Ayer me llamó Pedro para contarme que un tipo había besado a una tipa y que la cosa tenía una transcendencia crucial por motivos que a mi juicio de desinteresado por la cotidianeidad mediática eran irrelevantes. La verdad es que no pude entender la excitación que semejante nadería estaba produciendo en Pedro, uno de los hombres más templados que conozco. Las cosas del futbol, o del circo por remontarse hasta los romanos, siempre las hemos considerado como las arteras herramientas que utilizan los poderes cuando quieren tapar las típicas pudriciones de los sistemas agotados por la corrupción. En cualquier caso, la cosa no me dejó muy buen sabor de boca que digamos, porque me puso frente al distanciamiento del mundo circundante que poco a poco me va convirtiendo en un cuerpo extraño que todo pugna por expulsar.
La cosa viene de varios años para atrás, cuando me manifesté contrario al discurso en boga que tenía a todo el mundo con los huevos por corbata. Afortunadamente aprendí a informarme desde muy joven, y esta ocasión de marras no fue diferente. Al mes de haber empezado el baile ya estaba al corriente de que en absoluto se trataba de un problema sanitario. Era simplemente un ensayo de los poderes en curso para subyugar por medio del terror a unas poblaciones que se les estaban yendo de las manos. Y desde luego que no estaba solo en mi apreciación. Allí donde no alcanzaba la censura había voces cualificadas denunciando el embuste. Como siempre, las capas más avisadas de la población no se tragaron el anzuelo y, cuando llegó la prueba del nueve de la autonomía personal decidieron no pasar por el aro: no se inyectaron la pócima mágica... que mira que hay que ser inocente para caer en semejante superstición.
Así, una vez más, la sociedad se dividió. Los creyentes y los no creyentes. Por supuesto, una vez más el asunto me pilló en el lado equivocado. Y en él sigo porque, aunque sea el circo lo que parece llevarse la atención de las masas, la realidad es que hay una procesión que va por dentro y que no olvida a los que no cumplieron con la verdad establecida. Son los mismos que ahora no se tragan lo de la importancia del beso que un tipo dio a una tipa por no sé qué cuestiones futbolísticas. No, hay otros asuntos por ahí que por mucho que se traten de ignorar están creando tal pudrición en el mundo que hay que estar muy anósmico para no darse cuenta del hedor que despide.
En fin, allá cada cual, pero a mí no me la dan: sé que pocos olvidan de qué lado estoy cuando me ven. Porque es muy ancha la grieta que se creó con esta nueva religión que señorea el mundo... por cierto que andan amenazando con volver a los confinamientos y las mascarillas: la cosa se pone interesante.
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