sábado, 25 de abril de 2026

La gran degringolade

Es curioso lo que ha pasado con este blog. Cuando, allá, por los mediados del mes de diciembre del año pasado, dejé de escribir en él, tenía varios cientos, cuando no miles, de visitas diarias. Después, durante los meses que lo tuve en pausa, no dejó de tener visitantes, incluso miles algún mes. Al retomarlo hace unos días, el primero tuvo casi mil, el segundo la mitad, y el tercero la mitad de la mitad y, así, en fulgurante sucesión decreciente hasta la casi nada... las escasas decenas que tuve durante los años que llevo con él. ¿Qué ha pasado? ¿A qué ha podido ser debido el auge y caída del número de lectores? 

Para empezar a desentrañar el misterio tengo que decir que desde el principio me extrañó mucho aquella proliferación; primero, porque venía principalmente de Singapur, Hong Kong y Mexico y, segundo, porque de todos aquellos miles de visitas no quedó ni un solo comentario. El caso es que durante los últimos meses había venido mostrándome muy sensible a los temas religiosos; hace ya tiempo que vengo leyendo con insistencia la Biblia y no era raro que vertiese reflexiones sobre ella en mis escritos. Sobre todo, dediqué mucha atención al sintagma que más se repite en la Biblia: el temor de Dios. El temor de Dios es la civilización; de eso había caído en la cuenta, no leyendo la Biblia, sino a Homero, que también utiliza con profusión ese sintagma, aunque en su caso usa la palabra Dios en plural. 

En cualquier caso, el tema de las religiones es clave para cualquiera que sea aficionado a los juegos malabares del pensamiento, es decir, a la metafísica. Lo que, sin duda, es mi caso, so pena de morir de aburrimiento. Ya hace mucho que comprendí que eso del temor de Dios no es más que una forma primitiva de nombrar lo que es el fundamento de la vida en común: la autorrepresión de los deseos. Claro, para comprender esto tuve que evolucionar desde el miedo infantil a la responsabilidad adulta: un largo y costoso recorrido. Yo no me reprimo por miedo a castigo alguno, sino porque quiero un mundo vivible y, para ello, sé que no hay otro medio que el de vivir en un continuo proceso de perfeccionamiento del ideal ético. Tengo que pensar, cada vez que voy a hacer algo, qué consecuencias tiene ese algo, no solo para mí, sino también para el mundo que me rodea. Recuerdo haber leído, hace ya bastantes años, las reflexiones que hace Jefferson sobre este asunto en unas cartas que le envía a su sobrino, un ferviente creyente: no hace falta esperar la recompensa divina; la conciencia de haber actuado correctamente, le dice, es en sí placentera; es algo así como el placer estético proporcionado por la percepción de la belleza. 

El caso fue que, andando yo releyendo estos días El Dolor del Mundo y el Consuelo de las Religiones, de Schopenhauer, se me ocurre trascribir unos pasajes del libro relativos a la imperiosa necesidad metafísica de los humanos y, ¡zas!, desaparecieron los lectores como por arte de magia. A alguien no le debió gustar toparse con la idea razonada de que las religiones son la metafísica del pueblo y pasó la voz a sus correligionarios. Sí, porque todo esto me huele a correligionarios; tanto la fulgurante ascensión de lectores de hace meses, como la gran degringolade de hace unos días: todo me huele a consigna venida de las alturas. Suposiciones, en cualquier caso. 

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