Este final de agosto se está despidiendo con un temporal del noroeste. Llueve y sale el sol intermitentemente, pero el viento es potente todo el rato. Uno sale por ahí debidamente pertrechado y ve a esas familias de veraneantes, como almas en pena, esperando la hora de marcharse que tampoco quieren adelantar porque tienen pagado el piso. Por otro lado, están esos millones de metros cuadrados de terrazas completamente desiertos. Es curioso cómo se aprovechó el circo de la pandemia para justificar las terrazas en los sitios más insólitos. Y ahí se han quedado. Así es que hay calles que mejor las evitas porque el espacio para los transeúntes se reduce a los intersticios entre las personas que se demoran comiendo pinchos y comentando sobre las características que adornan a sus perros, porque ese es el caso, que acudir a una terraza sin hacerte acompañar por el perro queda cutre.
Por su parte, unos pobres desgraciados han montado sus tenderetes a guisa de mercado romano en la calle Burgos. Ellos y ellas se han colocado unos atuendos que quieren hacer recordar lo que hemos visto en Quo Vadis y películas por el estilo. Y ahí están guareciéndose de la lluvia entre plásticos a la expectativa de tiempos mejores. ¿Quién les habrá engañado? O como diría Félix de Azúa: y todo por no haber querido estudiar.
La verdad es que recuerdo los finales de verano siempre así, venga a llover hasta que empezaban las clases. Y claro, de sobra es sabido que el clima siempre está batiendo records. Vienen dos años un poco secos y la gente se apresura a comprarse un apartamento junto a este mar por aquello de que el tan cacareado cambio climático les va a proporcionar días gloriosos. Pero van dados, porque la geografía es la que es y vivir en una cornisa orientada al norte entre el mar y la montaña no puede tener otra salida que la de acostumbrarse a las lluvias persistentes.
En fin, que ojalá llueva y llueva y llueva para ver si así volvemos a por donde solíamos, es decir, a una ciudad habitable en la que se puede pasear por las aceras porque no hay terrazas. Y turistas, los justos. Al fin y al cabo, a la chusma siempre le quedará la cornisa mediterránea que está orientada al sur, es decir a los vientos del desierto que en vez de agua traen arena.
Por cierto, que nunca hubo en Santander tanta gente durmiendo en la calle. También eso lo podría solucionar la lluvia persistente.
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