral en estos momentos que estamos viviendo que se pueda comparar a la de denunciar la extorsión institucionalizada, elevada a la categoría de ejemplaridad ética, que venimos padeciendo. Estamos esclavizados por una mafia armada empeñada en borrar por medio de una propaganda extenuante uno de los adagios más interiorizados en el imaginario popular, aquel que sostiene que el que parte y bien reparte se lleva la mejor parte. Y es que es eso, que, so capa de que ellos reparten mejor que nadie, se están quedando con todo.  

Personalmente, me parece de maravilla el que unos tipos se dediquen a repartir, siempre y cuando, claro está, repartan de lo suyo. De hecho, durante toda la historia de la humanidad hubo gente que, por razones diversas, se dedicaron a repartir parte de su patrimonio entre los necesitados. La compasión es uno de entre los más poderosos sentimientos humanos a efectos de contribuir a la conservación de la especie; es algo instintivo, hasta en los más pervertidos, querer echar una mano al que lo está pasando mal. De hecho, hay pocas cosas que eleven tanto el espíritu como ayudar al necesitado y, de ahí, la alta productividad, o incalculable valor añadido, que tiene el oficio de mendigo. Sin compasión lo más probable es que ya nos hubiéramos extinguido. 

El problema es que nos lavaron el cerebro de tal manera que hasta el dar limosna a los mendigos nos produce un sentimiento ambiguo. Por eso Nietszche decía que había que matarlos a todos porque, lo mismo si les dabas, que si no les dabas, te quedabas insatisfecho. Y es que este modelo de Estado que venimos padeciendo en Occidente, ya va para más de siglo y medio, se percató desde sus inicios de que uno de los pilares de su poderío era, precisamente, el colectivizar la compasión, es decir, destruirla a nivel individual: para ayudar a los necesitados ya estoy yo, te dijeron... y te lo creíste. ¡Era tan cómodo! Un truco del almendruco, en definitiva, para justificar el expolio. Lo que no supieron prever es que sin ese sentimiento de compasión activo los seres humanos se vuelven monstruos a la deriva en cuatro días... solo hay que remitirse a los hechos. 

En cualquier caso, este modelo de Estado, diría yo que asesino, se fundamenta en algo que, de tan simple, es muy difícil caer en la cuenta. Tan simple como que el Estado tiene armas y tú no. Y ya, no solo es que no las tengas, es que, también, no sepas usarlas, que no por otro motivo es el que, de hace unos años para acá, en todos los países occidentales hayan suprimido la milicia de conscriptos, lo que se conocía como mili obligatoria. Nos dijeron que se trataba de una conquista social y nos tragamos el anzuelo; en realidad era otra vuelta de tuerca en la ejecución del plan de transformación de los ciudadanos en esclavos.

En resumidas cuentas, yo, a despecho de toda la repugnancia que en los espíritus pacatos pueda producir mi proposición, lo tengo claro: no existe otro camino de liberación de esta mafia extorsionadora que nos señorea que la vuelta a la Biblia y el fusil. La Biblia porque es, a mi juicio, el libro que mejor ayuda a reconocer la propia realidad; el fusil, porque te puedes defender de los que te meten la mano en el bolsillo por, según dicen, el bien de la humanidad. Así, con tales prevenciones, quizá pudiésemos volver a entronizar a la compasión entre nuestras principales armas de cara a conservar la especie.  

sábado, 18 de julio de 2026

Lonely are de Brave

Lonely are the brave. Aquella película de los años sesenta del siglo pasado cuando Hollywood todavía no había sido colonizado por los mariquitas comunistas, perdonen el pleonasmo. Lo que yo ví en esa película fue una recreación del Quijote. No importa cuantas veces se estrellase el protagonista, maravillosamente encarnado por Kirk Douglas, porque el caso era perseguir la libertad por encima de todas las demás consideraciones. Y casi la consigue si no hubiese sido por una climatología adversa que se pone del lado del sistema. Así que, seguramente, ese final patético fue una triquiñuela para despistar a los censores que, por aquel entonces, en plena guerra fría, estaban muy centrados en todo lo que oliese a revolucionario. Y es que, díganme ustedes qué puede haber más revolucionario en este mundo que el ser capaz de andar solo por la vida... todo, absolutamente todo, lo que de notable haya creado el ser humano a lo largo de la historia ha sido obra de individuos que se hurtaron a la masa. La masa, por su parte, es el espíritu de destrucción por excelencia. En definitiva, es la eterna dialéctica entre la valentía de los pocos contra la cobardía de los muchos. Si tienen dudas al respecto, échenle un vistazo a El Manantial de Ayn Rand: más claro el agua. 

Ayer por la tarde salí un rato a tomar el aire y me tuve que volver para casa de inmediato so pena de suicidio. Nada más deprimente que una ciudad en fiestas. Es como la apoteosis del sometimiento al poder. Todo el tramo que recorrí, un par de kilómetros, era un atasco sin expectativas de solución. Las familias dentro de los coches con cara de resignación; quizá, con suerte, para la hora de la cena, alguien vendría a rescatarlos. Y, a lo lejos, sonaba el tantán de los hotentotes. A cosas así es a lo lleva toda esa milonga de la socialización, empatía y demás burdos engaños. Es elemental, querido Watson, todo cosiste en mantener al personal en cotas bajas de productividad; así los manejas con el dedo meñique de la mano izquierda; con el mismo que usas, previo dejarte crecer la uña, para sacar las cascarrias de la nariz. 

En fin, perdonen el desahogo, pero es que, según para donde uno mire, se corre el riesgo de perder toda esperanza... como en el infierno de la divina comedia. Claro que, afortunadamente, podemos mirar hacia donde los valientes cabalgan solos y vemos que, quizá sean muchos más de lo nadie hubiese podido sospechar. Yo sé que no lo veré, pero me voy a ir de aquí con la convicción de que toda esta borreguería cobarde está ya camino del matadero y una nueva raza de solitarios productivos —otro pleonasmo— asoma ya por el horizonte.  

viernes, 17 de julio de 2026

Insuficiencias complementarias


Hay en YouTube unas viñetas de un tal AbrahamJrz que, a mi juicio, es de lo mejor que se puede ver en las redes. Son historietas animadas con unos dibujos muy esquemáticos que apenas hacen más de media docena de movimientos, mayormente con ojos y boca. El tema estrella es las relaciones de pareja entre Gerardo y Carla; el eterno conflicto, para que nos entendamos. 

La cosa va de eso que llaman psicología, es decir la forma de funcionar los cerebros, algo en lo que la voluntad apenas tiene capacidad para modificar lo que viene de fábrica. Hombres y mujeres juegan papeles complementarios en el crucial asunto de la conservación de la especie. Y ahí está toda la gracia del asunto, en que lo complementario lo es, precisamente, porque es diferente e insuficiente. 

La insuficiencia es un vacío interior que siempre está pidiendo llenarse por medio de otra insuficiencia que vendría a ser la segunda parte de la parte contratante. Así, lo que tenemos es un baile de insuficiencias intentando no pisarse los callos. ¡Tan complicado, sobre todo, cuando la partitura que se baila es improvisada! 

Supongo que el Abraham ese será judío y conocerá bien la Biblia. Porque en ese libro hay cientos de historias que hacen referencia esas insuficiencias complementarias. Es algo que ha constituido, desde la noche de los tiempos, el centro de las preocupaciones de la humanidad. No por otro motivo es que casi siempre se haya bailado, y en muchos sitios se siga bailando, partituras trilladas que no dejan resquicio a la improvisación. Y es que la cosa es muy seria, como ahora estamos comprobando con horror en los lugares con exceso de improvisación; así, la especie se resiste a conservarse. 

En fin, bueno, trascendencias aparte, lo que cuenta es el humor... claro que, ¿qué es el humor sino trascendencia? Eso sí, de la inteligente. 

jueves, 16 de julio de 2026

Los culos caribeños envasados al vacío

En estas edades en las que, como ya es prácticamente imposible mirar hacia delante, no te queda otro remedio para entretenerte que mirar hacia detrás con más o menos ira, es inevitable caer en la cuenta de que la esencia de la propia vida ha consistido en tapar una equivocación con otra. Siempre con la ilusión de haber dado con la verdad por el pueril procedimiento de ir a comprar algo en la tienda más próxima. Siempre tratando de evitar el mirar la vida de frente para ir a estrellarte una vez más con la realidad. Supongo que la mayoría de las vidas consisten en eso más el intento de disimularlo. De mantener el tipo, que le dicen.

Pero ya me importa una mierda lo del tipo; porque voy por la calle y nadie me ve. La gente tiene mejores cosas que mirar. Ni te digo, ya, todos esos culos envasados al vacío que recién hemos importado del Caribe. Al final, es lo único que tiene sentido: la incitación a reproducirse: el primum mobile aristotélico, para que nos entendamos. El erotismo, dicho de otra manera. Y es que, si apartas la mirada de esos culos, solo ves pulsiones suicidas por todos los lados; Tánatos, que le dicen.

En fin, curado de espantos ya, doy gracias a los cielos por el regalo que me hicieron el día que pusieron una guitarra en mis manos. Es gracias a ella que puedo sublimar lo de los culos. Es la agonía del aprendizaje y el deliquio de su dominio lo que me permite vivir estas acaballas como si fuesen un inicio. Todo lo demás, verdades, mentiras, equivocaciones, aciertos, ya, pelillos a la mar. 

miércoles, 15 de julio de 2026

Hasta los cojones.

La aparente unanimidad. ¿Qué no daría yo por poder sumarme a la fiesta? Pero no puedo; algo se ha revuelto dentro de mí con resultado de malestar físico siempre que lo he intentado. Cada uno es, o está hecho, como es o ha sido hecho. Yo nunca ví a mis padres sumarse a ningúna celebración colectiva; a juzgar por algunos comentarios que les escuché, pienso que les horrorizaba. Claro, ellos habían vivido aquellos entusiasmos que habían acabado en lo que habían acabado y tenían la lección bien aprendida: para ellos, la sustancia aglutinante siempre era venenosa. ¡Y qué razón tenían!

Esa es la cuestión, la calidad de la sustancia aglutinante. ¿Cuántos de entre todos esos, tan españoles ellos, que ayer al atardecer rugían en la terraza de la esquina sur de la calle habrán leído El Ingenioso Hidalgo? Me temo que ninguno. Esa es la preocupante cuestión, que detrás de esa unanimidad no hay el menor esfuerzo intelectual; todo es sentimentalidad, el mismo argumento que han venido usando los asesinos vascos para justificar sus tropelías. ¡Yo es que me siento vasco, español, o de donde sea, hasta la médula de mis huesos! ¡Bonita forma de exhibir inanidad!  

A Dios Gracias, hay bastante gente que ha leído y lee el Quijote. Y también a Murray Rothbard. Y por eso nunca están en las terrazas donde se ruge. Suelen estar en sus gabinetes calculando el área que hay entre dos curvas o asuntos por el estilo con los que se genera la riqueza de la que comen los que rugen. 

En fin, a ver si termina esta mierda, y, también, las fiestas del barrio, y las de la ciudad, y, y, y... y todo este fingimiento de felicidad con el que los muchos se autoengañan y los pocos acaban hasta los cojones. 

martes, 14 de julio de 2026

El rugido de las masas

Por lo visto hay por ahí un torneo deportivo de muy alto nivel que tiene sorbido el seso de las masas. Estoy tranquilamente en casa y, de pronto, me llega desde la terraza que hay en el extremo sur de la calle un estruendoso rugido. Son las masas educadas para identificarse con cosas que, en puridad, que diría el filósofo, ni les va ni les viene. Porque ¿en qué puede afectar a la vida de esa pobre gente que gane o pierda un equipo de millonarios? Sin embargo, lo que sí les afecta de una forma decisiva, eso, ni siquiera saben que existe. ¿Acaso alguno de entre todos esos desgraciados sabe quién descubrió el chip? O cualquier otro de los inventos que lo han puesto todo patas arriba con el consiguiente sufrimiento para los más débiles que son, precisamente, los que constituyen las masas... los que rugen.  

No sé, porque uno no puede estar seguro de nada —norma número uno para aspirar a una mínima salud mental—, pero sospecho que todos esos torneos que organiza el pérfido poder con la pretensión de, así, tener adormecidas a las masas no sirve para absolutamente nada. Porque lo de adormecer a las masas, pienso, no es más que un pleonasmo: masa y adormecido vendrían a ser una y la misma cosa. En este mundo, siempre ha habido, hay y habrá, masa adormecida y una exigua minoría despierta a la que el poder nunca ha podido, ni puede, ni podrá, meter en cintura por más que dedique todos sus esfuerzos a conseguir ese fin... hoy matan a un Giordano Bruno y mañana les crece un Galileo que se lo pone todavía peor. 

Así es que siempre estamos en las mismas, la masa rugiendo desde las terrazas de la esquina sur de la calle y la exigua minoría investigando en la soledad de sus laboratorios. Y el poder con el culo prieto... no hay más que ver cómo se le ha puesto la cara en cuatro días al presidente de nuestro país de tanto apretarlo. Se nota de lejos que el pobre hombre vive sin vivir en él. Hay que estar muy poseído por el demonio para poder soportar esos cargos como si tal cosa. 

El caso es que está ahora el poder con la cuestión esa de las redes sociales. Dicen que acaba de meter por la puerta de atrás una ley para poder controlarlas mejor. Es difícil imaginar una pendejada mayor. ¿Controlarlas, cómo? La parte de esas redes que afecta a las masas ya la tiene de sobra controlada, porque hasta un niño podría, pero la parte de las minorías sencillamente no pueden por razones de lenguaje: para el poder lo que hablan las minorías entre ellas es una jerga ininteligible; por eso no puede hacer otra cosa que pegar palos de ciego. En fin, cómo van a evitar que se difunda entre los jóvenes más avezados el mensaje de Murray Rothbard si ni siquiera saben que existe tal señor. Por eso, cada día que pasa, los vídeos con sus ideas se multiplican por cien sin que nadie tenga interés en poner coto... los que no saben es como los que no ven. 

Por lo demás, qué mierdoso es esto del verano en esta ciudad... ¡cuánto echo de menos los veranos que pasé en Castilla! Allí, por mucho que rugiesen las masas, no las oía. 

lunes, 13 de julio de 2026

La masía

Pla decía que esa obsesión que tienen algunas personas porque en sus casas todo esté en el sitio que le ha sido asignado de antemano es un a modo de mecanismo de compensación del desorden que tienen en la cabeza. ¿Quién, a poco observador que sea, no conoce ejemplos que confirman esa teoría? Yo, desde luego, podría citar unos cuantos y, juraría que, en todos los casos, se ha tratado de personas con un alto índice de silencioso sufrimiento, porque, claro, ¿cómo evitar que venga alguien y cambie algo de sitio? El orden exterior a uno mismo es, siempre, por definición, una batalla perdida. 

El caso es que todas esas personas sufrientes, que les digo, de tanto perder batallas, suelen tener una propensión irreprimible a adscribirse a ideologías totalitarias... aunque, esto de ideología totalitaria, mucho me temo que es un pleonasmo. ¿Puede haber alguna ideología que no lo sea? En fin, sea como sea, lo que les puedo asegurar es que a los ejemplos que he conocido de torturados por el desorden exterior siempre se les ha pegado, como las ladillas a los pelos del pubis, una ideología criminal... ¡otro pleonasmo!, me temo. 

De todas formas, esa afirmación de Pla no deja de ser una apreciación irónica para subrayar la molesta patología de quienes no pueden soportar el desorden que, por la propia naturaleza de las cosas, todos tenemos en la cabeza. Tratar de ordenar ese desorden es el esfuerzo humano por excelencia con el resultado de todos conocido... cero patatero, que diría el otro. Pero, no nos engañemos, porque hay ceros y ceros: unos que repercuten negativamente en el conjunto y otros que se limitan a la procesión interior. 

Pla, sin duda, entendió perfectamente esta cuestión de los ceros y por eso hizo lo que hizo, lo que cualquier hombre sabio, apartarse del mundo. ¡Dichoso él que tuvo medios para agenciarse una masía! Desde allí se dedicaba observar el mundo con escepticismo guardándose mucho de que le alcanzasen las salpicaduras de los necios. 

Y eso es todo, aprender o no aprender a convivir con el desorden que tenemos en la cabeza. En realidad, es bien fácil, solo hace falta agenciarse una masía en mitad del campo —en sentido figurado, claro está— y dedicarse a reirse de uno mismo... que, ¡anda que no da uno para hacer chistes a poco que sepa observarse por dentro! 

domingo, 12 de julio de 2026

Arte de Ligar

Leyendo Arte de Amar de Ovidio, irremediablemente me retrotraigo a la edad juvenil cuando uno no se podía sacar el asunto de la cabeza ni cuando estaba dormido. Las dichosas hormonas mandaban entonces y te instalaban en un relativismo moral que te permitía ser un villano sin sentir por ello el menor remordimiento. La verdad es que si Dios fuese tan listo como dicen hubiera sido más cauto a la hora de, una de dos, dejar que las hormonas tengan semejante poder sobre el cerebro, o, de lo contrario, haberse callado respecto de lo de la mujer del prójimo. Porque es evidente que lo uno no cuadra con lo otro. 

El caso es que Ovidio se dedicó en ese libro a dar consejos para la consecución, sin pararse en muchas mientes, del objeto de deseo. El arte de seducir no es otra cosa que engaño, o sea, vileza pura y dura. Claro que, en este tipo de negocios, la segunda parte de la parte contratante, no le va a la zaga. Si te pones a considerar con detenimiento tu particular currículum al respecto, es muy probable que llegues a la conclusión de que, en la mayoría, si no es que en todas las ocasiones que conseguiste llegar a puerto, fuiste más conquistado que conquistador. 

Claro está que todas estas consideraciones, tan racionales, es muy fácil hacerlas desde la perspectiva de unas hormonas en mínimos. ¡Así cualquiera! A toro pasado cualquiera puede presumir de valiente y mostrar así su necedad. Como la de toda esa senectud que condena con amargura los usos y costumbres de la juventud. ¡Qué poca memoria, por Dios! ¡Y cuánto resentimiento! Al mismo Ovidio le hicieron la vida imposible por haber escrito ese libro que, para ser más exactos, se debiera haber llamado Arte de Ligar. 

Por lo demás, leer a Ovidio tiene el aliciente de que sin querer haces un recordatorio exhaustivo de la mitología clásica. Aunque, a ese respecto, Las Metamorfosis son, a mi juicio, infinitamente más enriquecedoras que Arte de Amar... me voy a pasar a Las Metamorfosis.

sábado, 11 de julio de 2026

Escaqueo

Uno ha estado la mayor parte de la vida dejándose arrastrar por las corrientes de moda e, incluso, en estas acaballas, no sabe hasta qué punto habrá conseguido liberarse de esa maldición. En cualquier caso, un día ya lejano cayó en mis manos el Recurso del Método y me di cuenta de que ese Santo Grial que todo el mundo anda buscando desesperadamente no es otra cosa que una premisa en la que poder apoyar el pensamiento sin dejar resquicios a la duda. Todo el pensamiento de la humanidad se ha construido sobre premisas falsas, empezando por la existencia de los dioses y terminando por la soberanía popular. Y es inútil insistir; nunca nadie va a encontrar esa premisa si no es en la ficción. O la abstracción, si mejor quieren. Pessoa lo resumió maravillosamente cuando dijo que los únicos problemas que tienen solución son los matemáticos. Y es que en matemáticas se piensa con premisas incontestables... incontestables para la ciencia matemática, claro está, que vendría a ser un juego de niños por comparación con la complejidad inasible de la realidad. 

Es a lo más a lo que podemos llegar: aprender a resignarnos a no comprender nada de lo que nos rodea. El mundo alrededor sigue su curso adaptándose groseramente a las circunstancias del momento. Si hay poca comida, a los que venzo los mato; si descubro la agricultura, a los que venzo los hago esclavos para que me trabajen la tierra; si perfecciono un poco la técnica, a los esclavos los convierto en obreros que vendrían a ser esclavos dejados de la mano de Dios. En fin, con cosas así es como la humanidad da en creer que con el paso del tiempo se va perfeccionando. ¡Allá ellos si no se dan cuenta de que solo nos perfeccionamos en la ficción! Las matemáticas cada vez son más sofisticadas, pero eso no las hace más reales, sino todo lo contrario. 

En resumidas cuentas: solo hay una cosa que podemos hacer en esta vida para, por así decirlo, vivir en comunión con el todo, es decir, para alcanzar el nirvana... ¿Cuál cosa? Pues ni más ni menos que aprender a escaquearse de las corrientes de moda, o sea, de la última falsa premisa en la que la humanidad pretende apoyarse para no perder pie.  

viernes, 10 de julio de 2026

Encantos a paladas

 Entre la publicidad que financia la gratuidad de los videos de YouTube cada vez aparece con más frecuencia la de la ONG Greenpeace advirtiéndonos de cómo la industria turística está destruyendo nuestras ciudades. Son los típicos sinsentidos de las sociedades desbaratadas por los recursos fáciles. Hace años se hablaba del "oil curse" —la maldición del petróleo— que hacía referencia a la corrupción y atraso que había en algunos de los países más ricos en petróleo. Y digo sin sentido porque Greenpeace está financiada por el mismo gobierno que emplea recursos casi infinitos en promover el turismo de masas... nuestro petróleo, por así decirlo. 

Pues bien, la maldición del petróleo me parece a mí que son tortas y pan pintado por comparación a la que nos está trayendo el turismo. Y es que el fenómeno del turismo es la consecuencia directa de la abundancia de ocio que, a su vez, como nos enseñaban en la catequesis de la parroquia, es la madre de todos los vicios. En el fondo, y en la superficie, la industria turística es un a modo de prostitución, es decir, vender nuestros encantos al mejor postor, no importa lo repugnante que este postor sea. Y así es que el aspecto de la ciudad va adquiriendo paso a paso el que es propio de las putas, o sea, entre la incitación cuando estás hambriento y la repugnancia cuando estás servido.

Lo de los encantos, diría yo que conviene hacérselos mirar. Ya dice un conocido refrán que, la suerte de la fea, la guapa la desea. Y Gracián dedica sendas páginas en su Criticón a glosar los peligros sin cuento que para la mujer supone el tener un físico agraciado. También se dice que Dios, donde quita, pone... y viceversa. Así que, conviene no sentirse orgulloso de lo que te ha sido concedido por gracia. Lo suyo sería sentirte agradecido y no dedicarte a despilfarrar el capital concedido por los cielos... claro que para eso es necesario estar en posesión de, al menos, un par de neuronas funcionantes, lo que, desgraciadamente, no suele ser el caso. 

Recuerdo que, de chaval, allí en Valladolid, lo de las putas era un tema recurrente y, en el caso de unos compañeros de pensión que eran vascos, francamente obsesivo. De hecho, a algunos de ellos, les enviaban sus padres todos meses un suplemento dinerario para que pudiesen hacer uso de ese servicio que se suponía relajador del espíritu. Después, cuando me fui de aquel ambiente, pasé a otro en el que lo de ir a putas era como la confesión de un fracaso personal. Claro que esta nueva situación coincidió con el estar al alcance de cualquiera los métodos anticonceptivos. Pero, en fin, sea por lo que sea que haya sido, el caso es que en los ambientes en que me he desenvuelto a lo largo de la vida nunca hubiese tenido cabida un putero. Y no es que hayan sido ambientes castos ni mucho menos, más bien, todo lo contrario; digamos que habíamos pasado del comercio de encantos a su libre intercambio... aunque, claro, todo eso siempre tiene sus matices, porque, muchas veces, por no decir todas, no es tan fácil diferenciar lo que una transacción tiene de comercio o de libre intercambio. 

El caso es que, sean de un tipo o de otro, el ser humano parece no poder vivir sin comprar encantos. Y es el turismo el que ahora nos los pone al alcance de la mano, a paladas diría yo. Así es que, estas ciudades agraciadas por la fortuna con diversos encantos, no hacen el menor remilgo a dejarse manosear por cualquiera que tenga dos perras en el bolsillo. Es de ese modo como sacan para tanto como destacan. Y si así se ajan prematuramente, pues nada, para eso están los afeites. Uno vive de lo que puede, y al que Dios no da neuronas, le concede un bonito cuerpo para que lo venda. Lo que sobran, en cualquier caso, son ociosos dispuestos a matar el gusanillo.   

jueves, 9 de julio de 2026

Cristina Soto


Hay un portal en YouTube de nombre Liberalístico que se diría ser la obra del mismísimo Murray Rothbard, pero no, lo es de una tal Cristina Soto, un prodigio de sabiduría y comunicación. No, por cierto, le han caído esos dones del cielo, aunque supongo que algo también, porque se da el caso de que Cristina ha estudiado 
Derecho, Economía, Psicología e Ingeniería Informática, con especialización en computación, neuropsicología del aprendizaje y Escuela Austriaca de Economía, ¡ahí es nada! Resumiendo, es una mujer que no habla a humo de pajas. Las cosas, para Cristina, no son como son porque sí; todas, para ella, tienen su porqué y su labor consiste en desentrañar ese porqué utilizando los conocimientos adquiridos tras los años de intensa preparación; así, entretejiendo argumentos en los que difícilmente se aprecian puntadas al aire, construye piezas informativas que, a mi juicio, son verdaderas obras de arte.

Pongamos que el vídeo sobre el origen de la escuela pública, ese mito al que es casi imposible hincarle el diente sin rompértelo. Cuestionar que la escuela pública es un bien absoluto es comprar todas las papeletas para la rifa del ser quemado en la hoguera. Una herejía, en definitiva. El problema, claro está, es que sin herejes todavía estaríamos en la edad de piedra... que, no nos engañemos al respecto, es donde cualquier poder constituido quiere que estén sus súbditos. Y eso es lo que se demuestra con datos incontestables en ese vídeo de Cristina sobre la escuela pública, que su función no es otra que mantener a las masas en un estado troglodita, es decir, atadas a los mitos, o sea, privadas de cualquier atisbo de pensamiento crítico. 

A propósito de la escuela pública, recuerdo ahora que, hace un par de años o así, iba yo a mis asuntos por el muelle, hacia las once de la mañana, cuando me topé con una recua de niños que portaban pancartas alusivas a la paz; los niños iban escoltados por una maestra bollera... y digo bollera basándome en el hecho de que la tal iba abrazada y morreándose con otra mujer como si fuese la cosa más natural del mundo. Claro, la paz, ¿quién no la quiere? Por cierto, en ninguna de aquellas pancartas se hacía alusión a la famosa máxima: "Si vis pacem, para bellum". La guerra, ¡qué horror!, algo completamente superado. Eso es lo que enseñan a los niños en la escuela pública. O sea, se les adoctrina en la idea de que, echándole empatía y socialización al asunto, se puede vivir perfectamente con los conflictos enquistados, porque, sin guerras, ya me dirás tú cómo los desenquistas.  Sería todo ello de una inocencia enternecedora si no viésemos que, por detrás, está la mano del mal barriendo para casa: los conflictos enquistados en el pueblo son la mejor garantía de estabilidad para el poder constituido. 

En fin, desmitificar, no hay otra salida a los males del mundo. Y, para ello, no hay otra solución que la de la guerra. La guerra, ese invento liberador que, entre otras cosas, nos ayudó a descubrir la herramienta de la disciplina, la más útil, quizá, de todas las que existen. Por cierto, les recomiendo vivamente ver el video: Israel, el Estado nacido de la culpa.  

miércoles, 8 de julio de 2026

Los días lluviosos del verano

 Una cosa es ponerse a intentar desentrañar la realidad, tarea ardua donde las haya y, otra, que, merced a los hallazgos que obtuviste, siempre inciertos, estás en posesión de las claves del futuro. Ese salto en el vacío no hay filósofo que no caiga en la tentación de darle, para, por lo general, cagarla bien cagada.

Dice el tal, ya va para cien años: 

«Acertará quien no se fie de cuanto hoy se pregona, se ostenta, se ensaya y se encomia. Todo eso va a irse con mayor celeridad que vino. Todo, desde la manía del deporte físico (la manía, no el deporte mismo) hasta la violencia en política; desde el "arte nuevo" hasta los baños de sol en las ridículas playas de moda. Nada de eso tiene raíces porque todo es pura invención, en el mal sentido de la palabra, que le hace equivaler a capricho liviano. No es creación desde el fondo sustancial de la vida. No es afán ni menester auténtico. En suma: todo eso es vitalmente falso.» 

Si el filósofo hubiese prescindido de la frase, todo eso va a irse con la misma celeridad con la que vino, el conjunto tendría una indudable consistencia, pero esa frase le hace tambalearse, porque es error fatal dar carta de naturaleza a lo que solo son deseos, por muy loables que estos sean. Imagínense el chasco que iba a llevarse el filósofo si hoy levantase la cabeza: no solo no se ha ido nada, sino que se ha elevado a la enésima potencia. Y está aquí para durar porque todos esos caprichos livianos se han convertido en el fundamento de una parte más que sustancial del producto interior bruto de los países desarrollados. ¿Quién lo iba decir? El mismísimo Poirot, en observando a unos elegantes burgueses que se tostaban al sol en una playa del Adriático, comenta a su acompañante: "like livind dead, n´est pas?". Pues sí, qué duda cabe, igual que muertos vivientes, y a mayor gloria de Dios, porque qué sería si todos esos cientos de millones de muertos vivientes estuviesen dando el coñazo por las calles... si quieren comprobar lo qué es eso, vengan a Santander un día lluvioso en plena temporada; ni se les ocurra pisar el centro porque no podrán dar un paso. 

Nada se va y, diría yo que, cuanto más ridículo es el invento, más se afianza. Es como si la ridiculez se constituyese en aquellas cadenas, o caenas, que el pueblo vitoreaba. Es el ¡viva el absolutismo!, ¡viva lo que no tiene vuelta de hoja! Porque es que, ¿a quién en su sano juicio se le va a ocurrir ponerse a cuestionar lo que nos da de comer? Y eso por mucho que el menos común de los sentidos nos diga que es pan para hoy y hambre para mañana... precisamente por eso, porque es el menos común nadie osa.  

Ya te digo, la violencia en la política... ¡tantos como quieren vivir de ese pastel! No hay nada más que ir pedaleando por una carretera solitaria de Castilla y ver, allá a lo lejos, un revuelo de buitres alrededor de una oveja despeñada. Eso es la política, trincar una tajada de la oveja muerta; tajada por aquí, tajada por allá, los buitres sobreviven. No entiendo como el filósofo no ha entendido algo tan sencillo como que para eso se inventó la democracia, para que los buitres sobrevivan picoteando a las ovejas que vendrían a ser los living dead, n´est pas? 

En fin, hay lo que hay y lo único que podemos hacer para que no nos pille el toro es evitar el centro de la ciudad los días lluviosos en plena temporada de verano.  

martes, 7 de julio de 2026

Al pairo

Mi padre solía decir en sus postrimerías que le fastidiaba morirse por no poder ver las maravillas, todas tecnológicas, por cierto, que se anunciaban. Tenía uno de aquellos aparatos para jugar al ajedrez y le sacaba mucho rendimiento; siempre fue muy bueno con cualquier tipo de juego al que se pusiese. El caso es que, como le fascinaba el progreso, mi hermano, tan inocente como era, le regaló un libro, a la sazón muy de moda, del físico Stephen Hawking, en el que según decía la propaganda estaban las claves de las grandes preguntas sin posible respuesta. Aunque no era muy de leer lo que fuese que no tuviese relación con su profesión de médico, se puso a ello y no necesito insistir mucho para darse cuento de que aquello era un completo fraude. La física en el momento que empieza a prescindir de las matemáticas y se pasa a la especulación filosófica se hace tan incomprensible como la misma realidad. ¡Ay, que diferente sería todo esto si pudiésemos saber lo que realmente está pasando a nuestro alrededor! 

A mí, ya, lo de morirme, me la trae al pairo. Ya he visto todo lo que tenía que ver y estoy convencido de que nunca va a pasar nada que no haya pasado ya miles de veces. La gente seguirá con la ilusión de ganarle un poco más de tiempo al tiempo para llegar antes a su destino y, allí, desesperar esperando encontrar un aparcamiento. Igual que venimos de la nada nos vamos a la nada. Evidentemente, dejas un rastro que, en alguna medida, puede afectar, para bien o para mal, a la descendencia. El ir ganando conciencia de ese rastro ha sido lo que, a la postre, más me ha condicionado la vida; por alguna razón que se me escapa, mejorar la calidad de ese rastro se ha convertido en mi principal obsesión. Supongo que es algo relacionado con las leyes no escritas del cielo. Porque trasmitimos un ADN físico, pero, también, otro espiritual que, lo mismo que puede favorecer, puede convertirse en una pesada carga para la descendencia. 

Y, en el entretanto, mientras espero que me coloquen la moneda en la boca, me entretengo observando lo bien que lo pasan los justos —tocando la guitarra y cosas así— y los malos trances en que se ven metidos los idiotas... porque mira que hay que serlo para creerse tanta mentira junta.  

lunes, 6 de julio de 2026

Mis queridos compatriotas

«Mis queridos compatriotas, estaríamos perdidos si no hubiésemos estado perdidos», dicen que dijo Temístocles a los atenienses cuando tenían enfrente una escuadra que les quintuplicaba en número de barcos. Aquello fue la batalla de Salamina, uno de esos momentos de la historia que tendemos a considerar como decisivos porque, para orientarnos en medio de la inmensidad, nos viene bien colocar hitos. La verdad es que, fuera como fuese que hubiera sido aquello, el hito que nos dejó construido Heródoto no tiene desperdicio: la debilidad aguza el ingenio y pare un hijo invencible. Luego, ya, nos venden la moto de la superioridad moral de la democracia ateniense frente a la autocracia monárquica persa. Todo ello, como es lógico, relato de vencedor para embaucar a los incautos. De aquella victoria ateniense se siguió el caos que Tucídides nos relata en sus Guerras del Peloponeso; cien años batallando para ver quien la tenía más larga con resultado final del regreso de la autocracia monárquica en la figura de Filipo II de Macedonia y, no digamos ya, en la de su hijo Alejandro. Poco después, a los romanos les pasa más o menos lo mismo; después de derrotar a duras penas a los autócratas cartagineses, se desgarran en luchas intestinas para acabar coronando a Cesar. Cesar y Alejandro, autocracias coronadas y, sobre todo, eficaces... los padres de eso que llaman los valores de occidente. 

Pero a lo que quería ir es a lo de la frase de Temístocles, en principio tan oscura, pero que, una vez dadas las vueltas pertinentes, se nos muestra en todo su esplendor. Sólo desde la conciencia de nuestra permanente desorientación en medio del caos que somos y que nos rodea, podemos encontrar salidas hacia los cortos momentos de orden en los que nos sentimos razonablemente afianzados. Esos cortos momentos en los nos creemos capaces de derrotar al dragón... al que llevamos por dentro y al que nos amenaza desde fuera. 

Pues sí, mis queridos compatriotas, para vivir de verdad hay que empezar por saber reconocer que se está perdido; ese es el único asidero firme al que nos podemos agarrar para no salir lanzados hacia la sumisión a una ideología o imbecilidad por el estilo. Y a eso es a lo más a lo que podemos aspirar... que no es poco.  

domingo, 5 de julio de 2026

Ponerse a algo

Por muchas vueltas que le demos para autoengañamos no podemos evitar acabar por caer en la cuenta de que el tirano que nos roba la libertad somos nosotros mismos. Ese tiranillo que llevamos dentro que colabora con entusiasmo con el gran tirano que domina el mundo y que, vendría a ser, así, en abstracto, eso que denominamos el demonio o, por simplificar más, el mal. ¿Por qué tendrá que ser tan atractivo el mal?

Vencer a ese tiranillo es nuestro gran reto. Por eso las dos obras, que para mí son las cumbres de nuestra literatura, El Ingenioso Hidalgo y Segismundo Encadenado, van precisamente de eso, de vencerse a sí mismo. Aquí llega Don Quijote, vencedor de sí mismo, que, según el mismo dice, es la mayor victoria que el ser humano puede alcanzar en esta vida, exclama Sancho a la vista de su aldea. Por su parte, Segismundo, también se reconoce vencedor de sí mismo cuando renuncia a Rosaura por considerar que lo correcto es cedérsela a Astolfo que es del que Rosaura quería vengarse por haber faltado a su palabra de matrimonio. Y a mayor abundamiento, que diría un sindicalista, Segismundo se queda con Estrella que tampoco está mal para lo que en realidad necesita una mujer que no es otra cosa que para trasmitir su ADN.  

Pero es que no solo es en la ficción en donde nuestra literatura insiste en el tema del vencimiento; si nos vamos a las dos obras que también podrían ser consideradas cumbres de nuestra filosofía, El Criticón y La Rebelión de las Masas, en realidad no tratan de otra cosa que de dar pistas para ayudar a llegar a esa difícil meta. Aunque, para ser justos, tendríamos que decir que, cualquier literatura que consigue perdurar a través de los siglos, lo consigue, precisamente, por ser esclarecedora respecto del camino hacia el autovencimiento. 

«La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esta vida mía, que sólo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión, sin "forma".»

Ponerse a algo... a algo que nos sirva para derrotar al tiranillo que llevamos dentro. O que, por lo menos, le baje los humos al comprobar lo mucho que le cuesta tirar hacia delante con la empresa. ¡Jo, mira que es difícil sabérselo montar para no andar toda la vida como puta por rastrojo! ¡De puro torpes que somos!

Bueno, voy a dejar a Ortega, que ya estuvo bien, y me voy a poner con Ovidio que fue un tipo al que desterraron de su patria por saberlo todo sobre las mujeres... o, por lo menos, eso es lo que quiere dar a entender en sus escritos. Vamos a ver.  

sábado, 4 de julio de 2026

Una de tres

Para mí, toda la ciencia que hay que saber en esta vida se resume en estas pocas líneas:

«Pero la fiesta dura poco. Sin mandamientos que nos obliguen a vivir de un cierto modo, queda nuestra vida en pura disponibilidad. Esta es la terrible situación íntima en que se encuentran ya las mejores juventudes del mundo. De puro sentirse libres, exentos de trabas, se sienten vacías. Una vida en disponibilidad es mayor negación de sí misma que la muerte. Porque vivir es tener que hacer algo determinado —es cumplir un encargo— y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida. Dentro de poco se oirá un grito formidable en todo el planeta que subirá, como el aullido de canes innumerables, hasta las estrellas, pidiendo alguien y algo que mande, que imponga un quehacer u obligación.»

La disponibilidad es una condena que no se puede ocultar tras el romántico mito de Lulú. La supuesta libertad de espíritu de Lulú es pura pulsión suicida. De hecho, ¿han conocido ustedes a alguna, o algún Lulú, que no acabe trágicamente? No se engañen al respecto, porque Lulú no es más que otra alma en pena con un poco más de aparato que el común de ese siniestro espécimen. Por eso llama la atención e, incluso, se quiere hacer de él, o ella, personajes simpáticos. Acuérdense de la Lulú de Alban Berg —la única ópera que puedo soportar, por cierto— o el Lulú que interpreta Gérard Depardieu, una gran película sin duda para el que pueda entenderla, no muchos, sospecho, ya que las almas en pena, como los vampiros, si es que no son la misma cosa, tienen como principal característica el no poderse ver en los espejos. 

Almas en pena, lulús, vampiros, el mundo está a rebosar de ellos merced a la maldición prometeica. Cada vez que alguien roba un poco de fuego a los dioses, de inmediato estos se vengan dejando a unos cuantos millones más sin qué hacer en la vida. Gente que desaparece y nadie lo nota a no ser que dejen cuatro perras a unos herederos que no veían llegar la hora. Seguramente ese sea el destino de la especie, correr como locos tras lo que se ha dado en llamar progreso sin percatarse de que ese es, precisamente, el camino hacia la extinción. Por eso supongo que será que cuando surge por ahí un alma lúcida, tan raro, por cierto, dedica la vida a denunciar el progresismo y enaltecer el conservadurismo. 

Terrible situación íntima la del que es incapaz de encontrar su qué hacer. He podido comprobar que aquí en el barrio hay un par de señoras que se dedican, una a recoger los papeles que hay por el suelo y otra a conseguir que los alrededores de los contenedores estén limpios. Seguramente, a ambas, la mayoría las toma por locas; sin embargo, estoy convencido de que son las que menos angustia vital tienen de todo el barrio. Por así decirlo, han sabido montárselo; lo que hacen, a buen seguro, les proporcionará la íntima convicción, con toda la razón, de estar contribuyendo a hacer el mundo un poco mejor. 

En fin, el que quiere puede... encontrar dedicación, quiero decir. Y el que no quiere, una de tres, que en realidad es sólo una: alma en pena, lulú o vampiro... y a sufrir.  

viernes, 3 de julio de 2026

Autoexigencia versus pragmatismo

Recuerdo, allá por los comienzos de los ochenta del siglo pasado, andaba yo por Cataluña teniendo frecuentes conversaciones con catalanes doloridos: ¡con lo que nos han hecho!, solían argumentar. Ya saben, cuando uno se instala en el victimismo huelgan todo tipo de consideraciones a la contra. Como yo, por aquel entonces, acababa de descubrir a Ortega, concretamente las Meditaciones del Quijote y La Rebelión de las Masas, era frecuente que le trajese a colación para apuntalar mis teorías. ¡Craso error! Una cosa es mentar el pecado y otra el pecador. Mentabas a Ortega y, cualesquiera fuese la idea señalada, daba igual, de inmediato saltaba el resorte de su descalificación por medio de la palabra, ya por entonces, toten: ¡fascista! Es muy curiosa la facilidad con la que se invierte el significado de las palabras para ocultar la propia condición. No hay mejor forma de identificar a un fascista —"todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado", como lo definiera el propio Mussolini— que escucharle llamar fascista a un liberal. Hay por ahí una chiquita, que por cierto está muy buena, lo cual no es cosa baladí, que la oyes hablar y estás escuchando al mismísimo Mussolini: para ella todos los que se oponen a sus fantasías estatistas son fascistas a los que hay que eliminar. 

En fin, semánticas aparte, el caso es que, en mi opinión, a Ortega es como si diese vergüenza citarlo en apoyo de las propias tesis. Tenemos ahí, por ejemplo, el caso del profesor Miguel Anxo Bastos, que utiliza verdaderas cataratas de erudición para apuntalar sus ideas antiestatistas; pues bien, no recuerdo haberle oído citar nunca a Ortega, por más que, a veces, lo que dice, es calcado, verbi gratia

«Pero el caso es que el hombre-masa cree, en efecto, que él es el Estado, y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe; que lo perturbe en cualquier orden: en política, en ideas, en industria.

El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará una y otra vez violentada por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. la sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del gobierno. Y como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento depende de la vitalidad que la mantenga, el Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto con esa muerte herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavérica que la del organismo vivo.»

No es algo dicho a humo de pajas; corrían por entonces los años veinte del siglo pasado y todavía había que echar mano de la historia antigua para apuntalar tales teorías —la decadencia y muerte del imperio romano—; hoy día le hubiese bastado con referirse a los recientes acontecimientos en el este de Europa: el estrepitoso derrumbe de la Unión de Repúblicas Soviéticas... es como si hubieran seguido al pie de la letra el guion que denuncia Ortega. ¡Tanto chupar el tuétano de la sociedad!

Todo lo que dice Anxo sobre la libertad en el antiguo régimen monárquico respecto de la libertad en el actual sistema político, lo haya sacado o no de Ortega, para el caso es lo mismo, porque ahí, en la Rebelión de las Masas, está relatado punto por punto. La libertad tiene que ver, principalmente, con el tamaño del Estado, y el que tenemos hoy día es como mil veces el que tenían por aquel entonces. Al fin y al cabo, aquel estaba regido por aristócratas y éste por burgueses devenidos funcionarios. Y no se engañen al respecto, porque siempre hubo clases y las seguirá habiendo por los siglos de los siglos. Aristocracia es autoexigencia individual y, burguesía, pragmatismo social. En fin, para pensárselo dos veces.

jueves, 2 de julio de 2026

Almas en pena

 A veces, muy pocas, necesito hacer alguna gestión por el centro de la ciudad y no me queda más remedio que contemplar el panorama desde el puente: todo está invadido por eso que llaman turismo de masas y que, a mi juicio, sería mucho más exacto calificarlo de almas en pena; cada dos por tres, atraca en el muelle un barco gigantesco que las vomita a millares. Y en la ciudad, sobre todo esos a los se denomina autoridades, están que no les cabe un pelo por el culo: creen haber dado con la cuadratura del círculo. Ellos, solo tienen que poner y quitar casetas, y programar fuegos de artificio, para que las arcas estén a rebosar. 

Afortunadamente, las almas en pena tienen una necesidad imperiosa de aglutinarse en espacios reducidos, así que a la que te alejas del centro de la ciudad la vida continua. Por donde vivo hay incluso niños y gentes de profesiones artesanas de las de toda la vida. Y en los márgenes del muelle, al atardecer, hay pescadores de caña que de vez en cuando sacan un calamar. 

Pessoa decía que el turismo era propio de gente con sensibilidad roma, es decir, que necesita sensaciones fuertes para sentir algo. Stern, por su parte, sostenía que viajar solo se justificaba por negocios, o para recuperar la salud; hacerlo en busca de placer le parecía, simplemente, una imbecilidad. Mi propia experiencia al respecto confirma al cien por cien esas dos opiniones. El poco turismo que he hecho ha sido siempre en situaciones de desesperación o imbecilidad, lo uno por lo otro y viceversa. 

Mis conocimientos históricos me hacen suponer que la vida en sociedad solo es posible si se sustenta en mitos; es decir, si se limita la libertad por medio de mentiras que está prohibido desvelar so pena de atraerse la enemiga de la gente en general y de los parásitos en particular... porque no nos podemos engañar al respecto, los mitos son el caldo de cultivo en el que los parásitos se reproducen como los hongos en el estiércol. 

Así es que, en estos tiempos que corren, hay dos mitos que contribuyen como pocos a mantener la cohesión social: el turismo y los perros. Haz alguna objeción ante el respetable a cualquiera de esos dos mitos y de inmediato sentirás el vació a tu alrededor. Da igual que todo el mundo vuelva de sus turisteos hecho una desgracia de tanto comer, cagar y dormir mal, lo que cuenta es que le sirvió para huir de sí mismo por unos días. ¿Y quiénes son los que tiene necesidad imperiosa de huir de sí mismo? Pues blanco y en botella: las almas en pena. Y eso, por no hablar de esas otras almas en no menos pena que han hecho del salir tres veces al día a recoger cacas de perro por las calles su proyecto de vida. Dicho así, suena raro, pero es la realidad y Dios te libre de mentarla porque, incluso, te pueden matar... así anda el patio. 

Así todo, todos los mitos, como todo lo demás, tienen su recorrido: nacen, se desarrollan y mueren. De hecho, si te vas a las redes sociales verás que cada vez se alzan más voces denunciando la imbecilidad del turismo. Lo de los perros, aunque se escucha algún tímido intento, todavía está muy terso; hay que tener en cuenta que la pudrición del espíritu que se oculta tras ese mito es mucho más profunda que la que se oculta tras el turismo. Por cierto, que en una red social que se llama Instagram hay multitud de vídeos sugiriendo que los perros, y también los caballos, tienen una especial habilidad para los trabajos de pilón... ya saben, aquello de bajar al pilón. Dios ya lo debía de saber y por eso fue que entre los preceptos que dictó a Moisés en el monte Sinaí estaba el de la pena de muerte para los que usasen animales para esos menesteres.

En fin, uno dice la suya con la incierta convicción de que así contribuye en algo al esclarecimiento de la oscuridad que cubre el mundo. Una vana ilusión como otra cualquiera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

El Padre Astete

Había remoloneado mucho con respecto a la Serenata Española de Malat. Me parecía un reto que sobrepasaba mis capacidades. Una excusa, en definitiva, para justificar mi pereza. Llevo menos de un mes estudiándola y ya puedo tocar largos fragmentos con la correspondiente satisfacción al sentir como resuena en mi interior. En realidad, en eso consiste la gran magia de la vida que nos ha sido dada a los humanos: poder proponernos algo y, merced al ejercicio de la voluntad, conseguirlo. Y así es que, de logro en logro, vamos tomando confianza en nosotros mismos y ya no nos parece gran cosa poner un pie en la luna. 

Contra pereza, diligencia, recitábamos como loritos en el colegio. Nos poníamos en corro alrededor de las mesas del aula, el profesor indicaba un pasaje del catecismo del Padre Astete y nombraba a cualquiera para que empezase a recitar. Cuando el recitante titubeaba, el profe daba un golpe con su vara sobre la mesa y pasaba el turno al siguiente para que prosiguiese. Así es que, todavía hoy, puedo recitar grandes tozos de aquel manual de conocimientos básicos para poder tirar hacia delante sin darte calabazadas contra las paredes.

Todos los pecados capitales, o vicios, tienen su contrapartida en la virtud correspondiente. En la lucha de las unas contra los otros es donde reside toda la enjundia de esta vida. Porque, por mucho que te esfuerces, siempre está ahí el pelo de coño que tira más que soga de marinero o carreta de bueyes. Y caes y te levantas y vuelves a caer. Todo a tu alrededor está concebido para que caigas en la tentación... en eso consiste, precisamente, el noventa por ciento, y me quedo corto, de lo que llaman economía de mercado. El secreto de su éxito estriba en convencerte de que es una chorrada ejercitar la voluntad. ¿Para qué someterse al doloroso ejercicio de la disciplina si la tecnología te resuelve en dos patadas lo que a la disciplina le cuesta años? Al respecto, siempre recuerdo aquel chiste en el que un padre le está diciendo al profesor de música de su hijo que no le apriete mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. 

Y ahí es donde reside todo el quid de la cuestión, que solo con el dolor de la disciplina se consiguen habilidades, de cuyo ejercicio es de donde, a la postre, se extraen las mayores cuotas de placer, diríamos que sostenible... porque del insostenible ya sabemos todos por dónde van los tiros. ¡Dios mío, cuanto tiempo perdido en tonterías antes de caer en la cuenta de algo tan evidente! Caer en la cuenta de lo fácil que es atarse al palo mayor de la nave para no poder correr tras las sirenas. Así, las oyes, y como quien oye llover.