Decíamos ayer, y no al estilo de Fray Luis, sino en sentido literal, que la Fama, mensajera de Zeus, con ardor forzaba a los guerreros a acudir a la lucha. Y también decía que, para tratar de la Fama, esa, a mi juicio, traicionera pulsión, lo mejor es recurrir a Gracián, concretamente a la Crisi Duodézima de su magna obra El Criticón, de título: La isla de la Inmortalidad.
Para Gracián, el miedo no es tanto a la muerte como al olvido de ti por parte de los otros. De ahí que todos nos pasemos la vida persiguiendo, de una manera u otra, la Fama que, al parecer, es la única adquisición que nos garantiza vivir en el recuerdo de los otros, lo que sería tanto como no morir, al menos del todo.
«Error plausible, desacierto acreditado, fue aquel tan celebrado llanto de Xerxes cuando, subido en una eminencia desde donde pudo dar vista a sus innúmeras huestes, ahogado en suspiros, dijo: "Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán, pues del modo que el viento lleva mis suspiros, así se llevara los alientos de sus vidas. Prevéngoles las obsequias a los que, dentro de pocos años, todos los que hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir a ellos." Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho este dicho y este hecho. Más yo, ríome de su llanto, porque preguntárale yo al gran monarca de Asiria: "Sire, esos hombres o son insignes o vulgares: si famosos, nunca mueren; si comunes, más vale que mueran." Eternízanse los grandes hombres en la memoria de los venideros, mas los comunes yacen sepultados en el desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán.»
El caso es ese, que la inmensa mayoría de los seres humanos nos pasamos la vida haciendo chorrradas en un desesperado intento, si bien inconsciente, de atraer la atención de los otros, es decir, arañar una migaja de Fama por tal de sentir que se es alguien. Es la vanidad, esa emoción que vendría a ser el resultado de estar contemplando las puertas de la isla de la Inmortalidad. Claro está que, a veces, suena la flauta por casualidad y se puede atisbar por un rato lo que hay dentro de esa isla. De todas formas, poco o mucho rato —Gilgamés es el que más resistió hasta ahora—, esa pulsión por la Fama ha sido y es el motor que ha sacado al hombre de las cavernas y le ha traído hasta donde hoy estamos que quizá no sea más que otra forma de cavernas un poco más sofisticadas, pero igualmente engañosas las sombras que vemos reflejadas en sus paredes.
Al respecto, la sabiduría popular, que así es como llamamos a la fuente de consuelo de la que bebe el hombre vulgar, lo tiene claro: después de burro muerto, la cebada al rabo. O sea, que nada sirve para nada y, por tanto, lo mejor es ir con los amigos a una terraza a tomar refrescos mientras intercambias chascarrillos o juegas a las damas... la única isla de la Inmortalidad, por más efímera que sea, a la que tiene acceso el vulgo. ¡Y qué le vamos a hacer! Inmortalidad, ¡ya te digo!, más nos valiera como especie el tomarnos el asunto con un poco más de calma.
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