«Yo, cuando adquiero nuevos conocimientos cambio de ideas. ¿Y usted qué hace?»
He conocido a gente aficionada a decir, como si fuera una marca de prestigio: «Yo soy de los que siempre ha dicho...». Pues bien, siempre que he escuchado eso me han entrado ganas de interrumpir y decir: qué pasa, que está usted muerto. Porque eso es el inmovilismo en las ideas, estar, como quien dice, muerto.
Afortunadamente, no es el caso de la mayoría de la gente que cambia de opinión como lo hace de camisa y, a veces, incluso más rápido... y, casi siempre, para volver a estrellarse contra la realidad en menos de cuatro días. Al menos, así ha sido mi caso, que fui y voy por la vida dando tumbos, por más que las limitaciones que, con la edad, impone la biología, haya hecho que el tempo de los tumbos haya pasado de allegro presto a grave largo.
Precisamente, ha sido la toma de conciencia de la inevitabilidad de los tumbos la que me ha hecho apartarme de casi todo lo que no me concierne directamente. Y, por otra parte, por lo que fuere, también fui precisando de cada vez más elaborados argumentos para poder cambiar de opinión. Por así decirlo, fui haciéndome cada vez más impenetrable a las técnicas de seducción de la publicidad que, no nos engañemos, es la que está detrás de la inmensa mayoría de los cambios de opinión que experimentamos a lo largo de la vida.
Cuando era muy joven, había en España una revista llamada La Codorniz que tenía una sección titulada: «Donde no hay publicidad, resplandece la verdad». Porque el asunto es ese, que la inmensa mayoría sospecha de la publicidad, pero ¿es capaz de discernir la inmensa mayoría lo que de publicidad hay en lo que se vende como información? Yo, ateniéndome a mi propia experiencia, juraría que no. Todos los batacazos de mi vida trajeron causa del haberme metido doblada, so capa de información, una publicidad engañosa. Y así fue que, batacazo tras batacazo, fui adquiriendo estas conchas de galápago que me hacen repeler todo tipo de información que no esté relacionada con mis necesidades más perentorias... y así todo, soy consciente de que sigo siendo engañado... pero, bueno, no tanto como para que vaya a votar, o a vacunarme, o a visitar el último museo que inauguraron en la ciudad, por decir algunas cosas que hacía cuando todavía no me había apuntado el bozo... por más que ya peinase canas.
Pensaba en estas cosas, porque esta mañana vi en YouTube, al lado de un vídeo de Stephanie Jones «Sergio Assad Composed Me A Piece», el título de otro que decía: «Marine Le Pen arrasa». ¿Por qué esta señora, que era el demonio hace cuatro días, es hoy la tabla de salvación a la que quieren agarrarse la mayoría de los franceses? ¿De dónde sale ese radical cambio de opinión? ¿Cuánto tiene de reflexión y cuánto de sumisión a la sibilina propaganda del poder?
¡Por Dios Bendito, con lo bien explicadas que dejó todas estas cosas Lao-Tse ya va para veintiséis siglos!