Los franceses dicen gourmandise d´énergie y bavardean sobre el asunto hasta caer exhaustos. Por qué, digo yo, los humanos nunca nos saciamos de consumir productos energéticos. Nunca nos parece que vamos suficientemente rápidos. ¡Cuatro horas a Madrid, qué barbaridad! Pero bueno, vamos a ver, qué coño tienes tú que hacer en esta vida para querer arañarle unos minutos a esas cuatro horas. Te has parado a pensar en el coste de ese arañazo.
Supongo que todo ello es una cuestión de imbecilidad. El tipo ese que vi hace dos días junto al náutico, acababa de dejar su lancha a motor y se estaba subiendo a una moto de gran cilindrada. Una jornada redonda. Y yo, pensando en que este invierno, según todos los augurios, solo vamos a poder calentarnos con el gas de nuestros pedos, automáticamente me cagué en sus muertos. ¡Este imbécil...!
Así es, según todos los indicios las vacas están muy flacas, pero a los imbéciles se la suda: ellos, mientras puedan rebañar sus huesos, van a seguir.
Ese es todo el problema del mundo, la imbecilidad. La imposibilidad de ver más allá de las narices; de relacionar unos hechos con otros. Siempre es culpa de los otros porque yo, ¿qué mal hago yendo a la playa en coche? Treinta kilometrillos de nada... a esos que van en jets privados es a los que habría que pararles los pies. ¡Ya te digo! No hay imbécil que no tenga su coartada.
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