He vuelto una vez más a El libro del Desasosiego. No sé cada cuanto siento esa necesidad, pero puede que ya hayan pasado cinco o seis años desde que me demoré por última vez en sus páginas. En cualquier caso, ayer, mientras me enfrascaba, tenía la sensación de novedad absoluta. Es la magia de la prosa de los poetas que tarda mucho más en marchitarse. O eso es al menos lo que a mí me parece. Pessoa, fuente inagotable de referencias. Rara es la vez que hablo con Fede que no salga a colación. Mayormente por la cosa de las múltiples personalidades que es el sujeto predilecto de las investigaciones de Fede. En el mismo prólogo del libro ya se describe a sí mismo el autor por medio de un artilugio que le permite camuflarse a las miradas de los simples. Sí, desde luego que no es un libro para simples. Recuerdo un lejano día en el que un viejo combatiente de la guerra civil me dio la explicación de por qué la habían ganado los nacionales: es que entre la oficialidad nacional se leía mucho a Pessoa, dijo. Me pareció una apreciación de lo más interesante. ¿Cómo no iban a ganar a los que se atolondraban leyendo Materialismo y Empirio-Criticismo?
De todas formas, como necesito un poco de dispersión, también hace días que ando con lo de El Conde Lucanor. Es uno de los pocos libros que conservo y que no por muchas veces leído deja de maravillarme. En realidad solo conservo joyas, no es por nada. Y no me importa baladronear de ello porque algún derecho tendré a saber algo de libros después de los miles de horas que les he dedicado. El caso es que el autor, el infante Don Juan Manuel es un pájaro de cuenta, pero con mucho bagaje a las espaldas. Ha recibido una educación tirando a espartana lo que le lleva a una madurez muy temprana: a los doce años ya se le considera un hombre hecho y derecho. Con todas las responsabilidades. Don Juan Manuel nos da una idea muy aquilatada de un siglo, el XIV, tan decisivo como cualquier otro, ya que es el de los coletazos del feudalismo y los inicios del estado burgués. Porque no es otra que la naciente burguesía la que ayuda a los reyes a deshacerse de la nobleza feudal y crear un único poder. En realidad, si bien lo miramos, más de lo mismo. Nunca al que más tuvo le pareció que tenía bastante. Y de ahí, posiblemente, todos los males del mundo.
Claro que lo de tener es muy relativo, no es lo mismo tener mil castillos en España, como sueñan los franceses, que poseer el arte de Yamandu que, para mayor escarnio, tiene, encima, a Elodi para interpretar piezas a dúo. No sé qué más podría ambicionar Yamandu, pero, desde mi perspectiva, pienso que no puede tener el cielo mucho más para ofrecerle. En fin, Pilarín...