El otro día llevé al lutier la guitarra Hermanos Conde para que la echase un vistazo. La miró y me dijo que el asunto de los golpeadores, que era por lo que se la había llevado, era solo un problema estético, pero que, por lo demás, estaba estupendamente y que lo mejor era dejarlo tal cual estaba. Así que, solventado el asunto de la guitarra, nos pusimos a hablar de instrumentos, de música, de los hijos, ya saben, unas cosas llevan a otras para, al final, inevitablemente, ponerse a filosofar sobre el sentido de la vida. El hombre estaba optimista con los hijos y, desde luego que, si no había exagerado en lo que me había contado de ellos, no era para menos. Tenía cuatro y todos habían estudiado música y una carrera; el mayor, ingeniería informática y, a pesar de su juventud, veintitrés años, ya llevaba varios por el mundo adelante. En fin, para caérsele la baba a cualquier padre. Así fue que vinimos a dar en una sintonía que empezó a resultarme estragante, dado lo cual, si necesitar proponérmelo, aproveché cualquier excusa para introducir incertidumbre en aquel exceso de aquiescencia: le dije que, a mi edad, si de algo se tiene conciencia es de que la vida ha sido un rosario continuo de equivocaciones y que, precisamente por eso, es imposible no sospechar que, lo que piensas ahora, puede ser otra equivocación más. El hombre se quedó en suspenso, así que aproveché el momento para dar las gracias por la atención recibida y despedirme.
Yo no sé si eso de ponerse a filosofar con cualquiera, por un quítame allá esas pajas, es una cosa de este país, o mía, o, por contra, de todas las latitudes y de todos los caracteres. Sea como sea, me consta que es un deporte muy extendido por el mundo y, supongo que, desde que nos dio por matar a Dios, su ejercicio se habrá incrementado exponencialmente. Claro, sin Dios, la respuesta a todo lo que no la tiene la tenemos que inventar nosotros; en cierta medida, estamos mucho más entretenidos que cuando íbamos a misa a por nuestra dosis diaria de verdad, pero, también, hay que reconocer que la autosuficiencia del espíritu llega a cansar.
Recuerdo a Borges diciendo: me puse a hacer metafísica y, de pronto, me sobrevino una oleada de felicidad y no pude continuar. Esa es la cuestión que pretendemos obviar, que filosofamos a la primera de cambio porque no somos felices. En los momentos, escasos, en que lo eres, te pones instintivamente a cantar. Cuando era chaval se oía cantar por todos los lados. Los patios de vecinos eran un continuo jolgorio. Y, en los bares, aparte de jugar a las cartas, se cantaba. Y, desde luego, a nadie se le pasaba por la cabeza decir que Dios no existía. ¡Por Dios bendito, con lo útil que era! Lo mismo servía para un roto que para un descosido.
Aquel Dios que, tal como lo definía el padre Astete, era un ser infinitamente poderoso, justo, principio y fin de todas las cosas y, last, but not least, premiador de los buenos y castigador de los malos. Porque ese es el verdadero punto y la madre de todos nuestros desvelos, el de los buenos y los malos. Ahí tienes a todos esos tontos del culo que se adscriben a ideologías del tipo que sean porque creen que así se ponen del lado de los buenos. ¡Es tan fácil! La ideología, que, si le eres fiel, a la que te descuidas, ya te está premiando con un acomodado modus vivendi. ¿Qué Dios da más que una ideología?
En fin, perogrulladas, lo que importa es que me vine con la guitara a la espalda y, tan pronto llegué a casa, la saqué de la funda, la afiné, y me puse a tocarla. Tengo varias, pero esa de los Hermanos Conde es la niña de mis ojos. Todos los días, ya sea con esa, ya con las otras, tengo cuatro, paso más de dos horas, a veces hasta cuatro, tocando y, pienso que, esta actividad, es la mejor píctima y confortativo que pude encontrar en la vida para poder seguir adelante sin necesidad de pedir ayuda... es decir sin acudir a bailes de vampiros.
