Sigo con el empeño de La Catedral. Es evidente que mejoro día a día y quizá, si persisto, en un par de meses la haga sonar de forma reconocible. El caso es que en el entretanto veo un vídeo en el que Elodie Bouny toca a primera vista una partitura endemoniada que le acaba de mandar un compositor. Como dice su marido Yamandu: es que yo me gano la vida con esto. En fin, sea como sea, no me pienso desmoralizar. Al revés, porque cada día que pasa noto que mejora mi facilidad para aprender nuevas piezas. Cuestión de suplir con voluntad lo que natura niega.
Y entonces me acuerdo de Gracián y sus aforismos:
"34. Conocer su realce Rei: la prenda relevante, cultivando aquella, y ayudando a las demás. Qualquiera huviera conseguido la eminencia en algo si huviera conocido su ventaja. Observe el atributo Rei, y cargue la aplicación: en unos excede el juicio, en otros el valor. Violentan los más su Minerva, y assí en nada consiguen superioridad: lo que lisongea presto la pasión desengaña tarde el tiempo."
Qualquiera huviera si huviera. ¡Dichosas condicionales! Como la niña que jugaba al diábolo en aquella película de Buñuel: "porque se me ha caído que si no...". Una niña patosa que esperaba resultados a la primera de cambio. Seguro que a Elodie la mandaron a estudiar al conservatorio de Paris porque destacaba, pero sería bueno saber las horas que metió para poder hacer lo que hace. Como Paco de Lucía que de niño metía más de diez horas al día. ¿Podría haber alguien que habiendo metido diez horas al día de niño no fuese un buen guitarrista de adulto? Claro que una cosa es ser buen guitarrista y otra ser Paco de Lucía o Yamandu. Su "ventaja" es el duende, un toque de divinidad, algo que ellos supieron, o más bien sospecharon, que tenían de resultas de la reacción del público que les escuchaba.
Resumiendo: que la condición para conocer tu realce Rei es trabajo, trabajo y más trabajo, que no por otra causa es que la inmensa mayoría se vaya a la tumba sin haberse enterado de cuál era el suyo y, por consiguiente, con la frustración de una vida anodina. Como la de la niña del diábolo de la película de Buñuel.
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