martes, 22 de septiembre de 2026

La Fama, de Zeus mensajera

 Ayer por la mañana agarré la bicicleta y me fui, por el carril bici que pasa por aquí al lado, hasta Maliaño, en uno de cuyos parques, el Cros concretamente, hay un chiringuito con una terraza que a media mañana es una delicia. Me tomo allí un pincho de tortilla —mí única verdadera adicción a estas alturas; por mí no comería otra cosa— con un té y, después, me demoro un buen rato leyendo lo que tenga entre manos —La Ilíada—, contemplando al personal circundante y escuchando las palabras que me trae el aire —ayer solo se oía a una colla de mujeres por los cincuentaitantos que en una esquina de la terraza comentaban, quitándose la palabra unas a otras, sus actividades domésticas—.

Volvía ya para casa bordeando las marismas, aiguamolls que dicen los catalanes, bajo un sol en su justo punto y acariciado por una brisa de nordeste que, también. Me sentía eufórico y quería dar gracias sin saber muy bien a quién, porque uno es un descreído... a los cielos, quizá, que suena bastante genérico. Me rebullían, también, en la cabeza las últimas páginas leídas. Zeus, para satisfacer a Tetis, madre de Aquiles, ha encandilado a los argivos para que se lancen al ataque porque, de ésta, van a conquistar Troya. Es solo una trampa para vengar a Aquiles que permanece carcomido en su tienda por la humillación a la que le ha sometido Agamenón. El caso es que argivos y teucros ya están frente a frente en las riberas del Escamandro. Se adelanta Paris y suelta una balandronada; Menelao, como esposo ofendido, entra al trapo y Paris, al verlo, se echa para atrás. Héctor se lo recrimina duramente: «¡Paris ruin! ¡El más bello galán, seductor, mujeriego! ¡Ojalá que no hubieras nacido o soltero murieses! En verdad lo quisiera yo ahora, y a ti te valdría más que ser la vergüenza y oprobio de todos los otros. Etc.». Responde Paris: «¡Héctor! No sin razón me zahieres y es justo el reproche. Pero tu corazón es tenaz como el hacha, que en manos del artífice, hiende un madero... Pero no me reproches los dones amables de la áurea Afrodita; no son despreciables los dones eximios de los dioses, y nadie a su gusto escogerlos consigue...»

Y ahí es donde está el punto, que lo de creer o no creer es cuestión baladí. Porque el caso es que el ser humano se lo ha montado de tal modo que sin ellos no tiene forma, ni de encontrar explicación a lo que no la tiene, ni de dar gracias cuando se siente impelido a ello. Que existan o no existan, ¿a quién puede importarle? Lo que cuenta es que los necesitamos, tanto para aliviar el peso de la responsabilidad de nuestros actos, como para atemperar nuestra soberbia cuando la vida nos sonríe... o, mejor si quieren, por la cosa del valor catártico de la verborrea: el simple hecho de pronunciar ciertas palabras parece que como si nos purificara. En fin, es todo tan misterioso a nada que te paras a considerarlo... ¡Los dones de los dioses! ¿Por qué a unos tantos y a otros tan pocos? Nadie a su gusto los consigue. Y ¿qué nos mueve a hacer tantas cosas de las que, al poco, ya estás arrepentido, y quizá avergonzado, de haberlas hecho? ¿Es que acaso somos dueños de nuestras decisiones? Hasta cierto punto, en el mejor de los casos. 

«Como si numerosos enjambres de abejas salieran / sin cesar por la grieta de un risco volando a racimos, / y unas yendo por un lado y yendo las otras por otro, / revoleando posáronse en las flores primaverales, / afluían así los guerreros y en grupos marchaban / por la baja ribera, saliendo de naves y tiendas, / hacia el ágora. En medio la Fama, de Zeus mensajera, / con ardor a acudir los forzaba, y reuniéndose iban.»

Ya ven, siempre hay algo que te impulsa a hacer lo que haces sin saber qué es ese algo. La Fama, acaso, la más traicionera de todas las pulsiones... pero este es otro tema para el que tendremos que recurrir a Gracián. 

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