lunes, 12 de octubre de 2026

Acerca de la libertad

 Ayer comentaba acerca de la dignidad. Hoy, quiero hacerlo de la libertad; y es que ayer vi una imagen en la que una multitud considerable estaba cantando en la plaza del Pilar de Zaragoza una canción de un tal Labordeta que dice algo así: «Habrá un día en que todos / al levantar la vista / veremos una tierra / que ponga libertad», 

Desde luego que esa gente no tiene solución. ¡Qué obsesión con lo de todos! Es lo mismo que aquello que nos hacían cantar en el colegio todos los meses de mayo: «Venid y vamos todos, con flores a María, etc..» Para ellos, si no éramos todos, no había forma de que María se sintiese saciada de flores.  

Aquí, en este país, se echó el resto para convencernos —y en gran medida lo consiguieron— de que nuestra libertad estaba asociada a la muerte de Franco. A nadie se le ocurrió explicarnos que la libertad es un estado de ánimo individual y solo individual; uno siente o no siente que está oprimido y obra en consecuencia, porque, si no lo sientes, ¡viva la Pepa!, y, si lo sientes, hasta en las peores dictaduras hay resquicios por los que escapar: todo es cuestión de coraje. 

Hay en las redes sociales montones de videos en los que se trata de comparar la libertad que había cuando Franco y la que hay ahora: opiniones para todos los gustos. Claro, una cosa tan subjetiva como la libertad, ¡ya me dirán ustedes! Lo que no he visto por ningún lado en esos intentos de esclarecer la comparación es echar mano de los pocos elementos objetivos de los que disponemos para que la cosa no quede en mera charlatanería. 

Ahora me dirán: ¿a qué elementos objetivos se refiere usted? Se lo contestaré: al grosor de los diversos códigos, el penal, el civil, el administrativo, etc., que los hay a porrillo. Que yo sepa, el grosor de los de ahora supera con muchas creces a los de aquel entonces... y ya saben que el desconocimiento de la ley no exime de la obligación de su cumplimiento. O sea, que las obligaciones se han multiplicado generosamente mientras que, los derechos, repito, que yo sepa, solo han mejorado en lo de poder exhibir por ahí con orgullo la condición de maricón. 

Pues sí, señoras y señores, cuando lo de Franco había infinitamente menos leyes que cumplir. Lo que había en abundancia era una serie de señores empeñados en modificar nuestra subjetividad para orientarla a su favor, es decir, para ayudarlos a conseguir controlar el aparato del Estado que, como todo el mundo sabe, es una de las formas de modus vivendi que más beneficio da por hora trabajada. Y efectivamente, al final lo consiguieron, pero no por méritos propios, sino por meras cuestiones biológicas: todo lo que vive, incluso Franco, lo hace desgastándose e, ineluctablemente, muere.

En definitiva, olvídense de lo de todos y de lo Franco: el que era esclavo entonces, lo seguirá siendo ahora sin apercibirse, por lo general, de su condición. Y exactamente lo mismo respecto de la aspiración a ser libre... porque ese es el asunto del que la mayoría quiere hacer caso omiso, el de que la libertad nunca puede pasar de ser una aspiración que obliga a una lucha, o exigencia, permanente con uno mismo. Uno no puede ser libre yendo todas las noches a la Plaza Cañadío a socializar con la chusma funcionarial; lo que entonces es, es un vampiro, o sea, esclavo sin remisión de la peor de todas las pasiones, la de la puta vaguería. 

En fin, qué quieren que les diga que no sea lo que mi experiencia personal me dicta: mi empezar a sentir la libertad fue cuando, como dice Gracián, salté por el portillo del caer en la cuenta. En la cuenta de que era un puto vago que se dejaba arrastrar por la corriente dominante que es la que lleva por el camino más recto a la necesidad de una huida permanente de uno mismo. Uno mismo; conseguir ser uno mismo es la tarea del héroe. O la aspiración de libertad, si mejor así lo quieren.  

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