Como me imagino que todos ustedes sabrán, Afrodita, más conocida por estos lares como Venus, es una diosa preolímpica. O sea, perteneciente al submundo de los instintos. Su aparición es bien curiosa: Gea, harta del maltrato que Urano da a los hijos que tienen —los encierra en el Tartaro tan pronto como nacen, no vaya a ser que le destronen—, se las apaña para convencer a uno de ellos, Cronos, que mate a su padre. Así es que le da una hoz hecha de diamantes y le dice que cuando Urano baje a aparearse con ella, aproveche y le corte los cojones de un tajo. Así hace Cronos y los cojones de Urano caen al mar, cerca de Chipre y, justo en donde caen, se forma una gran mancha de espuma de la que, como por ensalmo, surge Afrodita.
Así es que, con semejante genealogía, nacida directamente, como quien dice, de los cojones del padre primigenio, nada tiene de extraño que cuando se mete por medio pase lo que pasa: no hay razón, ni humana ni divina que pueda con ella. Se diría que lleva a la humanidad del ronzal por donde le da la gana. No necesita más que aparecerse en la forma de una mujer de proporciones perfectas para que en dos días se arme, literalmente, la de Troya. Así, con el nombre de Leonisa, la describe Cervantes en su novela El Amante Liberal: «una doncella, digo, por quien decían todas las curiosas lenguas y afirmaban los más raros entendimientos que era la de más perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, que tiene la presente y espera tener la que está por venir; una por quien los poetas cantaban que tenía los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios rubíes, su garganta alabastro, y que sus partes con el todo, y el todo con sus partes, hacían una maravillosa y concertada armonía, esparciendo naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta, que jamás pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha.»
Aunque, si bien lo consideramos, por más que la perfección de las formas ayude, cualquier ojo enamorado tiende a ver tal como esa descripción que hace Cervantes de Leonisa al objeto de su enamoramiento. Y es que, cuando Afrodita se mete por medio, ya digo, vas del ronzal... como van todos los personajes de El Amante Liberal, una tragicomedia desternillante. Está claro que el «tira más pelo de coño que soga de marinero o carreta de bueyes», según de qué lado se decante, lo mismo puede terminar en comedia que en tragedia. En una inteligente conjunción de esas dos posibilidades se fundamenta gran parte, quizá la mejor, de la creación literaria.
A D. G., la realidad de la vida nos enseña que, en las cosas intermediadas por Afrodita, la comedia suele ganar por goleada a la tragedia; de lo contrario, presumo, tendríamos muy complicado lo de la supervivencia de la especie.
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