He salido un rato a escampar la boira y me he tenido que volver por el viento. Sopla del sur y en los sitios que hace chimenea como en el afamado y nunca suficientemente ponderado Centro Botín era difícil mantener el tipo. Por allí había unos cuantos turistas desconsolados porque la cafetería del Centro estaba cerrada. Curiosa esa costumbre de cerrar un día a la semana los negocios. No parece a primera vista que tenga mucho sentido, porque mantener una inversión tan grande en el dique seco un 14% del tiempo es, cuando menos, una actitud muy señoritil, pero como así se lo repitió mil veces Dios a Moises: "que trabajen seis días y el séptimo que descansen", pues nada, hasta los Botín pasan por el aro, aunque puede que en este caso, más que por Dios sea por los sindicatos que ya se sabe lo que pueden llegar a dar pol saco.
El caso es que sorprende la cantidad de turistas que intentan escampar su boira deambulando como almas en pena por los mitificados espacios de la ciudad. Yo, habrán dicho en la oficina, esta Semana Santa me voy a Santander. Y ya han adquirido el compromiso y no se pueden echar para atrás so pena de quedar como auténticos chisgaravises. Porque en realidad a lo que el turista cree que se ha comprometido con sus compañeros de trabajo es a contar la aventura de su viaje. Como dijo no sé quién, al turista lo de ir le trae sin cuidado, incluso se lo ahorraría si pudiese, pero para volver, que es lo que realmente le interesa antes tiene que ir. Parafraseando a Ortega, es como si la verdad del turista fuese ser una especie de Aquiles que se pasa la vida soñando con llegar a ser Homero. Bueno, no se hacen idea de la cantidad de Homeros, o mejor Homeras, que puede llegar a haber en las colas de la caja de los supermecados de Palencia relatando su particular Ilíada de fin de semana en Santander. En fin, cosas de la humana naturaleza que necesita desesperadamente reconocimiento so pena de craquer, como dicen los franceses para dar a entender que alguien se viene abajo.
Total, que, como les dije, me vine para casa y aquí estoy tan ricamente con mis cosas. Si baja el viento, lo que no parece vaya a ser el caso, bajaré al muelle del puerto Pesquero a sentarme en un banco y seguir leyendo lo del Capitán Contreras. La verdad es que, qué país éste; si dicho capitán hubiese sido inglés o francés, ya hubiésemos visto veinte películas sobre él. Porque es difícil imaginar una vida más azarosa. Eso sí, las mujeres mucho quejarse, pero la única que saca provecho de los peligrosos trabajos del capitán es su quiraca que acaba con una mansión por todo lo alto en Malta. Perspectiva de género que le dicen. Pero bueno, en el entretanto de si bajo o no bajo al muelle me entretendré con las partituras habituales que me he propuesto dominar razonablemente antes de ir a saludar a Caronte. No sé si lo lograré porque es obvio que el tiempo se me acaba.
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