miércoles, 16 de septiembre de 2026

La de Troya

 


«!Ah insensata! Tú siempre sospechas y nada te oculto. Nada, empero, podrás conseguir, de no ser solamente alejarte de mi corazón que ha de serte más duro. Si lo que tú sospechas es cierto, será que me es grato. Pero siéntate ya y mis palabras acata, no sea que no te valgan los dioses que tiene el Olimpo si me acerco y encima te pongo mis manos invictas.»

Son los típicos conflictos de pareja a causa de los celos. Tetis ha ido a ver a Zeus y se ha abrazado a sus rodillas para suplicarle que ayude a su hijo Aquiles en su conflicto con Agamenón. Hera lo ha visto desde lejos y lo ha interpretado como siempre interpretan las esposas, es decir por el lado de la inseguridad, o sea, siempre con el sentimiento de pérdida. Y es que Zeus y Hera, no por muy divinos que sean, dejan de ser humanos tan pronto como las cosas del fornicio asoman por el horizonte. Los celos tienen eso, que son capaces de hacer bajar del cielo a la tierra no solo a los dioses, sino también a lo más parecido que hay en la tierra a ellos, aunque este caso en vez de en el cielo estén en las nubes: me refiero, por supuesto, a los enamorados. 

En la cuestión de los celos hay que saber diferenciar, porque en absoluto es lo mismo cuando están fundamentados que cuando surgen de una mentalidad paranoica, es decir, que ve peligros por todas las partes. En este segundo caso, lo normal, lo que apetece de verdad, es lo de Zeus, o sea, acercarse y poner las manos invictas encima de la segunda parte de la parte contratante. 

Ahora que se habla tanto del retroceso intelectual que estaría sufriendo la especie humana a causa del uso inmoderado de los cachivaches electrónicos —eso se argumenta, al menos, para justificar los desastrosos resultados del informe PISA—, convendría tener en cuenta el retroceso producido en occidente por la sustitución del politeísmo pagano por el monoteísmo cristiano... y eso que los cristianos de base pusieron buen cuidado en aguar todo lo que pudieron ese monoteísmo, porque, de lo no haberlo hecho, estaríamos ahora como los moros, o sea, medio colgados todavía de las ramas de los árboles.  

Los dioses del paganismo son una pedagogía de usos y costumbres a escala humana. O, por así decirlo, un antídoto contra el fanatismo. La moral, como toda invención humana, no es inamovible. Cambia con las circunstancias de cada cual. Lo comprobamos en las distintas posiciones que adoptan los diferentes dioses, y por ello igual de justas las unas como las otras, a propósito del conflicto entre aqueos y teucros, la guerra de Troya para que nos entendamos. Zeus, el padre, se pone de perfil y se entretiene observando. Sus hijos y esposa, sin embargo, toman partido. Unos consideran que Helena se ha ido con Paris de motu propio y otros que ha sido por la fuerza. Cada cual está muy en su derecho de arrimar el ascua a su sardina. Al final, Zeus padre decide que aquello ya ha durado demasiado y tiene que acabar.  Y muy a su pesar da la victoria a los que argumentaban que Helena se había ido forzada, y no por nada, sino porque se da cuenta de que es mejor para los humanos una cierta responsabilidad con los compromisos adquiridos. En fin, interprételo cada uno como quiera; yo lo he interpretado así y otros lo harán de otra manera que será tan válida como la mía. Esa es la riqueza de la religión pagana que deja a la libre interpretación las cuestiones que, por así decirlo, no tienen enmienda, o sea, casi todas. Así el ser humano, en vez de recurrir a fórmulas, se ve precisado a usar en todo momento su intelecto y, con ello, lo desarrolla y, cuando llegan las valoraciones PISA, lo peta. 

Seguiremos con el asunto. 

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