viernes, 8 de abril de 2022

Más de casi lo mismo

Hoy he dormido bastante bien. Ni siquiera me ha protestado la próstata durante las primeras cinco horas. Supongo que ha sido la consecuencia natural de no haber dormido ayer más de cuatro horas. Que es que así vamos con esto del sueño, que un día no le alumbramos y al siguiente le quemamos. Me he levantado hacia las seis, he desayunado y, acto seguido, he mirado un par de problemillas, en este caso de "Matemáticas con Juan". Uno le he resuelto por mis propias medios y, el otro, he sucumbido y he tenido que recurrir a las explicaciones de Juan. ¡Curioso personaje! A continuación, he hecho las consabidas y obligatorias abluciones y excreciones y con la misma me he ido a dar un paseo por los muelles. 

Soplaba un sur un tanto fresco que mantenía agitadas las aguas de la bahía. En el cielo había nubes altas y densas salvo por levante que se apreciaba un cierto resplandor. La cordillera, todavía muy nevada, se perfilaba con una nitidez aclaparadora, que diría Pla. Para ser la hora que era había bastante gente. Algunos, ya en patinete, ya en bicicleta, se notaba que acudían a sus trabajos, otros simplemente paseaban o corrían, los más estaban sacando a cagar a su perro y otros cuantos se mantenían alertas junto a sus cañas por si había que echar mano del redeño adjunto para sacar una eventual captura. A la altura del Marítimo, cabe las estatuillas de los raqueros, estaba Rodrigo, un exalumno de María que me ha ignorado olímpicamente, de lo que deduzco que la noche le ha ido mal porque, cuando le ha ido bien, hace todos los aspavientos posibles para que me acerque porque quiere enseñarme sus capturas. Por cierto que es increíble lo que ha estirado ese chico en seis meses. De veinte centímetros no baja, desde luego. 

Serían las nueve o así cuando he vuelto a casa. María ya se había levantado y estaba desayunando. He subido las persianas y, sin más demora, me he puesto con unos minuetos de Rameau que poco a poco voy interiorizando. Están en Re y para tocarlos como manda la partitura ha que bajar un tono al bordón, es decir, afinarlo en Re. El caso es que ya les tengo, los dichos minuetos digo, en el bote; solo necesito persistir un poco para poder tocarlos como toco todo, es decir, fatal... pero tengo más moral que el Alcoyano. Total, que he decidido tener afinada la sexta en Re en la guitarra que compré el otro día por 85 € al brocanter que hay en la calle Nicolás Salmerón, o sea, justo aquí al lado. Así, con semejante artimaña, no necesito andar afinando cada vez que quiero tocar los citados minuetos, o Rosita de Tárrega, o Alma Zapoteca de Uvalle, o Sons de Carriloes de Joao Pernanbuco, por poner solo unos ejemplos. 

Cansado ya de tocar, fatal como digo, y que conste que no es modestia ni mucho menos, me he puesto con La Vida del Capitan Alonso de Contreras que es libro que cuantas veces he leído más maravillado he acabado. Por cierto que en la edición que tengo hay un prólogo de Ortega y Gasset que si no vale lo que la historia en sí, muy cerca le andará. Desde luego que Ortega fue una cabeza brillante donde las hubiese, aunque hay que reconocer que en ocasiones se pasa de rosca con las adjetivaciones y metonimias... diría sin temor a equivocarme que roza la cursilería pedantesca, que es la peor de todas las cursilerías. 

Y ahora estoy a la espera de que me traigan una bicicleta plegable que acabo de comprar. Me ha llamado el de los repartos para decirme que está en camino. No sé si habré hecho bien con tal adquisición, pero a estas altura lo de menos es volver a equivocarse. Porque es que tenía ya firmemente decidido no volver a las andadas a causa de las lumbalgias que achacaba a la bicicleta. Pero no he podido resistirme. Y más, que me han cerrado la piscina por la cosa de la crisis energética que le dicen. En fin, vamos a ver. 

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