Hamlet nos legó resumida en una lograda frase lo que vendría a ser la esencia de la vida: to be or not to be. Hamlet tiene la fundada sospecha de que la muerte de su padre no ha sido natural, sino, más bien, provocada por su tío con la finalidad de apoderarse de sus bienes. Hamlet tiene, entonces, un doloroso dilema: enfrentarse a la verdad con grave peligro de su vida o aceptar los hechos y aprovecharse de ellos. Ser o no ser, sería, entonces, una mera cuestión de ética que, a la postre, vendría a traducirse en la dicotomía valentía/cobardía.
Fue entonces cuando llegó el cinismo y dijo: ¡Chorradas! La verdadera cuestión no es to be or not to be, sino to have o have not... acuérdense de que, cuando lo de nuestro famoso Siglo de Oro, había un dicho que gozaba de mucho predicamento: no hay saber como el tener. Tener o no tener, that is the question.
Tener o no tener, por supuesto, hijos, porque, a la vista está que todo lo demás que puedas o no puedas tener es asunto de poca importancia —de small moment—. Dejas de tener hijos y, automáticamente, te invaden los bárbaros y no te dejan disfrutar de las supuestas ventajas del no tener que ocuparte de los hijos. En definitiva, las personas humanas —como dice el papa de Roma y los gitanos—, nunca podremos escapar del «lo comido, por lo servido».
Y así es que andan por ahí un montón de sabios tratando de llegar a alguna conclusión acerca del hecho incuestionable de que cuanto más se acomoda una sociedad menos hijos tiene. ¡Siempre queriendo saber! ¡Qué martirio! Con lo fácil que sería abandonarse a los designios de la Naturaleza. O de Dios, como pretenden otros. Ella, o Él, sabrán por qué lo quieren así y no nos corresponde a nosotros, los humanos, enmendarles la plana y, no por nada, sino porque, cuando lo intentamos, a los dos días ya nos encontramos encadenados a cualquier roca del Cáucaso o tenemos que enfrentar a una malvada Pandora.
Nada podría asegurar al respecto, pero para mí que, cuando tuve hijas, no fue por un acto premeditado sino, más bien, porque así estaba escrito en el grand rouleau, como decía Jaques el Fatalista. Lo cual no quita, para que, el haberlas tenido se haya constituido en el hecho central de mi vida. Y, por más que casi no las vea, siempre las tengo presentes y no hay nada que me reconforte tanto como saber que se defienden en la vida. Supongo que todo ello es debido a la condición animal que subyace a nuestro pretendido ser civilizado. En fin, lo que sea, que ¿quién soy yo para cuestionarlo?