domingo, 20 de septiembre de 2026

De aquella manera

Tengo una nieta que va para actriz. Estudia, el último curso ya, en una escuela llamada LAMDA que, por lo visto, es un pasada. El caso es que, hoy, su madre me ha mandado el vídeo de una obra que ha estado representando este verano en un teatro de Londres. Así es que, uno, si no orgulloso, ya que no tuve nada que ver en ello, sí estoy contento de tener una descendencia que parece que pita. Al final, la vida cumplida sería en gran medida eso, tener una descendencia que pita. Lo contrario, por más que se haga como que aquí no pasa nada, es una espina clavada en el alma —rencor— que no es raro que incite a adscribirse a ese tipo de ideologías que pretenden cambiar el mundo por tal de no cambiarse a uno mismo. 

Por otro lado, Jacobo me envía un vídeo en el que se comenta el libro de una psicóloga polaca, afincada en Madrid, que se titula: La estafa de la modernidad. Cómo ser feliz ligando como nuestras abuelas, propone la mentada psicóloga polaca. No he pasado de ahí porque ¿para qué? ¿Qué no sabrá uno sobre el asunto después de haber padecido las consecuencias de tanta ingenuidad? Los años sesenta del siglo pasado, con toda aquella mariconería rampante, fueron la obra perfecta del demonio. ¡Me lo tragué todo! La tesis dominante era que habíamos venido a este mundo a disfrutar. Éramos incapaces de entender que aquellos privilegios de los que gozábamos no eran más que la consecuencia del esfuerzo exhaustivo de las generaciones que nos habían precedido y, por supuesto, mucho menos entendíamos que, con una generación que se dedique a disfrutar de la vida, es suficiente para dar al traste con todo lo logrado por las generaciones precedentes... como así ha sido.   

Y termino con el video que me envía Manolo de Paco de Lucía tocando unos panaderos flamencos. Los mismos que me trascribió Juan Trilla en un cuaderno que malauradament perdí en alguno de mis traslados. Los panaderos son la particular aportación de Madrid al flamenco. En cualquier caso, me han retrotraído a aquellas clases que me daba el maestro Juan Trilla en el sótano de su tienda de instrumentos musicales en el barrio de Horta de Barcelona. ¡Jo, lo que uno ha trotado por el mundo!  

Y, en fin, de momento la vida sigue. De aquella manera, pero sigue. 

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