jueves, 13 de agosto de 2026

Huir

Como les iba diciendo, alivio los calores del verano bajando por las tardes a sentarme en un banco a la sombra en donde corre el viento. Y leo. Concretamente, ayer, Las Noches del Buen Retiro de Pio Baroja. En las novelas de Baroja parece no pasar nada de particular, pero está pasando de todo. Así es como es la vida: gente que se las apaña para seguir viva sean cuales sean las condiciones en las que la vida les ha colocado. No importa lo favorables, o desfavorables, que pudieran ser esas condiciones, porque seguir vivo es siempre una epopeya. Y es que la naturaleza todo lo compensa: donde quita, pone; y viceversa. 

Pareciera que Baroja solo tiene ojos para las miserias de la vida, tanto de las materiales de los unos como de las morales de los otros. Las miserias materiales aguzan el ingenio; y, las morales, también. A eso es a lo que me refiero cuando digo la palabra apañárselas. La vida es un puro apañárselas para huir de la permanente insatisfacción. No tengo más que mirar sin anteojeras a mi alrededor para constatar esa realidad incuestionable. 

Todo lo que he visto a mi alrededor, y en mi interior, ha sido, mayormente, cohecho y prevaricación, eso sí, procurando dar un barniz de autenticidad, de ponerse el mundo por montera. Pero para eso está, o debiera estar, la literatura, para poner las cosas en su sitio y que nadie se llame a engaño. Desde luego que, en el caso de Baroja, lo está. Lo mismo que lo está en el de Schopenhauer, que yo diría ser su gran maestro. 

En fin, menos mal que, para consolarnos, nos queda la abstracción, es decir, fabricarnos un mundo paralelo: la música, las matemáticas, la literatura; cosas así que solo se consiguen poniendo en ello los cinco sentidos... lo que vendría a ser huir de este mundo miserable. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

El egoísmo


Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa! 

Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere. 

Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo. 

Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!   

martes, 11 de agosto de 2026

De la nostalgia a la melancolía

Es inevitable en ocasiones abandonarse a la nostalgia. Es como una recreación de los momentos, no muchos, de la vida de los que no te avergüenzas. Y es que, tengo que confesarlo, la sensación que me embarga lo más de mi tiempo es la de que tiré por el desagüe la mayor parte de mi vida. Me recuerdo sentado al volante, horas y horas, yendo de un sitio para otro en una huida imposible, y me entran ganas de morirme. Y, como esta, un millón más de imbecilidades que asaltan mi memoria a nada que deje de guerrear por más tiempo del necesario para reponerse de las pasadas batallas. ¡Es tan breve el auténtico reposo del guerrero!  

Como he terminado el primer tomo de las Novelas Ejemplares y el segundo, que compré on line, se ha perdido por el trayecto, decidí ayer que lo que me apetecía de verdad leer era algo de Baroja... como siempre que me siento derrotado. Así que, a falta de Cuesta Moyano, me fui al centro de la ciudad a una feria del libro usado. No me costó encontrar una novela suya que no hubiese leído veinte veces, "Las noches del Buen Retiro". Me senté en un banco del parque a esperar a María —por fas o por nefas, a las mujeres siempre se las está esperando— y me puse a leer. Fue inútil; a los dos minutos ya se me había sentado al lado una jovencita que se puso a hablar por el teléfono a grito pelado; estaba contando a alguien que habían visto a su novio y a su madre morreándose, un clásico del porno sin el menor interés. En aquel momento, maldije mil veces el haber abandonado Castilla; no sé si los tengo idealizados o es que fueron realmente ideales los veranos que pasé allí. Aquellas mañanas frescas, con un aire impoluto, pedaleando por la Nava llegaba a Becerril de Campos y me sentaba en la terraza de La Behetría a zamparme un pincho de tortilla de patata regado con un café con leche. ¡Gloria bendita! Y si no era en La Behetría de Becerril, era La Laguna de Gascón o en El Refugio de Fuentes. Toda la Nava era para mí. 

Sí, sin duda fueron los años castellanos los que me reconciliaron, en la medida de lo posible, conmigo mismo. Fue aquel el lugar en el que menos cuentas tuve que dar a nadie. Viví holgado y con una cierta sensación de armonía. Y es que, para empezar, Castilla tiene unas dimensiones humanas; por tal me refiero a la posibilidad que te ofrece de no tener que vivir amontonado, lo más inhumano, quizá, que existe: el hombre no nació para ser rebaño. Nació para relacionarse con sus semejantes de tú a tú en medio de la nada. Como cuando me apeaba de la bicicleta para echar una parrafada con un labrador o pastor perdido en aquella inmensidad. Después, mientras seguía pedaleando, rumiaba aquellas conversaciones sin desperdicio. Y es que, solo, en medio de la inmensidad, cualquiera se convierte en filósofo. 

En fin, la vida nos lleva por donde quiere y solo nos deja el recurso a la nostalgia para aliviar los momentos de desesperación. Aquellas incursiones que, cuando estudiante en Madrid, hacía por la Cuesta Moyano en busca de novelas de Baroja. Aquella cumbre que alcance, con Pedro —nos dejó hace tres días— cuando ya parecía que era un objetivo más allá de nuestras provectas posibilidades. Aquellos reposos del guerrero en las plazas castellanas tras las largas pedaleadas hacia los lejanos horizontes... y así, desde la nostalgia hasta caer en la dulce tristura que es la melancolía. Sí, siempre acabo melancólico cuando, por lo que sea, me acerco al centro de la ciudad... lo siento como si fuese un campo de concentración con sus cámaras de gas y todo eso. 

lunes, 10 de agosto de 2026

Más uvas de la ira

Me manda Manolo unas piezas que compone con ayuda de la inteligencia artificial y yo no las sabría distinguir de lo mejor que escuché a aquellos míticos rokeros. ¡Huston, tenemos un problema! Sin duda, este invento va a costar mucho digerirle y, en el entretanto, ni siquiera podemos imaginar el número de gente que va a quedar tirada por las cunetas.  No sé cómo se las van a arreglar esta vez los comunistas para echar la culpa a los ricos. 

Se acuerdan ustedes de toda aquella literatura de comienzos del siglo XX, "Las uvas de la ira", por poner un ejemplo. Siempre a vueltas con el malvado capital y la inocencia del pueblo trabajador. Por supuesto que nunca se decía una palabra de aquel ingeniero que se había puesto a maquinar en un taller, de resultas de lo cual había salido el motor de explosión. ¿Se imaginan ustedes toda la literatura comunista que nos hubiéramos ahorrado si nadie hubiese inventado el motor de explosión? 

Ya me canso de repetirlo: no hay nada nuevo bajo el cielo desde la noche de los tiempos para acá. Por eso Hesíodo comienza su Teogonía encadenando a Prometeo a una roca donde un águila viene todos los días a roerle los hígados. Y todo por meterse en donde nadie le llamaba. Siempre hurgando por ahí por ver si podía descubrir algo que le pudiera aliviar las duras tareas que requiere la supervivencia. ¡Ya ven, en vez de ponerse a mirar las estrellas y aprender a recrearse en la contemplación de su mera belleza! 

Indiscutiblemente, hay algo demoníaco en todo esto de los cachivaches. Como de soberbia. Al respecto, me gustaría saber cómo le va a esa gente que se ha propuesto vivir al margen de los avances tecnológicos. Los amish, o algo así. Claro que, usar carros, animales domesticados, y otra infinidad de utensilios rudimentarios, no le exime de la maldición prometeica; es, simplemente, querer limitar los efectos colaterales. 

En fin, el caso es que la inteligencia artificial ya está ahí y las consecuencias serán las que tengan que ser; de momento, parece ser, ya está dando su cosecha de uvas de la ira... al menos, eso es lo que dan a entender los titulares de algunos videos que me aparecen en pantalla cuando me pongo frente a este demoníaco cachivache.  

domingo, 9 de agosto de 2026

Y vuelta a empezar

 A media tarde, cuando ya siento la casa recalentada, bajo a sentarme en el paseo de Antonio López que está a la sombra y corre la brisa. Por cierto, Antonio López, un tipo curioso que, según dicen las malas lenguas, amasó una fortuna portentosa traficando con esclavos. Tan portentosa fue que, dice la leyenda urbana, que, cuando las tropas de Víctor Manuel entraron Roma para dar fin a los Estados Pontificios y, con ello, dar por constituida la nación italiana, este señor, que merced a todas las filantropías que había hecho había sido elevado al rango de marqués de Comillas, este señor, digo, le ofreció al papa comprar la ciudad de Roma para que pudiese seguir teniendo un cierto poder temporal. En fin, cosas que se cuentan y ni siquiera merece la pena ponerse a averiguar lo que pudiera haber de verdad en todo ello... recuerden aquello de "El hombre que mató a Liberty Wallace": cuando la leyenda supera a la realidad, nos quedamos con la leyenda. 

Así, ayer, como digo, bajé, me senté en un banco y proseguí con la lectura de las conversaciones que se traen entre ellos Cipión y Berganza, dos perros que han aposentado sus reales a la puerta del hospital de la Resurrección de Valladolid. Bueno, la verdad es que no aguanté ni dos minutos, porque un chusma había puesto una música perrallera, de esas con unos bajos machacones que es como si te estuviesen martillando la cabeza... pero esto es otra historia. Me fui al muelle del Pesquero, encontré un banco a la sombra, me senté y proseguí con la lectura. Cipión está contando su vida a Berganza; concretamente, la catadura de todos los amos que ha tenido, que no se salva ni uno. La gracia del asunto es que como Cipión no es como el común de los perros, ya que puede razonar, no soporta esa detestable catadura de sus dueños y se larga a buscar fortuna para dar siempre en lo mismo: más corrupción. Claro, si todos los perros fuesen como Cipión se acabaría el mito de la lealtad de los perros y se aprendería a distinguir lo que va de la sumisión a la lealtad. Los perros, mis queridos, son sumisos, porque para ser leal se necesita de la razón, que por eso Cipión, porque la tenía, no podía ser leal a cualquiera por solo la comida. 

El caso es que, por la noche, como ya es costumbre en mí, me puse a leer la Biblia; concretamente, Los Proverbios. Estamos en las mismas, pensé, Cipión, Los Proverbios, en definitiva, la irreprimible tendencia a la corrupción del ser humano. Al respecto, parece no haber solución. Todas las novelas ejemplares de Cervantes, o, ya puestos, la Biblia, están atravesadas por la misma obsesión: la denuncia de la corrupción; el mundo parece no poder ser otra cosa que un Patio de Monipodio. 

Y esa es la cuestión incuestionable, que donde no hay entendimiento, el hábito califica. La gente del común se lo traga todo, pero, más nada, ese fingimiento de felicidad, seña de identidad donde las haya de los corruptos y, no por otra causa es, que se apresure a imitarlos: todo el mundo quiere ser feliz a la primera de cambio. Y así es como se llega a las decadencias galopantes... cuando el pilar de la economía es el entretenimiento, es decir, el tradicional nicho de negocio de las mafias. 

Y así hasta que todo se va al carajo y vuelta a empezar: el mundo es un Ave Fénix.

sábado, 8 de agosto de 2026

Los puros de corazón


Uno de los deportes favoritos de los puros de corazón consiste en denostar de lo que se conoce como redes sociales. Claro, no hay nada que joda más a un puro de corazón que la libertad, que no otra cosa vendrían a ser las redes sociales... libertad en el terreno de la comunicación como nunca se sospechó que se pudiera llegar a tanto. En esas redes, cada cual es muy libre de decir, o hacer, lo que quiere, de la misma manera que cada cual es no menos libre de escucharlo, o mirarlo, y sacar sus conclusiones. Y sí, por supuesto, que eso tiene sus peligros, pero, a mi juicio, infinitamente menores que los que suponían el no tener otra fuente de información que el periódico de moda o cualquier otro púlpito controlado por el sátrapa de turno. 

En las redes sociales, uno se puede dedicar a contemplar a las mujeres que, por lo que sea, se complacen en ejecutar complicados cruces de piernas que permiten vistas fugaces de sus coños. Es un deporte como otro cualquiera que más que malicia demuestra ingenuidad. También, si tienes poco cacumen, te puedes dejar arrastrar por las aburridas querellas que mantienen entre sí los parásitos por tal conseguir mejores pastizales... eso que llaman política. Incluso, te puedes enganchar en la que quizá sea la peor obsesión de todas, la que tiene que ver con el no querer morirse ni a la de tres... porque es que hay millones de vídeos dedicados a lo de la conservación a ultranza de la salud —¡harta plaga!—. En resumidas cuentas, toda la morralla del gusto de la gente que también lo es. 

Pero las redes sociales también ponen a nuestro alcance cosas que hasta hace dos días lo estaban solo al de unos cuantos privilegiados. Al respecto, me gusta poner el ejemplo de la Khan Academy. De pronto, la mejor pedagogía de las matemáticas que se puede concebir está al alcance del niño nacido en la aldea más remota del planeta. Y hay miles de Khan Academys, y millones y millones de niños y jóvenes, y también viejos, pisan sus aulas. ¿Se dan cuenta de lo que eso supone en términos de una mejor comprensión de la realidad por parte de las masas? Seguramente, nunca hubo revolución en el mundo que se pueda comparar a esta de la difusión masiva de las matemáticas que se está produciendo en estos tiempos que corren. A mi entender todo conocimiento es revolucionario, pero el de las matemáticas se lleva de calle la palma. 

Pero es que, lo mismo que con las matemáticas pasa con cualquier otra habilidad que quieras desarrollar. Sin ir más lejos, en mi caso, la música. Yo abro YouTube y los algoritmos, o lo que sea, hacen que más del noventa por ciento de los vídeos que aparecen en pantalla sean, ya de matemáticas, ya de música. Así, de pronto, veo un ejercicio de ritmo y no me puedo contener. No creo que pueda haber muchas cosas más adictivas que los ejercicios de ritmo. Adictivas, en el buen sentido del término, quiero decir. A todos esos niños a los que hoy día están suministrando anfetaminas porque, dicen, tienen problemas de atención, concentración, o lo que sea; pues bien, estoy seguro que les pones todos los días durante un rato a hacer ejercicios de ritmo a dos manos y en menos de lo que se dice ya se les ha pasado toda la tontería. 

En fin, lo dicho, a los puros de corazón, un eufemismo de comunista, no les queda otro recurso para parar el río que amenaza llevárseles por delante que el del insulto y la difamación y, por supuesto, el de poner puertas al campo... que no otra cosa son todas esas leyes con las que intentan frenar la libertad que emana de esas redes sociales.  

viernes, 7 de agosto de 2026

¿Por qué?

 


Juan es un tipo que enseña divinamente las matemáticas y, también, y sobre todo, el amor a la libertad. Lo mismo que Cervantes, no desperdicia ocasión para recordarnos que sin libertad no somos nada. Y es que, seguramente, entre las matemáticas y la libertad hay muchas más conexiones de las que cabría sospechar a primera vista y, eso, más o menos, es lo que Juan ha tratado de demostrarnos en el vídeo titulado "¿Por qué estudiar matemáticas cada día? 

Cuando era chaval, las matemáticas no se me daban mal, pero sin sentir el menor entusiasmo por ellas. Eran una obligación más con la que cumplías so pena de sufrir las consecuencias. Así era toda la educación recibida, sin que nadie se parase a explicarte el porqué de lo que estabas haciendo, excepción hecha, claro está, de lo de la salvación del alma, que, ahí, sí, echaban el resto tratando de demostrar que la clave del asunto consistía en no hacerse pajas.  

No tengo ni idea de si servirá o no servirá para algo el explicar a los chavales el porqué de las obligaciones que tienen. Quizá lo sabio sea dejar que con el tiempo lo vayan descubriendo por ellos mismos. Y posiblemente, en ese descubrir, más temprano o más tardío, estén las diferencias de inteligencia entre unos y otros. En lo que a mí respecta, puedo asegurar que mi descubrimiento de la magia que encierran dentro de sí las matemáticas fue muy tardío, por más que las nefastas consecuencias de su desconocimiento empecé a sospecharlas bastante temprano, concretamente cuando, rozando la treintena, empecé a dedicarme a la fisiología respiratoria. En definitiva, en cuatro días aprendí todo lo que se puede saber sobre ese asunto sin saber matemáticas y, luego, el puto aburrimiento. Por eso lo dejé todo y me fui a correr mundo. Sin duda, aunque fuese incapaz de identificarla, llevaba la espina de mi carencia clavada en el alma.

Mucho más tarde, terciada ya la sesentena, residiendo a la sazón en la premontaña palentina, se me hizo la luz y contraté los servicios de una profesora de matemáticas que había en el pueblo de al lado. Me entró entonces una pasión inusitada que me tenía todas las noches en una pura pesadilla. No me importaba porque comprendía que sin tortura no se consigue nada que merezca la pena. En un par de años me puse muy por delante de lo que había sabido durante el bachillerato. Luego descubrí la Khan Academy y le pegué unas cuantas vueltas a todos sus vídeos. Resumiendo, hace ya casi veinte años desde aquellas primeras clases en Aguilar de Campoo y, desde entonces, raro ha sido el día que no haya pasado un rato tratando de desentrañar un enigma matemático. Merodeo por YouTube, veo el enunciado de un problema y no puedo pasarlo por alto. Vendría a ser como una adicción.

Concluyo: no sé en qué medida todos esos porqués que dice Juan en el vídeo me estarán afectando, pero lo que sí sé es la satisfacción que siento cuando consigo resolver un enigma, cuanto más enrevesado mejor y, también, cuando comprendo una explicación de algo que no sabía que existía o que, sí lo sabía, pero no me había atrevido a meterme con ello. Si todo esto me sirve para ser un poco menos tonto, ¡genial! Y, si solo es puro entretenimiento, pues igual. 

jueves, 6 de agosto de 2026

Los ropajes de la picaresca

Y entonces, sale un cura en pantalla, revestido con todos los aditamentos del oficio y enarbolando en la su mano derecha una cruz con incrustaciones preciosas: nos va a recitar una oración a la preciosa sangre de Cristo. La picaresca, pienso, no tiene límites: se camufla tras infinitos ropajes y la gracia del asunto consiste en desenmascararlos; hay que tener en cuenta que, algunos de entre ellos, son auténticas obras de arte que, pareciera, que hasta al mismísimo Dios engañan. 

Ayer por la tarde, buscando la brisa que atempera el bochorno, fui a sentarme a los bancos que hay frente a la estación marítima; justo en aquel momento partía un barco gigantesco cargado de borregos con apariencia humana. Unos pícaros han inventado ese negocio y las multitudes aborregadas son incapaces de desenmascarar el engaño.  En fin, pensé, cada cual se las apaña como puede, que, al fin y al cabo, lo de dejarse engañar ayuda mucho a sobrellevar los sinsabores de la vida.   

El caso es que mientras miraba de reojo y sin el menor interés aquella penosa escena, me estaba metiendo de lleno en las vicisitudes del alférez Campuzano, el protagonista del Casamiento Engañoso, una de las novelas ejemplares de Cervantes. El alférez, nada más salir arrastrándose del hospital de la Resurrección de sudar catorce cargas de bubas, se encuentra con su amigo el licenciado Peralta que de inmediato le invita a ir a su casa a reponerse. Ya de sobremesa, Campuzano le cuenta a Peralta de dónde le vinieron las bubas, concretamente de un casamiento engañoso tanto por parte de la parte contratante como de la segunda parte de la parte contratante. Así, al ser, tanto monta, monta tanto, el engañador como el engañado, no hay lugar para el resentimiento y sí, y mucho, para el humor... de hecho, mientras leía, me estaba poniendo enfermo de la risa que me daba. Claro que la gracia, más que por el hecho en sí, viene de la forma de contarlo y, al respecto, cualquiera que haya leído El Ingenioso Hidalgo, ya sabe de lo que es capaz Cervantes. 

Pues sí, esto de la picaresca es para hacérselo mirar porque aquí sí que hay que ser prudente antes de tirar la primera piedra. Me he cansado de ver a todo lo largo de la vida a gente que tiró la primera piedra y, cuatro días después, el rebote les atizó de plein fouet. Y es que, evidentemente, eso de la honradez es muy loable, pero vete tú a contárselo a alguien, o a ti mismo, cuando te hayas en un apurado trance de supervivencia. O ni siquiera eso, basta que una mala educación te haya hecho esclavo de los caprichos para que seas devoto de la ley del embudo... lo ancho, por supuesto, para mí. 

El otro día, con motivo de haber escuchado una conferencia sobre las virtudes burguesas, escribía sobre el rearme moral. ¡Mira que hay que ser ingenuo! ¿Cuándo no ha necesitado el mundo ese rearme? Todas las interrelaciones humanas, so capa de simpatía, tienen un componente de fraude que solo los linces son capaces de detectar. No por otra causa es que los linces anden siempre ocultos entre la espesura.   

Ya digo, la preciosa sangre de Cristo... ¡y vaya que si cuela! 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Cosas de viejos.

Cuenta la Biblia que, David, en sus postrimerías, sentía un frío tremendo que le tenía todo el día tirititando, que diría el Camarón de la Isla, y nadie encontraba el remedio a aquel mal. Así fue que, ensayado todo lo ensayable, alguien pensó que, a lo mejor, poniéndole una jovencita a su lado en la cama el mal cedería. Dicho y hecho; parece ser que mejoró, pero, al parecer, no pudo hacer otro uso de la chiquita que el de robarle el calor. 

Por otro lado, crónicas apócrifas relatan que a Mao Tse-Tung, en su vejez, le metían todos los días en la cama a una jovencita virgen. Por lo visto, hay una superchería china que sostiene que esa es la mejor manera de restituirle la energía a un viejo. Sea como sea, cuentan, vete tú a saber la verdad que hay en ello, que dentro del partido comunista chino había una sección dedicada a escoger a esas jovencitas entre las más agraciadas de la nación. Y para ellas, según esas crónicas, era un honor ser desvirgadas por el Gran Timonel; un honor y, todo hay que decirlo, una inversión garantizada, porque de la cama pasaban, sin solución de continuidad, a un futuro prometedor. 

Por otro lado, en Salamanca conocí a unos comunistas alto standing cubanos, entrados en años ya, que sostenían con entusiasmo que el hombre tiene la edad de la mujer que tiene entre los brazos. De hecho, todos ellos estaban casados con mujeres a las que sacaban de treinta años para arriba.  

Y, para concluir las anécdotas relativas al asunto, citaré lo que dice Buñuel, al respecto, en sus memorias. Se queja el hombre de esa maldita pulsión que no se le va de la cabeza. Da igual lo consciente que seas de que todo intento es inútil, porque eso que llaman el inconsciente sigue ahí trabajando como el primer día de la creación.  

Sea como sea, hay una cosa que ni al moralista más talibán se le ocurriría negar, y esa cosa es que la naturaleza tiene hechos a los hombres de tal manera que hasta el último suspiro siguen estremeciéndose a la vista de un culo femenino como Dios manda. ¡Y qué le vamos a hacer! Bueno, sí, mirar de reojo y disimular en la medida de lo posible, porque no están muy bien vistos los viejos verdes... pero, en cualquier caso, no privarse de ese estremecimiento que, a la postre, es la conexión más fuerte que se mantiene con la vida. 

martes, 4 de agosto de 2026

Rearme moral

La guerra que no cesa es la que se libra por las ideas. Es una guerra sorda, y a largo plazo, de la que la inmensa mayoría parece no tener noticia. Y es que, como supongo que todos ustedes sabrán, a la inmensa mayoría todo lo que no sea alboroto y a corto plazo se la trae al pairo... no por otra causa es que los resultados parciales de esas guerras siempre pesquen a la inmensa mayoría desprevenida, lo cual no es óbice, ni cortapisa, para que se apresure a apuntarse a caballo ganador. ¡Cuestión de supervivencia! En realidad, se apunta a caballo ganador sin importarle un comino en qué consiste ese caballo con tal de que el caballo le facilite la supervivencia, no importa si a corto o largo plazo. 

Lo de identificar cuáles son las verdaderas ideas en liza es tremendamente complicado. Lo puedo asegurar por la propia experiencia: toda mi vida he tenido tal batiburrillo en la cabeza respecto a esa identificación que sigo sin sentirme mínimamente seguro sobre en qué medida he conseguido clarificarme. Así todo, como uno no puede andar por ahí, indefinidamente, a la deriva, he optado acogerme a la idea de libertad con la misma fe que Descartes se acogió al cogito ergo sum —pienso, luego existo—. 

La libertad, amigo Sancho, etc... todo el mundo conoce ese parlamento de Don Quijote. Sí, pero ¿qué es la libertad? Hay muchas formas de entenderla y no todas son compatibles con la conservación de la especie. "Mi libertad termina en donde comienza la del vecino", dijo alguien y el rey se quedó con la copla y la mandó imprimir en los billetes de mil pesetas. Efectivamente, sin límites a la libertad, apaga y vámonos. El problema consiste en saber quién es el encargado de poner esos límites. O, mejor dicho, quién es el que tiene derecho a imponer esos límites. Y ahí es donde, a mi juicio, reside toda la enjundia de este asunto y, a la postre, de esta guerra que, como digo, el mundo siempre se está trayendo entre manos. 

Intento reflexionar sobre estas abstracciones porque ayer estuve escuchando los discursos pronunciados con motivo de la entrega del premio anual de la Fundación Juan de Mariana que este año ha recaído en Deirdre McCloskey, una yankee de exactamente mi edad que ha escrito un libro titulado Las Virtudes Burguesas. Lo que a mí se me alcanzó de todo lo que escuché es que Dierdre vendría a apuntalar lo que Adam Smith remarcó en su libro Los Sentimientos Morales y, ya, si me apuran, lo que la Biblia y, también, los clásicos griegos, no se cansan de repetir, que sin un respeto estricto a las leyes no escritas del cielo no hay nada en este mundo, incluido, por supuesto, el capitalismo, que pueda funcionar.  

En definitiva, dicho si rodeos ni necesidad de premios, el cascabel que hay que poner al gato para liberarnos en la medida de lo posible de este régimen político, que nos tiene atenazados con tanto límite como nos pone, no es otro que el rearme moral. Así que, ya saben, lo mejor empezar por uno mismo y no cejar que, como decía Pessoa, esa tarea nos llevará toda la vida.  

lunes, 3 de agosto de 2026

Novelas ejemplares

Sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. Para empezar, son una fuente inagotable de información sobre la sociedad de hace cuatrocientos años. Era una sociedad por estamentos: los nobles, por un lado, que son los protagonistas de las novelas y, al parecer, de la vida en general; el pueblo llano, que se las apaña como puede, sin demasiados escrúpulos morales y sin dar excesivos síntomas de resentimiento; y el clero y demás sicarios —con esta palabra está todo dicho— del poder que hacen de imprescindibles intermediarios entre dos mundos alejados a años luz. 

Consideraciones sociológicas aparte, llama poderosamente la atención el asunto de la madurez. En aquel entonces, a los dieciséis años, aun siendo mozo o moza, ya se era apto para las funciones de adulto: lo mismo para tener hijos que para ir a la guerra. Esa madurez, tan prematura desde nuestra perspectiva actual, trata de sustanciarla Cervantes en los parlamentos, tanto interiores como exteriores que hacen los personajes protagonistas; pareciera que todos han leído a Freud, o poco menos, tal es la agudeza de las percepciones, tanto de su yo como de su ello. Esto es algo que me resulta especialmente chocante por comparación con la percepción que tengo de lo que ha sido mi propia vida en la que, hasta edades muy avanzadas, era como si la responsabilidad de mis actos correspondiera a un ente abstracto... algo así como un padre castrador al que había que machacar en la medida de las posibilidades. 

En la precocidad de esos hijos de nobles, supongo, tiene que ver la obsesión por el linaje como responsabilidad individual que, desde el primer día les ha sido inculcada por medio de una educación espartana. Nada que ver con la precocidad de pueblo llano nacida de las dificultades para la supervivencia. Así es como ambos dos estamentos confluyen en lo esencial: la vida como agonía. En definitiva, da la sensación de que la duración de la vida ha sido una constante a todo lo largo de la Historia; una constante al estilo de la de Boyle Mariotte —PxV=K—, solo que, en este caso, en vez de jugar con la presión y el volumen lo haríamos con el tiempo y la agonía —TxA=K—.  

Aparte de estas apreciaciones de tipo, digamos, psicológico, se extraen de esas novelas no pocas curiosidades que ayudan a entender de dónde venimos. Por ejemplo, ese pueblo, Zahara de los Atunes, en el que mis hijas tienen un piso al que fui con María hace cinco o seis años, ya era en tiempos de Cervantes un lugar muy concurrido, en este caso por los pícaros —cátedra de picaresca, dice—; la diferencia con ahora es que, vez de venir los bereberes en pateras a sus playas para quedarse, en aquel tiempo los bereberes venían en galeras a pillar a los pícaros que dormían en la playa para llevárselos a berebería y venderlos como esclavos. En cualquier caso, el negocio de las almadrabas ya funcionaba por entonces a pleno rendimiento. Otra curiosidad es lo de Cataluña: lo mismo que en el Quijote, los protagonistas de Las Dos Doncellas, tan pronto ponen el pie en Cataluña son saqueados por los bandoleros, lo cual no quita para que no se canse de echar flores a la ciudad de Barcelona, archivo de todas las bondades. O sea, que, el que tuvo, retuvo, y de casta le viene al galgo. 

En fin, para qué seguir; solo añadir que estoy encantado con las rocambolescas coincidencias con las que se construyen los argumentos de esas novelas. Y eso por no hablar de las maravillas del lenguaje: la facilidad con la que Cervantes consigue que se entiendan a la primera asuntos que de puro alambicados casi dan hasta risa. Y no te digo, ya, si lo lees al atardecer, sentado en un banco en el que te acaricia la brisa que viene del mar. Ya digo, en fin. 

domingo, 2 de agosto de 2026

Mahometanismo

Hace como treinta años, con motivo de tener por aquel entonces asentados mis reales en una aldea de la Serralada Central, de nombre Bellmunt de Segarra, tenía un vecino marroquí de unos treinta años, sin más oficio ni beneficio que el de dar satisfacción en la cama a una chica, hija de unos andaluces granadinos que tenían en la aldea una casa de esparcimiento. El marroquí, siempre que me veía me largaba la misma cantinela: «¡Amigo Pedro!, fíjate bien lo que te digo, una sola noche, no hace falta más, una sola noche que abriesen la frontera de España con Marruecos y no quedaba ni un marroquí en Marruecos.»

Claro, los marroquís, al parecer, se pasaban la vida mirando la televisión española que se podía captar en grandes partes de su territorio, lo cual no hacía más que hacerles crecer los dientes. Se decía por entonces, no sé qué habría de cierto en ello, que la frontera entre España y Marruecos era la grieta más profunda que había en el mundo entre dos niveles de vida. Desde luego que, exageraciones aparte, las diferencias eran notables; yo mismo había hecho una fugaz incursión en Marruecos, allá por los años setenta y, si no anonadado, había quedado impresionado por aquella mezcla de pintoresquismo y miseria, lo uno por la otra, que tanto gustaba a la carcundia progresista imperante en grandes capas de la sociedad española. 

Sin duda, de los años setenta para acá, Marruecos ha pegado un gran salto hacia delante. Así todo, aunque la grieta haya disminuido algo, todavía sigue siendo considerable, y no solo en lo económico, también en lo cultural. Hay que tener en cuenta que el mahometanismo es algo así como un cáncer del espíritu que elimina de raíz toda posibilidad de pensamiento crítico. Claro, eso funciona muy bien cuando no tienes ventanas a la casa del vecino de enfrente; pero una vez que las tienes, no hay Dios que lo aguante. 

Así es que, para mí, lo de Marruecos con España, y Europa en general, no tendrá solución en tanto el mahometanismo siga campando por allí por sus respetos. Es una ideología bárbara que está concebida para que al poder en curso nadie se le suba a las barbas, así que, a la que alguien se asoma al balcón y ve lo que hay enfrente, ya no hay quien le pare. Por eso, el gran drama de esta historia es que esas sociedades musulmanas, al parecer, tienen una resistencia numantina a la secularización. Nadie quiere renunciar allí a sus privilegios ancestrales. Ni los que tiene el rey sobre sus súbditos, ni los que tiene el marido sobre sus mujeres... en fin, la noche de los tiempos. 

Pero, ¡ay, hijo!, en una cosa fundamental nos ganan los marroquíes por goleada: la procreación. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que a la postre siempre acaba ganando el que procrea. Y en esas estamos, en el trance de perder todas las batallas por no querer procrear. Así es que, como no nos sirve el perpetuarnos en nuestros hijos, nos tratamos de perpetuar en nosotros mismos y por eso es que hayamos ido a caer en manos de los médicos que es como caer en manos del demonio... pero este es otro asunto. 

sábado, 1 de agosto de 2026

Seguir adelante

Conagher es un vaquero que exhibe las mejores características de la virilidad. Hábil en su trabajo, honesto, leal, liberal, y valiente. En un momento determinado de la película, Conagher va tras unos malhechores y, la mujer que anda tras él, temiendo que le maten, le dice que pida ayuda a las autoridades; Conagher la mira de lado, con los ojos inquisitivos, a la vez que sentencia: «Cuando un hombre tiene que pedir ayuda más vale que no siga adelante».

Un hombre es un hombre y una mujer, una mujer: por ahí hay que empezar. El hombre, si es hombre, resuelve; la mujer, si es mujer, pastelea. Por eso tanto el uno como la otra tienen que estar en el lugar para el que la naturaleza les dotó. De lo contrario, como dice Conagher, más vale no seguir adelante. 

Y eso es lo que pienso yo que está pasando, que como se han dislocado las respectivas posiciones a cada vez más gente no le merece la pena seguir adelante, lo cual se traduce en esa apoteosis de pulsiones suicidas que campean por doquier: todo el puto día de aquí para allá con la única finalidad de encontrar diversión. ¿Acaso sabe alguien qué coño es eso de la diversión? A juzgar por lo que veo las raras veces que voy al downtown, divertirse debe ser ir comiendo helados mientras deambulas a la deriva por entre las multitudes. 

Empiezas por hacer el trabajo de cualquier forma, sigues por autoconvencerte de que el que no roba es porque no puede, a continuación, traicionas a tu propio padre si piensas que ello te beneficia, luego te empeñas en imponer a los demás tus putrefactas ideas y, terminas, pues eso, pidiendo ayuda, no a cualquiera, sino a la mafia dominante. Así, por haber perdido los papeles, ya has cerrado el círculo de la cobardía perfecta. ¡Ay, qué definitivo es aprender desde niño el valor del trabajo bien hecho! Falla eso y todo lo demás viene rodado. 

O sea que, convénzanse, para que nos vuelva a merecer la pena seguir adelante habrá que recuperar los papeles tradicionales: el hombre a la guerra a matar dragones y la mujer a la cocina a hacer pasteles.