lunes, 31 de agosto de 2026

Jaques el Fatalista

Hamlet nos legó resumida en una lograda frase lo que vendría a ser la esencia de la vida: to be or not to be. Hamlet tiene la fundada sospecha de que la muerte de su padre no ha sido natural, sino, más bien, provocada por su tío con la finalidad de apoderarse de sus bienes. Hamlet tiene, entonces, un doloroso dilema: enfrentarse a la verdad con grave peligro de su vida o aceptar los hechos y aprovecharse de ellos. Ser o no ser, sería, entonces, una mera cuestión de ética que, a la postre, vendría a traducirse en la dicotomía valentía/cobardía. 

Fue entonces cuando llegó el cinismo y dijo: ¡Chorradas! La verdadera cuestión no es to be or not to be, sino to have o have not...  acuérdense de que, cuando lo de nuestro famoso Siglo de Oro, había un dicho que gozaba de mucho predicamento: no hay saber como el tener. Tener o no tener, that is the question. 

Tener o no tener, por supuesto, hijos, porque, a la vista está que todo lo demás que puedas o no puedas tener es asunto de poca importancia —de small moment—. Dejas de tener hijos y, automáticamente, te invaden los bárbaros y no te dejan disfrutar de las supuestas ventajas del no tener que ocuparte de los hijos. En definitiva, las personas humanas —como dice el papa de Roma y los gitanos—, nunca podremos escapar del «lo comido, por lo servido».

Y así es que andan por ahí un montón de sabios tratando de llegar a alguna conclusión acerca del hecho incuestionable de que cuanto más se acomoda una sociedad menos hijos tiene. ¡Siempre queriendo saber! ¡Qué martirio! Con lo fácil que sería abandonarse a los designios de la Naturaleza. O de Dios, como pretenden otros. Ella, o Él, sabrán por qué lo quieren así y no nos corresponde a nosotros, los humanos, enmendarles la plana y, no por nada, sino porque, cuando lo intentamos, a los dos días ya nos encontramos encadenados a cualquier roca del Cáucaso o tenemos que enfrentar a una malvada Pandora. 

Nada podría asegurar al respecto, pero para mí que, cuando tuve hijas, no fue por un acto premeditado sino, más bien, porque así estaba escrito en el grand rouleau, como decía Jaques el Fatalista. Lo cual no quita, para que, el haberlas tenido se haya constituido en el hecho central de mi vida. Y, por más que casi no las vea, siempre las tengo presentes y no hay nada que me reconforte tanto como saber que se defienden en la vida. Supongo que todo ello es debido a la condición animal que subyace a nuestro pretendido ser civilizado. En fin, lo que sea, que ¿quién soy yo para cuestionarlo?     

domingo, 30 de agosto de 2026

La yenka

Titulaba ayer mi post en este blog «Apetece fusilarlos»; pues bien, esa apetencia la he copiado de aquellos portugueses de cuando la que se dio en llamar Revolución de los Claveles por la sencilla razón de que la gente se acercaba a los soldados armados y metía el tallo de un clavel por el cañón de sus fusiles. Como ven, poético a más no poder. Corrían los primeros setenta del siglo pasado y los españoles revoltosos nos acercábamos a Portugal para adorar lo que nos parecía ser el Santo Grial de la libertad hallada y, de paso, disfrutar de los precios comparativamente muy favorables respecto de los de España. Fue entonces cuando vimos en una plaza céntrica de Lisboa una gigantesca pancarta con ese lema: al pueblo llano portugués le apetecía, y razones no le faltaban, fusilar a quienes fuera que hubiesen sido los que habían estado enviando a la juventud del pais a morir en las guerras coloniales africanas que, a la vista de lo que había en la metrópolis, para nada habían servido a efectos de mejorar el nivel de vida del pueblo llano. Así ha sido por lo general la historia de la humanidad: gente muriendo en guerras sin sentido para favorecer los intereses de no se sabe quiénes que, por lo general, andan merodeando por los salones de los palacios. Y lo natural, entonces, es que a la gente le apetezca fusilarlos, aunque, todo hay que decirlo, las veces que, eso que llaman pueblo, ha pasado de la apetencia a la acción, por lo general, ha errado el tiro y ha matado a los que nada, o poco, tenían que ver con sus tribulaciones. Los verdaderos culpables, las más de las veces, se van de rositas. ¡Pelillos a la mar! 

Pero el caso es ese, que, por más que se suela errar el tiro cuando se pasa a la acción, el consuelo de la apetencia nunca se lo podrán quitar al pueblo llano. No hay más que ver los vídeos que corren estos días por las redes sociales a propósito de lo que está pasando en Ceuta. ¿Y qué es lo que está pasando? Pues, muy sencillo, algo que beneficia a alguien. Ya se lo dijo el infradotado José Luis Zapatero a micrófono cerrado, que resultó estar abierto, al repugnante político, disfrazado de periodista, Iñaqui Gabilondo: nos conviene que haya tensión. Sin duda, en esta ocasión, a alguien le convenía que hubiese toda la tensión posible, porque, como cuando aquello de la pandemia, lo que ha pasado ahora ha sido de todo menos natural. Es imposible concebir que a un país como España, que gasta cada año miles de millones en sus servicios de información, se le pase por alto que justo al otro lado de la frontera hay preparativos, que habrán llevado meses, para una invasión tipo Marcha Verde. Ya digo, como cuando lo de aquella pandemia en la que sólo había muertos en la pantalla del televisor y, eso sí, tensión por un tubo. 

Si, señoras y señores, les vuelvo a advertir como les advertí cuando la pandemia, no se dejen arrastrar por las emociones porque esto de Ceuta no es más que un movimiento táctico del poder en curso dentro de su estrategia general de tensión social a cualquier costo. Y así seguirán hasta que el asunto se les vaya de las manos y el pueblo llano pase de la apetencia a los tiros a voleo... pónganse a resguardo entonces, porque solo estarán libres de peligro los verdaderos causantes del desaguisado. 

En fin, como les iba diciendo, otra más de doctrina Zapatero... o, si mejor quieren, del poder en curso en todo tiempo y lugar. ¡Jo, qué premonitoria resultó ser la advertencia que hizo Dios a los judíos cuando estos le pidieron un rey! Ese pasaje de la Biblia tendría que estar transcrito en grandes cartelones en todas las plazas de todos los países del mundo. Pero, ya ven, la gente en general lo que quiere es seguir bailando la yenca: izquierda, derecha, izquierda, derecha, un paso adelante y otro hacia atrás. ¡Qué puto aburrimiento!

sábado, 29 de agosto de 2026

Apetece fusilarlos

Decíamos ayer, que hay por ahí un a modo de sed de libertad. Es raro que en cualquier conversación que mantengas con quién sea que viva de su trabajo, es decir, que no sea o haya sido funcionario, no salga a relucir el término en cuestión. Y nunca faltan las comparaciones con la que había hace treinta, cuarenta e, incluso, más atrás, cuando al régimen político imperante se le consideraba una dictadura. Yo diría que, más que caerse del caballo, lo que está haciendo la gente es tirarse en marcha porque sienten al caballo desbocado y seguir cabalgándole a toda costa tiene el final cantado: ser tragado por las arenas del desierto... nada nuevo, en definitiva.  

Claro está que, al ser la libertad, diría yo, el asunto subjetivo por antonomasia, es muy difícil que resuene al unísono con la suficiente intensidad como para producir por simpatía una conmoción en las conciencias. Así todo, la historia está llena de momentos en los que esa conmoción se produjo, haciendo que, con ello, el ser humano diese un salto hacia delante en su primigenia aspiración de constituirse como individuo frente a la opresión de la comunidad. Bueno, quizá, podría ser que estuviésemos en uno de esos momentos gloriosos, aunque, en esto, toda prudencia es poca, porque si por algo nos caracterizamos los humanos es por nuestra irreprimible tendencia a ver la realidad con los ojos del deseo. 

Es lo que tiene la subjetividad, que, las más de las veces, no sabes de que estás hablando cuando estás hablando de lo que sea. De ahí que la sabiduría popular diga que, en boca cerrada no entran moscas. Si haces el ejercicio de pararte a pensar en el significado de las palabras que utilizas en tus juicios de valor, caerás en la cuenta de que andas muy verde. Y con la palabra libertad, ya, ni te digo: verde y medio. Por eso fue el que, ayer, tras haber titulado mi post en este blog «Sed de libertad» me quedase una preocupación semántica que trate de aliviar viendo un vídeo en el que el profesor Axel Kaiser estaba haciendo para los alumnos de no recuerdo qué universidad el desmenuzamiento semiológico de la palabra en cuestión. 

Así fue que se vino a dar en Locke, un médico y filósofo inglés del siglo XVII. Por cierto, si eres médico sin ser filósofo, más vale que no sigas adelante... pero éste es asunto para otra ocasión. El caso es que Locke dejó el concepto de libertad bastante niquelado. Dijo que la libertad natural consiste en organizar tu propia vida como te dé la gana disponiendo a tu antojo de tus propiedades, eso sí, todo ello dentro de los límites que te marca la ley natural, es decir, las leyes no escritas del cielo que decían los viejos griegos o, si mejor quieren, las que Dios le dictó a Moisés en el monte Sinaí. Esa es la limitación sin la cual ni siquiera el más fuerte podría ser libre. 

El caso es que, hasta la independencia de los EEUU y, concretamente, a través de la constitución que redactó Jefferson, nunca se habían puesto por obra, al menos en teoría, tan elementales principios y, eso, por la sencilla razón de que el poder siempre supo el sitio en dónde le apretaba el zapato que no es otro que la libertad de elección que proporciona la propiedad privada... y, como lo supo, y lo sigue sabiendo, nada tiene de extraño este empeño de nuestros gobernantes en expoliar a la gente con impuestos, so capa de que con ello se promueve el bien común, estado del bienestar, etc., en fin, mandangas todas ellas con las que se trata de ocultar la verdadera intención que no es otra que privar al personal de toda posibilidad de elegir. La verdad es que si los gobernantes no fuesen analfabetos funcionales sabrían que, si no todas, casi todas las revoluciones trajeron causa, precisamente, del expolio fiscal. 

Resumiendo, que, como escribía Juan de Mariana, cuando el gobernante se pasa con los impuestos, lo suyo es ir a por él y liquidarle. ¡A ver si es verdad! Porque, lo que es apetecer... 

viernes, 28 de agosto de 2026

Sed de libertad

No hace ni diez días escribía aquí sobre lo que haría si estuviese en mis comienzos a la vez que en posesión de la experiencia acumulada en mí, ya, muy dilatada vida. Pues bien, hace un par de días vinieron mis hijas a visitarme y por lo que me contaron pude constatar que mis quimeras no iban muy descaminadas de lo está sucediendo en las profundidades del valle que fue cuna de mis primeros años de existencia. Aquella es zona de pasiegos y merachos, tales para cuales que, en aquellos tiempos, gustaban de acabar las romerías a tortas entre ellos, supongo que, siempre, por motivos de berrea más o menos encubiertos. En cualquier caso, aquella gente se desparramó no solo por las partes bajas del valle sino por toda la península, dando muestras de una refinada habilidad para los negocios. Sea como sea, consecuencia de aquel desparrame fue la espontánea repoblación forestal de aquellos parajes. La última vez que anduve por allí, hace bastante ya, aquello estaba irreconocible, aunque, eso sí, como siempre, espectacular. 

Pero, a lo que iba, que, por lo visto, el vacío dejado por el abandono de la ganadería de recría, está siendo llenado por familias jóvenes con hijos venidas de los más diversos países de Europa. Familias que se han instalado en aquellos semisalvajes parajes con la intención de practicar el arte de la autosuficiencia. Y así es que aquella magnífica escuela que en su día donó el marqués de Valdecilla, y que tanto tiempo llevaba cerrada, ha sido reabierta y por sus aledaños pululan niños rubios que se educan al gusto de sus padres y no del político de turno.  

En resumidas cuentas, volvemos a lo de siempre, por el sur los moros y por el norte los godos. Lo que es evidente es que la Península Ibérica es golosina para la gente de los países vecinos. Lo siguiente, supongo será, para no salirse del guion, el progresivo avance de los godos hacia el sur hasta la expulsión total de los moros. Y es que a godos y moros no hay forma de meterlos en el mismo saco sin que salten chispas. Hay quien mantiene que es por la cosa del politeísmo indoeuropeo de los unos y el monoteísmo semita de los otros, pero vete tú a saber. 

Sea como sea, lo que cuenta es que la vida sigue porque siempre hay gente que está comenzando con ilusión nuevas, que son viejas, experiencias. Y, desde luego que, la del intento de la mayor autosuficiencia posible, diría yo, es la más revolucionaria de todas en estos tiempos autocráticos a lo bestia. Autosuficiencia es, en definitiva, sed de libertad.  

jueves, 27 de agosto de 2026

Mejor, no sigas adelante

 


«Tengo el doble de edad que tenías cuando tenía la edad que tu tienes. Cuando tengas la edad que tengo la suma de nuestras edades será de 54 años. ¿Qué edades tenemos?»

Me pregunto cuántos de esos millones de youtubers que nos quieren salvar la vida con sus consejos sobre las más peregrinas cuestiones pueden soportar un enunciado como éste que nos propone Juan, el de Matemáticas con Juan, sin que la cabeza les estalle. Porque la cuestión no es baladí: o sabes o no sabes transformar a la primera de cambio ese enunciado en dos sencillas ecuaciones con dos incógnitas. Si necesitas ayuda para resolverlo, como diría el vaquero Conagher, mejor que no sigas adelante. 

Para mí, Juan, es uno de entre la media docena de personas que está haciendo algo con sentido para que la patria no se vaya por el desagüe. Está empeñado en una campaña por conseguir que la gente aprenda a pensar con fundamento o, lo que vendría a ser lo mismo, con álgebra. Él sabe, como yo sé, y debiera saber cualquier adulto, que todos los problemas que nos están corroyendo como sociedad traen causa de que una mayoría, no se hasta qué punto inmensa, se arruga ante semejante enunciado. 

Quizá les parezca que exagero, ¡allá ustedes!, con su pan se lo coman, pero luego no se quejen porque engendrarán pestilencia. Toda esa mierda de las ideologías, o religiones si así lo quieren decir, no son más que trucos con los que se lava el cerebro de los pobres desgraciados que no tuvieron voluntad para aprender a convertir enunciados en sistemas de ecuaciones. Así es como puedes escuchar en las redes a un pobre imbécil argumentando que el es de izquierdas porque quiere tener la sanidad y la enseñanza gratis. Y se queda tan ancho y tiene millones de likes. Por eso es, precisamente, el que estemos apañados. 

Y colorín, colorado...

miércoles, 26 de agosto de 2026

«Soma»

Cualquier observador medianamente avisado se da cuenta de que aquí está pasando algo de consecuencias imprevisibles. Imprevisibles, claro está, por lo fino, porque, groso modo, será un episodio más del reiterativo quemarse y renacer de las cenizas del Ave Fénix. Ese es el proceso del que cada generación ha tenido, tiene y tendrá, su lote. Y de nada sirven todos los experimentos de ingeniería social que idean los débiles, o parásitos, para librarse de la quema, porque en toda conmoción son ellos los que, en primera estancia, desaparecen. 

Pero, yendo al grano, ¿cuáles serían los signos patognomónicos de la conmoción en curso? ¡uf! Hay tantos y de tan variada consistencia que resulta díficil establecer un ranking en función de su importancia, así que me limitaré a señalar algunos de los que, a mi parecer, destacan por su curiosidad. Pongamos en primer lugar aquel aserto que por siglos constituyó la piedra angular de la estabilidad de la patria: «tú, hijo, algo seguro». O sea, funcionario. Fue tanta la atracción fatal que tenía esa dedicación que al final pasó lo que tenía que pasar, que para tener ocupada a tanta gente que se sentía segura hubo que montar una maraña de regulaciones que acabó por estrangular el sistema. Ya, para la generación de mis hijas — se lo oí comentar en numerosas ocasiones— el ser funcionario era sinónimo de ser un chusma. Una generación después, ya, ni te digo. Por lo visto, numerosas convocatorias a empleo público quedan desiertas... por razones diversas, entre otras que la gente del común ha tomado afición al deporte de apalizar funcionarios a la menor pega que estos ponen a la resolución de los problemas que por su propia naturaleza son irresolubles. Es todo como un imposible metafísico y alguien, el que está más a mano, tiene que pagar. ¡Consecuencias de la maraña! En resumidas cuentas: se reproduce la secuencia de acontecimientos que llevaron al derrumbe del sitema soviético. 

Otro hecho no menos curioso es el relativo a la hostelería. Éste es muy engañoso porque los propietarios resisten a la espera de un santo advenimiento que nunca va a llegar. La gente sigue yendo a los bares a pasar el rato, lo cual da una falsa impresión de actividad económica que nada más lejos de la realidad. Sobre todo, los dedicados al ocio nocturno, dicen, es una hecatombe... es como si hubiese llegado el comandante a mandar parar. Y no se crean que es una cosa de aquí; ni mucho menos. En los EEUU hay, por lo visto, una crisis de la restauración que ha mandado al cementerio a millones de restaurantes y restauradores. La gente, a lo que se ve, ha caído en la cuenta de que lo de ser servido no sale a cuenta, valga la rebuznancia. Que el ser servido siempre termina en ser esclavo del servidor es algo que cuesta mucho comprender, aunque, si acaso viste aquella película de Joseph Losey titulada El Sirviente, puedes tener mucho camino adelantado. En fin, por lo que sea, el caso es que hay lo que hay y todo me hace pensar que podría ser para bien. 

Otro dato, curioso donde los haya, es el de las universidades. Por lo visto están en proceso de decadencia imparable. Los mejores ni las pisan porque las nuevas tecnologías han puesto a su alcance formas mucho más productivas de aprendizaje. La mayoría de las carreras no van a servir para nada en cuatro días. La cirugía, por ejemplo, en la que tanto costaba formarse, resulta que ahora la realiza un robot sin que apenas lo note el paciente. Por no hablar de la jurisprudencia, o la economía, o cualquier pseudociencia consistente en el arte de interrelacionar datos. Personalmente no entiendo que la gente se empeñe en seguir dedicando años al aprendizaje de algo que te resuelve en un plis-plas la máquina que todos llevamos en el bolsillo. 

Sí, señoras y señores, esa máquina que vendría a ser el «soma» a que se hacía referencia en aquella famosa novela Huxley, This Brave New World, Un Mundo Feliz en español. Ustedes van por la calle y ven a la gente a su alrededor enfrascada en su máquina y, así, olvidada de todos sus problemas. Me pregunto yo, cómo coño estaría hoy el mundo sin en esa máquina... me imagino que no se podría salir a la calle. Pero, bueno, el caso es ese, que Dios donde quita, pone. Le quita a la gente el trabajo y le da el «soma». Lo comido por lo servido. 

martes, 25 de agosto de 2026

Oblivion

 La sentimentalidad es algo que siempre está ahí, agazapada en los entresijos del alma y dispuesta a saltar a la primera de cambio, no importa lo duro, o racional, de las que uno se las quiera dar. Supongo que debe de haber una relación inversamente proporcional entre lo duro que se quiere aparentar ser y las cuotas de sentimentalidad que se guardan agazapadas en el alma: jugar con esa dicotomía siempre ha sido un truco muy rentable a la hora de la creación artística... ahí tienen, sin ir más lejos, a Rick el de Casablanca que acaso sea el arquetipo más logrado que nos ha dado la industria cinematográfica. 

El caso es que ahí está la música, que vendría a ser como una especie de bálsamo de Fierabrás que cura los desgarros del alma causados por esa dicotomía. Por eso yo colocaría a la música en el tercer lugar, después de la comida y el techo, entre las necesidades más perentorias del ser humano. Tú, cojes, agarras y te pones a escuchar a Nadia Kossinskaja interpretando a la guitarra Oblivion de Piazzolla y, como por ensalmo, te elevas por encima de las preocupaciones de la cotidianidad... el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, con permiso del maestro Salinas. 

La música, diría yo, canaliza esa sentimentalidad que tanto nos obstinamos en ocultar para que no nos tomen por débiles. Por eso Rick le pide a San que toque otra vez As Time goes by y, San, en principio, se niega porque piensa que esa canción canaliza tanta sentimentalidad que se puede producir un cortocircuito. Y es que es evidente que todos tenemos incrustadas en el alma unas cuantas melodías que no podemos escuchar sin que se nos revuelvan los entresijos, que vete tú a saber en qué acaba la cosa. 

Bueno el caso es ese, que anoche, cuando cerré el ordenador, quedó cargado con el vídeo de Nadia en trance de tocar Oblivion y, esta mañana, al encenderlo, se ha disparado la melodía y, de inmediato, me he quedado en blanco... sentimentalidad por un tubo sin tener que disimular.  

lunes, 24 de agosto de 2026

Poderosas herramientas

La Gitanilla anda por las calles de Madrid cantando y bailando. Su belleza y gracia es tanta que todo el mundo habla de ella. Así que no es raro que los mancebos pierdan la cabeza por ella. Uno de ellos, un noble rico, la requiebra de amores y para confirmar sus intenciones le entrega una bolsa con cien escudos. La respuesta de la Gitanilla es antológica; se necesitaron cientos de años para que llegase Schopenhauer a intentar, sin conseguirlo, explicarnos mejor que ella qué cosa es eso del enamoramiento. 

 «A mí no me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas; y aunque de quince años, soy ya vieja en pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad promete, más por mi buen natural que por la experiencia. Pero con lo uno y con lo otro sé que las pasiones amorosas en los recién enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir a la voluntad de sus quicios; la cual, atropellando inconvenientes, desatinadamente se arroja tras su deseo y, pensando dar con la gloria de sus ojos, da con el infierno de sus pesadumbres. Si alcanza lo que desea, mengua el deseo con la posesión de la cosa deseada, y quizá abriéndose entonces los ojos del entendimiento, se ve ser bien que se aborrezca lo que antes se adoraba.»

Leyendo a Cervantes uno tiene la impresión de que poco más, si es que algo, se puede añadir a todo lo que tiene que ver con la condición humana. Por así decirlo, Cervantes la deja niquelada. No quiero ni imaginar lo que hubiésemos tenido que aguantar si Cervantes hubiera sido francés, o inglés: hasta en la sopa le hubiéramos tenido. Pero aquí, en este país, no sé si por grandeza o por miseria de espíritu, tenemos una tendencia irreprimible a la indiferencia, cuando no al desprecio, de nuestros logros. Y por eso es, supongo, que demos la impresión de ser un país de porteras, o chachas, inspiradas por la envidia. Cojan, agarren y busquen en YouTube una sesión parlamentaria en cualquiera de nuestros parlamentos, ya sean, el nacional, ya el de cualquier región, y sabrán de qué les hablo; al respecto, por lo poco que he visto, el de Madrid lo borda... a esa presidenta se le debía conceder la Portería Mayor del Reino. 

Me gusta imaginar lo que sería este país si hiciésemos con los libros de Cervantes lo que hacen los judíos con la Biblia o, sin ir tan lejos, los ingleses con los de Shakespeare. Dejar de lado esas herramientas tan poderosas para la comprensión de uno mismo que el azar puso a nuestra disposición, sin duda, tiene que suscitar la ira de los cielos, que no por otra causa tiene que ser no haya nada que soportemos peor que el éxito de los otros. ¡Puede haber signo mayor de miseria espiritual que ese!

En fin, allá cada cual con sus cruces. En lo que respecta a las mías, puedo asegurarles que pocas cosas me ayudan tanto a sobrellevarlas como la compañía de Cervantes. 

domingo, 23 de agosto de 2026

Coheche vuesa merced

 «Coheche vuesa merced, señor tiniente; coheche, y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre. Mire, señora: por ahí he oído decir (y aunque moza, entiendo que no son buenos dichos) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.»

El tiniente, que vendría a ser un comisario de policía o algo así, ha visto a la Gitanilla bailando y recitando por la calle y la ha dicho que al atardecer vaya a su casa. Y allí va la gitanilla con su troupe pensando que va a hacer caja. Pero, a la hora de pasar la gorra, entre el tiniente, su familia y vecinos no sacan ni un cuarto de real. Están todos sin blanca. Entonces es cuando la Gitanilla, que como dice su abuela, sotiliza —es muy sutil—mucho para su edad, le dice al teniente que se deje de leches y que no haga usos nuevos, o sea, que quiera ser un funcionario honrado, porque, así, se va a morir de hambre. Sin embargo, si cohecha, es decir, extorsiona al personal, tendrá dinero de sobra para pagar la multa que le echen cuando le tomen residencia e, incluso, para comprar un nuevo cargo cuando se le acabe el que tiene. 

Lo de los cargos públicos en la época de los Austrias era muy curioso. Eran por un tiempo limitado, al cabo del cual un juez, nombrado por el rey, valoraba la honradez con la que se había ejercido el cargo. A eso le llamaban juicio de residencia o tomar residencia. No se libraba nadie de él; al mismo Cortés le mandaron un juez México para que se la tomase y se libró por los pelos de ir a la cárcel; de hecho, le quitaron el mando y se tuvo que ir a vivir a otra ciudad. A Cervantes también se la debieron de tomar por algún cargo que tuvo, de resultas de lo cual estuvo tiempo en la cárcel... tiempo que por cierto no desaprovecho en absoluto: tuvo allí la oportunidad de tomar muchas notas que luego empleó profusamente en sus novelas.   

Sería muy interesante una tesis doctoral que hiciese un recorrido por todos los procedimientos que implementaron los Estados para paliar en lo posible la corrupción de los funcionarios públicos. Procedimientos que, no hace falta decirlo, fueron todos fallidos. Y es que, como le vino a decir Dios a Samuel cuando éste le comentó que los judíos querían un Estado, el mal no está en los funcionarios, el mal está en el propio Estado, es decir, en el poder. Donde hay poder, dijo Dios, hay abuso; y Dios, no lo olviden nunca, es infalible. Por eso ha sido, y sigue sonando la milonga, que siempre se hayan estado inventando artimañas para limitar las posibilidades de abuso del poder. Juan de Mariana dijo que si el rey abusaba lo que había que hacer era sublevarse y liquidarle; y fue a la cárcel por ello. Luego se sacaron de la manga la democracia con su división de poderes... bueno, no hay más que remitirse a los hechos... lo jodió todo Pericles cuando determinó que los magistrados cobrasen un buen sueldo; a partir de aquel momento la democracia se convirtió automáticamente en el gobierno de los peores, es decir, los más corruptos, que es en lo que estamos.  

En resumidas cuentas, como atestigua con contundencia la sabiduría popular, el que no roba es porque no puede y, el Estado es, precisamente, la artimaña que se han inventado los débiles —los que le pedían a Dios un rey— para poder robar con impunidad. 

sábado, 22 de agosto de 2026

Racionalismo austero


Por más que uno trate de escabullirse, es inevitable que la
 aparente realidad circundante te afecte. Y es que es tanto el énfasis con el que esa falsa realidad se pregona que tal parece que se te va a llevar por delante. Y de nada sirve que sepas a ciencia cierta que no es más que el arte de meter miedo del que se sirven los malvados para dominar a los débiles. Al respecto, corre por ahí un video en el que se ve a un presidente, un tal Zapatero, diciendo sottovoce al lameculos que le acababa de entrevistar, un tal Gabilondo: nos conviene mucho crear toda la tensión que podamos. El pobre tonto del culo no sabía que el sottovoce iba a ser traicionado por un micrófono que alguien se había olvidado apagar. En definitiva, a eso me refiero cuando digo aparente realidad, a la tensión que, si bien es puro artificio, no por eso deja de electrocutar a nada que pierdas contacto con la tierra. ¿Y quién es el que no lo pierde a nada que le baje un ápice el ánimo? Ya saben, cuestión de hormonas. 

El caso es que la pasada semana se me fue un amigo que había sido para mí una intensa referencia por más de cincuenta años. Los dos obituarios que le han hecho en los periódicos locales han ido acompañados de la fotografía, eliminado yo de ella, que nos hizo un montañero el día que coronamos el Curavacas. Andaba yo rondando los setenta y él un poco más joven, pero, en cualquier caso, los dos nos sentíamos con mucha tela que cortar por delante. Él era de una profesión muy diversa de la mía y, por más que compartiésemos algunas aficiones, también, eran diversas algunas de nuestras pasiones, lo cual, seguramente, contribuyó a mantener siempre viva la amistad. Porque es de la diversidad de donde proviene el interés, o, si mejor quieren, la posibilidad de aprender algo. Ya lo decía Pla, que solo le interesaban las amistades de las que podía aprender algo. Y sí, de este amigo puedo decir que también fue maestro. Recuerdo el día, muy lejano ya, en el que hablábamos de la organización del espacio y, entonces, fue él y abrió un libro para mostrarnos los planos hechos por Mies van der Rohe para el pabellón de Alemania en la exposición universal de Barcelona. Muchos años después, cuando los catalanes se dieron cuenta de su error y reconstruyeron el pabellón, tuve la oportunidad de visitarlo en repetidas ocasiones y siempre con las apreciaciones de mi amigo en la cabeza. En esos planos estaba la esencia de su mentalidad, y quizá de la mía: el racionalismo de la austeridad. Y así fue que, como quien dice, murió con las botas puestas... a los cuatro días de, ya rondando los ochenta, haber regresado de andar por el mundo en plan mochilero, lo que era su pasión favorita. Por eso nada hay de lo que lamentarse, porque fue una vida cumplida de las que no por haberse ido dejará de ser para mí una referencia viva hasta me vaya... que ya se sabe que tan pronto se va el carnero como el cordero. 

En otro orden de cosas, me alegró la vida la foto de mis hijas frente a la fachada del Obradoiro. También el emplear el asueto del verano en recorrer El Camino me parece una suerte de racionalismo austero... un pleonasmo, sin duda, aunque nunca está de más enfatizar lo que pensamos que nos puede salvar como especie.  

viernes, 21 de agosto de 2026

El dedo en la llaga

Hoy me he desayunado espiritualmente con una conferencia de María Elvira Roca Barea sobre la herejía, o reforma, según cómo se mire, protestante. La verdad sea dicha, todas estas cosas me interesan ya muy poco porque ya tuve mi lote de teorías para explicar los hechos sin que con ninguna de ellas haya podido llegar a conclusión alguna. Prefiero quedarme con los hechos y atenerme a ellos. Al fin y al cabo, vengo de una familia donde la sabiduría se trasmitía mayormente a golpe de refranes y, de entre ellos, uno de los más reiterativamente mentados era, precisamente, aquel de que «obras son amores y no buenas razones». De hecho, mi padre era persona de pocas palabras y Astra calibre 22 en el cajón de la mesilla de noche. 

Así que cuando María Elvira me dice que lo de la reforma protestante es una mezcla de intereses políticos y propaganda me está descubriendo el Mediterráneo. Intereses políticos que siempre son dominación y, propaganda, que siempre es mentira disfrazada de verdad. O sea, para abreviar, la mentira como arma de dominación. Así que lo más importante a todo lo largo de la historia ha sido perfeccionar los mecanismos para propagar la mentira revestida de verdad, o sea, repito, lo que llamamos propaganda. Por eso, cuando el cristianismo empezó a construir templos tuvieron buen cuidado de adosar a una de sus columnas el púlpito, o sea, una parafernalia apropiada para dar solemnidad, y así hacerlas más creíbles, a las mentiras, o propagandas, con las que se atemorizaba al rebaño. Después, la llegada del protestantismo coincidió con el invento de la imprenta que, digamos, fue el primer salto de gigante a efectos de facilitar la propagación de la mentira. Es impepinable que todo gran invento sea precursor de grandes conmociones sociales. 

Y en eso consiste lo que llaman política, en el arte de revestir la mentira de verdad para dominar sin que los dominados se enteren de hasta qué punto están sometidos. Y, yo diría que, en contra de lo que pudiera parecer, es un arte, o más bien artesanía, bastante pedestre, al alcance de cualquier espabilado con pocos escrúpulos y menos conocimientos... los conocimientos hacen dudar, y la duda inhabilíta para el oficio. Debemos tener en cuenta que, la inmensa mayoría es gente débil, es decir, deseosa de que la llamen alfombra y la den de comer. 

Personalmente, todas estas cosas, ya, más que nada, me hacen gracia. Como ya les he contado, suelo mirar una cadena de televisión que es propiedad de la Iglesia porque en ella ponen películas del oeste, las únicas que me entretienen. Pues bien, en esa cadena ponen una propaganda que en buena ley debiera estar penada. Son casi todos anuncios de medicinas y ortopedias para viejos escandalosamente engañosas. Y eso que es la televisión de la Iglesia, la supuesta guardiana de la ortodoxia moral. Sin duda, con tal de ganar dinero, le importa una mierda el que los viejecitos sean miserablemente engañados. 

En resumidas cuentas, no hay que creer en nada hasta no haber metido, bien metido, el dedo en la llaga... aunque te lo haya dicho el que dice que es el Hijo de Dios. ¡Y es que por decir...!

jueves, 20 de agosto de 2026

Naturaleza

Tengo entendido que lo que llamamos Naturaleza vendría a ser para alguno de entre los más esclarecidos humanos lo que para otros, quizá más tontos, es Dios. O sea, algo abstracto, misterioso, inaprensible y, por demás, inamovible: tiende al equilibrio... es decir, si crece mucho por un lado, automáticamente se encoge en la misma proporción por otro, de resultas de lo cual, siempre estamos en las mismas. 

Sí, que nadie se haga ilusiones respecto de que esto alguna vez vaya a ser un paraíso... o sea, lo que se suponía debiera haber venido a ser Cuba si las cosas no se hubiesen torcido. ¡Qué mala suerte! Cojan, agarren los libros de historia, desde Heródoto para acá, y lean: no falla; al final siempre se tuerce algo y todo se queda en nada.

Consideremos el estado actual de las cosas: es evidente que disfrutamos de unas ventajas comparativas que hace menos de medio siglo nadie las hubiera podido imaginar. El acceso al conocimiento, o sea, a la omnisciencia divina, que sería la más alta aspiración humana, dejó de ser privilegio de unos pocos para estar al alcance de cualquiera, aunque viva en medio de la selva, que se lo proponga. Puedes llevar en el bolsillo, para consultarlo cuando te apetezca, o lo necesites, todo el conocimiento del mundo. De hecho, no son pocos los que se aprovechan de esa posibilidad y, con ello, se elevan por encima del miedo y la superstición. Pero, aunque no sean pocos, tampoco son muchos: solo tienes que mirar a tu alrededor para comprobarlo; verás que la inmensa mayoría está entregada a las estupideces propias de quien carece de voluntad... ya conocen el mantra de moda de hace más de medio siglo para acá: aprender, sí, por supuesto, pero jugando. Esforzarse, según la doctrina oficial, es de torpes. Consecuencia de lo cual es que la pobre gente se pasa el día yendo de aquí para allá sin otra finalidad que la intentar llenar un vacío que nunca se colma... y venga a recoger mierdas de perro, y venga a tatuarse la piel, y venga a ingerir todo tipo de porquerías. En definitiva, el progreso de los pocos se neutraliza con la inanidad de los más y, así, en conjunto, en nada nos diferenciamos de nuestros primeros padres. 

Ayer terminé la lectura de «Las Noches del Buen Retiro» de Baroja. Como dice Ortega, las novelas de Baroja dan la impresión de inconclusas: tantas pasiones por el mundo, al final quedan en nada. Como la vida misma. La propia vida se ha ido en una sucesión de inútiles conmociones que produjeron mucho más sufrimiento que satisfacciones y, al final, solo queda un incierto deseo de que la descendencia tenga un amable pasar hasta que les llegue su hora. Supongo que será así porque así lo tiene dispuesto la propia Naturaleza de las cosas.  

miércoles, 19 de agosto de 2026

Utopía

A veces, supongo que afectado de un ataque agudo de melancolía, me pongo a lucubrar sobre lo que haría si estuviese comenzando la andadura de la vida pudiendo echar mano de la experiencia acumulada en casi un siglo de encadenar frustraciones. Ya sé que es una majadería total, pero sirve para pasar el rato y, también, de un cierto consuelo al hacerme la ilusión de que uno ha dado con la piedra filosofal. 

Pero vayamos al grano. Lo primero de todo sería no someterme a ningún tipo de aprendizaje reglado. O sea, aprender lo que sintiese necesidad de aprender y siempre por mi cuenta. Leer y escribir, claro está y, a partir de ahí, sobre la marcha. Desde luego que, desde el primer momento, me agenciaría un instrumento musical y no pararía hasta convertirlo en una extensión de mi organismo capaz de suplir en lo posible las naturales carencias en lo que a expresar las emociones civilizadamente se refiere. 

Para cuestiones de mantenencia recurriría en lo posible al autoconsumo. Empezaría por instalarme en un pueblo lo más retirado posible de Castilla que es el único lugar entre los que conozco con una demografía razonable. Cultivaría un huerto y criaría gallinas y conejos. Para redondear la hacienda, haría trabajos esporádicos de lo fuese, siempre, por supuesto, manuales, incluyendo entre ellos tanto el de tocar el instrumento musical en las bodas y romerías de los pueblos como el de la caza y la pesca furtiva. Ni que decir tiene que procuraría amancebarme con una mujer del campo para tener algún hijo con ella y trataría de educarlos en la autodisciplina anarquista.  

Mis necesidades espirituales quedarían de sobra colmadas con una Biblia y un Quijote que, alternándolos, leería al atardecer a los míos, en invierno junto al fuego y en verano bajo la parra o la higuera.

Y qué más se me podría ocurrir... bueno sí, una bicicleta acaso, para abreviar los desplazamientos y, sobre todo, un arma para disuadir a los funcionarios que pretendiesen inmiscuirse en mis asuntos.   

martes, 18 de agosto de 2026

Decrecimiento

Ayer por la tarde, dejado arrastrar por las exigencias de María, me acerqué al centro. Aquello estaba realmente odioso; no se podía dar un paso. Y, como, por fas o por nefas, a las mujeres siempre hay que esperarlas, me senté en un hueco que había en un banco de la plaza del Ayuntamiento. Casi una hora estuve allí entretenido en la contemplación del variopinto personal que cruzaba la plaza con destinos inciertos. En un determinado momento, la señora, autóctona, y gorda por añadidura, que estaba a mi lado, se levantó a estirar las piernas; no habrían pasado ni quince segundos cuando el espacio fue ocupado por una mora, mórbida y asquerosamente perfumada, que traía el cuello doblado sobre el  hombro izquierdo para, así, poder hablar por el móvil dejando las manos libres para atacar una bolsa de chuches; al poco vino su marido con dos hijos, los tres con ese tipo esbelto de los hombres marroquíes, ella se levantó con trabajo, pero sin dejar de ingerir chuches, y se fueron para sabe Dios, o Alá, dónde. Cansado de esperar, me levanté con la intención de dejar a María abandonada a su suerte; el destino quiso que me la topase al cruzar una calle y, con las mismas, nos vinimos para casa, por más que por ella hubiésemos prolongado la inmersión mundana. 

Hay en las redes sociales unos tipos a los que podríamos llamar apóstoles del decrecimiento. Personalmente, les considero gente bastante sensata y, eso, por más que el tono que suelen usar tenga muchas veces tintes alarmistas. Y es que tal y como se ha puesto esto, ya no es cuestión de que se pueda mantener o no, es más bien que la vida se ha hecho muy incómoda... esta mañana, sin ir más lejos, me han despertado los humos provenientes de una siderúrgica que está a unos dos quilómetros al oeste; como el tiempo es bochornoso uno trata de aliviarse durmiendo con las ventanas abiertas y, así, lo que ganas por un lado, lo pierdes por otro. Claro, el asunto consiste en que de esa siderúrgica salen aceros especiales para la industria automovilística alemana. Cómo, entonces, prescindir de ella. Sin coches alemanes seríamos mucho menos que nada... como dice el bolero. Así es que uno sale de casa y todo son coches; coches por aquí, coches por allá: el noventa por ciento del espacio está ocupado por coches, ya sea aparcados, ya sea buscando aparcamiento. Entre buscar aparcamiento y recoger mierdas de perro se va el noventa por ciento de la vida del noventa por ciento de la gente. ¿De verdad creen ustedes que esto merece la pena? Bueno, sí, nos queda un diez por ciento para hablar de enfermedades. Por cierto, quedaba un local libre en esta calle y recién ha sido ocupado por una consulta de medicina oriental. ¡Éramos pocos...!

Esta es la cuestión, que hay demasiado de todo menos de lo que tiene que haber que no es otra cosa que espacio y aire puro. No hay escapatoria posible; me paso la vida añorando mis años castellanos, cuando pasaba horas y horas pedaleando por entre los trigales verdes sin cruzarme con otro vehículo que no fuese un tractor. Sí, aquello era muy idílico, pero, luego, te pones a considerar los millones de toneladas de productos químicos venenosos que arrojan sobre esos campos para que sean productivos y, por consecuencia, la alta incidencia de enfermedades cancerosas que padece la gente que vive por esos pueblos... ya digo, no hay escapatoria. 

De joven, uno tiende a confiar en los apóstoles de lo que sea que se acomoda a las propias conveniencias. Porque uno está todavía tierno y se deja penetrar por los entusiasmos. Pero a medida que pasa el tiempo te vas endureciendo y con ello empezando a comprender que los apóstoles son tan cantamañanas como el resto de los mortales. Porque no hay doctrina ni ingeniería social que valga para nada; la vida va por donde le da la gana y nunca hubo en el mundo nadie que supiese predecir el futuro. A lo más, a lo más que hemos llegado como especie es a sospechar que, para que las cosas mejoren, primero se tienen que poner muy mal; es como cuando vas disparado por la inercia y solo te salva del abismo pegarte el castañazo contra un muro: te destrozas, por supuesto, pero para eso se inventó el mito del Ave Fénix, para darnos confianza en una posible reconstrucción. De hecho, hasta ahora siempre ha sido así; en el futuro, Dios dirá. 

Resumiendo, como dice Pessoa, si quieres decrecimiento, empieza por ti mismo que, esa tarea, puedes estar seguro, te llevará toda la vida. 

lunes, 17 de agosto de 2026

La Asunción y el camello

En España hay ahora un cuarenta por ciento menos de sacerdotes católicos de los que había en los años setenta del siglo pasado. Pero, si esa disminución es llamativa, lo es todavía mucho más la edad media de los que van quedando: se ha pasado de los 35 años de hace medio siglo a los 65 de ahora. O sea, que se podría concluir que para esta mafia subsidiaria del poder político —la mafia matriz— el futuro es muy oscuro. 

Como ayer por la tarde estaba con la típica mandra postprandial de los días bochornosos, no se me ocurrió mejor cosa que encender la televisión con la esperanza de que estuviesen echando una película del oeste, mi particular bálsamo de Fierabrás espiritual... ¡acto fallido! Con lo que me tope fue con una moderna iglesia gótica muy vistosa, la de la Asunción de Torrelavega, en la que un cura por los sesenta y tantos, con atavíos ceremoniales, iba caminando por el pasillo central, palante, patrás, mientras soltaba su jovial homilía a una provecta feligresía. Son las cosas del ajornamiento, me dije; lo que sea con tal de estar cuanto más cerca mejor del pueblo. La ceremonia iba de exaltación de la Asunción de la Virgen María a los cielos en carne mortal. ¡Toma ya!

En definitiva, lo que aquel cura predicaba era el típico mantra marxista de que Dios, intercedido, eso sí, por María, que es la madre que todos tenemos, está con los pobres y sufrientes y contra los ricos y gozantes. Las viejas teñidas, que eran mayoría, asentían con balanceos afirmativos de la cabeza. Al final, el cristianismo, pensé, se ha quedado resumido en aquella frase que postulaba la imposibilidad de que un camello, metáfora del rico, pase por el ojo de una aguja. Esa frase sintoniza al cien por cien con toda la envidia, el rencor y el odio, connatural a los débiles, como diría Nietzsche.

No importa, proseguía el cura, lo borracho, calavera, irresponsable que sea el hijo, porque una madre siempre será, por encima de todo, madre, e intercederá por su hijo ante Dios y, por definición, Dios siempre escucha a la madre  de su hijo que también es Dios... aquí el cura, sin duda dándose cuenta del enrevesamiento teológico, hizo unas consideraciones semiológicas que enreversaron todavía más el asunto, así que dio un brusco quiebro y se volvió a enfrascar en lo del camello con la visible aquiescencia de la concurrencia.  

Claro, todo esto, a mi juicio, explica unas cuantas cosas. La primera de todas es que, mientras no se extinga esta provecta generación de rencorosos creyentes y, por añadidura, siga habiendo democracia, los socialistas seguirán ganando elecciones. La segunda, que, el encontrarse la Iglesia Católica, según dicen, al borde de la extinción, seguramente trae causa del estar confundiendo a Dios con el César y viceversa. ¡Tanto pregonar los derechos y tan poco las obligaciones! La tercera, que, si no fuese por el turismo, todo ese patrimonio religioso en el centro de las ciudades ya estaría convertido, en su mayor parte, en bloques de apartamentos. Y no sigo porque todos sabemos cómo, tarde o temprano, se van por el desagüe todas las cosas de este mundo. Amén.  

domingo, 16 de agosto de 2026

Ocio y negocio

 He leído en algún sitio, o he escuchado a alguien, da lo mismo, porque lo que cuenta es que no se trata de una conjetura, sino de un hecho constatable: en muy pocos años, menos de diez, el número de discotecas en España ha disminuido en un sesenta y tantos por cien —de cinco mil y pico a mil y pico— y, el de bares de copas, un poco menos, pero también está en franco declive. Eso supone, sin la menor duda, un cambio significativo en las costumbres de la gente que va a alegrar la vida de muchos vecinos que vienen sufriendo desde hace muchos años los desagradables efectos secundarios de la industria del ocio nocturno. 

Lo del ocio nocturno, por así decirlo, tiene sus perendengues. Porque, en principio, debiéramos suponer que la noche se hizo para reponerse de las fatigas del día y, si bien lo consideramos, el ocio en general, y el nocturno en particular, es cualquier cosa menos descanso. Así que, una de dos, o bien el que practica el ocio nocturno es porque, o no trabajó, o el trabajo del día no le cansó o, por contra, que sí que le cansó, pero dejando un mal sabor de boca que pide resarcimiento so pena de enfermar el alma. En definitiva, sea por lo que sea, millones de personas se entregan, o se entregaban, cada noche a ese intento de llenar el vacío interior que es la insatisfacción existencial por el espurio procedimiento de modificar con sustancias químicas la percepción de la realidad... el famoso soma que decía Aldoux Huxley en su famosa novela El Mundo Feliz. La chusma socialista suele llamar «socializar» al ingerir soma. 

Yo también tuve mi lote de esa necesidad. Por lo que sea, quizá porque mandé a paseo el trabajo que me estaba pudriendo el alma, colmé pronto esa necesidad y empecé a sentir el hábito de la vida nocturna más como una tortura que otra cosa. Las relaciones sociales me hicieron incurrir ocasionalmente en esa equivocación, pero cada vez menos y, a una edad relativamente temprana, para lo que se estila, ya estaba totalmente entregado a mis negocios que, como la propia palabra indica, son la negación del ocio. 

De todas las maneras, lo que no creo que haya cambiado, ni vaya a cambiar nunca, es la necesidad de soma, porque mi impresión es que cada vez hay por ahí menos negocios propiamente dichos, o sea, capaces de proporcionar un sano relajamiento del espíritu. Así que, supongo que el ocio nocturno habrá sido sustituido por otro tipo de degradación espiritual que, por el momento, parece que está dejando dormir a los vecinos... y eso es lo que cuenta.   

sábado, 15 de agosto de 2026

Morir con decencia en un rincón

 "Dejando aparte estos asuntos literarios, que no interesaban tanto a don Juan Guevara como a Thierry, hablaron de los amigos de la tertulia de don Paco y de Montes Plaza, por quien el doctor tenía marcada antipatía.

 —Yo no me fiaría de él.

—Yo tampoco; no pienso tener con él más que relaciones muy superficiales.

—Ese hombre, dijo el doctor, es de esos terribles demócratas que son egoistas como pocos. Hacen que su madre se pase la vida en la cocina y la hermana les cosa la ropa y les espere si vienen tarde. Son tremendamente demócratas en la calle; ahora, en casa, son tiranos.

El doctor Guevara era un tanto dogmático y arbitrario, de los que creen que el árbol malo no puede dar buen fruto.

Luego hablaron de Dobón y de su nietzscheanismo.

—El amoralismo nietzscheano, que consiste en hacer lo contrario de las reglas de la moral, es un poco absurdo —dijo el doctor—. El amoralismo auténtico sería ser, como un animal o como un vegetal, indiferente a las normas éticas, pero esto es muy difícil.

Thierry no creía gran cosa en el amoralismo preconizado por Nietzsche; pero, en cambio, algunas frases del autor de «Zaratustra» le encantaban. Una de ellas era la recomendación de vivir en peligro. Vivir en peligro era vivir sin lugares comunes, dispuesto al ataque más que a la defensa, con el gusto del heroísmo, en una renovación constante y en un ambiente denso y oxigenado. 

—No hay que quemar pronto la vida en un ambiente demasiado oxigenado —dijo el doctor Guevara—: hay que reservarse.

—Nunca el ambiente es demasiado oxigenado —replicó Thierry.

—Eso se cree en la juventud, pero después...

—Después se muere uno con... decencia en un rincón. 

—También esa es una idea de juventud. El día que se sospecha y se comprueba que el valor no es una consecuencia de una convicción, sino del estado de los nervios, está uno perdido. 

Volvieron de nuevo a la calle de Alcalá, se despidieron por fin, y Tierry y el doctor marcharon cada uno a su casa."


Para mí, la prosa de Baroja es de tal intensidad que, como se dice ahora, me vuela la cabeza. En este pequeño pasaje de "Las Noches del Buen Retiro" que he transcrito, de tela para cortar, hay toda la que ustedes quieran:

Empecemos por lo del egoísmo de esos terribles demócratas. Ya, para entonces, entre los siglos XIX/XX, se habían dado cuenta los avispados de la terrible mandanga que es esto de la democracia. Es imposible concebir mayor, pero, sobre todo, más estúpida hipocresía. Por muy ciego que uno esté, si se para a mirar lo que desde el punto de vista político tiene a su alrededor, no verá otra cosa que la tiranía de las mafias. Un problema que, por cierto, no ha hecho otra cosa que ir a más desde que empezó esta mandanga sustentada en el mantra de que el Estado tiene el monopolio de la violencia. ¿Por qué en vez de violencia no dicen tiranía y así acaban antes? La tiranía de los débiles, es decir, del rencor y el odio, como tan acertadamente supo ver Nietzsche. No creo que pueda haber cosa más repugnante que ver a los débiles imponer su orden. Agarren los libros de Petronio o Juvenal y ahí verán cómo se va todo por el desagüe cuando los débiles, mariquitas y demás, están a los mandos de la nave. 

Y ya puestos, vamos con Nietzsche y su sambenito del amoralismo. ¿En que consistía ese amoralismo? Pues muy sencillo, en poner al descubierto los trucos de los débiles para imponerse sobre los fuertes. El débil tergiversa las exigentes leyes no escritas del cielo para ponerlas a su medida y, luego, llama a eso moral y se atrinchera tras ello. Son los moralistas a toda ultranza. No hay más que escuchar un telediario de una televisión cualquiera —el que tenga estómago para ello— para constatar tal nauseabunda realidad: todo está sustentado en la falsa moralidad de los débiles. ¡Sí lo sabré yo, que lo he sido toda la vida y por más que lo he intentado no he conseguido zafarme de ese corsé! A lo más que pude llegar es a sentir vergüenza de mí mismo cuando me veo retratado en lo que desprecio... y menos mal que, por lo menos, no me vacuné; y por eso estoy agradecido a estos gobernantes que, sin ellos saberlo, me dieron esta oportunidad de oro para reconciliarme, aunque sea mínimamente, conmigo mismo. Sí, Zaratustra: al fin comprendí lo que quiere decir eso... demostrar que tienes un par de cojones, como dice el vulgo. 

Es cuestión de valentía y no de juventud, como pretende el conservador Dr. Guevara. Ese conservadurismo disfrazado de escepticismo que no es más que cobardía. De eso hay hasta en la sopa. ¡Qué asco me da! Mejor se retira uno a su cenobio... a ver pasar las primaveras como las imágenes eróticas pasan por el alma acerada de un cenobiarca, que diría Ortega... raudas, instantáneas y excesivas. 

Y, después, morir con decencia en un rincón. 

viernes, 14 de agosto de 2026

No vacunados


 Paseaba con María por el muelle del Pesquero y nos topamos con un conocido, muy socialista él, que venía entusiasmado con lo del eclipse que había tenido lugar el día anterior. Se había subido a la azotea para verlo mejor, lo cual, no dejaba de ser una completa tontería porque, por un lado, un par de metros más arriba o abajo para ver una cosa que está a millones de quilómetros hasta el más tonto sabe que en nada influyen y, por otro, había una bruma que dejaba el horizonte a dos palmos de las narices como quien dice. Por lo visto, según nos contó, habían puesto un autobús lanzadera para subir gente a lo alto de la Peña Cabarga, de unos cuatrocientos metros de altitud, porque, desde allí se iba a ver mucho mejor el magno acontecimiento. 
Por lo que me han contado, las televisiones públicas, que son todas, llevaban semanas calentando motores, así que, llegado el momento álgido, nada tiene de particular que las masas empáticas entrasen en éxtasis... ¡lástima de bruma!  Otro gatillazo y suma y sigue. Son las cosas de la empatía. Y, por supuesto, de la socialización. 

El asunto está claro: si eres un buen socialista, lo que realmente quieres es que papa Estado utilice todos los medios a su disposición para desviarte la atención de lo que realmente te importa. Porque, a qué engañarse, lo que realmente importa, o sea, la verdad de las cosas, raramente es agradable por aquello de que la verdad es un espejo en el que nos vernos tal como somos, o sea, un verdadero asco... así no hay manera de poder ampararse tras el escudo de la superioridad moral que es cualquier ideología, por supuesto socialista, que lo son prácticamente todas menos la de Clint Estwood, ya saben, la de que nadie me toque los cojones. 

Así que yo le diría a mi amigo socialista que no se suba a la azotea para enterarse de lo que está pasando en EEUU con el asunto de las vacunas, no vaya a ser que le entren ganas de arrojarse al vacío. Porque se da el caso de que este amigo, cuando lo de aquello que llamaron covid, era un encarnizado propagandista de la fe vacuneril. Y ahora viene ese tal Trump, un facha de tomo y lomo, y dice que hay que andarse con mucho ojo con eso de las vacunas porque no es oro todo lo que reluce. ¡Vaya con Papá Estado! ¡Otra vez metió la pata y como si nada! 

¡Joder, putos socialistas de todos los partidos, es que no tuvisteis bastante ya!


jueves, 13 de agosto de 2026

Huir

Como les iba diciendo, alivio los calores del verano bajando por las tardes a sentarme en un banco a la sombra en donde corre el viento. Y leo. Concretamente, ayer, Las Noches del Buen Retiro de Pio Baroja. En las novelas de Baroja parece no pasar nada de particular, pero está pasando de todo. Así es como es la vida: gente que se las apaña para seguir viva sean cuales sean las condiciones en las que la vida les ha colocado. No importa lo favorables, o desfavorables, que pudieran ser esas condiciones, porque seguir vivo es siempre una epopeya. Y es que la naturaleza todo lo compensa: donde quita, pone; y viceversa. 

Pareciera que Baroja solo tiene ojos para las miserias de la vida, tanto de las materiales de los unos como de las morales de los otros. Las miserias materiales aguzan el ingenio; y, las morales, también. A eso es a lo que me refiero cuando digo la palabra apañárselas. La vida es un puro apañárselas para huir de la permanente insatisfacción. No tengo más que mirar sin anteojeras a mi alrededor para constatar esa realidad incuestionable. 

Todo lo que he visto a mi alrededor, y en mi interior, ha sido, mayormente, cohecho y prevaricación, eso sí, procurando dar un barniz de autenticidad, de ponerse el mundo por montera. Pero para eso está, o debiera estar, la literatura, para poner las cosas en su sitio y que nadie se llame a engaño. Desde luego que, en el caso de Baroja, lo está. Lo mismo que lo está en el de Schopenhauer, que yo diría ser su gran maestro. 

En fin, menos mal que, para consolarnos, nos queda la abstracción, es decir, fabricarnos un mundo paralelo: la música, las matemáticas, la literatura; cosas así que solo se consiguen poniendo en ello los cinco sentidos... lo que vendría a ser huir de este mundo miserable. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

El egoísmo


Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa! 

Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere. 

Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo. 

Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!   

martes, 11 de agosto de 2026

De la nostalgia a la melancolía

Es inevitable en ocasiones abandonarse a la nostalgia. Es como una recreación de los momentos, no muchos, de la vida de los que no te avergüenzas. Y es que, tengo que confesarlo, la sensación que me embarga lo más de mi tiempo es la de que tiré por el desagüe la mayor parte de mi vida. Me recuerdo sentado al volante, horas y horas, yendo de un sitio para otro en una huida imposible, y me entran ganas de morirme. Y, como esta, un millón más de imbecilidades que asaltan mi memoria a nada que deje de guerrear por más tiempo del necesario para reponerse de las pasadas batallas. ¡Es tan breve el auténtico reposo del guerrero!  

Como he terminado el primer tomo de las Novelas Ejemplares y el segundo, que compré on line, se ha perdido por el trayecto, decidí ayer que lo que me apetecía de verdad leer era algo de Baroja... como siempre que me siento derrotado. Así que, a falta de Cuesta Moyano, me fui al centro de la ciudad a una feria del libro usado. No me costó encontrar una novela suya que no hubiese leído veinte veces, "Las noches del Buen Retiro". Me senté en un banco del parque a esperar a María —por fas o por nefas, a las mujeres siempre se las está esperando— y me puse a leer. Fue inútil; a los dos minutos ya se me había sentado al lado una jovencita que se puso a hablar por el teléfono a grito pelado; estaba contando a alguien que habían visto a su novio y a su madre morreándose, un clásico del porno sin el menor interés. En aquel momento, maldije mil veces el haber abandonado Castilla; no sé si los tengo idealizados o es que fueron realmente ideales los veranos que pasé allí. Aquellas mañanas frescas, con un aire impoluto, pedaleando por la Nava llegaba a Becerril de Campos y me sentaba en la terraza de La Behetría a zamparme un pincho de tortilla de patata regado con un café con leche. ¡Gloria bendita! Y si no era en La Behetría de Becerril, era La Laguna de Gascón o en El Refugio de Fuentes. Toda la Nava era para mí. 

Sí, sin duda fueron los años castellanos los que me reconciliaron, en la medida de lo posible, conmigo mismo. Fue aquel el lugar en el que menos cuentas tuve que dar a nadie. Viví holgado y con una cierta sensación de armonía. Y es que, para empezar, Castilla tiene unas dimensiones humanas; por tal me refiero a la posibilidad que te ofrece de no tener que vivir amontonado, lo más inhumano, quizá, que existe: el hombre no nació para ser rebaño. Nació para relacionarse con sus semejantes de tú a tú en medio de la nada. Como cuando me apeaba de la bicicleta para echar una parrafada con un labrador o pastor perdido en aquella inmensidad. Después, mientras seguía pedaleando, rumiaba aquellas conversaciones sin desperdicio. Y es que, solo, en medio de la inmensidad, cualquiera se convierte en filósofo. 

En fin, la vida nos lleva por donde quiere y solo nos deja el recurso a la nostalgia para aliviar los momentos de desesperación. Aquellas incursiones que, cuando estudiante en Madrid, hacía por la Cuesta Moyano en busca de novelas de Baroja. Aquella cumbre que alcance, con Pedro —nos dejó hace tres días— cuando ya parecía que era un objetivo más allá de nuestras provectas posibilidades. Aquellos reposos del guerrero en las plazas castellanas tras las largas pedaleadas hacia los lejanos horizontes... y así, desde la nostalgia hasta caer en la dulce tristura que es la melancolía. Sí, siempre acabo melancólico cuando, por lo que sea, me acerco al centro de la ciudad... lo siento como si fuese un campo de concentración con sus cámaras de gas y todo eso. 

lunes, 10 de agosto de 2026

Más uvas de la ira

Me manda Manolo unas piezas que compone con ayuda de la inteligencia artificial y yo no las sabría distinguir de lo mejor que escuché a aquellos míticos rokeros. ¡Huston, tenemos un problema! Sin duda, este invento va a costar mucho digerirle y, en el entretanto, ni siquiera podemos imaginar el número de gente que va a quedar tirada por las cunetas.  No sé cómo se las van a arreglar esta vez los comunistas para echar la culpa a los ricos. 

Se acuerdan ustedes de toda aquella literatura de comienzos del siglo XX, "Las uvas de la ira", por poner un ejemplo. Siempre a vueltas con el malvado capital y la inocencia del pueblo trabajador. Por supuesto que nunca se decía una palabra de aquel ingeniero que se había puesto a maquinar en un taller, de resultas de lo cual había salido el motor de explosión. ¿Se imaginan ustedes toda la literatura comunista que nos hubiéramos ahorrado si nadie hubiese inventado el motor de explosión? 

Ya me canso de repetirlo: no hay nada nuevo bajo el cielo desde la noche de los tiempos para acá. Por eso Hesíodo comienza su Teogonía encadenando a Prometeo a una roca donde un águila viene todos los días a roerle los hígados. Y todo por meterse en donde nadie le llamaba. Siempre hurgando por ahí por ver si podía descubrir algo que le pudiera aliviar las duras tareas que requiere la supervivencia. ¡Ya ven, en vez de ponerse a mirar las estrellas y aprender a recrearse en la contemplación de su mera belleza! 

Indiscutiblemente, hay algo demoníaco en todo esto de los cachivaches. Como de soberbia. Al respecto, me gustaría saber cómo le va a esa gente que se ha propuesto vivir al margen de los avances tecnológicos. Los amish, o algo así. Claro que, usar carros, animales domesticados, y otra infinidad de utensilios rudimentarios, no le exime de la maldición prometeica; es, simplemente, querer limitar los efectos colaterales. 

En fin, el caso es que la inteligencia artificial ya está ahí y las consecuencias serán las que tengan que ser; de momento, parece ser, ya está dando su cosecha de uvas de la ira... al menos, eso es lo que dan a entender los titulares de algunos videos que me aparecen en pantalla cuando me pongo frente a este demoníaco cachivache.  

domingo, 9 de agosto de 2026

Y vuelta a empezar

 A media tarde, cuando ya siento la casa recalentada, bajo a sentarme en el paseo de Antonio López que está a la sombra y corre la brisa. Por cierto, Antonio López, un tipo curioso que, según dicen las malas lenguas, amasó una fortuna portentosa traficando con esclavos. Tan portentosa fue que, dice la leyenda urbana, que, cuando las tropas de Víctor Manuel entraron Roma para dar fin a los Estados Pontificios y, con ello, dar por constituida la nación italiana, este señor, que merced a todas las filantropías que había hecho había sido elevado al rango de marqués de Comillas, este señor, digo, le ofreció al papa comprar la ciudad de Roma para que pudiese seguir teniendo un cierto poder temporal. En fin, cosas que se cuentan y ni siquiera merece la pena ponerse a averiguar lo que pudiera haber de verdad en todo ello... recuerden aquello de "El hombre que mató a Liberty Wallace": cuando la leyenda supera a la realidad, nos quedamos con la leyenda. 

Así, ayer, como digo, bajé, me senté en un banco y proseguí con la lectura de las conversaciones que se traen entre ellos Cipión y Berganza, dos perros que han aposentado sus reales a la puerta del hospital de la Resurrección de Valladolid. Bueno, la verdad es que no aguanté ni dos minutos, porque un chusma había puesto una música perrallera, de esas con unos bajos machacones que es como si te estuviesen martillando la cabeza... pero esto es otra historia. Me fui al muelle del Pesquero, encontré un banco a la sombra, me senté y proseguí con la lectura. Cipión está contando su vida a Berganza; concretamente, la catadura de todos los amos que ha tenido, que no se salva ni uno. La gracia del asunto es que como Cipión no es como el común de los perros, ya que puede razonar, no soporta esa detestable catadura de sus dueños y se larga a buscar fortuna para dar siempre en lo mismo: más corrupción. Claro, si todos los perros fuesen como Cipión se acabaría el mito de la lealtad de los perros y se aprendería a distinguir lo que va de la sumisión a la lealtad. Los perros, mis queridos, son sumisos, porque para ser leal se necesita de la razón, que por eso Cipión, porque la tenía, no podía ser leal a cualquiera por solo la comida. 

El caso es que, por la noche, como ya es costumbre en mí, me puse a leer la Biblia; concretamente, Los Proverbios. Estamos en las mismas, pensé, Cipión, Los Proverbios, en definitiva, la irreprimible tendencia a la corrupción del ser humano. Al respecto, parece no haber solución. Todas las novelas ejemplares de Cervantes, o, ya puestos, la Biblia, están atravesadas por la misma obsesión: la denuncia de la corrupción; el mundo parece no poder ser otra cosa que un Patio de Monipodio. 

Y esa es la cuestión incuestionable, que donde no hay entendimiento, el hábito califica. La gente del común se lo traga todo, pero, más nada, ese fingimiento de felicidad, seña de identidad donde las haya de los corruptos y, no por otra causa es, que se apresure a imitarlos: todo el mundo quiere ser feliz a la primera de cambio. Y así es como se llega a las decadencias galopantes... cuando el pilar de la economía es el entretenimiento, es decir, el tradicional nicho de negocio de las mafias. 

Y así hasta que todo se va al carajo y vuelta a empezar: el mundo es un Ave Fénix.

sábado, 8 de agosto de 2026

Los puros de corazón


Uno de los deportes favoritos de los puros de corazón consiste en denostar de lo que se conoce como redes sociales. Claro, no hay nada que joda más a un puro de corazón que la libertad, que no otra cosa vendrían a ser las redes sociales... libertad en el terreno de la comunicación como nunca se sospechó que se pudiera llegar a tanto. En esas redes, cada cual es muy libre de decir, o hacer, lo que quiere, de la misma manera que cada cual es no menos libre de escucharlo, o mirarlo, y sacar sus conclusiones. Y sí, por supuesto, que eso tiene sus peligros, pero, a mi juicio, infinitamente menores que los que suponían el no tener otra fuente de información que el periódico de moda o cualquier otro púlpito controlado por el sátrapa de turno. 

En las redes sociales, uno se puede dedicar a contemplar a las mujeres que, por lo que sea, se complacen en ejecutar complicados cruces de piernas que permiten vistas fugaces de sus coños. Es un deporte como otro cualquiera que más que malicia demuestra ingenuidad. También, si tienes poco cacumen, te puedes dejar arrastrar por las aburridas querellas que mantienen entre sí los parásitos por tal conseguir mejores pastizales... eso que llaman política. Incluso, te puedes enganchar en la que quizá sea la peor obsesión de todas, la que tiene que ver con el no querer morirse ni a la de tres... porque es que hay millones de vídeos dedicados a lo de la conservación a ultranza de la salud —¡harta plaga!—. En resumidas cuentas, toda la morralla del gusto de la gente que también lo es. 

Pero las redes sociales también ponen a nuestro alcance cosas que hasta hace dos días lo estaban solo al de unos cuantos privilegiados. Al respecto, me gusta poner el ejemplo de la Khan Academy. De pronto, la mejor pedagogía de las matemáticas que se puede concebir está al alcance del niño nacido en la aldea más remota del planeta. Y hay miles de Khan Academys, y millones y millones de niños y jóvenes, y también viejos, pisan sus aulas. ¿Se dan cuenta de lo que eso supone en términos de una mejor comprensión de la realidad por parte de las masas? Seguramente, nunca hubo revolución en el mundo que se pueda comparar a esta de la difusión masiva de las matemáticas que se está produciendo en estos tiempos que corren. A mi entender todo conocimiento es revolucionario, pero el de las matemáticas se lleva de calle la palma. 

Pero es que, lo mismo que con las matemáticas pasa con cualquier otra habilidad que quieras desarrollar. Sin ir más lejos, en mi caso, la música. Yo abro YouTube y los algoritmos, o lo que sea, hacen que más del noventa por ciento de los vídeos que aparecen en pantalla sean, ya de matemáticas, ya de música. Así, de pronto, veo un ejercicio de ritmo y no me puedo contener. No creo que pueda haber muchas cosas más adictivas que los ejercicios de ritmo. Adictivas, en el buen sentido del término, quiero decir. A todos esos niños a los que hoy día están suministrando anfetaminas porque, dicen, tienen problemas de atención, concentración, o lo que sea; pues bien, estoy seguro que les pones todos los días durante un rato a hacer ejercicios de ritmo a dos manos y en menos de lo que se dice ya se les ha pasado toda la tontería. 

En fin, lo dicho, a los puros de corazón, un eufemismo de comunista, no les queda otro recurso para parar el río que amenaza llevárseles por delante que el del insulto y la difamación y, por supuesto, el de poner puertas al campo... que no otra cosa son todas esas leyes con las que intentan frenar la libertad que emana de esas redes sociales.  

viernes, 7 de agosto de 2026

¿Por qué?

 


Juan es un tipo que enseña divinamente las matemáticas y, también, y sobre todo, el amor a la libertad. Lo mismo que Cervantes, no desperdicia ocasión para recordarnos que sin libertad no somos nada. Y es que, seguramente, entre las matemáticas y la libertad hay muchas más conexiones de las que cabría sospechar a primera vista y, eso, más o menos, es lo que Juan ha tratado de demostrarnos en el vídeo titulado "¿Por qué estudiar matemáticas cada día? 

Cuando era chaval, las matemáticas no se me daban mal, pero sin sentir el menor entusiasmo por ellas. Eran una obligación más con la que cumplías so pena de sufrir las consecuencias. Así era toda la educación recibida, sin que nadie se parase a explicarte el porqué de lo que estabas haciendo, excepción hecha, claro está, de lo de la salvación del alma, que, ahí, sí, echaban el resto tratando de demostrar que la clave del asunto consistía en no hacerse pajas.  

No tengo ni idea de si servirá o no servirá para algo el explicar a los chavales el porqué de las obligaciones que tienen. Quizá lo sabio sea dejar que con el tiempo lo vayan descubriendo por ellos mismos. Y posiblemente, en ese descubrir, más temprano o más tardío, estén las diferencias de inteligencia entre unos y otros. En lo que a mí respecta, puedo asegurar que mi descubrimiento de la magia que encierran dentro de sí las matemáticas fue muy tardío, por más que las nefastas consecuencias de su desconocimiento empecé a sospecharlas bastante temprano, concretamente cuando, rozando la treintena, empecé a dedicarme a la fisiología respiratoria. En definitiva, en cuatro días aprendí todo lo que se puede saber sobre ese asunto sin saber matemáticas y, luego, el puto aburrimiento. Por eso lo dejé todo y me fui a correr mundo. Sin duda, aunque fuese incapaz de identificarla, llevaba la espina de mi carencia clavada en el alma.

Mucho más tarde, terciada ya la sesentena, residiendo a la sazón en la premontaña palentina, se me hizo la luz y contraté los servicios de una profesora de matemáticas que había en el pueblo de al lado. Me entró entonces una pasión inusitada que me tenía todas las noches en una pura pesadilla. No me importaba porque comprendía que sin tortura no se consigue nada que merezca la pena. En un par de años me puse muy por delante de lo que había sabido durante el bachillerato. Luego descubrí la Khan Academy y le pegué unas cuantas vueltas a todos sus vídeos. Resumiendo, hace ya casi veinte años desde aquellas primeras clases en Aguilar de Campoo y, desde entonces, raro ha sido el día que no haya pasado un rato tratando de desentrañar un enigma matemático. Merodeo por YouTube, veo el enunciado de un problema y no puedo pasarlo por alto. Vendría a ser como una adicción.

Concluyo: no sé en qué medida todos esos porqués que dice Juan en el vídeo me estarán afectando, pero lo que sí sé es la satisfacción que siento cuando consigo resolver un enigma, cuanto más enrevesado mejor y, también, cuando comprendo una explicación de algo que no sabía que existía o que, sí lo sabía, pero no me había atrevido a meterme con ello. Si todo esto me sirve para ser un poco menos tonto, ¡genial! Y, si solo es puro entretenimiento, pues igual. 

jueves, 6 de agosto de 2026

Los ropajes de la picaresca

Y entonces, sale un cura en pantalla, revestido con todos los aditamentos del oficio y enarbolando en la su mano derecha una cruz con incrustaciones preciosas: nos va a recitar una oración a la preciosa sangre de Cristo. La picaresca, pienso, no tiene límites: se camufla tras infinitos ropajes y la gracia del asunto consiste en desenmascararlos; hay que tener en cuenta que, algunos de entre ellos, son auténticas obras de arte que, pareciera, que hasta al mismísimo Dios engañan. 

Ayer por la tarde, buscando la brisa que atempera el bochorno, fui a sentarme a los bancos que hay frente a la estación marítima; justo en aquel momento partía un barco gigantesco cargado de borregos con apariencia humana. Unos pícaros han inventado ese negocio y las multitudes aborregadas son incapaces de desenmascarar el engaño.  En fin, pensé, cada cual se las apaña como puede, que, al fin y al cabo, lo de dejarse engañar ayuda mucho a sobrellevar los sinsabores de la vida.   

El caso es que mientras miraba de reojo y sin el menor interés aquella penosa escena, me estaba metiendo de lleno en las vicisitudes del alférez Campuzano, el protagonista del Casamiento Engañoso, una de las novelas ejemplares de Cervantes. El alférez, nada más salir arrastrándose del hospital de la Resurrección de sudar catorce cargas de bubas, se encuentra con su amigo el licenciado Peralta que de inmediato le invita a ir a su casa a reponerse. Ya de sobremesa, Campuzano le cuenta a Peralta de dónde le vinieron las bubas, concretamente de un casamiento engañoso tanto por parte de la parte contratante como de la segunda parte de la parte contratante. Así, al ser, tanto monta, monta tanto, el engañador como el engañado, no hay lugar para el resentimiento y sí, y mucho, para el humor... de hecho, mientras leía, me estaba poniendo enfermo de la risa que me daba. Claro que la gracia, más que por el hecho en sí, viene de la forma de contarlo y, al respecto, cualquiera que haya leído El Ingenioso Hidalgo, ya sabe de lo que es capaz Cervantes. 

Pues sí, esto de la picaresca es para hacérselo mirar porque aquí sí que hay que ser prudente antes de tirar la primera piedra. Me he cansado de ver a todo lo largo de la vida a gente que tiró la primera piedra y, cuatro días después, el rebote les atizó de plein fouet. Y es que, evidentemente, eso de la honradez es muy loable, pero vete tú a contárselo a alguien, o a ti mismo, cuando te hayas en un apurado trance de supervivencia. O ni siquiera eso, basta que una mala educación te haya hecho esclavo de los caprichos para que seas devoto de la ley del embudo... lo ancho, por supuesto, para mí. 

El otro día, con motivo de haber escuchado una conferencia sobre las virtudes burguesas, escribía sobre el rearme moral. ¡Mira que hay que ser ingenuo! ¿Cuándo no ha necesitado el mundo ese rearme? Todas las interrelaciones humanas, so capa de simpatía, tienen un componente de fraude que solo los linces son capaces de detectar. No por otra causa es que los linces anden siempre ocultos entre la espesura.   

Ya digo, la preciosa sangre de Cristo... ¡y vaya que si cuela! 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Cosas de viejos.

Cuenta la Biblia que, David, en sus postrimerías, sentía un frío tremendo que le tenía todo el día tirititando, que diría el Camarón de la Isla, y nadie encontraba el remedio a aquel mal. Así fue que, ensayado todo lo ensayable, alguien pensó que, a lo mejor, poniéndole una jovencita a su lado en la cama el mal cedería. Dicho y hecho; parece ser que mejoró, pero, al parecer, no pudo hacer otro uso de la chiquita que el de robarle el calor. 

Por otro lado, crónicas apócrifas relatan que a Mao Tse-Tung, en su vejez, le metían todos los días en la cama a una jovencita virgen. Por lo visto, hay una superchería china que sostiene que esa es la mejor manera de restituirle la energía a un viejo. Sea como sea, cuentan, vete tú a saber la verdad que hay en ello, que dentro del partido comunista chino había una sección dedicada a escoger a esas jovencitas entre las más agraciadas de la nación. Y para ellas, según esas crónicas, era un honor ser desvirgadas por el Gran Timonel; un honor y, todo hay que decirlo, una inversión garantizada, porque de la cama pasaban, sin solución de continuidad, a un futuro prometedor. 

Por otro lado, en Salamanca conocí a unos comunistas alto standing cubanos, entrados en años ya, que sostenían con entusiasmo que el hombre tiene la edad de la mujer que tiene entre los brazos. De hecho, todos ellos estaban casados con mujeres a las que sacaban de treinta años para arriba.  

Y, para concluir las anécdotas relativas al asunto, citaré lo que dice Buñuel, al respecto, en sus memorias. Se queja el hombre de esa maldita pulsión que no se le va de la cabeza. Da igual lo consciente que seas de que todo intento es inútil, porque eso que llaman el inconsciente sigue ahí trabajando como el primer día de la creación.  

Sea como sea, hay una cosa que ni al moralista más talibán se le ocurriría negar, y esa cosa es que la naturaleza tiene hechos a los hombres de tal manera que hasta el último suspiro siguen estremeciéndose a la vista de un culo femenino como Dios manda. ¡Y qué le vamos a hacer! Bueno, sí, mirar de reojo y disimular en la medida de lo posible, porque no están muy bien vistos los viejos verdes... pero, en cualquier caso, no privarse de ese estremecimiento que, a la postre, es la conexión más fuerte que se mantiene con la vida.