jueves, 17 de septiembre de 2026

Lao-Tse

«Yo, cuando adquiero nuevos conocimientos cambio de ideas. ¿Y usted qué hace?»

He conocido a gente aficionada a decir, como si fuera una marca de prestigio: «Yo soy de los que siempre ha dicho...». Pues bien, siempre que he escuchado eso me han entrado ganas de interrumpir y decir: qué pasa, que está usted muerto. Porque eso es el inmovilismo en las ideas, estar, como quien dice, muerto. 

Afortunadamente, no es el caso de la mayoría de la gente que cambia de opinión como lo hace de camisa y, a veces, incluso más rápido... y, casi siempre, para volver a estrellarse contra la realidad en menos de cuatro días. Al menos, así ha sido mi caso, que fui y voy por la vida dando tumbos, por más que las limitaciones que, con la edad, impone la biología, haya hecho que el tempo de los tumbos haya pasado de allegro presto a grave largo.  

Precisamente, ha sido la toma de conciencia de la inevitabilidad de los tumbos la que me ha hecho apartarme de casi todo lo que no me concierne directamente. Y, por otra parte, por lo que fuere, también fui precisando de cada vez más elaborados argumentos para poder cambiar de opinión. Por así decirlo, fui haciéndome cada vez más impenetrable a las técnicas de seducción de la publicidad que, no nos engañemos, es la que está detrás de la inmensa mayoría de los cambios de opinión que experimentamos a lo largo de la vida. 

Cuando era muy joven, había en España una revista llamada La Codorniz que tenía una sección titulada: «Donde no hay publicidad, resplandece la verdad». Porque el asunto es ese, que la inmensa mayoría sospecha de la publicidad, pero ¿es capaz de discernir la inmensa mayoría lo que de publicidad hay en lo que se vende como información? Yo, ateniéndome a mi propia experiencia, juraría que no. Todos los batacazos de mi vida trajeron causa del haberme metido doblada, so capa de información, una publicidad engañosa. Y así fue que, batacazo tras batacazo, fui adquiriendo estas conchas de galápago que me hacen repeler todo tipo de información que no esté relacionada con mis necesidades más perentorias... y así todo, soy consciente de que sigo siendo engañado... pero, bueno, no tanto como para que vaya a votar, o a vacunarme, o a visitar el último museo que inauguraron en la ciudad, por decir algunas cosas que hacía cuando todavía no me había apuntado el bozo... por más que ya peinase canas.  

Pensaba en estas cosas, porque esta mañana vi en YouTube, al lado de un vídeo de Stephanie Jones «Sergio Assad Composed Me A Piece», el título de otro que decía: «Marine Le Pen arrasa». ¿Por qué esta señora, que era el demonio hace cuatro días, es hoy la tabla de salvación a la que quieren agarrarse la mayoría de los franceses? ¿De dónde sale ese radical cambio de opinión? ¿Cuánto tiene de reflexión y cuánto de sumisión a la sibilina propaganda del poder? 

¡Por Dios Bendito, con lo bien explicadas que dejó todas estas cosas Lao-Tse ya va para veintiséis siglos! 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La de Troya

 


«!Ah insensata! Tú siempre sospechas y nada te oculto. Nada, empero, podrás conseguir, de no ser solamente alejarte de mi corazón que ha de serte más duro. Si lo que tú sospechas es cierto, será que me es grato. Pero siéntate ya y mis palabras acata, no sea que no te valgan los dioses que tiene el Olimpo si me acerco y encima te pongo mis manos invictas.»

Son los típicos conflictos de pareja a causa de los celos. Tetis ha ido a ver a Zeus y se ha abrazado a sus rodillas para suplicarle que ayude a su hijo Aquiles en su conflicto con Agamenón. Hera lo ha visto desde lejos y lo ha interpretado como siempre interpretan las esposas, es decir por el lado de la inseguridad, o sea, siempre con el sentimiento de pérdida. Y es que Zeus y Hera, no por muy divinos que sean, dejan de ser humanos tan pronto como las cosas del fornicio asoman por el horizonte. Los celos tienen eso, que son capaces de hacer bajar del cielo a la tierra no solo a los dioses, sino también a lo más parecido que hay en la tierra a ellos, aunque este caso en vez de en el cielo estén en las nubes: me refiero, por supuesto, a los enamorados. 

En la cuestión de los celos hay que saber diferenciar, porque en absoluto es lo mismo cuando están fundamentados que cuando surgen de una mentalidad paranoica, es decir, que ve peligros por todas las partes. En este segundo caso, lo normal, lo que apetece de verdad, es lo de Zeus, o sea, acercarse y poner las manos invictas encima de la segunda parte de la parte contratante. 

Ahora que se habla tanto del retroceso intelectual que estaría sufriendo la especie humana a causa del uso inmoderado de los cachivaches electrónicos —eso se argumenta, al menos, para justificar los desastrosos resultados del informe PISA—, convendría tener en cuenta el retroceso producido en occidente por la sustitución del politeísmo pagano por el monoteísmo cristiano... y eso que los cristianos de base pusieron buen cuidado en aguar todo lo que pudieron ese monoteísmo, porque, de lo no haberlo hecho, estaríamos ahora como los moros, o sea, medio colgados todavía de las ramas de los árboles.  

Los dioses del paganismo son una pedagogía de usos y costumbres a escala humana. O, por así decirlo, un antídoto contra el fanatismo. La moral, como toda invención humana, no es inamovible. Cambia con las circunstancias de cada cual. Lo comprobamos en las distintas posiciones que adoptan los diferentes dioses, y por ello igual de justas las unas como las otras, a propósito del conflicto entre aqueos y teucros, la guerra de Troya para que nos entendamos. Zeus, el padre, se pone de perfil y se entretiene observando. Sus hijos y esposa, sin embargo, toman partido. Unos consideran que Helena se ha ido con Paris de motu propio y otros que ha sido por la fuerza. Cada cual está muy en su derecho de arrimar el ascua a su sardina. Al final, Zeus padre decide que aquello ya ha durado demasiado y tiene que acabar.  Y muy a su pesar da la victoria a los que argumentaban que Helena se había ido forzada, y no por nada, sino porque se da cuenta de que es mejor para los humanos una cierta responsabilidad con los compromisos adquiridos. En fin, interprételo cada uno como quiera; yo lo he interpretado así y otros lo harán de otra manera que será tan válida como la mía. Esa es la riqueza de la religión pagana que deja a la libre interpretación las cuestiones que, por así decirlo, no tienen enmienda, o sea, casi todas. Así el ser humano, en vez de recurrir a fórmulas, se ve precisado a usar en todo momento su intelecto y, con ello, lo desarrolla y, cuando llegan las valoraciones PISA, lo peta. 

Seguiremos con el asunto. 

martes, 15 de septiembre de 2026

Los Juanes

Juan Medina Molina comparte con Juan J. Pascual, no solo el nombre, también el andar por los mediados de la vida, una calvicie sin remisión, un cuerpo esbelto y, sobre todo, una pasión por la pedagogía de las matemáticas. Les diferencia el tener Medina, con sus jerséis gris marengo de cuello redondo y su comedimiento en el trato, una pinta de salido de un seminario jesuita, o cosa por el estilo, que tira para atrás; sin embargo, el Pascual, con sus camisas entalladas, pajaritas y demás, tiene algo de pillo libertario que te engancha a la primera. Porque el caso es ese, que uno, como cualquier hijo de vecino, viene con sus prejuicios de fábrica y, por ello, paga las consecuencias; en este caso, el haberme estado privando de los videos del Juan Medina, al que, una vez cogido el punto, te olvidas del jersey gris marengo y te quedas fascinado con sus caminos heterodoxos en la búsqueda de soluciones.

Yo, suele decir el profesor Medina, fórmulas, las menos posibles. Es toda una filosofía de vida que vendría a entroncar por vía directa con lo que nos enseñó Nietzsche. Una vida que podríamos llamar cumplida, es, en esencia, una en la que las fórmulas empleadas son de creación propia. ¡Yo me lo guiso y yo me lo como! Los caminos por los que transitas, te los trillas tú. De lo contrario, como diría el vaquero Conagher, más vale que no sigas adelante.  

Así que, las matemáticas como metáfora de la vida. Es el tiempo del superhombre, obligado a crear su propio sentido. Porque un problema matemático se puede resolver de mil maneras diferentes, por más que la inmensa mayoría lo resuelva por el mismo camino trillado de las fórmulas memorizadas. 

En resumidas cuentas, in my opinion, mientras haya Juanes como estos podemos estar tranquilos respecto del futuro de la humanidad. Porque ellos son la levadura que hace que la masa tenga sabor y consistencia esponjosa, o sea, que sea comestible. Algún día, cuando ya haya perspectiva de lo que ha supuesto el internet para la humanidad, pienso que se reconocerá el papel esencial de estos Juanes. Porque, al fin y al cabo, lo que ellos enseñan, o pretenden enseñar, matemáticas mediante, no es otra cosa que el hacer uso correcto del componente divino del que estamos dotados los humanos: la capacidad de pensar.  

lunes, 14 de septiembre de 2026

Los argonautas





Recuerdo que cuando estudiaba en Valladolid estaban muy de moda los bailes que los fines de semana tenían lugar en los sótanos del Hostal. Pues bien, había un chico, muy atildado siempre y con un pie un poco equino, que presumía de colarse en aquel baile enseñando el carné de la facultad a la vez que decía muy serio: ¡argonauta!. Seguro que la anécdota era una mentira, pero, en cualquier caso, aquello sirvió para que más de uno nos interesásemos por lo que quería decir la palabra argonauta. O sea que, cuando muchos años después me interesé por lo de Medea, Jasón y demás tragedias, la cosa no me venía del todo de nuevas. 

La expedición de los argonautas, en buena lógica, tiene que ser anterior a la guerra de Troya. Unos aventureros en busca de nuevas tierras y mercados se adentran en el Ponto Euxino, lo que hoy conocemos como Mar Negro, y, para ello, tienen que pasar por un estrecho cuyos bordes casi se pueden tocar con las manos desde la nave. Así es que consiguen pasar, seguramente con sobresaltos, y llegar hasta el fondo de ese mar donde encuentran riquezas sin cuento; regresan a casa y, de inmediato piensan que, para poder saquear sin problemas aquellas riquezas, lo primero que tienen que hacer es dominar el estrecho, porque, de lo contrario, todo el esfuerzo será inútil. De ahí, de esa necesidad, surge la Ilíada, una idealización de la conquista de ese estrecho. 

Si bien lo consideramos, la Historia empezó a ser manipulación cuando dejó de ser literatura pura. Digamos, para ponerle fecha, que esa transición se manifiesta muy claramente en lo que va de Heródoto a Tucídides. Heródoto es, todavía, fundamentalmente literatura, mientras que Tucídides tiene ya pretensiones de ciencia. Por eso Heródoto te lo puedes leer diez veces y no te cansas y, Tucídides, a duras penas llegas al final de la primera. 

La historia como ciencia es aburrida porque los mecanismos íntimos de su desarrollo son muy simples; se puede resumir en el humano afán de dominio sobre los otros en busca de perpetuación... la más tonta de todas las ilusiones. La herramienta para ese dominio, siempre es la misma, el conocimiento: los indoeuropeos se expandieron a toda mecha porque, al parecer, fueron los primeros que dieron con la forma de domesticar a las bestias y de utilizar la rueda para facilitar el desplazamiento; los españoles se merendaron las indias en dos días por la misma razón. Cuando el conocimiento es equilibrado, los intentos de dominio siempre quedan en tablas, por más que los conflictos sirvan para adaptar la demografía a las posibilidades reales del territorio. En fin, ya digo, cuatro constantes de las que es imposible salirse.  

Sin embargo, la historia como literatura se centra en los detalles. Detalles curiosos. Heródoto te cuenta un millón de ellos que tienen la virtualidad de transportarte en el tiempo y lugar y colocarte en mitad del banquete que Cambises dio en honor de su primer ministro en el cual se comieron al hijo de ese primer ministro... es una larga historia que te da una idea de cómo nos hemos ido refinando con el tiempo, pero solo eso, refinando, sin que, el intríngulis del asunto, imponerse por el terror, haya cambiado un ápice. En realidad, toda la literatura, incluso la que es para chachas, es más historia que la que pretende ser solo historia. Como conocer la historia española de entre siglos sin leer a Baroja... por poner un ejemplo. ¿Qué fue aquella guerra civil sino la consecuencia inevitable de lo que está relatado en esas novelas? Ya lo decía el mismo Baroja: en la Biblia está todo explicado. Todo, es decir, los cuatro mecanismos íntimos que mueven los hilos de la Historia universal. 

En fin, sea como sea que cada uno ve las cosas en función de su particular idiosincrasia, lo que es difícil rebatir es que el relato de los detalles, o sea, la literatura, a poca imaginación que le eches, es lo que más te acerca a la realidad de lo que han sido y son las cosas. Amén. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La cólera aciaga

Ayer por la mañana estuvimos dándole vueltas a la Ilíada y, cuando ya cansados, dejamos el tema, pensé en todo lo que nos habíamos dejado en el tintero. Y es que si hay un texto al que le venga como de molde esa expresión tan manida de «todo lo humano y divino» ese es el de la Ilíada. Ahí los dioses y los hombres se entremezclan sin que sea posible saber en donde acaban los unos y empiezan los otros. Paris, el desencadenante de todo el proceso, ¿es humano o divino? Porque, si es humano, por qué está sentado a la mesa cuando Zeus arroja las manzanas de oro y dice «para la más bella» y le pide que decida él. Como es lógico de toda lógica elige a Venus: ahí sí que no hay vuelta de hoja y, el que diga lo contrario, es como la zorra de las uvas. Venus que es Helena. Y también Briseida. La una empieza la fiesta y la otra la continua. ¿O es que, si Briseida no hubiera estado tan buena, Agamenón se hubiese arriesgado a las consecuencias de la cólera de Aquiles? Lo mismo que Aquiles tampoco se hubiese encabronado tanto porque se la hubieran birlado. Esa es la cuestión que, cuando eres un don nadie, te tienes que conformar con una Atenea o una Hera, que no es que estén mal, ni mucho menos, pero no es lo mismo: con una Venus al lado hasta el más pringado se siente un rey, que es de lo que se trata.   

Así es que, dando vueltas al asunto de mí bajón, que les mentaba ayer, de pronto caí en la cuenta: ya sé lo que tengo que hacer para remontar el vuelo, releer la Ilíada. Y me puse a ello y como si fuese el primer día de la creación cuando la luz todavía no ha sido usada. 

¡Canta diosa la cólera aciaga de Aquiles Pelida!

¿Era cólera o era amor propio? Los seres humanos tenemos derecho a defendernos de las arbitrariedades del poder. No hacerlo es lo mismo que estar muerto. Porque, ni ningún poder es absoluto, ni nadie, por muy mindundi que sea, deja de tener los suyos. Al final lo que cuenta es saber hacer uso de ese componente divino del que todos los humanos disponemos. Si tu tienes la fuerza, yo tengo la astucia; su tu tienes dinero, yo, más conocimientos que tú. Al final, la voluntad de poder todo lo equilibra. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Ondas sinusoidales


Cuando los cielos decidieron crear un ser con conciencia de sí mismo lo que en realidad hicieron fue inventar la insatisfacción permanente. La cuestión es elemental: si tienes conciencia de ti mismo no puedes evitar estar viendo constantemente la espada que pende sobre tu cabeza. Así que todo lo que hacemos no tiene otra finalidad que poner un velo que nos difumine esa visión torturante. Claro, por supuesto que hay velos y velos; más tupidos y menos tupidos. Y, también, muy probablemente, una relación inversamente proporcional entre tupidez y duración. Por todo ello se hace muy complicado conseguir un equilibrio que nos haga llevadero el tránsito por este mundo.

Estaba pensando en estas charlatanerías porque llevo unos días en los que el velo se ha hecho tan tenue que apenas difumina nada. Supongo que es una cuestión de agotamiento neuronal; no consigo concentrarme en nada. He intentado empezar unas cuantas partituras, pero no he podido continuar; quizá, me digo para consolarme, necesito más tiempo para digerir las últimas que aprendí. Con la lectura me pasa igual; terminé las Novelas Ejemplares y siento como una especie de vacío existencial por el que revolotean sin cesar los personajes de esas novelas. Con los acertijos matemáticos, más de lo mismo. A veces, trato de escapar exprimiendo a tope la voluntad para poder agarrar la bicicleta e irme por ahí a dar una vuelta, pero al poco rato de pedaleo ya me quiero volver. Y así todo, sin poder hacer nada por tupir el velo para que me hurte siquiera mínimamente la imagen angustiante de la espada.

En resumidas cuentas, uno más de la larga serie de bajones que han jalonado mi ya muy larga vida. Siempre ha sido igual, bajar y subir, como todo en la naturaleza: somos ondas sinusoidales que van perdiendo amplitud, frecuencia y fase, hasta que dejamos de ser perceptibles. Y esa es la pregunta que me hago, ¿en qué fase estoy? ¿Voy a seguir desplazándome? Supongo que sí, porque estás mismas preguntas me las hice desde los primeros bajones, allá, en la remota juventud. 

En cualquier caso, ahí está la perpetua insatisfacción que solo se apaga con el sueño. Como en el mito prometeico, el sueño nos renueva las energías que nos permiten tupir el velo, pero solo por un rato, el que tarda el águila en venir a destupirlo. En fin, ya lo dijo el primer filósofo sobre la tierra: chaval, aprende a mirar de frente la espada que pende sobre ti o andarás de culo toda la vida.  

viernes, 11 de septiembre de 2026

El Cálculo lo cambia todo


Veo en YouTube el título de un video: ¿Por qué el CÁLCULO lo CAMBIA TODO? No me puedo resistir y me tiro de cabeza. De chaval, en colegio, por supuesto que aprendí a diferenciar e integrar, pero de una forma mecánica que, no más que eso, era lo que necesitaba para aprobar la asignatura. Tuve compañeros que, seguramente, llegaron mucho más allá, es decir, entendieron el concepto, porque, si no, no hubieran podido estudiar ingeniería.  Supongo que por esa carencia, la de no entender el concepto, fue que acabé estudiando medicina, profesión muy apropiada para los charlatanes. 

Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de que ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasías. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo. 

Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viceversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de coordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese instante que a mí me interesa. 

Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas. 

Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho, la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos incapaces de encontrársela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramienta de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones. 

En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el que viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuándo dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a explicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Mr. Thornton




A los pocos días de licenciarme en medicina aterricé en Heathrow; fue mi primer viaje en avión y, también, mi primera salida al extranjero. El motivo de aquella experiencia no fue otro que el estar a la moda del momento que no era otra que el haber caído en la cuenta de que, sin el conocimiento del inglés, eras más o menos lo mismo que los que, hasta el siglo XVIII, no conocían el latín, o sea, siervos de la gleba. Pretender ser médico sin tener acceso a la información en inglés era una quimera. Corrían los años sesenta y España había dado un salto de gigante en casi todo menos en las cuestiones científicas, por lo menos en lo que a la medicina hacía, que se había quedado estancada en los años treinta. Así que, aquel viaje en avión y los meses que pasé en Londres intentando aprender inglés fueron decisivos en mi desasnamiento en general... y eso que los tres últimos años de la carrera los había cursado en Madrid que, de haber continuado estudiando en Valladolid, no sé si hubiera podido resistir el impacto. Durante el franquismo se había producido una apertura en lo superficial —lo justo para no interferir con la industria turística—, pero, cuando rascabas un poco comprobabas que estábamos a años luz de países como Inglaterra. 

El caso es que, sin yo saberlo, estaba mucho más impregnado de cultura inglesa de lo que hubiese podido suponer. Vivía alojado en un hotelito en Wimbledon y, cuando paseaba por los alrededores, a veces en compañía de Mr. Thorton, uno de los huéspedes del hotel que me había cogido querencia, tenía la sensación de formar parte de una de aquellas ilustraciones que había en los libros de Guillermo que fueron el alimento espiritual de mi niñez. Sin duda, gracias a las novelas de Richmal Crompton y de Defoe y de Stevenson y de otros cuantos autores británicos más, llevaba a Inglaterra bastante cosida a mi alma; algo que, por cierto, estoy seguro no me pasaba con las novelas francesas que, por lo general se me caían de las manos... los condes, los mosqueteros y toda esa morralla. 

De resultas de aquello, adquirí unos conocimientos de la lengua inglesa que me fueron de una utilidad incalculable, sobre todo en el plano profesional. El poder leer de corrido en inglés los libros de la especialidad, me daba una ventaja considerable sobre la mayoría de mis colegas porque, por aquel entonces, lo que había en español y nada, todo era uno. Hoy día, claro, lo de leer, y hablar, en inglés está a la orden del día y es bastante inconcebible un médico que tenga esa carencia, porque, por mucho que hayamos avanzado, en cuestiones científicas, y seguramente de otras cosas, todavía tenemos recorrido por delante para podernos equiparar. Así que, huelgan esos chauvinismos que se escuchan por aquí y por allá en el fallido intento de apuntalar identidades quebradizas... lo son todas, pero unas más que otras según tiempo y lugar. 

Sea como sea, de las cosas de mi vida a las que pongo pocos perinquinosos peros, está, sin duda, a la cabeza, el hecho de que mis cuatro nietos sean británicos. Mis hijas se fueron para allá con poco más de veinte y allí procrearon. De hecho, nada raro, ya que sus primeros pasos los dieron por el Hyde Park con motivo de haber estado su madre yo unos meses escampando la boira en Londres, cuando ellas justo cumplían un año. Así que ayer, cuando leía, o escuchaba, que, según esas evaluaciones que hacen a los niños de todo el mundo para poder comparar entre los diversos países, los niños ingleses adelantan en dos años a los españoles, pues, eso, que me dieron motivos para alegrarme... por más que uno tome estas cosas con las debidas reticencias. 

En fin, Mr. Thornton me solía proponer, después de la cenar, ir a Hamptom Court. Durante la cena se había llenado los bolsillos de rebanadas de pan para echárselas después a los patos del estanque que había frente al palacio. Mr.Thornton había vivido durante años en los cinco continentes para, al final, tener ese tipo de aficiones... muy británico él. 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bicarbonato y orden espontáneo

Ya les conté mil veces que para mí las redes sociales se limitan, casi, a, por un lado, los problemas de matemáticas y, por otro, la música. Los problemas de matemáticas son para mí lo que los acertijos eran para mi madre. Ella abría siempre el periódico por la página de los pasatiempos y se tiraba un buen rato resolviendo acertijos y crucigramas. Las noticias y todo lo demás, parecían importarle un bledo; ya tuvo su lote cuando la guerra —un padre y un marido muerto— y no quería más. Lo de la música, diría, ha sido el gran empeño de mi vida. Al margen de lo más o menos dotado que esté para ese negocio, el hecho de haber empezado el aprendizaje a edad muy tardía, casi a los cuarenta, ha hecho que mis progresos hayan sido siempre desesperantes; pero nunca cejé porque nunca encontré opción sustitutoria para taponar el agujero existencial consustancial a la progresiva toma de conciencia de la inanidad de la vida. Y así es que contemplando el mundo desde esas dos ventanas no puedo sino maravillarme del grado de esplendor logrado. Ahí no hay trampa ni cartón. Una integral resuelta es una integral resuelta. Una pieza musical interpretada, es una pieza musical interpretada. Ahí no hay conjeturas que valgan como en todos esos millones y millones de vídeos en los que el personal pretende interpretar la realidad, siempre, eso sí, arrimando el ascua a su sardina. 

Donde no hay conjeturas hay muchas horas de empeño; donde las hay, las horas son de portería o, lo que vendría a ser parecido, de baile de vampiros. Por eso hay que andarse con mucho cuidado, porque todos sabemos la habilidad que tienen los vampiros para seducir con sus sebosas conjeturas —que se lo pregunten, si no, a Bram Stoker—. Así que la cosa está bastante clara, uno sobrevuela la inmensidad y se posa en la rama que da pábulo a sus sueños... el de interpretar piezas musicales y resolver sofisticadas ecuaciones. Y al sobrevolar es inevitable atisbar de pasada pecios a la deriva que llaman la atención: la supermegaferolítica extrema derecha gana las elecciones en Alemania; la enseñanza pública en España está a niveles de cotolengo —siempre lo dije, que, pública, ni siquiera las mujeres—. En fin, dos chuminadas con las que se trata de ocultar, por un lado, que los alemanes pagan casi todas sus compras en metálico, cosa que jode sobremanera a las autoridades en curso, porque, así, se les desmonta el chollo del control absoluto que ya creían al alcance de la mano; por el otro, que lo de los informes evaluativos de cualquier índole solo sirven para que miles y miles de funcionarios vivan de la gente que produce. 

A mi juicio, sin necesidad de ver videos al respecto, lo que está pasando es que Alemania está despertando del sueño en el que la sumió, ya va para siglo y pico, un tal Bismark con sus delirios estatalistas. Y en lo que hace al nivel cotolénguico de la enseñanza pública, pues no creo que haya de qué preocuparse, porque el aprendizaje, pese a quien pese, siempre ha estado sometido a las necesidades del mercado.  Hoy día hacen falta matemáticos para que programen y acríticos para que sirvan tapas en los bares y cobren y repongan en los supermercados... y eso es lo que hay porque el mundo se pasa por el culo todas las ingenierías sociales y segrega espontáneamente lo que necesita para seguir sobre la brecha. 

Lo repito una vez más, aparte de en el bicarbonato, en lo único que creo algo es en el orden espontáneo. Todo lo demás, so capa de racionalismo, puro baile de vampiros.   

martes, 8 de septiembre de 2026

El primer día de la creación

Las Novelas Ejemplares de Cervantes, según como se miren, vendrían a ser tratados de sociología en carne viva, es decir, sin piedad. Con astucia de Ulises, va sorteando los peligros de la censura, para llevar a puerto el objetivo que se propone que no es otro que ridiculizar ciertos valores hegemónicos y exaltar otros no por más necesarios menos carentes. En cualquier caso, mi impresión al respecto es que, el paso de los siglos, de poco, si es que de algo, ha servido para modificar ese disbalance que vendría a ser algo así como la lepra de la patria. 

En una apretada síntesis, el asunto consistiría en la incapacidad, diríamos que genética, de la sociedad española para distinguir entre la aristocracia de la sangre y la del espíritu. Eso que los franceses llaman «péter plus haut que son cul» —tirar el pedo más alto que su culo—, siempre ha sido aquí deporte nacional por excelencia. A Cervantes se le nota de lejos que le saca de quicio el señoritismo; niños mal educados que entretienen su ocio permanente haciendo la mayor cantidad de mal posible. Un ejemplo de esto sería «El celoso extremeño». Se trata de un tipo, de linaje noble, que en su juventud se dedica a fundir en juergas sucesivas el patrimonio heredado; arruinado ya, se va a las indias y hace fortuna. De regreso, ya viejo, se casa con una jovencita y la mete en una jaula de oro para que nadie se la robe. Una quimera, porque cuando hay alrededor señoritos, como él fue en su juventud, no hay jaula que valga. El poder del mal es infinito. Algunos han querido ver en esta novela una metáfora de la España de Felipe II —el celoso extremeño también se llama Felipe—; de nada le valió a este rey, que no fuese para apuntalar la decadencia, tratar de cerrar España a cal y canto en lo que hacía al debate de nuevas ideas que estaba teniendo lugar en Europa; le estaba prohibido a la juventud española pisar las universidades extranjeras... y de aquellos polvos, los lodos del atraso que se produjo en los siglos siguientes.  

Por supuesto que esa incapacidad para distinguir aristocracias da de lleno en la cuestión del mérito. Esto que aquí, a día de hoy, sigue estando, en cierta medida, vivo: ser de buena familia, que le dicen, abre puertas porque sí: ¡buena familia! ¿Qué quiere decir eso? Es difícil concebir mayor aberración, pero así es. Y, en algo, como digo, tan aberrante como manifiesto, Cervantes no deja de echar su cuarto a espadas; en esta ocasión aprovecha «La española inglesa». Es precisamente la reina de Inglaterra, que por cierto habla español, la que se encarga de decir al señorito noble que no conseguirá lo que quiere, la española inglesa, hasta hacer méritos para merecerlo. ¿Por qué Cervantes ha tenido que situar la acción en Inglaterra para sacar a relucir la cuestión del mérito? O de la aristocracia del espíritu si mejor quieren. Para mí está claro, él quiere remarcar que en la diferente valoración del mérito está, en buena medida, la explicación del porqué de que Inglaterra sea un país emergente y, España, lo sea decadente. 

El caso es que, leer o, mejor, releer por enésima vez, estas Novelas Ejemplares, ha sido un verdadero hallazgo. Es lo que hace la diferencia entre el arte y la basura, que el arte por más que lo mires y remires, siempre es como si fuera el primer día de la creación...

lunes, 7 de septiembre de 2026

Lo que dura, dura.

«Con su pan se lo coma; no le arriendo la ganancia: día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fue Callejas...»

Rinconete le ha robado la bolsa al sacristán que le había contratado para que le llevase unos paquetes. El sacristán desesperado le pregunta si sabe algo, porque, además, se da el caso de que el dinero que iba en la bolsa era del tercio de una capellanía... o sea, seamos francos, dinero robado por la Iglesia so capa de ayudar a la gente a subir al cielo. 

La Iglesia fue durante siglos la mafia hegemónica. Como ahora la política; ella ayudaba a la gente a subir al cielo y esta mafia de ahora la ayuda a conseguir el paraíso en la tierra. En definitiva, curas en aquel entonces, y políticos ahora, parasitando a la gente del común. Gente que, cuando no es tonta, como es el caso de Rinconete, echa mano del cinismo y, con cara de palo, contesta al sacristán con las armas que la propia Iglesia le ha proporcionado: el miedo al juicio del día final. ¿Cómo voy a robar yo sabiendo que llegará el día que tendré que rendir cuentas ante Dios? Ahí, el sacristán, se queda sin argumentos so pena de confesar su embuste. ¡El juicio final! ¡Ya te digo! Como decía el otro, ¡cuán largo me lo fiais!

Es lo que tiene esto de las mafias que, más antes que tarde, la gente del común cae en la cuenta de que la mejor forma de convivir con ellas es el cinismo. O sea, combatiéndolas con sus propias armas. Por ejemplo, aquí, justo enfrente, vive una pareja por los cuarenta, debidamente tatuada, con su perro a la moda, que se pasan la vida tumbados en la cama; de vez en cuando entornan las contraventanas y corren las cortinas buscando discreción para sus expansiones amorosas... terminadas las cuales, desentornan las contraventanas, descorren las cortinas y, apoyados de codos en el alfeizar, se ponen a fumar un porro al alimón. Ellos, ¡benditos!, no hacen otra cosa que hacer honor al mito que les vende la actual mafia en el poder: el Estado del Bienestar. ¿No es eso lo que queréis? Pues nosotros lo compramos y aquí paz y después gloria. 

En los últimos tiempos de mi padre, a veces le acompañaba en su paseo matutino por Rosales. El hombre apenas hablaba si no era para expresar un desengaño. Yo tampoco sabía qué decir, pero recuerdo que un día pensé que a lo que me acababa de decir le venía como de molde el chiste de cuánto dura un polvo. «¿Sabes cuánto dura un polvo?», le dije. Me miró como extrañado. «Pues lo que dura, dura», remate. Lo pilló al instante y fue la última vez que le vi reírse con ganas. 

Pues bien, la lógica de las mafias es la del polvo: duran lo que dura, dura; después todo queda flácido y tal, pero que me quiten lo bailao. Y siempre estamos en eso: después de un polvo, otro; después de una mafia, otra. Y para mí que, esta que está en el machito ahora, ya se está quedando muy flácida... ni con Viagra se puede neutralizar la oleada de cinismo que al presente nos está señoreando. ¡A mí me das la paguita y como si te la machacas!

domingo, 6 de septiembre de 2026

El riesgo

Entre la literatura del Siglo de Oro español y las películas del oeste hay una serie de concomitancias con las que hoy me voy a entretener un rato. 

En una película del oeste, un par de pistolerillos con habilidades en el juego y la cuatrería van a una ciudad y no tardan en hacerse notar por el mafioso que la controla. Y, en menos de lo que se dice, ya están trabajando para él. Es, poco más o menos, el argumento de Rinconete y Cortadillo que ando releyendo por enésima vez en estos días del verano tardío.

En Rinconete y Cortadillo, Monipodio es el padrino del hampa de la ciudad, por supuesto, en estrecha connivencia con los agentes de ley. El hampa es la consecuencia inevitable de la injusticia de Dios. Cuanta más injusticia, más hampa; es una ley más de la naturaleza. Y eso las autoridades de todos los tiempos lo han sabido perfectamente y, por eso, y porque reconocen su ineptitud para paliar la injustica, es por lo que siempre entran en una solapada connivencia con los padrinos de las mafias. Es la única forma que conocen de mantener la delincuencia dentro de unos límites soportables. En realidad, si nos paramos un poco a pensar en este mecanismo de connivencia entre poder político y mafia, caeremos en la cuenta de que nunca se ha salido ni se podrá salir de él. Lo único que cambia a lo largo de los tiempos es la forma de hacerse manifiesta esa connivencia. A veces es más escandalosa y a veces es más hipócrita —la hipocresía es el homenaje que el vicio hace a la virtud, dijo Nosequién—.

Lo del hampa es una cuestión de adrenalina; siempre arriesgando, cuando no la vida, la hacienda, el caso es que las suprarrenales no dejen de trabajar a toda máquina. La vida y la hacienda; armas para defenderla y juego para acrecentarla o perderla. Digamos que son las circunstancias, generalmente adversas, las que empujan a escoger esa vida. Claro que, cuando hablamos de las circunstancias adversas, conviene no olvidarse de la mala educación; no todo va a ser injusticia social como gustan pregonar los resentidos.    

Por eso es que, en la literatura del siglo de oro, como en las películas del oeste, las armas y el juego sean omnipresentes. Es tanta su importancia que sin las unas y el otro el argumento se limita tanto que da la impresión de estar aguado; sobre todo por el empobrecimiento del lenguaje que su ausencia provoca... al fin y al cabo, no hay nada como el riesgo para generar metáforas. De hecho, Rinconete y Cortadillo, a trechos, da la impresión de ser un encadenamiento de metáforas, sobre todo cuando el juego se apodera del relato. Por eso es que, en la edición que tengo, ocupe más espacio las notas a pie de página que el propio texto; no por nada, sino porque las metáforas tienen que ser muy buenas para perdurar. 

En resumidas cuentas, la vida sin riesgos que estamos obligados a llevar ahora es una porquería y, porque no queremos eso, supongo que será que nos pasemos la vida arriesgando por delegación a través de la literatura y el cine. Bueno, algunos siguen recurriendo al juego para dar rienda suelta a sus pulsiones suicidas. De hecho, algunos bastantes si nos atenemos a la cantidad de lujosos locales para tales menesteres de los que está trufado el barrio; en un radio de menos de quinientos metros alrededor de casa hay más de una docena. Bueno, no sé, muy complicado todo esto del riesgo. 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Gastar codos

 «Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.» 

En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro. 

«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»

Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode. 

Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?

Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Y vuelta a empezar

Como le digo a mi amigo Manolo en contestación a un vídeo sobre la movida en curso que me mandó anoche: «Todo esto me huele a desesperación de perdedores. No tiene ni pies ni cabeza.» Esa es la real situación, que el marxismo cultural, que dio de comer exquisitamente a todos los vagos del mundo durante décadas, se está cayendo a pedazos. Porque, no se engañen al respecto, el marxismo es, sobre todo y por encima de todo, la ideología de los vagos. Y, si no, ¿díganme ustedes que otra cosa es el lema central de esa ideología?: «Cada uno según sus posibilidades y cada cual según sus necesidades». ¡La cuadratura del círculo! Antaño, las mamás con hijos rezagados solían decir a modo de consuelo: es muy inteligente, pero lo que pasa es que es muy vago. Justamente, fueron esos rezagados los que se subieron con entusiasmo al carro del marxismo. Y no, no eran inteligentes, porque inteligente y vago es una combinación que repugna a la naturaleza. Los vagos, por definición, son gente infradotada y, eso, por más que el cinismo haga chistes tratando de desmontar esa realidad incuestionable.

Desesperación de perdedores, eso es todo. No hay nada más que ver los gustos musicales de la juventud ilustrada. Sí, porque la música es, como pocas cosas lo son, un indicador fiable de por dónde van los tiros del momento. Y ¡qué le vamos a hacer!, si a la juventud actual parecen gustarle los vídeos de Allison Young interpretando a Marilyn Monroe, o a Patsy Cline, o, no digo ya, haciendo pareja con Josh Turner para interpretar Autumn in New York, Cry me a river, o cualquiera de aquellas maravillosas canciones de los cuarenta/cincuenta del siglo pasado. Si, señoras y señores, la revolución en curso es la de los valores tradicionales. Valores que se podría resumir en que la mujer, lo primero, ser objeto del deseo primordial del hombre y, el hombre, lo primero, tenerlos bien puestos para conseguir lo que quiere. 

Pues sí, eso es lo que creo que está pasando en el mundo, que a los vagos se les está cayendo el chiringuito. Y claro, están que trinan, porque ahora va a resultar que las necesidades de cada cual se van a tener que ajustar a sus habilidades. Y las habilidades, es lo que tienen, que, por muy inteligente que diga tu mamá que eres, si no te matas a currar no las adquieres.  

En fin, sin pies ni cabeza todo esto que dicen que está pasando en España. De tanto oír música de cantautor hemos llegado a esto. ¡Por Dios Bendito! ¿Es que acaso no teníamos a Julio Iglesias e Isabel Pantoja para habernos ayudado a mantener nuestras esencias? Porque, como los hechos demuestran, es mal asunto renegar de las esencias... en cuatro días se te llena esto de moros, y vuelta a empezar. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

El amante liberal

Como me imagino que todos ustedes sabrán, Afrodita, más conocida por estos lares como Venus, es una diosa preolímpica. O sea, perteneciente al submundo de los instintos. Su aparición es bien curiosa: Gea, harta del maltrato que Urano da a los hijos que tienen —los encierra en el Tartaro tan pronto como nacen, no vaya a ser que le destronen—, se las apaña para convencer a uno de ellos, Cronos, que mate a su padre. Así es que le da una hoz hecha de diamantes y le dice que cuando Urano baje a aparearse con ella, aproveche y le corte los cojones de un tajo. Así hace Cronos y los cojones de Urano caen al mar, cerca de Chipre y, justo en donde caen, se forma una gran mancha de espuma de la que, como por ensalmo, surge Afrodita. 

Así es que, con semejante genealogía, nacida directamente, como quien dice, de los cojones del padre primigenio, nada tiene de extraño que cuando se mete por medio pase lo que pasa: no hay razón, ni humana ni divina que pueda con ella. Se diría que lleva a la humanidad del ronzal por donde le da la gana. No necesita más que aparecerse en la forma de una mujer de proporciones perfectas para que en dos días se arme, literalmente, la de Troya. Así, con el nombre de Leonisa, la describe Cervantes en su novela El Amante Liberal: «una doncella, digo, por quien decían todas las curiosas lenguas y afirmaban los más raros entendimientos que era la de más perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, que tiene la presente y espera tener la que está por venir; una por quien los poetas cantaban que tenía los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios rubíes, su garganta alabastro, y que sus partes con el todo, y el todo con sus partes, hacían una maravillosa y concertada armonía, esparciendo naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta, que jamás pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha.» 

Aunque, si bien lo consideramos, por más que la perfección de las formas ayude, cualquier ojo enamorado tiende a ver tal como esa descripción que hace Cervantes de Leonisa al objeto de su enamoramiento. Y es que, cuando Afrodita se mete por medio, ya digo, vas del ronzal... como van todos los personajes de El Amante Liberal, una tragicomedia desternillante. Está claro que el «tira más pelo de coño que soga de marinero o carreta de bueyes», según de qué lado se decante, lo mismo puede terminar en comedia que en tragedia. En una inteligente conjunción de esas dos posibilidades se fundamenta gran parte, quizá la mejor, de la creación literaria. 

A D. G., la realidad de la vida nos enseña que, en las cosas intermediadas por Afrodita, la comedia suele ganar por goleada a la tragedia; de lo contrario, presumo, tendríamos muy complicado lo de la supervivencia de la especie.