Ya tengo pillado el allegro solemne de La Catedral. Pasa como con todo, que una vez que lo desentrañas te parece que no era para tanto. Así todo, me costará lo suyo ensamblar todas las piezas y tocarlo de corrido. Un objetivo para los días a venir.
Sigo con la Biblia. Los milagros de Eliseo. Está subiendo a un pueblo de montaña y unos niños que andaban por allí empiezan a burlarse de él. ¿Dónde vas calvo? Cosas así. Entonces salieron de unos matorrales que había por allí un par de osos y mataron a cuarenta y dos de los cincuenta niños que eran. Lo que no cuenta la Biblia es si los ocho que se salvaron fue porque eran los únicos que no se habían burlado o porque eran los que más corrían. Un enigma que nunca nadie resolverá. Pero de lo que si voy convenciéndome a medida que avanzo por esas páginas es de que Dios es una especie de Clint Estwood a lo bestia: Harry el Sucio, Sin Perdón, El Jinete Pálido y todo lo que ustedes quieran en una sola pieza. Que nadie se haga la menor ilusión de escapar a su justicia ciega. Y sin embargo la inmensa mayoría de los mortales se salta las tablas a la primera de cambio. Es mucho mas gratificante fabricarse ídolos y dedicarles ermitas en la cima de las colinas, lugares ideales, como todo el mundo sabe, para celebrar romerías, es decir, para pasar de lo sagrado a lo profano con la bendición del ídolo de turno. ¡Qué inocencia!
Y hablando de saltarse las tablas, ayer, el más alto tribunal, o sea, Dios, dictaminó que todas las pasadas leyes con las que el gobierno de la nación pretendió hacer frente a la pandemia que previamente se había inventado eran leyes fraudulentas. Contra natura, por así decirlo. Y los gobernantes, los pobres, en plan de a mí que me registren. Se equivocan los que dicen que se irán de rositas. Que yo sepa, ni a mí ni a nadie que yo conozca, nos ha perdonado ni una. Porque ello supondría el fin de la civilización. Que también pudiera ser, pero no creo. Para mí que pagarán por lo que han hecho para que Dios pueda seguir siendo Dios.
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