Sigo con Casanova, sigo con Heródoto, sigo con El Viaje al fondo de la noche de Céline. Son los intríngulis del ser humano y su historia. Parece como si sabiendo más de lo uno y lo otro fuésemos a sobrellevar con una mayor dignidad nuestro paso por aquí. Como todo, una vana ilusión. Uno ya lee sin otra pretensión que la de entretenerse, al ser posible riéndose de uno mismo. Y es que la vejez tiene eso, la risa. Salvo el dolor de los niños todo da risa. Por absurdo.
Casanova es un favorecido de la fortuna y tal vez por eso sea que se pasa la vida desafiándola. De vez en cuando le juega una mala pasada, pero siempre acaba venciéndola. Es infatigable al desaliento: como los niños. Para él, mirarse en el estanque dorado que tienen las mujeres entre las piernas y sentirse el rey del mundo es todo uno. Y, de vez en cuando pilla una gonorrea, pero se pone a régimen unos cuantos días y como nuevo para volver a empezar. Mujeres y juego son su pasatiempo. Su pasión es la aristocracia. El sentimiento aristocrático. Por tal es que se debiera incitar a leer a Casanova en las escuelas, para tener idea lo más aproximada posible de en qué consiste el ser aristocrático. La compasión inteligente, que es la filantropía. El esfuerzo por conocer sin esperar más recompensa que el poder codearse con los mejores para seguir aprendiendo. La impavidez ante el peligro. En fin, todas esas cosas que su siglo estaba empeñado en cambiar por el calor de establo que proporcionan las masas. Por eso se rio de Voltaire cuando este le dijo que su meta en este mundo era acabar con la superstición. Que mira que hay que ser ingenuo para albergar tal pretensión. Como le respondió Casanova, la cuestión aquí es saber a que superstición te acoges en el momento en que abandonas el más aristocrático de todos los sentimientos: el escepticismo. El mundo, querido Voltaire, solo se puede describir, pero nunca cambiar. ¡Pues anda que no resultó ser superstición y media la dichosa ilustración!
Heródoto es otra cosa, que, por cierto, tampoco estaría de más que se leyese en las escuelas. Conocerle ayuda a comprender eso que parecía no entender Voltaire, es decir, que el mundo, en lo esencial, no ha cambiado un ápice desde la noche de los tiempos. Porque las pasiones, que son la sustancia del mundo, no está en la mano de los hombres el poder atemperarlas. Somos esclavos de ellas y, al menor contratiempo, doblemente esclavos. Así que, si vienen mal dadas, nos comemos, no solo a las mascotas, que, eso, hasta los más sensibles, sino hasta a nuestros propios hijos. Así que, ¡menos lobos!, porque todo lo imaginable, por muy monstruoso que nos parezca, ha tenido y tiene lugar bajo el cielo so capa de normalidad: todo es cuestión de haberse criado en un ambiente. Bueno, esto es lo que viene a deciles Ciro a unos embajadores griegos, muy engreídos ellos, cuando le comentan lo salvajes que son los massagetaes porque se comen a sus viejos. Pues no señor, de salvajes nada, que bien contentos están los viejos de que les coman para que así su espíritu no se pierda y con ello poder alcanzar una especie de inmortalidad. Desde luego, se mire como se mire, una creencia mucho más simpática que la del buen salvaje que nos viene asolando por estos pagos desde hace ya más de dos siglos.
Por lo demás, Céline, ¡qué mal lleva lo de vivir! Y es que a nada que uno sea un poco sensible la primera y única pulsión es la de salir corriendo. Y de ahí, probablemente, sea este incesante trasiego de personas de aquí para allá sin otra finalidad que la de huir de uno mismo. Porque a cualquier parte a la que te lleve la huida vas a encontrar la misma realidad insoportable. La gente sensible, o hipersensible, no tiene otra solución para sobrevivir que atemperar su sensibilidad por medio de las drogas. Es lo que hacía Pessoa que, por cierto, filosofó mucho sobre estos asuntos. En cualquier caso, Céline abusa de sus lectores. No les da tregua. Por así decirlo, pone a prueba su resistencia a la depresión. Es un buen ejercicio para tomarse la vida, y sobre todo a uno mismo, a chirigota.
En eso de tomarse a uno a chirigota, son maestros los gaditanos. Sucede un poco como aquellos italianos de las guerras del siglo 20, con poco espíritu patriótico y militar, cuando se trataba de servir al país. Que vaya tu puta madre a defender a la Patria, le decían los Terrone a Benito.
ResponderEliminarLas chirigotas gaditanas se debieran estudiar en las escuelas. Y lo de morir por la patria, tiene perendengues la cosa. Llaman patria a los intereses de los que mandan.
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