Hace años había unas cuantas familias, supongo que en cada país, que salían todas las semanas en lo que se conocía como las revistas del corazón. Era gente bastante vulgar, de la farándula o así, cuyas cotidianidades adquirían un lustre inaudito por el simple procedimiento de exhibirlas en público. Lo realmente sorprendente de todo ello era el interés que mostraba la gente del común por semejantes naderías. La curiosidad por la vida ajena es algo inherente a la condición humana y cuando más vulgar es esa vida más parece que interesa porque, seguramente, es más fácil identificarse con ella que es lo que, a la postre, proporciona un cierto placer.
El caso es que ese fenómeno, digamos que de vivir en el escaparate, se ha convertido en algo sumamente común gracias a las posibilidades que ofrecen las redes sociales. Hay por ahí cientos, miles, de personas, parejas jóvenes la mayoría, que graban todo lo que hacen y lo cuelgan en la red. Por supuesto que no todo sirve; para suscitar el interés, aparte del encanto personal hay que tocar teclas más o menos mitificadas por el imaginario popular. Por ejemplo, los viajes. O la vida primigenia en un entorno natural.
Y ahí están, proporcionando entretenimiento a millones de personas que, en cierta manera, viajan por delegación o, también, cumplen su sueño de vuelta a los orígenes, es decir, al pueblo de los ancestros. Y esa es la cuestión, que entretener nunca ha sido fácil. Y de miles que lo intentan solo unos pocos lo consiguen hasta el punto de que pueden vivir de ello. Un modus vivendi, en definitiva, que, por más que a primera vista parezca simpático, supongo que hay que currárselo a base de bien y siempre con la inquietud de los números, porque si pierdes tirón no sacas ni para cerillas.
Y así va el mundo, perdiendo intimidad a marchas forzadas. Ayer había un vídeo en las redes en el que se podía ver al segundo de a bordo de los talibanes dando por el culo a uno de los de su guardia de corps. La verdad es que no sé a dónde vamos a llegar.
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