Entre la literatura del Siglo de Oro español y las películas del oeste hay una serie de concomitancias con las que hoy me voy a entretener un rato.
En una película del oeste, un par de pistolerillos con habilidades en el juego y la cuatrería van a una ciudad y no tardan en hacerse notar por el mafioso que la controla. Y, en menos de lo que se dice, ya están trabajando para él. Es, poco más o menos, el argumento de Rinconete y Cortadillo que ando releyendo por enésima vez en estos días del verano tardío.
En Rinconete y Cortadillo, Monipodio es el padrino del hampa de la ciudad, por supuesto, en estrecha connivencia con los agentes de ley. El hampa es la consecuencia inevitable de la injusticia de Dios. Cuanta más injusticia, más hampa; es una ley más de la naturaleza. Y eso las autoridades de todos los tiempos lo han sabido perfectamente y, por eso, y porque reconocen su ineptitud para paliar la injustica, es por lo que siempre entran en una solapada connivencia con los padrinos de las mafias. Es la única forma que conocen de mantener la delincuencia dentro de unos límites soportables. En realidad, si nos paramos un poco a pensar en este mecanismo de connivencia entre poder político y mafia, caeremos en la cuenta de que nunca se ha salido ni se podrá salir de él. Lo único que cambia a lo largo de los tiempos es la forma de hacerse manifiesta esa connivencia. A veces es más escandalosa y a veces es más hipócrita —la hipocresía es el homenaje que el vicio hace a la virtud, dijo Nosequién—.
Lo del hampa es una cuestión de adrenalina; siempre arriesgando, cuando no la vida, la hacienda, el caso es que las suprarrenales no dejen de trabajar a toda máquina. La vida y la hacienda; armas para defenderla y juego para acrecentarla o perderla. Digamos que son las circunstancias, generalmente adversas, las que empujan a escoger esa vida. Claro que, cuando hablamos de las circunstancias adversas, conviene no olvidarse de la mala educación; no todo va a ser injusticia social como gustan pregonar los resentidos.
Por eso es que, en la literatura del siglo de oro, como en las películas del oeste, las armas y el juego sean omnipresentes. Es tanta su importancia que sin las unas y el otro el argumento se limita tanto que da la impresión de estar aguado; sobre todo por el empobrecimiento del lenguaje que su ausencia provoca... al fin y al cabo, no hay nada como el riesgo para generar metáforas. De hecho, Rinconete y Cortadillo, a trechos, da la impresión de ser un encadenamiento de metáforas, sobre todo cuando el juego se apodera del relato. Por eso es que, en la edición que tengo, ocupe más espacio las notas a pie de página que el propio texto; no por nada, sino porque las metáforas tienen que ser muy buenas para perdurar.
En resumidas cuentas, la vida sin riesgos que estamos obligados a llevar ahora es una porquería y, porque no queremos eso, supongo que será que nos pasemos la vida arriesgando por delegación a través de la literatura y el cine. Bueno, algunos siguen recurriendo al juego para dar rienda suelta a sus pulsiones suicidas. De hecho, algunos bastantes si nos atenemos a la cantidad de lujosos locales para tales menesteres de los que está trufado el barrio; en un radio de menos de quinientos metros alrededor de casa hay más de una docena. Bueno, no sé, muy complicado todo esto del riesgo.
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