No me atrevo a calibrar lo que me costó aprender a estar solo sin por ello sentir la menor carencia sino, a ciencia cierta, todo lo contrario, es decir, plenitud. Hace ya muchos años que estoy en ello y, de tal modo me horrorizan las masas -más de cuatro- que hasta me hice diagnosticar por un perito en la materia de fóbico social, etiqueta que a la postre me reportó no pocos beneficios tanto materiales como espirituales. Pero, al respecto, no voy a entrar ahora en detalles.
Lo qué sí quiero decir es que mi vida valió bien poco hasta que no inicié la lucha por conseguir ese objetivo. Aunque al principio no fuese consciente de en qué me había metido. Sin duda estaba predestinado a ello porque todo vino rodado: a partir de los cincuenta, ya, como quien dice, había alcanzado la excelencia en ese difícil arte, padre y madre de todo lo que en esta vida merece la pena, empezando por la escurridiza amistad. Porque, ¿cómo vas a poder ser amigo de alguien si primero no sabes serlo de ti mismo?
Sí, mis queridos niños, y niñas también, no os hagáis vanas ilusiones porque hasta que no sintáis la plenitud de la soledad no seréis más que hojas muertas que el viento arrastra de aquí para allá. No podréis marcaros un objetivo poderoso porque os dará miedo. Todo vuestros deseos consistirán en salir volando por la ventana en busca de alguna yugular virgen de la que pensáis extraer la pócima maravillosa que os va a restituir la vida. ¡Pobrecillos! ¡Como si las yugulares vírgenes anduviesen por ahí a la disposición del primer vampiro que se acerca! No, no funciona así la cosa. La vida, mis queridos, solo se restituye atravesando el desierto.
En fin, perdónenme estas breves expansiones motivacionales, pero es que uno ve lo que ve y le pasa lo que a Guillermo Brown, que solo quería ayudar.
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