martes, 14 de junio de 2022

Crónica de un desasosiego

Recuerdo que siendo niño me producía desasosiego la absoluta tolerancia hacia la inmundicia que veía incluso en los lugares más refinados. En el Gran Hotel del balneario, en cuya parte frontal había una ringlera de coches lujosos a cuyo alrededor merodeaban chóferes uniformados que esperaban ser requeridos por sus señores naturales, tenía a su vez en la parte trasera unas pocilgas dónde se criaban cerdos con los restos de la comida de los huéspedes. Producía un hedor insoportable que me imagino atizaba de plein fouet a los residentes de las habitaciones que quedaban encima de la pocilga. No podía entender que a nadie le pareciese que aquello era un sinsentido. Porque aquella gente que se alojaba allí era la crem de la crem del país y sin embargo... quizá padeciesen anosmia.

No es que yo sea un obseso de la limpieza y el orden doméstico, pero pienso como los catalanes que entre poc i massa la mesura passa. Aquellos chones podrían haber sido criados unos cientos de metros más allá sin que ello hubiese supuesto grandes dispendios. Para mí era simple dejadez. Pero a nadie parecía importarle. Porque esa es la cuestión que ni importaba entonces ni importa ahora: lo de la percepción de la inmundicia es algo que, como diría Pessoa, está relacionado con la erudición de la sensibilidad, una cualidad humana a todas luces escasa.

Me he parado en estas consideraciones porque viniendo esta mañana de mi habitual y gozoso paseo por los muelles, en la esquina de mi calle, a la puerta del supermercado, un perro, o dos dada la cantidad, habían dejado su mercancía que la gente que había pasado por allí se había encargado de extender por todo el interland. Digamos que lo van a tener crudo los clientes que quieran entrar al supermercado. He seguido palante sorteando como he podido el campo minado y unos metros mas allá he empezado a apercibirme del olor a fritanga  que sale por el extractor de humos que hay justo encima del escaparate del bar más prestigioso del barrio. He pensado en la suerte que tiene la vecindad que se despierta con tan apetitosos olores. Ya había allí, en las mesas altas junto a la entrada algunos clientes que se hacían acompañar de sus perros endosándose entre pecho y espalda la causa del olor a fritanga. Un camarero afectado de una rosácea erimatotelengiectásica les daba palique mientras fumaba un cigarrillo. Pero lo más curioso de todo me ha parecido la indiferencia que todos ellos mostraban hacia la capa de inmundicia que cubre todo el suelo por delante del bar. Por no hablar de los zócalos de todo alrededor que están completamente carcomidos por los orines. Pues nada, pelillos a la mar. 

Pues sí, esa es la madre del cordero, la erudición de la sensibilidad. Mejor evitarla so pena de tener que escribir después la crónica de tu desasosiego.   

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