Escuchar a John Wiliams interpretando a la guitarra Asturias de Isaac Albeniz es, para mí, hipnotizante. Comprendo que habrá miles de millones a los que no les diga nada, pero da la casualidad de que yo me he tirado cientos, si no miles, de horas, intentando perfeccionar mi interpretación de esa pieza y sigo lejos de conseguir sentirme satisfecho y, lo que es más, comprendo, sobre todo después de escuchar a John Wiliams, que nunca lograré esa meta y, sin embargo, sé que seguiré intentándolo por aquello de que la vida sin algún tipo de camino de perfección es una mierda sin remisión.
Escuché decir a Andrés Segovia, en una entrevista que le hacían cuando ya tenía ochenta y cuatro años, los que yo estoy a punto de cumplir, que él practicaba seis horas al día. Seguramente, el hombre se agarraba a eso para sentirse vivo. O inmortal. Como los niños cuando juegan. Es lo que tiene abandonarse a una pasión, que vuelves a ser niño.
En fin, sea como sea, cada día que pasa, dedico más horas a practicar. Ayer, por ejemplo, me puse con la partitura de Marieta de Tárrega, que la tenía abandonada desde hacía no sé cuánto. Al cabo de un rato ya la había recuperado y, cuando la dejé después de una hora, ya me resonaba por dentro como algo completamente mío. Marieta, María, Rosita... Rosita es una de mis primeras piezas; conocía bien la melodía porque era la sintonía de un programa de Radio 2 que no me solía perder, allá, por los primeros ochenta del siglo pasado. Hoy día, la tengo tan interiorizada que no necesito la guitarra; voy por la calle y la toco mentalmente de cabo a rabo y me entran ganas de ponerme a saltar, porque es una polka. En cualquier caso, pocos espectáculos me emocionan más que vérsela interpretar a Vera Danilina; en esa mujer no se sabe dónde acaba el cuerpo y empieza la guitarra; es como si fuese un órgano más de los que trajo al nacer.
A parte de esas tres con nombre de mujer, de Tárrega, también tengo en mi repertorio Recuerdos de la Alhambra, la recién adquirida, Capricho Árabe, y la Lágrima. A veces me pongo a pensar en qué cosa podría ser eso de la inmortalidad; quizá no sea otra cosa que vivir en el recuerdo de los vivos; imagínense la de miles de millones de horas que han invertido e invierten millones de guitarristas de todo el mundo estudiando e interpretando las partituras que un día imaginó Tárrega. Durante todas esas horas, todos esos guitarristas, de algún modo, son Tárrega.
En resumidas cuentas, que, o cultivas un jardín, como dice el proverbio chino, o, mejor, apaga y vete.
Querido pedro, la Marieta de Tárrega, en mi modesta formación guitarrista, siempre me pareció harto complicada, sobretodos por los tiempos.Escuchar a Williams , que´te voy a contar, me faltan los apelativos,,,
ResponderEliminarBueno, es una mazurka. Es cuestión de saltitos. Yo tampoco soy de mucho afinar en eso; lo hago como me sale de dentro. El caso es que te suene a ti.
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