En realidad, ¿qué es la vida? Se lo diré: cuatro cosas. Dos materiales y dos espirituales. A saber: comida y un refugio, por un lado y, por el otro, música y contar cuentos. Todo lo demás es la consecuencia de querer ser como los dioses. Pecado de soberbia, en definitiva, que nos condena a las penas del infierno. Porque eso es lo que es este marasmo en el que vivimos, un infierno. Esa obsesión por inventar cachivaches que no tienen otra finalidad que la de de dominar a los vecinos. ¿Qué es lo que saca el ser humano del dominar a sus vecinos? Más infierno. Porque dominar a los otros es un imposible metafísico. Es como querer retener el agua en un cesto. Una majadería.
Así que, como les digo, una vez satisfechas las necesidades de condumio y refugio no encuentro otra forma de evadirme del sufrimiento del mundo que sumergirme en las historias que alguien inventó o en las partituras que alguien compuso. Historias que tratan de explicarte en qué consiste la condición humana, que es que parece que solo profundizando en ese conocimiento vas a encontrar las grietas por donde poder escapar de la imbecilidad que te señorea desde el mismo día que empezaste a sentir envidia de los dioses. Todo ese trasiego inútil que ves alrededor no es más que eso, envidia de los dioses... y por tanto, sufrimiento, porque tratar de imitarles solo puede traer frustración.
Resumiendo, sigo insistiendo con la partitura de Libertango. Y otras por el estilo. A veces consigo que me suenen y, entonces, me voy por ahí con el espíritu ligero. Es la armonía con el mundo: no desear nada y sentir que los dioses están de tu lado.
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