miércoles, 2 de septiembre de 2026

La gran paradoja

La gran paradoja de esta vida es que cuanto más nos esforzamos por liberarnos de las dificultades más nos autodestruimos. Esto es algo que de tan obvio como es pareciera que se ha hecho transparente al entendimiento, lo cual vendría a ser como si no existiese. Así es que vivimos empeñados en ignorar el que para mí sería el mito, si no fundador de nuestra civilización, sí el más esclarecedor a efectos de preservación de la especie. Me estoy refiriendo, por supuesto, al de la maldición prometeica. Sigamos ignorándole y en cuatro días las cucarachas reinarán sobre la tierra.  

Esa ceguera está muy bien explicitada en un chiste que, cuando era chaval, vi en una revista de las que los laboratorios médicos mandaban a mi padre. Creo recordar que se llamaba Noticias Lefa y que en la última página tenía una columna de viñetas que pretendían ser chistes. Pues bien, uno de ellos se me quedó grabado a fuego de por vida. Se veía a un profesor de piano enseñando a un niño sentado frente a uno de cola y, al lado, el padre del niño, en bata de andar por casa y diciendo al profesor: no le apriete usted demasiado porque de mayor podrá comprar todos los discos que quiera. 

Ahí, en ese chiste, a mi parecer, está encerrada toda la lógica del sistema. Te esfuerzas una vez para no tener que volver a esforzarte nunca más. Te devanas los sesos para inventar un cachivache que, supuestamente, va a ser un paso de gigante en el camino hacia el paraíso en la tierra. Inventas el tocadiscos y, ¿a qué bueno someterse a los tormentos del aprendizaje de la música? Si, total, ya vas a poder escuchar toda la música que quieras por el simple procedimiento de apretar un botón. Bueno, en otro chiste, Bartolo ganó un concurso de vagos al pretender que alguien inventase un cachivache que se encargase de apretar el botón en cuestión. Ya digo, es la lógica del sistema. 

Parecerá que estoy diciendo una boutade si afirmo que cada vez entiendo mejor a aquellos chalados que se dieron en llamar jemeres rojos y que pretendían instaurar una utopía de sesgo agrario en Camboya. En realidad, algo parecido al sueño de Hitler para Europa —granjas desde Finisterre a los Urales—. Tanto ellos como Hitler comprendieron que los enemigos del proyecto, a los que había que eliminar, eran precisamente la gente con obsesión por el conocimiento. Por eso los jemeres andaban a la caza de gente con gafas y, los nazis, de judíos. En definitiva, la gente a la que se supone con ansias de conocimiento. Y es que si hay algo demoníaco en este mundo, eso es el conocimiento. ¿Quién se conforma con el placer que proporciona resolver una complicada integral? No, el que sabe hacer eso quiere emplearlo para fabricar una bomba atómica. Es decir, el conocimiento es arma de dominación, que es lo mismo que decir de destrucción.

En resumidas cuentas, que nos lo deberíamos pensar dos veces antes de ponernos a robar fuego a los dioses, que eso es el conocimiento. Pensar para qué lo queremos; porque no sería lo mismo utilizarlo relacionarse con la divinidad que para convertirse en un ser demoníaco... aunque, bien pensado, lo más seguro es que lo uno vaya indisolublemente asociado a lo otro.  

En fin, como os iba diciendo, el que inventó la guitarra debía de ser tremendo. Eso decía cada dos por tres mí padre cuando ya no sabía qué decir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario