Agarro la bicicleta y me voy por entre los polígonos hasta el chiringuito que hay en el parque Cros de Maliaño. Aquello me parece un trozo de cielo en la tierra. Me tomo un pincho de tortilla de los de concurso y, luego, mientras se enfría la infusión, sigo con la lectura de la Ilíada, que es lo que en la actualidad tengo entre manos... bueno, la estoy intercalando con Andrómaca de Eurípides. La historia de aquellos griegos es, a mi parecer, todas las historias del mundo habido y por haber. No creo que se haya conseguido contar nada nuevo desde entonces. Y es que en esos textos están todas las pasiones humanas, y también divinas, entrecruzadas entre sí una y otra vez. Porque esa es la Historia de la humanidad, pasiones que se entrecruzan creando un intrincado entramado en el que todos estamos atrapados.
Escapar de ese entramado por medio del ejercicio de la razón es lo que, en teoría, da sentido a la vida. De ahí que siempre estemos razonando, o buscándole los tres pies al gato, como también se suele decir, con la ilusoria pretensión de controlar nuestras pasiones. Y es que las pasiones desatadas, a la postre, son una fuente de sufrimiento inextinguible. De ahí que todo el esfuerzo que se haga para perfeccionar nuestro razonar siempre sea poco. Porque nuestro gran hándicap es lo poco conscientes que somos de lo limitado de nuestro razonar. Pensamos mal, con muy poca lógica, por así decirlo, y por tal es que, a nudo desatado, nuevo nudo formado. Y así es como vamos construyendo la novela de nuestra vida; no se engañen al respecto, porque la vida más en apariencia anodina, relatada adecuadamente, ganaría premios literarios.
Pasiones humanas y divinas, les decía, que son el alma de esos textos griegos. Esa distinción que es un recurso literario de tal sutileza que nunca ha sido superado ni creo que lo vaya a ser nunca. Así es como ellos resolvieron el enigma que más ha contribuido a levantar dolores de cabeza a la humanidad. ¿Cómo diferenciar lo que en nuestras decisiones hay de predestinación y lo que hay de libre albedrío? Por más que nos obstinemos, es algo de todo punto imposible. Por eso, las diversas religiones, en un alarde de irracionalidad, se han estado matando entre ellas en el inútil intento de imponer su decantado punto de vista: o predestinación o libre albedrío, y punto, pelota.
Con lo bien resuelto que lo tenían los griegos: todo el mundo es libre de actuar según sus impulsos hasta que los dioses intervienen y dejas de ser dueño de tus actos. Llámalo como quieras con tal de que no te obstines y reconozcas tu impotencia. Por eso los griegos no hacían nada de importancia sin los preceptivos rituales de súplica del favor de los dioses. Era la forma más elegante de reconocer que todo lo que hacemos está sometido a tantas variables que no hay forma de prever el resultado. Aquellos sacrificios eran una especie de homenaje a la prudencia que, como es sabido, es la madre de todas las ciencias.
Resumiendo, por mucha religión con su verdad incuestionable que se fabrique, a la que alguien tiene, por el querer de los dioses, dos neuronas funcionantes, irremisiblemente se olvidará de lo que le enseñaron en la catequesis y volverá a la religión de los griegos, que, en realidad, no es una religión, sino un sistema de pensamiento; una filosofía, que busca la verdad con conciencia de que esta siempre es escurridiza y que, por eso, hay que ser muy prudente para no meter la pata en donde, después, o cuesta mucho, drama, o no se puede, tragedia, sacar.
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