domingo, 11 de octubre de 2026

¡Delincan, por favor!

La famosa dignidad. ¿De qué coño estamos hablando cuando decimos dignidad? Bueno, supongo que a la dignidad le debe de pasar algo parecido a lo que le pasa a Dios, que tú preguntas qué cosa es eso y cada cual hace de su capa un sayo. En realidad, hay miles, o millones, de conceptos que utilizamos como si tal cosa sin saber de qué estamos hablando. Personalmente, me di cuenta de que tenía esa carencia el día que me puse a escribir y, después, al releer lo escrito, encontré sinsentidos en todas las líneas. Así fue que tuve que agarrar el diccionario de la RAE y consultarle hasta la náusea. Tardé en darme cuenta de que las únicas palabras que tienen un significado inequívoco y que, por tanto, se pueden construir sistemas de pensamiento con ellas, son los números. Por así decirlo, los números es lo único racional; todo lo demás está sometido a la ley del poco más o menos. 

Del poco más o menos, así es como razónamos y por tal es que, a la que surgen dificultades, por pequeñas que sean, sea tan difícil entenderse. A la que no hay harina, todo es mohína, solía decir mi madre. Mohína que, de persistir, lleva inevitablemente a echar mano del garrote. Y es que, a la postre, la razón la da la fuerza. Así que, para hablar de dignidad, o autogobierno, si mejor quieren, lo mejor, pienso yo, sería considerar la fortaleza. Yo no me vacuno porque no se me pone en los cojones y, además, no te tengo el menor miedo. Eso es la dignidad: tú no me tienes que decir a mí lo que tengo que hacer en tanto yo no pida tu consejo. 

Ya lo dijo ese ente abstracto que llamamos Dios y al que hemos querido suponer una sabiduría infinita, o sea, como si para Él los conceptos fuesen números: ni se os ocurra tener un rey, porque es exactamente lo mismo que perder eso que tanto decís apreciar, o sea, vuestra dignidad, verbi gratia, tomar vuestras propias decisiones y haceros responsables de sus consecuencias. Así que, en tanto tengamos rey, hablar de dignidad es harto complicado: solo delinquiendo podemos tener alguna; todo lo demás es el silencio de los corderos. 

No pretendo en absoluto transmitir mi verdad a nadie, porque sé que no es más que la capa que he hecho con mi sayo. Para sentirme digno tengo que delinquir, es decir, contravenir todas las leyes del rey que, a su vez, contravienen las leyes no escritas del cielo... porque ese es el asunto, que las leyes del rey, por definición, contravienen las leyes no escritas del cielo; de lo contrario, no sería necesario promulgarlas porque iría de soi. Si no entienden lo que estoy tratando de decir, lean Antígona, no recuerdo ahora si la de Eurípides, si la de Sófocles, sí la de Esquilo, da igual, porque de lo que va es de eso, de que solo saltándose las leyes del rey que contravienen a las no escritas del cielo se puede ser digno. Así que, ¡delincan, por favor!

No hay comentarios:

Publicar un comentario