Seguramente formo parte de la primera generación de la historia que no ha tenido que pasar por los horrores de una guerra. Por supuesto que me estoy refiriendo a esta parte del mundo. Quizá, de haber tenido que padecer una, cuando llegó lo de la falsemia hubiera pensado que era peccata minuta, cosas de la chusma política para tensionar al populacho, lo de todos los días. Pero, por así decirlo, aquella aberración del sentido común me pilló virgen y en un tris estuve de que me la metieran doblada. A medida que pasaban los días más me parecía imposible que todo aquello fuese verdad. La única muerte que se produjo en el barrio en el que vivía por entonces fue la de un vecino que subió a la azotea, nueve pisos, y se arrojó al vacío. Tampoco les pasaba nada a los muchos conocidos que tenía por el mundo. Y por si eso fuera poco, no había pasado un mes del inicio y ya se había montado en Telegram un portal de médicos de todo el mundo —más cien mil habían firmado su aquiescencia— en el que se cruzaban todo tipo de informaciones y entrevistas con lo más granado de la profesión médica. Apareció, por ejemplo, Luc Montagnier, diciendo que era un virus fabricado y que tenía muy poca virulencia. Rápidamente, todas las televisiones públicas se apresuraron a tacharle de demente senil, lo cual, dadas las películas que había visto de joven sobre la Unión Soviética, no hizo sino confirmarme en el engaño que era todo aquello. Lo único que me costaba entender era el porqué de aquel engaño. ¿Qué se estaba persiguiendo con ello? Escuché a algunos en Telegram —la única plataforma que mantuvo el tipo—, que, en realidad aquello no era más que un test de compliance, o sea, ver hasta donde se podía tensar a la sociedad sin que saltase por los aires. La verdad es que los meses que precedieron a la movida cóvica había revueltas sociales por doquier, es decir, mucho malestar.
Fuese por lo que fuese, el caso es que yo no tragué y, cuando llegó el trance de la vacunación, me fumé un puro. Que no podía ir a los bares, que no podía viajar, que me estaba ganando el rechazo social... ¡como quien oye llover! Claro, si hubiese estado todavía trabajando y me hubieran exigido vacunarme no sé qué decisión hubiera tomado, pero sospecho que la misma que tomé porque, para aquel entonces, ya hacía muchas décadas que tenía plena conciencia de lo chusmas que podían llegar a ser los médicos, los más de ellos conchabados con la mafia de la droga legal. Afortunadamente, como ustedes saben, toda regla tiene sus excepciones y, en este caso, la excepción eran los médicos que habían firmado para dar consistencia al canal World Doctors Alliance de Telegram. A la postre, aquello, como en todas las grandes conmociones, sirvió más que nada para saber quién es quién... y, la verdad, no faltaron las sorpresas que, en cierta medida, reacondicionaron las relaciones sociales que hasta entonces había mantenido. Uno calló, pero mantuvo la mosca detrás de la oreja. Ya nunca fue lo mismo.
El caso es que se ha querido correr un estúpido velo sobre el asunto, como si aquí no hubiese pasado nada. La cosa es muy sencilla, porque es mucho más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada. La chusma toma eso como una humillación insoportable y prefiere morir sosteniéndola que vivir enmendándola. Sin embargo, a poco que escarbes te encuentras con la inquietante realidad de que hay miles, o millones, de personas que están luchando por sacar a la luz la verdad, unos por simple decencia profesional y, otros, buscando resarcimiento a los estragos padecidos. Así es que más vale que nadie se haga ilusiones porque la verdad es tozuda como también lo son sus valedores. Ahí está el Dr. John Campbell con sus tres millones y medio de suscriptores que no ceja un solo día en su cruzada por la verdad. Por no hablar de las vistas que han venido celebrándose en el senado de los EEUU o en el parlamento de Canadá. Es todo tan espantosamente manifiesto que por muchas paladas de estupidez que se quieran echar al velo que cubre esa verdad ya de poco va a servir; más pronto que tarde alguien va a tener que dar cuentas y, también, ir a la cárcel, porque, de lo contrario, o sea, cuando se dejan estas cosas a cargo de la justicia divina, el castigo no suele tener remisión... como cuando lo de Sodoma y Gomorra.
En fin, allá cada cual con su conciencia... desgraciadamente, algunos, ya, ni eso, porque la estulticia se les llevó por delante, ¡otra dosis de refuerzo marchando! ¡Como el mono del Anís del Mono! Es el mejor, la ciencia lo dijo y yo no miento.

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