miércoles, 7 de octubre de 2026

San Clint Eastwood

Dolerse por el bien ajeno es sin duda la mayor pudrición del alma que se puede concebir. Pudrición que está tan extendida por el mundo que no hay forma humana de esquivarla. Está siempre ahí, dispuesta a saltar a la primera de cambio. Te encuentras a alguien por la calle, intercambias dos palabras ambles y, a la tercera, ya percibes la ponzoña que pugna por infiltrarte el alma como si, al traspasártela, se diluyese el dolor. 

 No nos vamos a poner ahora a negar que la vida sea en términos generales una mierda. En el mismo momento que empiezas a sentir el alivio de un dolor, te surge, como por ensalmo, otro nuevo. Por eso es que aquel famoso filósofo decía que lo que más le maravillaba del ser humano era la obstinación que tenía por seguir vivo... en este valle de lágrimas, que también le dicen. Todo eso ya lo sabemos; lo mismo que sabemos que la única forma, por así decirlo, natural de eludir la percepción de esa realidad amarga es el estar entretenido por una pasión absorbente. 

Esa es toda la sabiduría que se necesita para sobrellevar la vida sin necesidad de salir por ahí a emponzoñar a la gente con tu dolor por el bien ajeno. Ejercitas una pasión absorbente o no la ejercitas: si sí, te instalas por varias horas al día en un a modo de nirvana, es decir, de autosuficiencia total; si no, te crecen unos colmillos que te impulsan a salir volando por la ventana, con las primeras sombras de la noche, a la búsqueda de yugulares en las que poder clavar esos colmillos. 

El caso es que ayer, conmovido como estaba por la lectura del pasaje de la Ilíada en la que Héctor hace una pausa en la lucha para ir a visitar a su esposa Andrómaca y a su hijo Escamandrio, todavía de pecho... el caso fue, digo, que me eché a la calle con la intención de encontrar en alguna librería de viejo la tragedia Andrómaca de Eurípides. ¡Bingo! La encontré en la primera que entré. Venía para casa tan contento con el pecio encontrado —tres euros— y quiso el destino que tuviese que toparme con un par de conocidas, de las de perro y tatuaje, que no necesitaron el preámbulo de dos palabras para empezar a lanzarme su ponzoña. Claro está que la gente anda muy nerviosa porque por lo visto han anunciado elecciones a cortes. ¡Ya te digo! Qué les podrá ir o venir a esas desgraciadas el que gane esta mafia o aquella. Pero ahí está el punto y la madre de todo este negocio, que es consustancial a la condición chusmática el no haber sido capaz de cultivar una pasión con la que evadirse de las vanidades de este mundo. 

En fin, cuántos peligros se arrostran saliendo a la calle. Y eso que antes de salir suelo poner una vela a San Clint Eastwood por aquello de que me libre de la gente que no tiene otro consuelo en vida que el de pillar a alguien para tocarle los cojones.  

2 comentarios: