Como el allegro solemne de La Catedral ya le tengo en el bote, he bajado a un pendrive Un Dia de Noviembre. Luego iré a que me lo impriman. Cuando controle estas dos piezas me sentiré un ser más completo. Es una tontería si ustedes quieren, pero, no me engaño al respecto, lo único que enaltece mi ego es alcanzar objetivos difíciles. Otros tendrán otras formas de lograrlo porque, como dijo el torero aquel, hay gente para to.
Por lo demás, está pasando lo que es inevitable que pase cuando se bajan los tipos de interés, que el valor del dinero se va al carajo. Al final acabaremos como en esos países que necesitan un carretillo, no para las mercancías, sino para transportar los billetes con los que se pagan esas mercancías: un kilo de garbanzos, dos billones de euros. Parece un imposible metafísico, pero pasa. ¡A ver si somos capaces de adelantar a Venezuela en ese sorprendente arte! En fin, pelillos a la mar. Lo importante es que los perros no sufran, que me lo acaba de decir el moldavo que limpia el portal. Según él, eso es lo que le ha argumentado una señora cuando le ha sugerido que ponga a su perro a hacer sus necesidades en otro sitio. Por lo visto no hay nada más cruel que torcer la voluntad de un perro en lo que respecta a sus preferencias sobre donde aliviarse.
Efectivamente, en eso consiste toda la magia de la ideología dominante, ya saben a cual me refiero, en no torcer voluntades. Es para eso para lo que el Estado se ha apoderado de la educación, para que nadie le tuerza la voluntad a un niño, no vaya a ser que se acostumbre a luchar por lo que quiere. ¡Imagínense, en vez de corderitos, luchadores! ¡Pues buena la íbamos a tener!
Así que ya saben, perros, niños y, por qué no, también mayores, según su santa voluntad.
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