Ya empiezo a extraer dividendos del allegro solemne de La Catedral. En menos de dos semanas. El de Belmonte de Calatayud diría que he cargado la aplicación y eh ahí el resultado. En fin, a la vejez viruelas.
Por lo demás ya di fin a Les Paradis artificiels. Ya no recuerdo las veces que he realizado ese viaje y siempre me deja igual. No diría que con un sentimiento de culpa acrecentado, pero si con la conciencia un tanto hiriente de mi manifiesta estupidez. ¡Por Dios, qué débil ha sido uno! ¿Tanto me apretaba la vida como para no haberla podido afrontar a palo seco? O por lo menos no tan mojado. El alcohol, los psicotropos, la mariguana... quizá esté bien tener alguna experiencia con esas sustancias, pero, ¡ojo!, porque uno va dejando la voluntad por el camino sin apercibirse de ello. Es inútil engañarse al respecto por más que el diablo te dé mil brillantes argumentos con los que justificarte.
Y esa es la cuestión a resolver: ¿qué es la vida con una voluntad de mierda? Una vida que lo más lo más consiste en mirar lo que hacen otros. Una vida sin sustancia. O con muy poca. Me recuerda a lo que pasó con el pan. Antaño por cada saco de semilla se recogían a lo sumo once. Hoy, gracias a lo que llaman la revolución verde, se recogen treinta y siete sacos o más. Pero ¿qué pasa con el pan? El de antes resistía perfectamente comestible diez o más días y el de ahora apenas lo es a las doce horas.
El mundo se ha llenado de gente lo mismo que las mieses de trigo gracias al artificio. Aquel pan de trigo candeal, ¿lo recuerdan? Sin trampa ni cartón. Como esos extraños seres que van por el mundo a palo seco. ¿Los pueden distinguir ustedes? ¡Son tan raros! Más de hacer que de mirar. ¿Conocen a alguno? ¿Conocen a alguien que no tome pastillas para dormir?
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