Ya, uno, no sabe qué pensar. Porque, vamos a ver, ¿existen o no existen los virus?, ¿son fósiles el gas y el petróleo o no lo son? Y así un montón de artículos de fe que configuran eso que los sociólogos denominan nuestro imaginario colectivo. ¿De cuantas cosas estamos convencidos que la posteridad se encargará de desmentir? Toda la historia de la humanidad ha sido igual: un descubrimiento que ridiculizaba una creencia. ¿Por qué habría de ser ahora diferente? Esa soberbia, o fatal arrogancia que diría Hayek, que nos hace suponer que hemos llegado al cenit del conocimiento. Pues bien, señoras y señores, si no nos queremos pegar el batacazo será mejor guardar una cierta distancia respecto de nuestras certezas. O ponerlas en solfa, por decirlo de otra manera.
Uno puede empezar y no parar a poner ejemplos al respecto que ha ido amontonando a lo largo de la vida. Recuerdo a todos aquellos pobres desgraciados a los que rebanaron el estómago porque tenían una úlcera. O a aquellos que murieron asfixiados por que les ponían el oxigeno de forma intermitente y a altas concentraciones. Si hay oficio que haya hecho gala de fatal arrogancia ese ha sido el de médico. No hay más que ir a la literatura para encontrar miles de diatribas contra la necedad de esos que se dicen profesionales y no son más que charlatanes.
Pero yendo a las dos certezas que en la actualidad nos traen de cabeza, los virus y los combustibles fósiles: si se te ocurre decir que los virus no existen te la arman y, no digo, ya, si sostienes que el petróleo nada tiene que ver con la materia orgánica que fue enterrada en los movimientos tectónicos de las pasadas eras geológicas. Y, sin embargo, les puedo asegurar que hay multitud de científicos de esos dos campos que niegan lo uno y lo otro. Los virus serían trozos de células deterioradas, los llaman exosomas, y el petróleo, por no se sabe qué mecanismos, se va regenerando en los pozos a medida que se va extrayendo. Vayan ustedes a saber, pero, en cualquier caso la pelota está en el tejado y no pondría yo la mano en el fuego porque vaya a caer de un lado o de otro.
En fin, qué mundo éste... claro que después de haber leído el elogio de la estulticia de Erasmo de qué nos vamos a extrañar.
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