El otro día pasaron por enésima vez en la cadena de la Iglesia la película Cimarrón. La quería ver María que siempre alega que solo la ha visto una vez. Yo la echaba de vez en cuando un vistazo y ya tenía bastante, porque me la sé de memoria, o par coeur, por corazón, como dicen los franceses sin que yo entienda la relación que pueda haber entre el corazón y la memoria, que es que los circunloquios del lenguaje son a veces bastante inextricables. Pero, éste es otro asunto. A lo que iba es que Cimarrón toma su nombre de los animales domésticos que escapan y se asilvestran, que es lo que viene a hacer el protagonista, Glen Ford, que no aguanta la petulancia y garrulería inherente al cumplimiento del sueño americano y se va por ahí a hacerse matar en una de esas guerras románticas de las que tantas hubo en Europa entre finales del XIX y comienzos del XX.
El sueño americano viene a querer decir que en América se puede conseguir lo que, en teoría, todo ser humano anhela, o sea, riquezas materiales. Una vez conseguidas, se supone que todo lo demás por añadidura. Necia suposición, porque la riqueza es una pócima que, cuando la bebes, en vez de calmar la sed lo que hace es acrecentarla. La ambición nunca se sacia, lo cual viene a querer decir que las personas que la beben se convierten en monstruos. Al final, todo vale so capa de estar yo en posesión de la verdad. Algo así como aquello de :"yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Ya ven que siempre hemos estado en las mismas: inventarse una milonga que sirva de excusa para imponerse por la fuerza. La de los americanos, en vez de luz, se compone de progreso y libertad. Porque el uno, por lo visto, según ellos, trae inexorablemente la otra. Es lo de siempre: simplificar para mejor ser comprendido. ,
Pues no, señoras y señores, el progreso material no trae necesariamente más libertad, sino que, a buen seguro, al sobrepasar los límites de lo estrictamente necesario, lo único que trae es esclavitud y degradación moral. Que no otra cosa es lo que, a la postre, nos ha traído el sueño americano. Pero, no desesperen porque, como bien sabido es, no hay cerdo al que no le llegue su San Martín. Y al cerdo americano, todo parece indicar que ya le está llegando. Paso por paso, se va repitiendo lo de Roma. El que mucho abarca se endeuda, se inflaciona, y a tomar por el saco. Luego, las futuras generaciones recordarán la historia tratando de extraer lecciones de utilidad. Será inútil. Todos los imperios, en llegando a cierta masa crítica, necesitan para sobrevivir pasar de la república a la dictadura, o, si mejor quieren, de una cierta libertad a una esclavitud cierta. Es lo que les pasó a los romanos cuando pasaron el Rubicón y a los americanos cuando ganaron la segunda guerra mundial. A partir de esos momentos ambos imperios comenzaron a decaer en medio del lujo y la depravación moral. En aquel entonces llegaron los bárbaros a imponer su orden y ahora también están llegando a imponer el suyo. Y colorín, colorado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario