jueves, 23 de abril de 2026

Espíritus soberanos

Cuando me siento, ya, totalmente derrotado, recurro al único clavo ardiente que me queda, agarrar una partitura de las que siempre quise aprender, pero nunca me atreví, y ponerme a ella. Es un ejercicio de la mente lo suficientemente intenso como para hacerte olvidar todas las miserias del mundo. Hace un mes, o así, decidí ponerme con el Capricho Árabe de Tárrega. Por supuesto que no me atrevería a tocarla para nadie, pero, para mí, ya me sirve: ya me resuena por dentro. Y así, intentando escapar de mi dolorosa percepción del mundo, es como he ido haciéndome poco a poco con un repertorio que es mi más preciado tesoro. En esos momentos de absoluto desistimiento, agarro la guitarra y me pongo a tocar, pongamos que Oblivion de Piazzolla, y de inmediato me reintegro a la vida. Luego sigo con Libertango... ¡Dios mío, cuánta sentimentalidad! Ahora mismo, mientras escribo esto, me llega muy lejano, vía YouTube, La vie en rose, interpretado a la guitarra por Alexandra Whittingham, y el alma se me sale por los poros, o se me pone la carne de gallina, como también se suele decir. La vie en rose, Édith Piaf, los atardeceres veraniegos de la temprana juventud, los primeros amores...

La música y los acertijos matemáticos se llevan lo más de la poca vida que me va quedando. He intentado por todos los medios comprender, que, como dice el filósofo, es amar. Y creo que ya comprendo bastante el mundo y la causa fundamental de sus miserias: Dios, o la naturaleza, o como cada uno quiera llamar a lo que rige nuestros destinos, fue tremendamente injusto en el reparto de sus dones. Así es que, a los desfavorecidos, si quieren sobrevivir, no les queda otro remedio que organizarse en mafias para extorsionar a los favorecidos. En eso ha consistido toda la historia de la humanidad: guerra entre los muchos desfavorecidos contra los pocos favorecidos. Así, a la postre, se consigue un cierto equilibrio que permite que la vida continue. 

Por eso pienso que es inútil, por no decir imbécil, leer periódicos y ver telediarios. Lo mismo que ir de aquí para allá a buscar satisfacciones. Para lo único que me merece la pena salir es para tomar el aire y que me dé un poco el sol, que dicen que es bueno para los huesos. Por lo demás, sigo intentando purificar mi ideal ético —cosa no muy difícil dado lo bajo de donde parto— por medio de la conversación incesante con el linaje de los más soberanos espíritus, los que de continuo me desmienten, alejándome con ello de toda tentación de dogmatismo.  

Conversaba hoy con uno de esos espíritus soberanos y me decía: 


Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con solo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

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