Me entretengo en comparar las traducciones del Génesis que hacen Reina Valera y Alonso Schökel. Uno, como no es filólogo, a lo más que puede llegar es a encontrar diferencias de estilo sin mayor importancia: Reina, quizá sea más poético y Schökel, más claro. Un experto, de esos que crecen como los hongos sobre la superficie de la tierra, seguro que encontrará diferencias para llenar siete tomos de mil páginas de papel biblia en el perverso intento de enfrentar a las dos sectas del cristianismo, católicos y protestantes... que mira que se han pegado leña a lo largo de la historia; sería interesante tener una estimación de las muertes directamente provocadas a lo largo de la historia por esos enfrentamientos bizantinos. Aunque, la verdad es que, para matarse, al ser humano siempre le han sobrado excusas.
En cualquier caso, en las dos traducciones se aprecia por igual el ingente valor simbólico del texto. Concretamente, el asunto de los dos árboles cuyo fruto está prohibido, el del bien y el del mal, del que comen, y el de la vida, del que no comen porque Dios les expulsa antes de que puedan catarlo. Con el del bien y del mal les nace la sensación de vergüenza, sin duda una de entre las más poderosas herramientas a efectos de garantizar la supervivencia de la especie. Sin embargo, lo del árbol de la vida, cuyo fruto no alcanzan a comer y, por tanto, se quedan a las puertas de poder ser como dioses, ya no me queda tan claro. Supongo que tendrá que ver con la conciencia del paso del tiempo; tener o no tener esa conciencia es la clave de todo... en cualquier caso, no se me alcanzan, así, a bote pronto, los significados que hay detrás de ese árbol de la vida, aunque, ya, con el del bien y el del mal, pienso, vamos servidos.
Sin duda es de la conciencia del paso del tiempo de donde procede la imperiosa necesidad metafísica, o, si mejor quieren, la manía de inventar teogonías. Todos los pueblos de la tierra tienen la suya. Y unas se inspiran en las otras. Por delante del Génesis está el Enuma Elish y, por delante de éste, al parecer, solo por la Mesopotamia, había cientos. Personalmente, la teogonía que siempre he preferido es la griega; aunque, la parte del león del relato es el que hizo Hesíodo, para cuadrarle tienes que reunir las piezas que se desparraman por toda producción literaria de la antigua Grecia. Pues bien, en esta teogonía, al paso decisivo de comer del árbol del bien y del mal lo llaman robar fuego a los dioses; en definitiva, ambas dos cosas son adquirir conocimiento de la realidad. Es curioso que las dos coincidan en el duro precio que hay que pagar por ello. Y en las dos, tanto Adán como Prómeteo tienen un demonio instigador, Adán a la mujer seducida por la serpiente y, Prometeo, un hermano medio tonto que es el que, al abrir la caja de Pandora, deja escapar todos los males al mundo.
Lo de la serpiente que seduce a la mujer, sin duda tiene miga para dar y tomar. Sobre todo, por el hecho de que Dios la maldiga y la condena a vivir arrastrada sobre su pecho. La gente del común, nunca olvida esa maldición. Recuerdo a los proscritos de Alar con los que solía ir por las tardes a pasear por los montes circundantes; un par de veces que nos salió al paso una culebra, la bailaron un zapateao encima hasta dejarla hecha papilla. ¿Por qué aquella saña? Sin duda, algo telúrico, de cuando en su lejana infancia habían visto en la catequesis aquel cuadro de la serpiente enroscada en el tronco del manzano con el fruto en la boca en actitud de ofrecérselo a Eva. Ya tenemos ahí, perfectamente definida, la triquiñuela del chivo expiatorio que, si no nos exime de culpa, al menos nos la rebaja.
Por otro lado, yo diría que el Prometeo griego es más evolucionado que el Adán judío. Y eso que seguramente es un invento anterior. Prometeo sería más próximo a Jesucristo; como él, paga un alto precio por liberar a la humanidad... pero, en fin, esto, ya, para los expertos en el tema.
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