La otra noche pasamos un buen rato viendo Nebraska. ¿Vemos una película?, dice María, y yo de mala gana me pongo a husmear por el disco duro por ver si queda algo aprovechable para sacudirse el tedio de la velada en ciernes. Porque es que a esas horas del día tengo tal fatiga mental que si no fuese por disciplina me iría a la cama, porque cada día me va sobrando un rato mayor y así ha sido que he entrado en el circulo vicioso de madrugar cada vez más porque cada vez me acuesto antes. Cosas de viejos, supongo, que es que en realidad lo que uno no sabe es que coño anda haciendo por aquí todavía.
El caso es que muy de vez en cuando aparece una pepita de oro. Fue el caso de Nebraska, una película de gente normal a la que le pasan cosas normales, es decir, anodinas. Y esa es la cuestión, que las cosas anodinas no suelen carecer de su lírica e, incluso, de su grano de épica, siempre y cuando, claro está, el que las cuenta no intente resaltarlas y todo dependa de la perspicacia de quien las observa. Es la historia de un viejo que tiene medio perdida la cabeza, como corresponde, pero no tan perdida como para no conservar la noción de lo esencial, es decir, que cuando ya no tienes nada que ofrecer y estás sintiendo la muerte en los bordes de tu cuerpo te carcome el deseo de ser recordado con benevolencia, al menos por los tuyos. En el fondo no es más que la ilusión de no morir del todo. Una tontería, desde luego, pero así estamos hechos y no hay forma de sustraerse a ello por muy brillantes que sean los razonamientos con que lo intentas.
Al viejo le echan al buzón una papel en el que le dicen que le ha tocado un millón de dólares. Luego claro, está la letra pequeña que el viejo no lee. Así que el hombre ve abrírsele el cielo: ya puede dejar algo a sus hijos. El hijo pequeño le dice que es un timo, pero no consigue convencerle. Al final le lleva a la ciudad en la que se cobra el supuesto premio. Pero antes pasan por el pueblo del que son oriundos y se alojan un par de días en la casa de unos familiares. El viejo deja escapar allí lo de que va a cobrar un millón y de nada sirve que el hijo lo desmienta. A la gente le gusta pensar que ese tipo de cosas pasan y no quieren saber nada de aguafiestas. Se crea entonces un ambiente de comedia que acaba rozando la tragedia. La cosa acaba bien porque el hijo pequeño es un buen chaval que quiere que su padre tenga su cuota de gloria antes de partir de este mundo. Un sainete, en definitiva, que acaba bien.
No le vi, en cualquier caso, a la película una intencionalidad oculta. Lo cual, hoy día, es casi un milagro. Precisamente hoy, cuando han dado la noticia de que Netflix ha perdido un 20%de sus subscritores y Elon Musk ha dicho que no le extraña nada porque los contenidos de esa plataforma son pura propaganda de toda esa basura ideológica en boga. Sí, ese es el asunto, que he tardado demasiado en caer en la cuenta de que salvo rarísimas excepciones, el cine, la literatura y, en general, todo lo que se engloba bajo la denominación de cultura, no suele ser sino mera propaganda, o adoctrinamiento si mejor quieren, del poder en curso para que obedezcamos de buena gana. En fin, qué le vamos a hacer.
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