jueves, 2 de julio de 2026

Almas en pena

 A veces, muy pocas, necesito hacer alguna gestión por el centro de la ciudad y no me queda más remedio que contemplar el panorama desde el puente: todo está invadido por eso que llaman turismo de masas y que, a mi juicio, sería mucho más exacto calificarlo de almas en pena; cada dos por tres, atraca en el muelle un barco gigantesco que las vomita a millares. Y en la ciudad, sobre todo esos a los se denomina autoridades, están que no les cabe un pelo por el culo: creen haber dado con la cuadratura del círculo. Ellos, solo tienen que poner y quitar casetas, y programar fuegos de artificio, para que las arcas estén a rebosar. 

Afortunadamente, las almas en pena tienen una necesidad imperiosa de aglutinarse en espacios reducidos, así que a la que te alejas del centro de la ciudad la vida continua. Por donde vivo hay incluso niños y gentes de profesiones artesanas de las de toda la vida. Y en los márgenes del muelle, al atardecer, hay pescadores de caña que de vez en cuando sacan un calamar. 

Pessoa decía que el turismo era propio de gente con sensibilidad roma, es decir, que necesita sensaciones fuertes para sentir algo. Stern, por su parte, sostenía que viajar solo se justificaba por negocios, o para recuperar la salud; hacerlo en busca de placer le parecía, simplemente, una imbecilidad. Mi propia experiencia al respecto confirma al cien por cien esas dos opiniones. El poco turismo que he hecho ha sido siempre en situaciones de desesperación o imbecilidad, lo uno por lo otro y viceversa. 

Mis conocimientos históricos me hacen suponer que la vida en sociedad solo es posible si se sustenta en mitos; es decir, si se limita la libertad por medio de mentiras que está prohibido desvelar so pena de atraerse la enemiga de la gente en general y de los parásitos en particular... porque no nos podemos engañar al respecto, los mitos son el caldo de cultivo en el que los parásitos se reproducen como los hongos en el estiércol. 

Así es que, en estos tiempos que corren, hay dos mitos que contribuyen como pocos a mantener la cohesión social: el turismo y los perros. Haz alguna objeción ante el respetable a cualquiera de esos dos mitos y de inmediato sentirás el vació a tu alrededor. Da igual que todo el mundo vuelva de sus turisteos hecho una desgracia de tanto comer, cagar y dormir mal, lo que cuenta es que le sirvió para huir de sí mismo por unos días. ¿Y quiénes son los que tiene necesidad imperiosa de huir de sí mismo? Pues blanco y en botella: las almas en pena. Y eso, por no hablar de esas otras almas en no menos pena que han hecho del salir tres veces al día a recoger cacas de perro por las calles su proyecto de vida. Dicho así, suena raro, pero es la realidad y Dios te libre de mentarla porque, incluso, te pueden matar... así anda el patio. 

Así todo, todos los mitos, como todo lo demás, tienen su recorrido: nacen, se desarrollan y mueren. De hecho, si te vas a las redes sociales verás que cada vez se alzan más voces denunciando la imbecilidad del turismo. Lo de los perros, aunque se escucha algún tímido intento, todavía está muy terso; hay que tener en cuenta que la pudrición del espíritu que se oculta tras ese mito es mucho más profunda que la que se oculta tras el turismo. Por cierto, que en una red social que se llama Instagram hay multitud de vídeos sugiriendo que los perros, y también los caballos, tienen una especial habilidad para los trabajos de pilón... ya saben, aquello de bajar al pilón. Dios ya lo debía de saber y por eso fue que entre los preceptos que dictó a Moisés en el monte Sinaí estaba el de la pena de muerte para los que usasen animales para esos menesteres.

En fin, uno dice la suya con la incierta convicción de que así contribuye en algo al esclarecimiento de la oscuridad que cubre el mundo. Una vana ilusión como otra cualquiera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

El Padre Astete

Había remoloneado mucho con respecto a la Serenata Española de Malat. Me parecía un reto que sobrepasaba mis capacidades. Una excusa, en definitiva, para justificar mi pereza. Llevo menos de un mes estudiándola y ya puedo tocar largos fragmentos con la correspondiente satisfacción al sentir como resuena en mi interior. En realidad, en eso consiste la gran magia de la vida que nos ha sido dada a los humanos: poder proponernos algo y, merced al ejercicio de la voluntad, conseguirlo. Y así es que, de logro en logro, vamos tomando confianza en nosotros mismos y ya no nos parece gran cosa poner un pie en la luna. 

Contra pereza, diligencia, recitábamos como loritos en el colegio. Nos poníamos en corro alrededor de las mesas del aula, el profesor indicaba un pasaje del catecismo del Padre Astete y nombraba a cualquiera para que empezase a recitar. Cuando el recitante titubeaba, el profe daba un golpe con su vara sobre la mesa y pasaba el turno al siguiente para que prosiguiese. Así es que, todavía hoy, puedo recitar grandes tozos de aquel manual de conocimientos básicos para poder tirar hacia delante sin darte calabazadas contra las paredes.

Todos los pecados capitales, o vicios, tienen su contrapartida en la virtud correspondiente. En la lucha de las unas contra los otros es donde reside toda la enjundia de esta vida. Porque, por mucho que te esfuerces, siempre está ahí el pelo de coño que tira más que soga de marinero o carreta de bueyes. Y caes y te levantas y vuelves a caer. Todo a tu alrededor está concebido para que caigas en la tentación... en eso consiste, precisamente, el noventa por ciento, y me quedo corto, de lo que llaman economía de mercado. El secreto de su éxito estriba en convencerte de que es una chorrada ejercitar la voluntad. ¿Para qué someterse al doloroso ejercicio de la disciplina si la tecnología te resuelve en dos patadas lo que a la disciplina le cuesta años? Al respecto, siempre recuerdo aquel chiste en el que un padre le está diciendo al profesor de música de su hijo que no le apriete mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. 

Y ahí es donde reside todo el quid de la cuestión, que solo con el dolor de la disciplina se consiguen habilidades, de cuyo ejercicio es de donde, a la postre, se extraen las mayores cuotas de placer, diríamos que sostenible... porque del insostenible ya sabemos todos por dónde van los tiros. ¡Dios mío, cuanto tiempo perdido en tonterías antes de caer en la cuenta de algo tan evidente! Caer en la cuenta de lo fácil que es atarse al palo mayor de la nave para no poder correr tras las sirenas. Así, las oyes, y como quien oye llover.