Ortega no había llegado a los treinta, y ya es catedrático de Metafísica en la universidad de Madrid, cuando anda por El Escorial dándole al coco. Tiene allí delante un bosque de robles y fresnos por el que se adentra en busca de inspiración. Para abrir boca, escribe: "La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño, y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva —como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca". Díganme ustedes, ¿a ver qué reconocido intelectual de hoy día se atreve a semejantes metáforas? Para mí que de un siglo para acá en lo único que hemos progresado es en pacatería.
Sigue: "Cuando se repite la frase «los árboles no nos dejan ver el bosque», tal vez no se entiende su riguroso significado. Tal vez la burla que en ella se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.
Los árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es, en efecto, el bosque existe. La misión de los árboles patentes es hacer latente el resto de ellos, y solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque".
Había estado sentado en un banco frente al mar, al sol tibio de la mañana, leyendo estas cosas y, luego, volviendo para casa, lo rumiaba y, al levantar la vista y ver esos árboles patentes que les muestro en las fotos, pensaba en cuáles serían los árboles latentes que se ocultaban tras ellos.
En la fachada de un colegio, para que los padres que vienen a dejar o a buscar a sus hijos puedan hacerse cargo de cuál es la filosofía que rige la institución: «Jugar no debería doler». Cuando dicen que no debería están asegurando que jugar duele. ¿Es que puede haber placer sin su correspondiente peaje de sufrimiento? Quizá, los árboles latentes que se esconden detrás de los árboles patentes que es esa consigna, no sean otros que el pesimismo que supone el reconocimiento de la defectuosa condición humana: por más ingeniería social que implementemos, nunca podremos torcer el brazo a la naturaleza para poder gozar como suponemos que lo hacen los dioses... en fin, que cada cual vea los árboles latentes que quiera, si es que quiere verlos, que no siempre es el caso por más que la masa forestal sea abrumadora.
Seguía andando y pasé por delante de la puerta de la agencia tributaria, sí, ese sitio donde extorsionan a la gente productiva los que tienen las armas. En cada hoja de la puerta había una pegatina como la que les muestro en la foto: «Punto Violeta. Contra las violencias machistas», ¿Qué significa eso? ¿Acaso que esos de la agencia tributaria, que son los reyes de la extorsión institucionalizada, no quieren que en sus cuarteles la gente diga piropos a las chicas tan monas que hay por allí? O, a lo mejor, es que esa gente que hay por allí se crio viendo como su padre se desayunaba zurrando a su madre. ¿Ustedes ven por ahí tanto maltrato a las féminas como para que haya tanta preocupación por parte de las instituciones del Estado? No alcanzo a comprender qué tipo de árboles latentes se pueden esconder detrás de esas pegatinas. Aunque, quizá no merezca la pena darle vueltas: lo más probable es que todo ello no sea más que las artimañas de los que no saben hacer nada para vivir a costa de los que saben hacer cosas. En fin ¡vayan ustedes a saber!
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