Dice Andrómaca: «... Es notable que hayan dado los dioses triacas —antídotos— contra los salvajes reptiles y nadie haya inventado la droga que proteja contra la mujer, peor que el fuego o la serpiente. ¡Tan gran calamidad somos para el varón!
Ya ven, no lo dice un hombre, lo dice una mujer perseguida por otra mujer que le disputa el lecho de un hombre. Porque resulta que también las hembras tienen su particular berrea que, en vez de a golpes, es a base de intrigas y, por lo general, con final trágico. Es de suponer que el papel tan diferenciado que machos y hembras tienen en el proceso de la reproducción tenga mucho que ver en su diferente comportamiento frente al quebrantamiento de promesas.
Seguramente, todo el proceso civilizatorio tiene su embrión en unas relaciones de pareja que garanticen la supervivencia de la especie. Y, ahí, la situación de la hembra, al ser su función la primordial, es también la más vulnerable. Si una hembra recién parida es abandonada por el macho, queda en una situación de desprotección que complica en gran medida salir adelante con el fruto de su vientre. ¿Quién traerá, entonces, comida para las crías? ¿Quién la protegerá de los depredadores al acecho? La naturaleza es así, salvaje, y la hembra, dadas sus circunstancias, lo percibe con infinitamente mayor intensidad que el macho y, de ahí, la propensión de la hembra a presentir peligros ante indicios que son solo imaginados... eso que se ha dado en llamar paranoia. La naturaleza tiene sus procedimientos que a la razón le cuesta mucho alcanzar, por lo general, después de grandes destrozos.
Y, para destrozo, el del famoso feminismo, una más entre las tantas ideologías con pretensión de ser liberadoras, y, siempre, sustentándose en el estúpido engaño de que es posible torcer el brazo a la naturaleza. Pues no, no hay forma, y solo los que lo comprenden, los temerosos de los dioses, como dicen algunos, son los que tiran adelante por la vida con algún aprovechamiento.
Dice Andrómaca: «Los hijos son el alma del hombre: todo el que habla contra ellos no teniéndolos, en su vida podrá relatar menos penas, mas su aparente dicha no es sino desventura.»
Esa mandanga en la que se sustenta el feminismo de que la mujer tiene derecho a realizarse fuera de casa es la que nos ha llevado a esta situación paradójica en la que estamos: mujeres muy realizadas y, para que puedan disfrutar de esa realización hay que ir a buscar a otras mujeres sin realizar al centro de África para que hagan los niños. Mucha desventura, en definitiva.
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