domingo, 6 de septiembre de 2026

El riesgo

Entre la literatura del Siglo de Oro español y las películas del oeste hay una serie de concomitancias con las que hoy me voy a entretener un rato. 

En una película del oeste, un par de pistolerillos con habilidades en el juego y la cuatrería van a una ciudad y no tardan en hacerse notar por el mafioso que la controla. Y, en menos de lo que se dice, ya están trabajando para él. Es, poco más o menos, el argumento de Rinconete y Cortadillo que ando releyendo por enésima vez en estos días del verano tardío.

En Rinconete y Cortadillo, Monipodio es el padrino del hampa de la ciudad, por supuesto, en estrecha connivencia con los agentes de ley. El hampa es la consecuencia inevitable de la injusticia de Dios. Cuanta más injusticia, más hampa; es una ley más de la naturaleza. Y eso las autoridades de todos los tiempos lo han sabido perfectamente y, por eso, y porque reconocen su ineptitud para paliar la injustica, es por lo que siempre entran en una solapada connivencia con los padrinos de las mafias. Es la única forma que conocen de mantener la delincuencia dentro de unos límites soportables. En realidad, si nos paramos un poco a pensar en este mecanismo de connivencia entre poder político y mafia, caeremos en la cuenta de que nunca se ha salido ni se podrá salir de él. Lo único que cambia a lo largo de los tiempos es la forma de hacerse manifiesta esa connivencia. A veces es más escandalosa y a veces es más hipócrita —la hipocresía es el homenaje que el vicio hace a la virtud, dijo Nosequién—.

Lo del hampa es una cuestión de adrenalina; siempre arriesgando, cuando no la vida, la hacienda, el caso es que las suprarrenales no dejen de trabajar a toda máquina. La vida y la hacienda; armas para defenderla y juego para acrecentarla o perderla. Digamos que son las circunstancias, generalmente adversas, las que empujan a escoger esa vida. Claro que, cuando hablamos de las circunstancias adversas, conviene no olvidarse de la mala educación; no todo va a ser injusticia social como gustan pregonar los resentidos.    

Por eso es que, en la literatura del siglo de oro, como en las películas del oeste, las armas y el juego sean omnipresentes. Es tanta su importancia que sin las unas y el otro el argumento se limita tanto que da la impresión de estar aguado; sobre todo por el empobrecimiento del lenguaje que su ausencia provoca... al fin y al cabo, no hay nada como el riesgo para generar metáforas. De hecho, Rinconete y Cortadillo, a trechos, da la impresión de ser un encadenamiento de metáforas, sobre todo cuando el juego se apodera del relato. Por eso es que, en la edición que tengo, ocupe más espacio las notas a pie de página que el propio texto; no por nada, sino porque las metáforas tienen que ser muy buenas para perdurar. 

En resumidas cuentas, la vida sin riesgos que estamos obligados a llevar ahora es una porquería y, porque no queremos eso, supongo que será que nos pasemos la vida arriesgando por delegación a través de la literatura y el cine. Bueno, algunos siguen recurriendo al juego para dar rienda suelta a sus pulsiones suicidas. De hecho, algunos bastantes si nos atenemos a la cantidad de lujosos locales para tales menesteres de los que está trufado el barrio; en un radio de menos de quinientos metros alrededor de casa hay más de una docena. Bueno, no sé, muy complicado todo esto del riesgo. 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Gastar codos

 «Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.» 

En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro. 

«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»

Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode. 

Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?

Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Y vuelta a empezar

Como le digo a mi amigo Manolo en contestación a un vídeo sobre la movida en curso que me mandó anoche: «Todo esto me huele a desesperación de perdedores. No tiene ni pies ni cabeza.» Esa es la real situación, que el marxismo cultural, que dio de comer exquisitamente a todos los vagos del mundo durante décadas, se está cayendo a pedazos. Porque, no se engañen al respecto, el marxismo es, sobre todo y por encima de todo, la ideología de los vagos. Y, si no, ¿díganme ustedes que otra cosa es el lema central de esa ideología?: «Cada uno según sus posibilidades y cada cual según sus necesidades». ¡La cuadratura del círculo! Antaño, las mamás con hijos rezagados solían decir a modo de consuelo: es muy inteligente, pero lo que pasa es que es muy vago. Justamente, fueron esos rezagados los que se subieron con entusiasmo al carro del marxismo. Y no, no eran inteligentes, porque inteligente y vago es una combinación que repugna a la naturaleza. Los vagos, por definición, son gente infradotada y, eso, por más que el cinismo haga chistes tratando de desmontar esa realidad incuestionable.

Desesperación de perdedores, eso es todo. No hay nada más que ver los gustos musicales de la juventud ilustrada. Sí, porque la música es, como pocas cosas lo son, un indicador fiable de por dónde van los tiros del momento. Y ¡qué le vamos a hacer!, si a la juventud actual parecen gustarle los vídeos de Allison Young interpretando a Marilyn Monroe, o a Patsy Cline, o, no digo ya, haciendo pareja con Josh Turner para interpretar Autumn in New York, Cry me a river, o cualquiera de aquellas maravillosas canciones de los cuarenta/cincuenta del siglo pasado. Si, señoras y señores, la revolución en curso es la de los valores tradicionales. Valores que se podría resumir en que la mujer, lo primero, ser objeto del deseo primordial del hombre y, el hombre, lo primero, tenerlos bien puestos para conseguir lo que quiere. 

Pues sí, eso es lo que creo que está pasando en el mundo, que a los vagos se les está cayendo el chiringuito. Y claro, están que trinan, porque ahora va a resultar que las necesidades de cada cual se van a tener que ajustar a sus habilidades. Y las habilidades, es lo que tienen, que, por muy inteligente que diga tu mamá que eres, si no te matas a currar no las adquieres.  

En fin, sin pies ni cabeza todo esto que dicen que está pasando en España. De tanto oír música de cantautor hemos llegado a esto. ¡Por Dios Bendito! ¿Es que acaso no teníamos a Julio Iglesias e Isabel Pantoja para habernos ayudado a mantener nuestras esencias? Porque, como los hechos demuestran, es mal asunto renegar de las esencias... en cuatro días se te llena esto de moros, y vuelta a empezar. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

El amante liberal

Como me imagino que todos ustedes sabrán, Afrodita, más conocida por estos lares como Venus, es una diosa preolímpica. O sea, perteneciente al submundo de los instintos. Su aparición es bien curiosa: Gea, harta del maltrato que Urano da a los hijos que tienen —los encierra en el Tartaro tan pronto como nacen, no vaya a ser que le destronen—, se las apaña para convencer a uno de ellos, Cronos, que mate a su padre. Así es que le da una hoz hecha de diamantes y le dice que cuando Urano baje a aparearse con ella, aproveche y le corte los cojones de un tajo. Así hace Cronos y los cojones de Urano caen al mar, cerca de Chipre y, justo en donde caen, se forma una gran mancha de espuma de la que, como por ensalmo, surge Afrodita. 

Así es que, con semejante genealogía, nacida directamente, como quien dice, de los cojones del padre primigenio, nada tiene de extraño que cuando se mete por medio pase lo que pasa: no hay razón, ni humana ni divina que pueda con ella. Se diría que lleva a la humanidad del ronzal por donde le da la gana. No necesita más que aparecerse en la forma de una mujer de proporciones perfectas para que en dos días se arme, literalmente, la de Troya. Así, con el nombre de Leonisa, la describe Cervantes en su novela El Amante Liberal: «una doncella, digo, por quien decían todas las curiosas lenguas y afirmaban los más raros entendimientos que era la de más perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, que tiene la presente y espera tener la que está por venir; una por quien los poetas cantaban que tenía los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios rubíes, su garganta alabastro, y que sus partes con el todo, y el todo con sus partes, hacían una maravillosa y concertada armonía, esparciendo naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta, que jamás pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha.» 

Aunque, si bien lo consideramos, por más que la perfección de las formas ayude, cualquier ojo enamorado tiende a ver tal como esa descripción que hace Cervantes de Leonisa al objeto de su enamoramiento. Y es que, cuando Afrodita se mete por medio, ya digo, vas del ronzal... como van todos los personajes de El Amante Liberal, una tragicomedia desternillante. Está claro que el «tira más pelo de coño que soga de marinero o carreta de bueyes», según de qué lado se decante, lo mismo puede terminar en comedia que en tragedia. En una inteligente conjunción de esas dos posibilidades se fundamenta gran parte, quizá la mejor, de la creación literaria. 

A D. G., la realidad de la vida nos enseña que, en las cosas intermediadas por Afrodita, la comedia suele ganar por goleada a la tragedia; de lo contrario, presumo, tendríamos muy complicado lo de la supervivencia de la especie.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La gran paradoja

La gran paradoja de esta vida es que cuanto más nos esforzamos por liberarnos de las dificultades más nos autodestruimos. Esto es algo que de tan obvio como es pareciera que se ha hecho transparente al entendimiento, lo cual vendría a ser como si no existiese. Así es que vivimos empeñados en ignorar el que para mí sería el mito, si no fundador de nuestra civilización, sí el más esclarecedor a efectos de preservación de la especie. Me estoy refiriendo, por supuesto, al de la maldición prometeica. Sigamos ignorándole y en cuatro días las cucarachas reinarán sobre la tierra.  

Esa ceguera está muy bien explicitada en un chiste que, cuando era chaval, vi en una revista de las que los laboratorios médicos mandaban a mi padre. Creo recordar que se llamaba Noticias Lefa y que en la última página tenía una columna de viñetas que pretendían ser chistes. Pues bien, uno de ellos se me quedó grabado a fuego de por vida. Se veía a un profesor de piano enseñando a un niño sentado frente a uno de cola y, al lado, el padre del niño, en bata de andar por casa y diciendo al profesor: no le apriete usted demasiado porque de mayor podrá comprar todos los discos que quiera. 

Ahí, en ese chiste, a mi parecer, está encerrada toda la lógica del sistema. Te esfuerzas una vez para no tener que volver a esforzarte nunca más. Te devanas los sesos para inventar un cachivache que, supuestamente, va a ser un paso de gigante en el camino hacia el paraíso en la tierra. Inventas el tocadiscos y, ¿a qué bueno someterse a los tormentos del aprendizaje de la música? Si, total, ya vas a poder escuchar toda la música que quieras por el simple procedimiento de apretar un botón. Bueno, en otro chiste, Bartolo ganó un concurso de vagos al pretender que alguien inventase un cachivache que se encargase de apretar el botón en cuestión. Ya digo, es la lógica del sistema. 

Parecerá que estoy diciendo una boutade si afirmo que cada vez entiendo mejor a aquellos chalados que se dieron en llamar jemeres rojos y que pretendían instaurar una utopía de sesgo agrario en Camboya. En realidad, algo parecido al sueño de Hitler para Europa —granjas desde Finisterre a los Urales—. Tanto ellos como Hitler comprendieron que los enemigos del proyecto, a los que había que eliminar, eran precisamente la gente con obsesión por el conocimiento. Por eso los jemeres andaban a la caza de gente con gafas y, los nazis, de judíos. En definitiva, la gente a la que se supone con ansias de conocimiento. Y es que si hay algo demoníaco en este mundo, eso es el conocimiento. ¿Quién se conforma con el placer que proporciona resolver una complicada integral? No, el que sabe hacer eso quiere emplearlo para fabricar una bomba atómica. Es decir, el conocimiento es arma de dominación, que es lo mismo que decir de destrucción.

En resumidas cuentas, que nos lo deberíamos pensar dos veces antes de ponernos a robar fuego a los dioses, que eso es el conocimiento. Pensar para qué lo queremos; porque no sería lo mismo utilizarlo relacionarse con la divinidad que para convertirse en un ser demoníaco... aunque, bien pensado, lo más seguro es que lo uno vaya indisolublemente asociado a lo otro.  

En fin, como os iba diciendo, el que inventó la guitarra debía de ser tremendo. Eso decía cada dos por tres mí padre cuando ya no sabía qué decir. 

martes, 1 de septiembre de 2026

Titanomaquia

Ya he contado no sé cuántas veces, y no me canso, que, cuando andaba rondando los cuarenta, un profesor de griego que conocí en una tertulia, me recomendó leer la Ilíada teniendo al lado el Diccionario de Mitología Griega de Pierre Grimal. Muchas veces pienso que el haber seguido al pie de la letra aquel consejo quizá haya sido lo que más me ha ayudado en esta vida a sosegar la cabeza. Esa mitología griega, que debe de ser un muy logrado sincretismo de todas las mitologías que circulaban por el Oriente Medio, me parece que es la respuesta más ingeniosa que nunca se dio a las grandes cuestiones desconocidas que siempre abrumaron al ser humano: qué es esto, de dónde ha salido, que sentido tiene, etc., etc.. Hasta que empecé a enfrascarme en ese conocimiento esotérico no tuve una conciencia sólida de lo que es el mundo simbólico, lo cual es como decir que estaba en un estadio de desarrollo mental, digamos que preolímpico, es decir, cuando el instinto se sobrepone por goleada a la razón.

El mundo simbólico es el descubrir significados ocultos, es decir, pensar por uno mismo. Significados que nunca son definitivos, sino que se van adaptando a la evolución del conocimiento o, si mejor quieren, de la experiencia de la vida. De ahí la importancia de recibir en la temprana edad un adecuado entrenamiento en ese mundo de significados inciertos que es la mitología griega. Y así fue hasta que llegó Constantino y mando parar. Organizó un concilio en Nicea para que los mitos tuviesen un significado único y, al que dijese lo contrario, a la hoguera. Aquello fue la entronización del «prohibido pensar por uno mismo» y, con ello, el triunfo de la tiranía que seguimos arrastrando desde entonces so capa de los más diversos embaucamientos. 

En fin, allá cada cual con sus correspondientes convencimientos; que con su pan se coman todas las vacunas que les recomiende el Constantino de turno. En lo que a mí respecta, les puedo asegurar que hasta el último suspiro seguiré indagando en los misterios de la Titanomaquia por ver si, así, consigo un poco más de sosiego frente a las naturales tribulaciones del existir.